Capítulo VIII
VIII
Llegó a casa temprano y como en un sueño.
Le preguntó al házmester , entre risas, si había llegado ya el hombre de negocios con quien debía reunirse.
Qué cabeza la suya, le dijo, que había olvidado una cita tan importante.
Más adelante, en el recibidor, la mirada de Rózsa, todo temor y preguntas, le confirmó que ella, al menos, había desvelado la identidad de su visita.
No dijo nada. Le quitó la gabardina, como acostumbraba, y, sin dejar de volcar los ojos en él, le tendió las zapatillas.
—Le he preparado el despacho, señor, su invitado ya lleva un buen rato esperándole. ¿Hago café para los dos?
—No se angustie, Rózsa —le indicó mientras le entregaba los mocasines que se acababa de quitar—. ¿Por qué no se toma el resto de la tarde libre? Hace un día espléndido y mucho me temo que mi reunión se va a alargar.
Al pasar por su lado, le apretó el hombro descarnado. Le dirigió la misma sonrisa de antes de la guerra, la del muchacho que le pedía con su descaro que ocultase, una vez más, las pruebas de su travesura.
—No le diga ni a mi madre ni a nadie más que estoy empezando a celebrar reuniones de trabajo en casa, ¿eh? Se preocuparía mucho, sin motivo.
La criada, pálida, ojerosa, con la frente perlada de un sudor añejo, asintió.
—Sí, señor. Ya sabe usted que lo que pase en esta casa yo me lo guardo muy escondidito. ¿Seguro que no quiere que le deje la cafetera al fuego antes de irme?
—Seguro. Váyase tranquila.
Avanzó por el pasillo a la carrera, en la medida en que las lesiones del Don se lo permitían, pero abrió la puerta del despacho despacio, con la cautela y la congoja que inspiran los lugares sagrados.
Jonatán, su Jonatán, estaba allí, sentado frente a la mesa (¡su mesa!), hojeando uno de los libros que él no había podido devolverle.
Hacía suyas todas las cosas. Su presencia llenaba la estancia entera, desde el marco de la puerta hasta el balcón, cerrado, que daba a la plaza, como si le hubiese pertenecido siempre a él.
Se levantó al oír el ruido y caminó hacia Ádám con las pupilas fijas en él.
No reparó en el maletín que sujetaba entre los pies con el que a punto estuvo de tropezarse, ni en la alfombra que pisaba, ni en las estanterías que los rodeaban; no apartó la vista del dueño de la casa, al que abrazó con fuerza.
—Lo siento mucho…, no sabía a quién acudir…, no me ha seguido nadie, estoy seguro… —Con el mentón apoyado en el hombro de Ádám, sollozaba.
Por un momento brevísimo volvía a ser el amigo que se emborrachaba el primero en las fiestas y al que el resto debía cuidar. Como entonces, Ádám le pasó un brazo por la espalda, crispada por unos nervios que solo afloraban en la intimidad que los bañaba, y se aferró más a él.
—Cabronazo, te hacía aún en Eslovaquia —balbuceó—. Leía las noticias y escuchaba los partes de Radio Kossuth y…, Dios, pensaba que estabas muerto.
Jonatán, que no se apartaba de él, negó contra su mejilla.
—Cruzamos la frontera una semana antes de que estallase el alzamiento.
A Ádám la persona del verbo, la primera del plural, no le pasó desapercibida.
Con cariño, con tremendísima ternura, se deshizo del abrazo para reanudar el contacto visual.
El aspecto de su amigo era muy distinto del de junio y más aún del de 1941, pero aquellos ojos no habían cambiado en lo más mínimo.
—¿Estás solo? —inquirió.
Jonatán asintió débilmente.
—Fuimos tres los que saltamos sobre los montes Tatras en febrero de este año: Bloomsbury, cuyo destino quizá haya sido el que tú temías para mí, Dinah, la mujer que conociste en Liptovský Svätý Mikuláš, y yo.
Tras ayudar a Ádám a sentarse, arrastró la silla contigua para quedar más cerca de él y llenó con palabras el hueco que los meses de separación habían creado.
Le habló de la preparación del alzamiento.
De la misión de alcanzar Budapest justo antes de esa brecha crítica en la historia e infiltrarse en la resistencia interna del país.
Del viaje, largo y no exento de peligros.
De Kasztner. De las negociaciones con Eichmann. De la trampa.
La respiración de Ádám, agitada al escuchar la historia, aminoró con el monstruoso punto y final. Extendió la mano, también despacio, la posó en la rodilla de Jonatán y la acarició.
—¿Por qué no vinisteis a mí primero? Todavía estoy involucrado con los jalutzim , os habría puesto en contacto con ellos.
Jonatán, que había bajado la cabeza, asqueado por su fracaso o por su supervivencia, se volvió de nuevo hacia él. Lo observó con ojos enormes, mansos, de perro enfermo que pide perdón a su dueño.
—Me aterraba ponerte en peligro —musitó.
El peso de su propia confesión hizo que se levantara. Húmedo de sudor, tiritando, entre bocanadas de un aire que no quería llegarle a los pulmones, se llevó las manos a la cabeza.
—No debería seguir aquí. Si… —No se atrevió a verbalizar el miedo que lo agarrotaba—. ¿Qué he hecho, Dios mío, qué he hecho? Dame las señas para llegar a los jalutzim y no te arriesgues más.
En sus lamentaciones, cada vez más desesperadas, Ádám percibió el eco de la culpa que durante semanas lo había postrado en la cama. Aunque Jonatán era más alto que él y estaba más fuerte, aunque se quejaba y se defendía, fue capaz de llevarlo a la otomana, en la que lo depositó como a un niño.
—Me arriesgaré por ti mil veces —le decía, una letanía que no tenía fin—. Mil y una, si hace falta, pero deja que te ayude. Deja que te ayude, por favor, que no merezco que te pongas tú en peligro por mí.
En los pasos que habían dado del escritorio a la otomana se habían intercambiado los papeles. En ese momento era él el que gemía y prometía, el que estiraba los dedos para acariciar a Jonatán con el fervor con el que las beatas tocaban el manto de los santos.
Se conocían íntimamente. Hasta los huesos, hasta la médula, hasta el alma en la que solo uno de ellos creía. Las pupilas de Jonatán se agitaron al posarse en las de Ádám.
—¿Qué es lo que no me estás contando? —susurró con la voz rota—. ¿Mi hermano? ¿Sándor?
El nombre como embrujo, como invocación.
Ádám se estremeció. Tocaba a Jonatán con la misma reverencia que había adoptado al abrir la puerta del despacho, con la devoción asombrada que lo sagrado despierta en los hombres.
—No pude protegerlo —dijo, sin apenas voz; fue un silbido más que una afirmación—. Ocurrió… ocurrió mientras volvía de Eslovaquia. Un gendarme lo detuvo en Csepel. Lo deportaron.
Los músculos de Jonatán se contrajeron. La respiración, rápida y superficial, amordazaba unas palabras que no lograban hilar frases, que no eran más que sonidos incoherentes que brotaban de un dolor que se le clavaba en las entrañas como un puñal.
—Es mi culpa —insistía Ádám—. Si no hubiese intentado librarlo del batallón disciplinario con el contrato de trabajo… ¡Dios, si pudiese, si pudiese…! Lo intenté todo. Llamé a todas las puertas. Tiré de todos los contactos. Lo siento muchísimo. No me lo perdonaré mientras viva.
Jonatán ya no lo escuchaba. Se desplomó sobre él, sobre su pecho, temblando, gimiendo; la piel, empapada, cada vez más cálida, parecía arder entre los brazos de Ádám.
Los pies golpeaban las tablillas del suelo, víctimas de las sacudidas de un llanto que había llegado sin pedir permiso, loco, infantil, primario.
Ádám no lo dejaba, le repetía cuánto lo sentía, hasta que los balbuceos de las secuelas, que regresaban con la emoción, convirtieron sus disculpas en una masa pastosa e inescrutable.
Le pasaba la mano por la espalda, por los hombros, que se crispaban, buscando el efecto analgésico del cariño ajeno, de la presión de otra carne humana sobre la propia.
No le repitió lo que él llevaba meses obligándose a creer: Sándor estaba fuerte, sano, era un atleta en perfecta forma física y podía afrontar cualquier trabajo; sabía sobre los lager más que la mayoría, y ese conocimiento le ayudaría a sobrevivir.
No habría servido de nada, no habría traído consuelo alguno.
Se limitó a estrecharlo, a acunarlo, a besarle las mejillas y los pómulos y la mandíbula, todos los lugares que mojaban sus lágrimas, como si el amor pudiese secarlas. Lo arrulló y lo acarició hasta que cayó dormido, o desmayado, y tampoco entonces se movió de su lado.