Capítulo IX #2
Jonatán soltó una risa atragantada, aguda, que llevaba años reservando.
Inmerso en aquella intimidad, en la camaradería que los envolvía, ajena al tiempo y a la distancia que los había separado.
Le habría gustado quedarse a vivir allí, cuidar de Ádám y dejar que Ádám lo cuidase a él, escuchar los mismos discos y leer los mismos libros, esperar a que llegase el fin de la guerra sin arriesgarse más allá de las pequeñas resistencias de los ciudadanos de a pie que no habían perdido la cordura.
Aquel sueño se le antojaba tan improbable como los planes de adolescencia: viajar juntos por Italia y la península Ibérica, escribir en cafeterías, retirarse al campo como un personaje de Tolstói.
Quizá Ádám, ya serio, había llegado a la misma conclusión, porque acarició la mano con la que Jonatán sujetaba la taza.
—¿Me perdonas? —preguntó de nuevo.
—Ya te lo he dicho, no tengo nada que perdonarte. ¿Qué poder tenías tú sobre las deportaciones y los transportes? Si no hubieses ayudado a Sándor en su momento, habría terminado en el frente como nuestro padre.
El rostro de Ádám se crispó por la incertidumbre.
—Mitya, ¿me perdonas? —insistió.
—¡Sí! ¡Tres veces sí! Te lo perdonaría todo, cualquier cosa, ¡todo! Que eres mi mejor amigo y te quiero más que a nadie en el mundo. ¿Y tú? ¿Me perdonas a mí por haber rechazado la seguridad del Mandato que me conseguiste? ¿Por haberte implicado en esto?
Con la otra mano (la buena, la izquierda), Ádám le apretó la rodilla como había hecho antes, en la otomana.
Aquella era la pierna que se había lastimado al saltar del avión, que aún le molestaba cuando hacía frío o con la lluvia y con el ejercicio, o tras haber permanecido en pie apoyado sobre ella demasiado tiempo.
No podía saber nada al respecto porque Jonatán no se lo había contado.
—Todo —le aseguró Ádám, sin dejar de mirarlo—. Te lo perdonaría todo y después te ofrecería mi abrigo y mis botas y lo que te hiciese falta. Que también eres mi mejor amigo y ni a una mujer la querría más que a ti.
Ádám se marchó sobre las ocho, casi cuatro horas antes de la vuelta de Rózsa.
En la soledad del piso, bastante amplio para una persona, a Jonatán la presencia de aquellos muebles y aquellos recuerdos trasplantados le resultaba intolerable.
La conversación, ante las tazas de café, entre caricias mudas, había tenido el efecto de una confesión religiosa.
Su madre estaba bien. Ádám se las había ingeniado para conseguirle un pasaporte español y rio cuando Jonatán, escéptico, rezongó que la legación española debía de ser un nido de fascistas.
—Eso mismo le dije yo a mi hermana cuando me comentó los desvelos de los diplomáticos españoles por proteger a los judíos.
—¿Cómo puedes fiarte de esos hombres? El gobierno al que representan ganó su guerra gracias a los alemanes. ¡Sus tropas voluntarias combatieron en el frente oriental!
—Sí, como yo.
—No es lo mismo. Tú no fuiste por ideología.
—¿Y todos ellos sí? Viven en una dictadura que encarcela y fusila a todo el que le huela a rojo, sabe Dios si no aceptaron la trinchera para salvar el pellejo.
—Me estás dando la razón: la embajada representa a esa dictadura. Mira, en el kibutz conocí a algunos brigadistas del grupo Rákosi. ¡Tú mismo leíste los artículos que escribió Klára sobre las cárceles de la zona nacional! Ya sabes cómo fue su guerra.
—Sí, y si hubiese sido lo suficientemente viejo para ir con las brigadas habría combatido en el otro bando, como tú.
Pero ahora estamos aquí y lo que importa es que esos diplomáticos, por mucho que representen a la España de Franco, rechazan de pleno a los nazis y sus políticas.
Se están jugando el puesto y la vida; a uno de ellos, de hecho, ya lo devolvieron al remitente porque no dejaba de protestar y de hacer presión.
No te pido que te fíes de ellos, sino de mí.
Su voz todavía retumbaba en las paredes, y Jonatán tenía su tacto clavado en la carne.
Claro que se fiaba de él; hasta a los infiernos habría bajado si se lo hubiese pedido.
Tanto que lo adoraba y lo había puesto en peligro.
En el fondo, no había acudido a él para dar con los jalutzim , sino como el perro malherido que regresa a tumbos a su hogar.
Tras vaciar la cafetera, cuyo contenido, ya templado, bebió de un trago, se sentó a la mesa y le escribió una nota.
De algo tenía una certeza absoluta: si Dinah estaba viva y bajo tortura los delataba, a Ádám sus medallas y su apellido quizá podrían exculparlo de haber cruzado la frontera, pero jamás de haber escondido en su casa a un espía británico.
Camarada, el tiempo se nos ha quedado corto otra vez. Los años que nos han tocado vivir son interesantísimos y parece que nos dan caza de nuevo.
Acabo de recibir mensaje de mis jefes con todo lo relativo al nuevo negocio del que debo ocuparme (objetivos de ventas, contactos comerciales, etcétera).
Te agradezco en lo más profundo tu hospitalidad.
Si de mí dependiera, no me iría nunca de tu lado.
Te encontraría naranjas, aunque tuviese que ir a buscarlas al centro de la Tierra, y te prepararía zumo solo para verte mezclarlo con el café y reírme de ti.
Que ya te echo de menos y estas horas juntos las atesoro como a lo más sagrado. Que de bueno que eres a veces no me atrevo ni a mirarte y te quiero más que a mí mismo.
«Entonces Jonatán le dijo a David: “Vete tranquilo. Recuerda que ante el Señor nos hemos jurado amistad. El Señor es nuestro testigo, y lo será de nuestros descendientes, para siempre”». [39]
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Con inmenso cariño,
Tu M ITYA K ARAMÁZOV
Cifró el mensaje por si era verdad que tenían los minutos contados y entraba la policía a hacer un registro.
Se fue sin llevarse nada que no le perteneciese y sin dejar más pruebas de su presencia que un par de gafas que podrían haber sido de Ádám.
Se había afeitado, también, por si alguien se había fijado en él el día anterior o por si Kasztner lo traicionaba y describía su aspecto físico.
El cabello, que se había peinado hacia atrás con la brillantina de su amigo, era el último elemento de su nuevo disfraz.
Jonatán, el de los mil nombres y las mil caras, esperó a que el házmester se ausentase para ir al baño y le dejó los quince fillér de propina (algo más generosa que los diez habituales) y una nota en la que le pedía que le agradeciese al señor Farkas de Batthyány la hospitalidad y a su criada la cataplasma que lo había reconstituido.
Aunque las indicaciones de Ádám habían sido vagas, Budapest seguía siendo su ciudad y no tardó en encontrar la fábrica de cristal en la que se reunían los jalutzim . Se aproximó a ella despacio mientras se encendía un cigarrillo para justificar la lentitud en un varón de su edad y condición física.
No se aventuró a entrar. Notó el ambiente caldeado, y de los hombres que se paseaban por la otra acera no se acababa de fiar, de modo que consideró más prudente dar un rodeo hasta el cine, comprar una entrada para la sesión matutina y aprovechar la oscuridad de la sala para sopesar sus opciones.