Capítulo VII
VII
Pasaba la hora de comer y Ádám, encerrado en el despacho de la fábrica, se obligaba a despertar el apetito dormido al picotear el sándwich que la secretaria le había llevado a la mesa hacía media hora larga.
Más que las facturas que debía firmar y los albaranes que esperaban a ser comprobados, lo angustiaban las noticias de Eslovaquia.
Su mera presencia en los diarios indicaba una situación que, cuando menos, no resultaba del todo desfavorable a los alemanes.
La ausencia de detalles daba cierta esperanza a la que, sin embargo, él no quería abandonarse.
Había chupado bastante trinchera para saber que no había nada más peligroso que eso.
Las reuniones con los camaradas, que aún no tenían otro objetivo que la simple transferencia de información, tampoco lograban arrancarlo de la apatía.
Richárd Friedl y el resto de los jalutzim , mientras tanto, se arriesgaban más que nunca.
La imprenta clandestina estaba en funcionamiento perpetuo y, a él, el único consuelo que le quedaba era la constancia de que el pasaporte de la señora Rozenfeld resultara genuino.
Si bien no podía sacarla de Hungría, le garantizaría, al menos, la protección de pertenecer al privilegiado grupo de judíos españoles.
Dos golpes a la puerta. La voz de la secretaria le llegó, clarísima, antes de que él pudiese responder.
—Señor, preguntan por usted del Ministerio de Comercio. Solicitan una reunión urgente. ¿Le paso la llamada?
Ádám dejó a un lado el número del Pester Lloyd que releía por terquedad, dispuesto a encontrar significados ocultos entre las líneas que ya casi se sabía de memoria.
—¿Del Ministerio de Comercio, dice? Sí, por supuesto. Muchas gracias por avisarme, señorita Molnár. Ya puede retirarse.
Descolgó el aparato. El estómago, que aún no había recuperado su habitual interés por la comida, burbujeaba ante la expectativa de una nueva misión y la vergüenza que le producía no haber auxiliado a los jalutzim tanto como habría podido.
Excepto el capital que les suministraba, ¿qué había hecho por ellos?
Solo el Informe de Auschwitz, del que se hacían eco las embajadas neutrales, se alzaba como una suerte de triunfo compartido.
—Ádám Farkas de Batthyány al aparato. Mi secretaria me ha pasado el recado. ¿Tengo entendido que se requiere mi presencia con urgencia?
Puesto que no sabían quién podía estar escuchando, resultaba imprescindible mantener el engaño. Salirse del papel pautado podía ponerlos en peligro a todos, a él y a los jalutzim .
No respondieron de inmediato. Del otro lado de la línea llegó una respiración agitada, casi ronca, que erizó los pelillos de la nuca de Ádám.
—Aquí el señor Tóth, del Ministerio de Comercio —dijo. Al oír aquella voz tan familiar como la suya propia, Ádám contuvo el aliento—. ¿Tendría usted disponibilidad para reunirnos de inmediato? Se trata de un tema de extrema urgencia y altamente confidencial.
—S-sí, por supuesto. Señor Tóth, ¿dispone usted de los permisos necesarios para visitar nuestras oficinas en Csepel?
—Me temo que no. Si… si me permite una sugerencia poco ortodoxa, ¿podría usted desplazarse al hotel en el que me alojo? Puedo asegurarle que la cafetería es un lugar idóneo para los negocios.
Ádám se mordió el labio inferior. Ignoraba los motivos que habían llevado a Jonatán, a quien hacía al otro lado de la frontera, a Budapest; también cuánto sabía él de la disposición de su ciudad, de los lugares seguros y de aquellos que frecuentaban los espías y los oficiales de la Gestapo disfrazados.
Tragó saliva.
—¿Qué le parece mi residencia particular? El número dos de la plaza Szabadság, primer piso. Dígale al házmester que viene a reunirse conmigo; yo daré aviso a la criada. —Aguardó a recibir respuesta. Como no se producía, agregó—: Se trata de una persona de total confianza.
Un instante de duda marcado por los silbidos de aquellas inspiraciones conocidas.
—De acuerdo, voy para allá. Muchas… muchas gracias, señor Farkas de Batthyány.
—No hay por qué darlas. Ahora mismo voy a su encuentro. Señor Tóth…
Quiso decir algo más, no sabía bien qué, pero no le dio tiempo. Jonatán ya había colgado y del recibidor ya solo le llegaba un silencio monstruoso.
En el hotel, Jonatán se había excusado enseguida, había alegado la enfermedad de un ser querido que les impedía continuar alojándose allí como habrían preferido.
El trayecto hasta la plaza, de veinte minutos, se le antojó mucho más largo.
Con la mayor cautela, a fin de no levantar sospechas, comprobaba su reflejo en los escaparates y se aseguraba así, también, de que nadie lo seguía.
Cada par de ojos le parecía hostil: la gente con la que se cruzaba, los viandantes que apuraban el paso para no perder el tranvía, el házmester al que le entregó una propina generosa, aunque no lo suficiente para hacerle creer que compraba su silencio.
Al llegar al primer piso, según lo indicado, supo que su disfraz era lo suficientemente bueno.
La criada, anciana, que había servido durante décadas en Villa Batthyány, le hizo pasar sin mayor percance.
En otra vida, lo había visto crecer; desde el primer año del internado, aún preadolescente, se había dejado caer en la residencia de Ádám en las colinas como si de la suya propia se tratase.
Por las tardes, les llevaba la merienda a la sala en la que estudiaban y, con mucha más frecuencia, bromeaban entre discos de Benny Goodman y Django Reinhardt; ya mayores, su sonrisa cómplice los excusaba ante la señora al convertir las resacas en jaquecas y las borracheras en virus estomacales.
En esos momentos, no lo observaba con la preocupación de reconocer en su rostro a aquel muchacho que hacía a salvo en el Mandato, sino con el nerviosismo de tener que atender a una visita con tan poca antelación.
—¿Desea que le prepare algo de beber? Hay café café.
—Tan solo un vaso de agua, gracias. Prefiero esperar a que llegue el señor Farkas de Batthyány.
—Como usted quiera. Si me permite que lo acompañe al despacho…, acabo de arreglarlo para su reunión con el señor, quien me ha pedido que lo excuse por la tardanza…
La habitación a la que lo condujo la criada lo azotó con sus recuerdos.
Aunque la disposición era distinta, los muebles y los objetos personales habían sido trasladados desde el pisito de la plaza Batthyány con tanto mimo que a Jonatán le daba la impresión de haberse desplazado allí, de habitar de nuevo su yo de veintidós años.
El mapa en la pared marcaba el avance de las tropas rusas con alfileres rojos y, en verde, las posiciones partisanas en Eslovaquia.
Ese detalle, prueba indiscutible de que Ádám pensaba en él, y con congoja, lo atravesó por su ternura.
Si hubiese podido, le habría susurrado al oído que su misión no estaba publicada en los diarios, que no iba a leer su muerte entre líneas en los artículos sobre el alzamiento.
Y las estanterías estaban abarrotadas de sus libros.
Las fotografías, tan claras en los marcos relucientes, le hacían evocar imágenes de unos tiempos que no volverían: los martes en el palacio Andrássy, las noches en el Arizona y en el Ka-Ku, los cigarrillos compartidos en la isla Margarita, los veranos de lavanda y los inviernos con sabor a café.
Al oír el clic de la puerta que se abría de nuevo, tomó asiento frente al escritorio y fingió leer el número del Pester Lloyd del día anterior que Ádám había dejado a medias.
—Está atrasado —le advirtió la mujer mientras posaba el vaso de agua a su lado—. Pero, claro, yo las cosas del señor no las toco sin permiso, no vaya a ser que aún le puedan ser de utilidad…
Mientras hablaba, colocó junto a la bebida otro espectro olvidado del pasado: una tostada de manteca de cerdo decorada con finas rodajas de cebolla y espolvoreada de pimentón rojo. La merienda de las sesiones de estudio primero y la mano de santo que espantaba hasta las peores resacas después.
Jonatán se volvió hacia la criada, alertado. Ella se limitó a empujar el plato más hacia él; en el rostro, más arrugado y amarillo que en 1941, se dibujaba la dulce sonrisa con la que les había salvado el pellejo en más de una ocasión.
—Pensé que, quizá, al señor le gustaría picar algo mientras espera —se explicó—. Puede que el amo tarde un poco en llegar desde Csepel.
Jonatán le sostuvo la mirada. Se veía reflejado en aquellos ojos oscuros, oleosos, que tan bien conocía.
Rózsa era como una tía o como una tercera abuela para él, ¿cómo no iba a reconocerlo?
Quizá la voz, que los años no habían agriado, lo había delatado.
O quizá ella, al observarlo más de cerca, percibió los rasgos que ni siquiera el disfraz lograba ocultar: los iris grises, sin mezcla alguna de verde ni azul; la nariz y sus pecas, más evidentes aún con el sol del verano; los labios que la barba enmascaraba sin llegar a transformarlos por completo.
—Gracias, Rózsa.
La mujer no dijo nada. Lo estudió un instante más, sin moverse ni cambiar de postura, como si temiese que él fuese a esfumarse al interrumpir el contacto visual. Eran dos seres humanos, uno frente al otro, plenamente conscientes de la precariedad de su situación.