Capítulo VI
VI
—No puedes estar dispuesta a aceptar esa locura de plan —le dijo Jonatán a Dinah cuando se acostaban.
Hablaba en susurros, pues temía que Kasztner pudiese oírlos. Debido al toque de queda, les había conseguido una habitación en la misma pensión en la que su esposa y él se hospedaban, como favor y siempre y cuando ellos encontrasen un hotel en el que pernoctar las noches siguientes.
Dinah, que doblaba la ropa y la dejaba sobre la silla antes de meterse en la cama, no se acobardó.
—Debemos intentarlo. No tiene ningún sentido habernos arriesgado tanto para llegar hasta aquí si no quemamos todas las posibilidades.
—Eichmann es el responsable de millones de deportaciones, de muertes. ¡Es el hombre que ha dado la orden de aniquilar a nuestro propio pueblo!
Dinah apretó los labios. Sus pies, desnudos, estaban gélidos contra la piel de Jonatán.
—Sé perfectamente quién es Eichmann. No le mentí a Kasztner.
Soy de tu misma opinión: los aliados no darán su brazo a torcer, la operación no funcionará.
Pero también tengo otra certeza: si los alemanes creen que pueden conseguir armamento a cambio de judíos, las negociaciones solo pueden darnos tiempo. Y el tiempo, ahora mismo, es vida.
Sus ojos, enrojecidos por el cansancio y el llanto que quería aflorar, refulgían con una llamarada que contrastaba con el frío de la carne. Sin pensarlo, mientras meneaba la cabeza, Jonatán le tomó un pie y lo frotó con los dedos para que entrase en calor.
— Timeo Danaos et dona ferentes —masculló de memoria—.
«No me fío de los griegos ni cuando vienen con obsequios».
Si vamos, caeremos en una trampa. No sé si Kasztner nos considera un obstáculo en su camino y quiere librarse de nosotros o si en realidad intenta ayudarnos y es tan ingenuo que confía en el Reich, pero yo no me fío.
Piensa en ello un momento: somos judíos, representamos a un ejército aliado y estamos solos en Budapest. Los alemanes están nerviosos: si triunfa el alzamiento en Eslovaquia, Hungría será su único apoyo en el continente.
—Tenemos que intentarlo. Las deportaciones se han paralizado, quizá es una muestra de que Eichmann tiene la intención de pactar con Kasztner.
Jonatán echó vaho sobre las palmas de las manos, que se habían enfriado, antes de tomar el otro pie de Dinah.
—O quizá el motivo es otro y Eichmann aprovechó esa eventualidad para meterse a Kasztner en el bolsillo.
Dinah negó con un gesto.
—No tienes por qué ir; estás en tu derecho de no confiar y yo en el mío de intentarlo. Eichmann no sabe nada de nosotros, iré mañana, sola. Le haré creer que me han confiado esta misión solo a mí, soy una mujer y, por lo tanto, levanto menos sospechas.
Jonatán se detuvo. La observaba con cuidado, casi con cautela, de la manera en la que alguien se aproximaría a los condenados a muerte o a los enfermos terminales. Tragó saliva. Incluso ese fluido corporal quemaba.
—No lo hagas —le pidió, en un murmullo lastimero—. No tires tu vida a la basura.
Dinah evitó el contacto visual. Acurrucada contra él, su cuerpo parecía aún el de una adolescente; su rostro, que se crispaba a causa de la determinación, pertenecía, en cambio, a una mujer adulta.
—Mi vida ya está condenada —susurró—. Si no lo hago, me pasaré el resto de los días culpándome por todos aquellos que se pudieron salvar y murieron.
He recibido la misma instrucción que tú, me he enfrentado a los mismos peligros que tú hasta ahora y porto idénticas armas, más la cápsula de cianuro. Déjame ir.
Jonatán la estudió un momento más. En la penumbra del dormitorio, el disfraz que habían adoptado desaparecía, y ella volvía a ser la muchacha obstinada, brillante y casi huraña que había conocido en la oficina de reclutamiento.
—Te dejo —musitó—. Como camaradas, somos iguales. Como amigo, te pido que lo reconsideres. Tu existencia es valiosa y la aprecio. Si…
Incapaz de escucharlo un instante más, ella se dio la vuelta. El cabello, espeso y abundante pese al corte, le cubría la cara.
—Somos compañeros de trabajo —precisó—. Cuando todo esto termine, no nos unirá nada.
—La amistad, sí. Crees que no le importas a nadie en el mundo, que los muros que tú misma levantas son suficientes para mantener alejados a los demás, pero no es así.
—Le apretó el hombro, sin llegar a moverla—.
Te aprecio de veras, me creas o no y, si caes, lloraré tu muerte.
Quizá no de inmediato, para no perder la cordura, pero cuando llegue la paz, sí.
—Apoyó la barbilla en aquella misma piel que había rozado—.
Admiro tu valor. Porque te respeto, consiento que obres según tu parecer, pero no me quedo tranquilo. No vayas, por favor.
—Estamos luchando por nuestro pueblo —le recordó ella—, por nuestras familias, nuestros seres queridos…, he de hacerlo.
Jonatán inspiró. Agotado por el viaje, la falta de sueño, el hambre y la sed, se abrazó a ella con más fuerza. Cerró los ojos.
—Me quedaré con la radio —terció, derrotado.
—Sí, es lo más sensato —accedió ella. No había cambiado de postura pero los pies, fríos de nuevo, se introducían entre los muslos de Jonatán en busca de una fuente de calor—.
Espérame en un lugar seguro. El cine, quizá.
Si al terminar la sesión doble no estoy de vuelta, sabrás que me encuentro en una situación problemática y podrás alertar al DOE.
Jonatán suspiró contra su espalda. Iluminada por la delgada franja de luz lunar que entraba a través de las cortinas, las pecas que bajaban por su columna vertebral parecían puntos en un mapa que, quizá, jamás podría volver a consultar.
La besó allí mismo, entre los omóplatos que sobresalían como alas.
No había palabras que pudiesen contener la enormidad de aquella pérdida anticipada.
Siguiendo las recomendaciones de Kasztner, dieron con un hotel de confianza en el que se registraron como un joven matrimonio.
Su documentación, que apenas miraron por encima, no hizo saltar alarma alguna, como tampoco su presencia en la capital.
A aquellas alturas de la guerra, cuando el racionamiento hacía mella en los estómagos y tantas familias se habían visto obligadas a desplazarse a causa de las bombas, que una pareja joven buscase alojamiento en Budapest por un periodo indefinido no resultaba nada fuera de lo común.
Dinah salió temprano. Para evitar dejar el maletín con la radio en el hotel más tiempo del necesario, Jonatán la esperaría allí mismo. Daría recado a la empleada para que no limpiase la habitación, pues debía trabajar y no quería ser molestado.
—Cuatro horas —indicó Dinah, a modo de promesa y despedida—. Si no he vuelto entonces, informa al DOE sobre la situación y solicita nuevas instrucciones.
Atrás quedaba el tiempo de las discusiones. Su decisión, tan firme que podría haber estado tallada en piedra, era inamovible. Con un último apretón de manos, de igual a igual, Jonatán la dejó ir.
Para no pensar, las primeras dos horas las pasó en la cafetería del hotel.
Las ventanas, que ofrecían una visión estratégica de la calle, le permitirían saber si ella volvía y también identificar la presencia de sujetos extraños que pudiesen estar vigilándolos.
Tomó el desayuno, menos copioso de lo que él recordaba pero suficiente para aniquilar el hambre, mientras leía en el periódico las noticias de Eslovaquia que, por vagas e inexactas, no lo satisficieron.
Completó el crucigrama. Fumó un cigarrillo tras otro.
Cuando los restos de achicoria se enfriaron y ya no le quedaban excusas para permanecer allí, dejó la propina sobre la mesa y subió a la habitación.
Dos horas. Dos horas de cuatro.
Escribió de memoria los versos que lo acompañaban desde los años del internado y las poesías en inglés que había recitado en el Mandato, hasta que la garganta y la lengua se habían habituado a la armonía exacta de aquel idioma extranjero, que debía adoptar como suyo.
Shakespeare, también. Now is the Winter of our discontent…
A los húngaros, como a los alemanes, se los identificaba enseguida en aquel idioma cantarín que tanto abusaba del sonido con el que ellos tropezaban: la uve doble, que ellos pronunciaban como uve simple.
Vinter , vinter , vinter . The Vinter of our discontent.
Güinter , güinter , güinter . The Güinter of our discontent.
En el cine de sus tíos pasaban la adaptación de Drácula casi cada semana.
Béla Lugosi, húngaro como ellos, había emigrado a Estados Unidos tras el fin violento de la breve república socialista; allí había alcanzado la fama.
Socialista como los jóvenes judíos del kibutz, había fundado el primer sindicato de actores en América y, con el estallido de la guerra, era un invitado habitual en los programas de radio de los aliados, desde los que denunciaba la ocupación alemana de su patria y la indiferencia del propio gobierno húngaro.
«I never drink… vine», aseveraba el conde en la película, con su acento espeso como la melaza. Si querían pasar desapercibidos como agentes británicos, les repetían en la instrucción, debían evitar sonar como él.
I never drink vine
I never drink vine
I never drink wine
Wine, wine, wine
Tres horas. Cuatro. Cuatro horas de cuatro.
—Mierda, Dinah —masculló.
Le había asegurado que lloraría por ella, pero no hasta que llegase la paz.
Había mentido. El sueño, ligero e intermitente, no le había permitido descansar el tiempo suficiente para deshacerse de la fatiga que arrastraba desde Liptovský Svätý Mikuláš.
Por humanidad y ternura, porque incluso entonces era más hombre que soldado, se tiró boca abajo en la cama, de modo que la almohada que deberían haber compartido por la noche ahogase su llanto.
Un instante de debilidad. Cuatro minutos tan solo, contados por el reloj, uno por cada hora que había aguardado aunque, en su fuero interno, ya conocía el final. No podía haber otro.
Tras secarse la cara, abrió el armario en el que habían escondido la radio y envió el mensaje más grotesco. La agente Irene había desaparecido en Budapest. Resultaba arriesgado volver a recurrir al contacto de la resistencia. El agente James solicitaba instrucciones.
Mientras esperaba una respuesta, se salpicó con agua fría para reducir la hinchazón de los ojos y la boca.
Estaba solo. Sin nuevas esperanzadoras de Eslovaquia, Bloomsbury, Rudi Vrba y Mirosłav podían llevar días muertos.
Dinah, que llevaba consigo la cápsula de cianuro, con toda seguridad había desaparecido también.
Kasztner, tanto si era un traidor como un idiota, no podría garantizarle protección alguna.
Debía encontrar otro camino para infiltrarse en la resistencia. Si no lo hacía, su presencia en Budapest resultaría inútil, y el sacrificio de Dinah, irrelevante para las páginas de la historia.
Levantó el teléfono de la mesita.