El silencio de los justos Capítulo X
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Capítulo X

X

En el día más largo de Budapest, los ataques aéreos comenzaron a las once y veinticinco de la mañana.

El cielo de aquel domingo de mediados de septiembre se abrió como un melocotón maduro y lanzó más de mil toneladas de bombas.

Por una vez, los supervivientes de aquel infierno dantesco no pudieron culpar al escaso tino de los pilotos estadounidenses; en aquella ocasión, habían acertado y su objetivo no fueron solo las refinerías de la isla de Csepel, sino también las estaciones de tren del centro de Pest: la del Este, en pleno barrio judío, y la del Oeste, a pocos minutos andando de la embajada española.

—Su esposa debe de estar a punto de salir de cuentas.

—Sí, cualquier día de estos recibiré noticias suyas.

No sé con qué nos bendecirá el Señor. A veces deseo un varoncito y, otras, recuerdo que los hombres somos una calamidad y que no hay criatura en el mundo más linda que mi Adelita…

—Apretó los párpados al oír el zumbido sordo de los aviones—.

Y, en momentos como este, me imagino el viaje de esa carta mientras nosotros esperamos a que cesen las alarmas…

Rotta le colocó la mano sobre el hombro y se lo apretó.

—No se desanime, Ángel, que esta tormenta también amainará. La misma fiereza de estos ataques lo prueba. Las deportaciones han cesado y, si bien la situación de los judíos sigue siendo deleznable, quizá eso indique que el regente está despertando ante esta barbarie.

—Dios lo oiga, monsignore . Con los soviéticos cada vez más cerca…, los rumores que corren en nuestros círculos son desalentadores. Se teme, precisamente, que el gobierno no sea lo suficiente fuerte para soportar los desafíos de las fuerzas de ocupación y que se produzca un golpe.

—También han llegado a mis oídos esas preocupaciones. Tendremos que mantenernos firmes pase lo que pase. Claro que me doy perfecta cuenta de que usted, como español, se encontrará en una posición muy vulnerable si entra el Ejército Rojo.

—Cuando, monsignore , cuando —precisó—. Pero no se equivoca.

Los soviéticos no nos perdonarán jamás el despliegue de tropas voluntarias en el frente oriental; nos consideran aún un país beligerante.

Confidencialmente, nuestros colegas de la legación sueca se han ofrecido, con toda amabilidad, a hacerse cargo de los intereses españoles una vez que entren los rusos en la capital.

Una hora y treinta y tres minutos. Para los vecinos que soportaban las sirenas, las detonaciones, el zumbido de los aviones, los edificios que se sacudían y los minutos que no transcurrían, fueron necesarios varios instantes más de calma para aventurarse a salir a la calle.

Cuando abandonaron el refugio, la capital se había convertido en una amalgama de hierros torcidos, escombros y ceniza.

Los edificios, reducidos a esqueletos resquebrajados; los cuerpos de los muertos y los heridos, una comparsa triste de pieles blanqueadas por el polvo y ennegrecidas por las quemaduras.

Aunque algunas bombas habían caído en Buda, para Sanz Briz el verdadero gehena se hallaba al otro lado del río. Desde la plaza Batthyány, a la que se aproximó, el Danubio parecía el Aqueronte de la mitología griega; al otro lado, Pest era el infierno.

Aquel día tan largo, el fin del ataque aéreo no permitió a nadie detenerse para recobrar el aliento.

Los estadounidenses, cansados de aquel amigo del Eje que se mantenía en pie y no se rebelaba contra la ocupación, habían arrojado explosivos con un dispositivo cronometrado para estallar a intervalos de entre catorce y dieciocho horas.

Durante la tarde, durante la noche, aquellos que creían haber salvado la vida se retorcían de dolor o agonizaban, a causa de esa traición.

Los judíos, que tras el cese de las deportaciones habían comenzado a ser reclutados para llevar a cabo tareas de limpieza de escombros, caían por decenas.

Debido a su disposición en los barrios industriales, las casas con estrella, en las que por ley se los hacinaba, se convertían también en objetivo de la furia aliada.

Dos días atrás, en su último despacho, ya obsoleto, Sanz Briz había informado a Madrid sobre el nuevo estado laboral de los judíos casi con optimismo.

Tras los horrores que se sucedían en lugares como Auschwitz, incluso los trabajos manuales forzados de aquellas personas que ya recibían unas raciones más paupérrimas que las de los cristianos, le parecían halagüeños.

Obligado a reconsiderar su posición, se consolaba sabiendo que no había aguardado a una autorización que todavía no había recibido: los sefardíes que lo habían solicitado ya estaban en posesión de documentos españoles; si el panorama no mejoraba, se apoyaría en su camaradería con el resto de las embajadas para extender más pasaportes salvavidas.

Mientras durase la guerra, hasta que los soviéticos, que devoraban territorio a su paso, estuviesen a las puertas y su presencia en Budapest ya no pudiese justificarse.

A la mañana siguiente, a modo de recordatorio, los aviones estadounidenses cuartearon de nuevo los cielos de Hungría.

Un ataque temprano, poco después de las diez y media, que sorprendió a los empleados de la legación cuando aún no habían tenido ocasión de lidiar con los destrozos de la carnicería del día anterior.

De vuelta el castañetear de los dientes, el inicio de conversaciones absurdas, que no interesaban a nadie, con tal de no pensar en los aviones que los sobrevolaban, en que bastaba un mínimo error de cálculo para tener que lamentar bastante más que los cristales de las ventanas rotos.

—Esto no puede seguir así —repetía madame Tournée, abrazada a sus rodillas—. Si es que esto no puede seguir así…, más de un centenar de muertos ayer, las bombas detonando toda la noche. ¿Pero qué quieren de nosotros? ¿Qué culpa tendrá la gente decente…?

No se permitió continuar. Sentada como estaba en el refugio de la legación, acalló su raro arranque de debilidad al apoyar la barbilla en las rodillas.

Sanz Briz, junto a ella, ya se volvía hacia el abogado con la esperanza de hablar, de charlar de cualquier cosa, de no pensar más en su esposa y sus hijos en Madrid.

—¿Y su familia? ¿Están todos bien?

Farkas, que balanceaba entre los dedos un cigarrillo que no se animaba a prender, ladeó la cabeza en un gesto incierto.

—Pues tirando, que con los tiempos que corren uno no puede quejarse mucho…

Estaba pensando en si no sería mejor que Mária Terézia y el niño se fuesen al campo, lo más lejos posible del avance ruso…

y de estos ataques cada vez más feroces, que el susto que nos llevamos ayer…

, y a Dios gracias que no era un día laborable, que imagínese si hubiésemos estado trabajando cuando esa bomba alcanzó la embajada.

Y además…, a mí no me gusta quejarme, don Ángel, pero me siento como una carga.

Para los alemanes y para mi gobierno soy judío, le rece a quien le rece, y eso, hoy en día, es la peor condena de todas.

Sanz Briz asintió, quedo. De unirlo un lazo más profundo con el abogado, habría ignorado la etiqueta silenciosa y lo habría reconfortado con un abrazo o una palmada en la espalda.

Entre caballeros, se limitó a sacarse del bolsillo el encendedor de plata para, al menos, poder refugiarse en el acto comunitario de fumar.

—Yo contra las bombas no puedo hacer nada, que ojalá —dijo, mientras aceptaba el pitillo que Farkas le ofrecía—, pero, sobre lo otro…

, tiene las puertas de este edificio abiertas si se siente aquí más seguro, sobre todo tras la detención del pasado mes.

Su esposa y su hijo también, si es que a ellos les molestan, injustamente, por su causa.

El hombre dio una calada.

—Pues me lo pensaré, no se lo voy a negar.

A Mária Terézia, la pobre, solo le afectan las habladurías y las vejaciones de los exaltados por haberse casado con un hombre como yo…

, y fíjese que, siendo de la misma clase, en su momento a nadie le sorprendió, sobre todo después de que yo me convirtiese al catolicismo…

Pero lo que me preocupa ahora es que, al niño, que lo bautizamos antes de cumplir el mes, a efectos legales lo consideran judío.

Es demasiado pequeño para que lo marquen con la estrella amarilla, pero sus papeles no podrían ser más claros.

—Es una canallada —terció Sanz Briz con los ojos fijos en el humo que se rizaba, y no en su empleado—.

Nadie se merece los atropellos que están sufriendo los judíos, ¡pero los niños!

Una cosa le voy a decir y tal vez tenga que hacer penitencia por ello cuando me confiese: aunque Dios lo perdone todo, pecados como este no hay hombre que los pueda absolver.

Reitero lo dicho: si considera que los documentos de protección españoles no son suficientes, quédese aquí con su mujer y su hijo.

De los ataques aéreos no podrán huir, pero al menos gozarán de inmunidad diplomática.

—¿A usted le parece mejor idea que la de mandarlos al campo?

—No sabría decirle. Su esposa, que es cristiana, correría menos riesgo lejos de las bombas y del avance del Ejército Rojo, pero el pequeño…

es judío ante la ley. Confío en que ningún húngaro ni alemán cometa la insensatez de ignorar un documento de protección de un país soberano, pero lo que seguro que no van a hacer nunca es violar la inmunidad de este edificio.

Hacerlo tendría el mismo significado que atacar directamente a España.

Ángel Sanz Briz,

encargado de negocios en Budapest Al ministro de Asuntos Exteriores Lequerica

Budapest, 19 de septiembre de 1944

Anteayer, Budapest sufrió un ataque aéreo muy violento que se cobró un gran número de víctimas y destrozos materiales. Varias bombas explotaron en las inmediaciones de esta embajada, que solo tuvo que lamentar la rotura de los cristales de algunas ventanas.

Solicito instrucciones urgentes en caso de evacuación debido al avance ruso. De ser así, ruego autoricen la quema de documentación.

Mientras tanto, quisiera pedir también permiso de nuevo para albergar en la embajada a la canciller madame Tournée y su hijo y al abogado Zoltán Farkas, en este caso a pesar de su situación laboral irregular.

La respuesta de Madrid, por una vez, llegó temprana.

Es desaconsejable dar la impresión de una precipitación excesiva y de una falta de serenidad al abandonar el país mientras se mantengan aún las comunicaciones con Austria y sin que haya ocurrido lo que usted teme.

En caso de que las tropas rusas se aproximen a las afueras de Budapest, quedaría usted autorizado para confiarle la legación al representante sueco.

A madame Tournée se le permitiría, asimismo, refugiarse en la embajada, pero no al señor Farkas, ya que no se trata de un empleado regular y cuya nacionalidad, en todo caso, lo exime de recibir dicha protección.

Usted podría, por otro lado, recomendarlo al representante sueco que quede al cargo de los asuntos españoles.

Reitero, pues, que se le autoriza a usted abandonar Budapest en cuanto el avance del Ejército Rojo suponga una amenaza. El archivo de la legación habría de trasladarse a Viena con la excepción de cualquier documento carente de valor, cuya destrucción le encomiendo.