Capítulo IX
IX
Jonatán se despertó con las primeras luces del amanecer, el aliento de Ádám en la frente y los latidos del corazón, también suyos, contra la oreja.
Su amigo aún dormía. Iluminado por aquella franja que entraba desde el balcón, rosa como un pomelo, con el rostro relajado y sereno, parecía más joven de lo que era, un cadete de nuevo.
Solo las cicatrices de la metralla en la piel morena delataban los años transcurridos y las batallas libradas.
«No caerás en ninguna de las batallas en las que combatas».
La profecía de la gitana en Tihany, que había relegado a un rincón cada vez más olvidado de su memoria, reverberó dentro de él.
Se levantó, impulsado por el pánico que tomaba las riendas de su cuerpo, y las manos de Ádám, que aún lo rodeaban, aunque ya sin fuerza, cayeron a ambos lados de la otomana.
Con el movimiento repentino, el joven se desperezó. Abrió un ojo, que clavó en Jonatán. Sonrió.
—Eh, amigo, ¿has logrado descansar algo?
Jonatán asintió con un gesto. Miraba a su alrededor, confundido; el maletín en el que guardaba la radio, que todavía no había montado, estaba apoyado en la pata del escritorio, exactamente donde lo había dejado.
—Sí… —musitó mientras se agachaba—. Dios, ¿qué hora es? ¿Cuánto tiempo he dormido?
—No lo sé, por lo menos doce horas. —Se sentó y fijó las pupilas en los dedos de Jonatán que retiraban las piezas del aparato—. Te despertabas y volvías a caer.
—No me acuerdo de nada.
—Estabas muy alterado. Coño, que es normal, que…
, ojalá no hubiese tenido que darte ese disgusto, ojalá no hubiese pasado, ojalá…
Joder, es que tenía que haber escondido a tu hermano en cuanto oímos los rumores de las deportaciones del campo.
Si es que soy un miserable; con lo que me enfadaba que nadie me escuchase cuando advertía de lo que pasaba en los batallones disciplinarios y luego voy y me creo que a Budapest no iban a llegar los transportes. Lo siento muchísimo, Jonatán.
—No.
Una negativa sin dueño ni significado porque ni él mismo sabía qué rechazaba, solo que no toleraba escuchar las disculpas de Ádám.
Porque no tenía derecho, porque le había salvado la vida una vez y, después, arriesgado el propio pellejo para cruzar la frontera y entregar el Informe de Auschwitz, porque lo había hecho todo bien y, aun así, había perdido.
Porque las llagas que los penetraban eran gemelas: la culpa corrosiva que no se iba, la impotencia, la certeza de que, si hubiesen dado otros pasos, nada habría cambiado.
Tragó saliva y se encogió con el dolor que le bajaba por la garganta, herencia del llanto del día anterior.
La radio no transmitía ningún mensaje nuevo; el último, recibido minutos después de colgar el teléfono, lo instaba a contactar con la resistencia por otros medios y a recordar las órdenes de ingerir el cianuro en caso de captura.
—Mitya —lo llamó Ádám—. Mitya, mírame.
No se atrevió. Agazapado aún frente a la radio, musitó:
—¿Cómo fue? Cuando Tibor murió. ¿Cómo fue?
Ádám dio un suspiro acartonado.
—No lo sé. Estaba…, estaba preparándome para que me enviasen al frente y tenía a mi cargo a un puñado de chavales que nunca se habían despegado de las faldas de sus madres y que apenas sabían coger un fusil.
Y también me preocupaba Erika, porque ya sabes cómo es, más dura que fuerte, y cabezota, y Tibor y ella estaban muy unidos.
No lo sé, no lo procesé. Después me mandaron a Vorónezh, así que me obligué a no pensar en él, y después vinieron la retirada y el balazo y la rehabilitación…
—Chascó la lengua—. Pobre Tibor. Tan bueno y tan humilde que era y su hermano todavía no ha podido llorarlo en condiciones.
La revelación sobrecogió a Jonatán. Cerró el maletín que ocultaba la radio y, sin moverse, aún acuclillado en posición orante, musitó:
—En tu carta te lamentabas de no conocer de verdad a Tibor. Yo tampoco me esforcé por conocer a Sándor, y ahora ya no podré hacerlo. Es demasiado noble para sobrevivir al lager , el sufrimiento ajeno lo perturba.
—¿Me perdonas?
—¿Qué pecado? No tengo nada que perdonarte.
¿No eran iguales, acaso? En 1941, no podían saber nada de unas deportaciones que todavía no se habían producido, que no eran más que una idea en la mente de sus opresores.
Y, en un naufragio, si Tibor luchase por mantener la cabeza a flote y a Ádám el agua solo le cubriese hasta las rodillas, Jonatán seguiría extendiendo la mano para salvar a su amigo.
Sí, sus manos eran el problema. Tenían el sello de Caín clavado, porque aún se asemejaba a su camarada en algo más: el cianuro que le había entregado le había quitado el sueño más que el destino de su propio hermano.
Y, si en el naufragio, hubiese tenido que elegir entre Sándor y Ádám, por instinto no habría dudado.
Los antiguos árabes tenían razón: había alianzas que enredaban las almas de los hombres mejor que la leche materna compartida.
—¿A qué hora viene Rózsa? —inquirió, incapaz de seguir torturándose con el remordimiento.
—Sobre el mediodía, para hacer las tareas de la casa. Por lo general, bajo a desayunar al Kis-Gerbeaud o me tomo algo al llegar a la oficina.
—Entonces no deberías cambiar tu rutina —dijo Jonatán mientras se ponía en pie—. Bajaré contigo, le diremos al házmester que tomamos unas copas después de la reunión y que no estaba en condiciones de volver a casa por mi propio pie. Dime cómo dar con los jalutzim y dejaré de comprometerte.
Caminaba entre temblores, aferrado al maletín, buscando el espejo de pared para comprobar que nada en su aspecto físico pudiese llamar la atención de un oficial en la calle o de un agente de paisano. Ádám, que lo observaba, ceñudo, lo detuvo cuando pasó por su lado para alcanzar las gafas.
—Te has llevado un golpe muy grande. No estás en condiciones ni de pensar con claridad ni de ir a ninguna parte.
Quédate aquí y descansa, que del házmester ya me encargo yo.
Iré poniendo a Richárd Friedl al tanto de tu situación, mientras tanto.
Es el jalutz del que más me fío; puede conseguirte un piso franco, contactos, lo que necesites para cumplir tu misión.
Jonatán negó con vehemencia. Si no hubiese sido Ádám quien lo agarraba del antebrazo (aquella piel atravesada de cicatrices que quería borrar junto a todo lo que significaban), se habría apartado con brusquedad y hasta a la violencia habría recurrido.
—¡¿Es que no te das cuenta de que no debería haberme quedado aquí tanto tiempo?! —exhaló. Con la mano que tenía libre se atusaba el cabello—. Nadie es inmune a la tortura. Por muy leal y brava que sea, si sigue con vida, Dinah ya habrá cantado sobre mí y sobre ti.
—No sabe dónde vivo. Esta dirección es nueva.
—¡Pero conoce tu nombre! —bramó y, con el ímpetu, cayó junto a Ádám en la otomana—.
No podía recibir noticias tuyas, así que empecé a buscarte en los periódicos.
Guardaba recortes de todas las apariciones en sociedad de tu hermana.
Dinah, convencida de que sufría mal de amores, me guardó una de tu fiesta de bienvenida. Te reconoció de inmediato.
Ádám bajó la cabeza. Con el pulgar se acariciaba el labio inferior como si pudiese recoger las palabras que todavía no había pronunciado.
—En ese caso, nada importa —tanteó—. Si sigue con vida y la interrogan, vendrán a por mí tanto si te quedas como si te vas.
—Posó la palma sobre la rodilla de Jonatán y la apretó—.
Seamos inteligentes. Si sales ahora sin un plan, estás expuesto a que te detengan, sobre todo si Dinah ha cantado o si ese abogado os ha traicionado y los alemanes saben que hay otro emisario británico en Budapest. Quédate aquí escondido y recobra las fuerzas mientras Richárd y yo lo disponemos todo.
—No puedo. Si tengo que comunicarme con los británicos, nos arriesgamos a que los alemanes den con la señal de la radio. En Eslovaquia jamás transmitíamos desde el mismo lugar; no habría sido seguro.
—Solo te pido un par de horas. Volveré por la tarde y te llevaré con Richárd.
Los jalutzim operan desde una fábrica de cristal no lejos de aquí; me conocen y confían en mí, así que hazlo tú también.
Descansa unas horas. Precipitarse cuando uno no está al cien por cien de sus capacidades es un suicidio.
—Gesticuló en torno al cráneo—. Tengo pruebas de ello.
Jonatán preparó café y asó las salchichas (todavía podían encontrarse, si se sabía a quién recurrir y se pagaba lo que pedían en el mercado negro) como en el kibutz, directamente sobre el fuego de la cocina.
El pelo, aún mojado después de la ducha, goteaba sobre sus pies desnudos.
Olía a Ádám, que lo estudiaba desde la mesa, no ya por haber tenido sus manos en su piel, sino debido a sus productos de aseo, de los que había hecho uso.
La misma marca de jabón que utilizaba en el internado.
El perfume Essence Imperiale, de cuyo nombre Jonatán tanto se había reído cuando, a los diecisiete años, los rechazaron a los dos en el partido comunista por burguesitos.
—A ver si es verdad que en el Mandato te convirtieron en todo un pionero socialista. —Ádám rio al aceptar la taza que Jonatán le tendía.
—Si la montaña no va a Mahoma… —canturreó, y se sentó frente a él—. Lo que no tienes son naranjas para hacer zumo.
—Es que eso ya…, hasta en el estraperlo se encuentra poco y mal.
—Pues mejor. A ver si así dejas de estropear una taza de café espléndida para crear esa mezcolanza del diablo.
Ádám irrumpió en una carcajada. Miraba en derredor como buscando algo que no lograba encontrar. Con el movimiento, los nudillos rozaban la muñeca de su amigo.
—Esa taza de café espléndida… ¿anda muy lejos?, porque esta no es.