El silencio de los justos Capítulo V
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Capítulo V

V

Jonatán Rozenfeld regresó, tras tres años de ausencia, a la ciudad que había abandonado.

La brújula interna, que funcionaba como si el tiempo no hubiese transcurrido, no coincidía, sin embargo, con el esqueleto de edificios destartalados, vapuleados por las bombas, que se extendía a través de Csikágó.

—Ahí está la calle Nefelejcs —le decía a Dinah. Con un brazo sobre su hombro para guardar las apariencias, la atraía hacia sí—, la calle Nomeolvides…, y por ahí se va a la calle Hernád, donde estaba mi escuela…

Las gentes, más delgadas y harapientas de lo que él recordaba, lo observaban todo con ojos brillantes y ansiosos que a Jonatán le recordaron a los de un roedor.

Cuando se cruzaban con aquellos viandantes que portaban la estrella amarilla, él bajaba la barbilla.

La proximidad con su propio barrio no le preocupaba.

A los cambios físicos que había experimentado en el Mandato se sumaban las gafas sin graduación que portaba y la barba que se había dejado crecer y que, mediante agua oxigenada, había teñido del mismo rubio pálido que el cabello y las cejas; solo alguien muy allegado que lo estudiase con suficiente detenimiento sería capaz de reconocerlo como el universitario que había emigrado a Palestina.

No, el sentimiento doloroso e inútil que lo atenazaba era otro mucho más humano: la vergüenza.

Su propia camisa, carente de estrella, lo abochornaba, así como el miedo que su aspecto más que ario despertaba en su propio pueblo y que él leía en aquellas miradas nerviosas.

—Deja de soñar —le instó Dinah con dientes apretados, y tiró de él para apremiarlo.

A través de aquellas avenidas cuya disposición él recordaba a la perfección aunque la imagen no se correspondiese a las reminiscencias, lo condujo hasta el parque Városliget. Perdidos entre el gentío que paseaba aprovechando los últimos rayos de sol de aquel día de finales de verano, le susurró:

—Tenemos que ponernos en contacto con la resistencia cuanto antes, montar la radio y mandar confirmación al DOE de que lo hemos logrado. El único enlace húngaro con el que hemos estado en contacto es el mensajero al que le entregamos el informe.

Evitó, aunque lo conocía, pronunciar el nombre de Ádám; ni el original, el verdadero, ni el alias que le habían otorgado para cruzar la frontera. Los iris de la mujer, fijos en Jonatán, centelleaban con un sentimiento difícil de describir y una súplica silenciosa.

—Si tenemos otra opción, preferiría no tener que comprometerlo —apretó la mano de Dinah—. ¿La tenemos?

Ella inspiró y se llevó a los labios los dedos de Jonatán, que se entrelazaban con los suyos, un disfraz como cualquier otro que, además, le dio la oportunidad de comprobar que nadie los oía ni los miraba.

—Tal vez —siseó—. Antes de emigrar, era vecina de un abogado, el doctor Rudolf Kasztner, bastante activo en la militancia sionista.

De hecho, fue él quien me ayudó a preparar los visados pertinentes para Palestina.

Por Mirosłav sé que sigue con vida y está en Budapest; según parece, fue quien remitió el informe al Consejo Judío.

Jonatán se mordió el labio inferior. Sin noticias de los suyos en Eslovaquia, mentar al secretario se le antojaba como una sesión de espiritismo. En el caos que habían dejado atrás, tanto Bloomsbury como él podían no existir ya.

—No sé —tanteó—. ¿Podemos confiar en él? Si el consejo hubiese respondido a tiempo, nosotros no habríamos tenido que buscar otra manera de distribuir el informe.

—Por lo que sabemos, el doctor Kasztner fue un mensajero, exactamente igual que Ádám.

—En ese momento sí, el nombre, en sus labios, sonaba espinoso—.

Lo dejo en tus manos. Yo… —Exhaló—. Mira, yo no soy como tú.

Soy demasiado intensa, demasiado apasionada, antepongo mis ideales a todo lo demás y no se me da bien caer en gracia ni trabar amistad, pero comprendo a la perfección lo que te une con Ádám.

Si yo tuviese un lazo así con alguien, no querría poner en riesgo a esa persona por nada del mundo. Tú decides, ¿a quién debemos acudir?

Jonatán sacudió la cabeza. Parpadeaba de manera incesante para que los ojos, ya húmedos, no enrojeciesen más.

—No me pidas eso.

Dinah le tomó la barbilla y lo obligó a mirarla. Pupila con pupila.

—En Eslovaquia no tuviste alternativa. No conocíamos la identidad del mensajero; para seguir el plan y cumplir nuestra misión, debiste entregarle una cápsula de cianuro al amigo que te salvó la vida. Ahora puedes decidir, ¿te atreves a confiar en Kasztner o acudimos a Ádám?

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Jonatán. Ella, que no lo soltaba, le frotó los brazos con la mano que tenía libre para disfrazar así el miedo de frío.

—Dinah…, joder. Joder, no puedo, no puedo tener su vida en mis manos otra vez. ¿Estás por completo segura de que ese Kasztner es de fiar?

—No lo habría puesto sobre la mesa de no ser así —le aseguró ella.

Todavía lo tocaba, lo acariciaba, por ternura y lealtad más que para salvaguardar la coartada que los protegía.

—¿Y sabes cómo localizarlo? No nos conviene estar dando tumbos por ahí, menos aún en el barrio judío y cuando se acerca el toque de queda.

—Si las señas que Mirosłav me dio no han cambiado, sí.

Un último temblor. Una duda que corroía hasta la médula.

Jonatán tomó aire.

—De acuerdo, confío en tu criterio. Vamos con Kasztner.

Los paracaidistas palestinos llegaron a la pensión en la que se hospedaba el doctor Kasztner veinte minutos antes del toque de queda.

Los recibió su esposa, a quien Dinah conocía de los años de adolescencia, en los que había entrado en contacto con el abogado.

La mujer, aún hermosa, se detuvo primero en los pechos de los dos, desprovistos de la estrella color canario, antes de dirigir la mirada a sus rostros.

Dinah tragó saliva. ¿La reconocería o no?

Aquella sería la prueba definitiva de la eficacia de su disfraz.

Había perdido las redondeces infantiles que aún conservaba a los dieciocho años; la figura, entonces voluptuosa, se había afinado y endurecido durante los meses de instrucción.

Como Jonatán, llevaba unas gafas que no necesitaba y se había aclarado el cabello; se había cortado los rizos, teñidos de pelirrojo, a la altura de la mandíbula y se los había peinado a la moda dictada por las revistas alemanas.

La mujer les preguntó sus nombres. Dinah, que recobraba el aliento, le dio las identidades falsas que habían adoptado al regresar a su patria: dos nombres húngaros comunes, tan fáciles de recordar para ellos como de olvidar para los demás.

—Podría tardar —les indicó la mujer—. Mi marido está muy ocupado y, teniendo en cuenta la hora…, quizá sería más prudente que regresasen mañana.

—No se preocupe, señora, disponemos de los permisos necesarios para circular pasado el toque de queda —mintió Jonatán—. El asunto que debemos tratar con su marido no admite demora, no nos importa esperar.

La esposa los estudió un instante más. Sus ojos, cansados, bordeados por un sinfín de arruguitas, no se entretuvieron en Dinah, sino en el hombre que la acompañaba. Suspiró.

—De acuerdo, entonces. Le diré a Rudolf que están aquí y que desean hablar con él. Si son tan amables de tomar asiento en la sala… —dijo, y señaló la puerta a su izquierda con el dorso de la mano.

En la habitación, pequeña, aguardaban aún, pese al riesgo, un par de personas portadoras del distintivo amarillo.

Al entrar la pareja, los ojos inquietos que consultaban los relojes se sacudieron con el mismo miedo que Jonatán ya había percibido en la calle.

Su aspecto y la ausencia de la marca amarilla en la ropa actuaban como escudo, pero también los separaban de manera irremediable de la comunidad a la que pertenecían.

Sentados, como ellos, pero con un destino muy distinto, se convertían en enemigos, en el otro, en una amenaza más sobre aquellos que ya habían perdido hasta la esperanza.

Tras un par de minutos de angustia, y sin haber tenido la oportunidad de reunirse con Kasztner según lo previsto, primero uno, después el otro, se levantaron y se marcharon.

A Jonatán le habría gustado darse la vuelta y gritarles que volviesen, que era como ellos, que estaba ahí precisamente para ayudarlos, para arrancarlos de las garras del abismo al que se precipitaban.

Se quedó callado. Hacer lo contrario habría supuesto un paso en falso letal.

Un cuarto de hora más tarde, Kasztner asomó la cabeza a la puerta y los llamó por su nombre.

La piel, tan bronceada como Dinah la recordaba, estaba cuajada de arrugas; en el pelo, que comenzaba a escasear, ya se encontraban algunos mechones plateados. Por lo demás, al contrario que ella, no había cambiado.

Los invitó a entrar al despacho. Tras cerrar la puerta, les indicó que tomasen asiento.

—Mi esposa me ha comentado que querían hablar conmigo y que se trata de un asunto urgente —les dijo.

Los observaba a través de las lentes de montura de carey, sin que su expresión cambiase. El disfraz había surtido su efecto incluso en él, con quien tantas horas Dinah había compartido.

—Soy Ibolya, doctor Kasztner. Ibolya Szabó, ¿no se acuerda de mí? Usted me ayudó a emigrar al Mandato en 1939, poco antes de la restricción sobre la inmigración judía del Libro Blanco de MacDonald.

Las cejas pobladas de Kasztner se sacudieron cuando este se acercó más a la muchacha.

¿De verdad había cambiado tanto? Los iris seguían siendo los mismos, a medio camino entre el verde y el miel; bajo el maquillaje, que se había retocado al salir de la estación, todavía se adivinaba la constelación de pecas que bajaba hasta las clavículas.

—¡Ibolya Szabó! —repitió él en un grito asfixiado—. Por supuesto que te recuerdo. Pero, niña, ¿qué estás haciendo aquí?