El silencio de los justos Capítulo V #2
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Capítulo V #2

Mientras Jonatán escudriñaba a Kasztner, Dinah le contó toda la historia, de principio a fin, sin omitir más que un detalle: el informe, para que no pareciese que lo juzgaban por la inactividad del comité.

Las constantes tensiones entre los británicos y el Yishuv.

La instrucción para la que habían sido seleccionados y que tan pocos habían pasado.

Los meses de espera en El Cairo. La operación en Eslovaquia.

El tortuoso viaje hasta Budapest. La misión de contactar con la resistencia húngara y de entrenarla en tácticas de guerrilla si el alzamiento al otro lado de la frontera no fracasaba.

El cometido que ellos mismos se habían propuesto de salvar al mayor número posible de judíos.

Kasztner la escuchó, pero lo que le dijo no le gustó. Jonatán lo percibió en las arrugas, más evidentes, fruto no ya de las décadas que no pasaban en balde, sino de una turbación interior a la que él no pudo poner nombre hasta que el abogado les contó, a cambio, su propia historia.

Él, junto con otros líderes sionistas, había entrado en negociaciones con las mismas personas que habían orquestado la destrucción de su pueblo: los alemanes.

Con el mayor aplomo, había puesto las cartas sobre la mesa: a esas alturas de la guerra, el exterminio de los judíos húngaros no supondría para el Reich más que otro crimen a una lista larguísima que los civiles germanos tendrían que expiar en sus propias carnes.

Arguyó, además, que tanto las organizaciones judías internacionales como los aliados estarían dispuestos a grandes sacrificios si con ello lograban rescatar a los hebreos, algo de lo que Alemania también se beneficiaría.

Eichmann, sobre cuya autoridad pesaban millones de vidas aniquiladas, aceptó; intercambiarían, según sus propias palabras, «mercancía valiosa por judíos sin valor alguno».

Animado por la respuesta afirmativa, Kasztner había mandado a un emisario a Estambul para iniciar los trámites necesarios.

Lo que el Reich de los Mil Años quería era un trueque de proporciones bíblicas: oro a cambio de una sangre que ya no sería derramada.

Mientras ambos, nazis y sionistas, esperaban su regreso, Eichmann había sellado el pacto con un pago simbólico: 1.

691 judíos húngaros, seleccionados por Kasztner y otros líderes sionistas, habían sido enviados a un campo especial de manera provisional.

Si las negociaciones daban su fruto, se los trasladaría a un país neutral, España o Suiza, donde sus vidas ya no corriesen peligro.

—Si esta operación sale bien, salvaremos a cientos de miles —aseveró Kasztner, triunfal.

Jonatán se removió en su asiento. Aunque había bebido agua mientras aguardaba en la sala, notaba la garganta seca, árida, un desierto en el que las palabras encallaban, temerosas de salir.

—¿Crees de verdad que los aliados van a aceptar negociar con los alemanes?

—tanteó, en voz muy baja—. ¿No has oído a Ibolya?

Son sus hijos los que están cayendo en el frente de una guerra iniciada por el Reich o víctimas de los ataques aéreos de la Luftwaffe.

No van a arriesgarse por los judíos cuando su prioridad es ganar una guerra que se cobra miles de vidas al día.

Nuestra propia misión se demoró meses precisamente porque los británicos y el Yishuv no lograban ponerse de acuerdo.

¡Y crees que van a proveer a su enemigo del armamento que usará contra ellos!

Kasztner, que palidecía, separó los labios para responderle, pero Jonatán no le dio oportunidad. Todo él temblaba, poseído por un pánico que lo devoraba desde dentro; a pesar de los gestos con los que Dinah trataba de calmarlo y acallarlo, continuó hablando.

—¿Y los alemanes? ¿Creen ellos en esta operación? ¿Ellos, que nos acusan de una conspiración mundial de la que Stalin, Churchill y Roosevelt son agentes?

—Tras el desembarco de Normandía, la situación de los alemanes en la guerra es delicada —terció Kasztner aprovechando un instante en el que Jonatán se detuvo para recobrar el aliento—.

En cuanto a los aliados… ¿Cómo podrían negarse a ayudarnos, siendo conscientes como son de lo que suponen lugares como Auschwitz?

—No así. Sería un suicidio. Los soldados en el frente no aceptarían que sus países suministrasen material al Reich por muy nobles que fuesen las causas.

¿Cómo se lo explicarían a las madres que lloran a sus hijos en el cementerio?

—Torció la boca—. Además, te olvidas de un detalle crucial: los aliados no son solo Estados Unidos y Gran Bretaña.

Hasta hace poco, los soviéticos luchaban contra los alemanes prácticamente solos.

Ellos son los que han perdido a millones de hombres; sus ciudades, las que han asediado y sus habitantes, a los que han matado de hambre durante meses.

Jamás aceptarán colaborar con sus enemigos ni tolerarán que lo hagan las fuerzas occidentales.

Ni los británicos ni los americanos se arriesgarían a cortar relaciones con los soviéticos cuando la victoria está tan cerca.

Kasztner ignoró sus palabras. Una sonrisa altiva, típica del maestro que entrega al alumno un examen suspenso, le deformaba el rostro.

Despacio, sin decir nada, dispuso sobre la mesa varios telegramas procedentes de Turquía en los que le garantizaban que las negociaciones seguían su curso y que los aliados se mostraban interesados.

—En ese caso —repuso Dinah con voz quebrada—, ¿por qué no ha regresado el emisario?

Decenas de miles de húngaros han sido deportados.

Mi compañero tiene razón, aunque el acaloramiento le impida expresarse con mayor moderación.

Nosotros conocemos muy bien a los británicos, no dejamos de pertenecer a su ejército.

No debiéramos confiar en que acepten la propuesta, aunque, para ganar tiempo, sí espero que los alemanes mantengan viva esa fe.

La mirada de Kasztner, al posarse sobre Dinah, se enterneció. Con un grito gutural, ahogado, inquirió:

—Dime, ¿tenéis la certeza de que los aliados ganarán la guerra?

Algo frío se agitó en la boca del estómago de Jonatán.

Lo azotaba una realidad que no había contemplado hasta ese momento: el hombre que tenía ante él temía aún una victoria del Eje y era ese pánico el que empañaba su operación.

No negociaba con una nación enloquecida por una derrota inminente, sino con los posibles vencedores del mañana.

Dinah, que quizá había llegado a la misma conclusión que él, inclinó la barbilla con timidez.

—Sí, sin duda alguna, y quizá antes de que acabe el año. No hay ningún escenario plausible en el que los alemanes puedan ganar la guerra.

—Comprendo —musitó Kasztner acariciándose el mentón.

Permaneció un par de minutos más en silencio y sin cambiar de postura.

Llevaba meses enzarzado en negociaciones con los alemanes que habían ocupado su país y condenado a millones de sus compatriotas a la deportación.

Y en ese momento tenía ante sí a dos jóvenes tan judíos como él, que representaban intereses británicos; dos jóvenes que solicitaban su ayuda en la ciudad que los había visto nacer y que, durante su ausencia, se había convertido en territorio enemigo.

Si tirase una moneda para echar a suertes las posibilidades que se abrían ante él, se hallaba ante el mayor bache de su operación o ante la pieza que faltaba en el rompecabezas.

Tomó aire. Sin permitir que la duda empapase sus palabras, les sugirió que se presentasen ante Eichmann como emisarios de la Jewish Agency con un único objetivo: apaciguar el recelo de los aliados, que desconfiaban de las promesas de los alemanes.

¿Estarían realmente dispuestos a liberar a los judíos a cambio de armamento?

—Si la Gestapo os detiene, os juzgarán por espionaje —siseó—. Si os presentáis ante Eichmann de manera voluntaria, gozaréis de la inmunidad que os garantiza actuar en nombre de la Jewish Agency.