Capítulo IV
IV
El nuevo mes llegó a la legación sin haber obtenido respuesta a los últimos despachos ni acuse de recibo del Informe de Auschwitz.
Incapaz de mantenerse inmóvil, Sanz Briz se había presentado ante el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Gusztáv Hennyey.
De pelo ralo, nariz aquilina y gafas de montura fina, al español le recordó a un águila o alguna otra ave majestuosa.
Su pasado militar se reflejaba en la postura, correctísima, en el tono seco de la voz y en las frases cortas y tajantes con las que se expresaba.
Su opinión política, más moderada que la de su antecesor, le permitió a Sanz Briz deshacerse de la galantería que habría empleado con Baky.
Le habló de tú a tú, ambos hombres prácticos que no buscaban más que una postura favorable para sus respectivos países y un desenlace de la guerra lo más pacífico posible.
Con la mente fría, los avances occidentales tras el desembarco de Normandía y las ya continuas victorias soviéticas en el Este solo daban pie a una resolución: una derrota germana que llegaría más pronto que tarde y que pondría fin a la contienda en Europa.
Desde el corazón de Budapest, asediado por los bombardeos constantes y la persecución a la población judía, daba la impresión de que el conflicto jamás terminaría; si lo hacía, no quedarían testigos en pie para dejar constancia escrita en los anales de la historia.
Tras rendir sus respetos, Sanz Briz dispuso las cartas sobre la mesa sin hacer referencia al destino probable de las fuerzas de ocupación.
Como Hennyey debía de estar al corriente, él, en representación de España, había unido su firma a las del resto de los embajadores neutrales en protesta por las vejaciones que sufrían los judíos.
—Los sefardíes provienen de nuestro país —se explayó—.
Por decreto de Primo de Rivera, tienen derecho a solicitar pasaporte español, y nosotros a extendérselo.
El cese de las deportaciones, semanas atrás, dio fin a un periodo de crisis que, por desgracia, se ha reanudado ahora que vuelven a producirse transportes de judíos.
Entiéndame, mi deber es velar por los españoles en Hungría, y los sefardíes lo son.
Hennyey, que había escuchado las súplicas veladas en silencio, asintió. Sus ojos, detrás de los cristales, resultaban limpísimos; a Sanz Briz, al menos, la suya se le antojó una mirada sincera.
—Comprendo su preocupación por los sefardíes y, sí, soy consciente de la opinión de las embajadas neutrales respecto a la comunidad israelita.
En lo que a mí respecta, puedo asegurarle, señor Sanz Briz, que no tendrán lugar más deportaciones de judíos, ni en esta ciudad ni en ninguna otra del territorio húngaro.
—Gracias por hacérmelo saber, señor Hennyey. Resulta, desde luego, un avance mucho más esperanzador que los anteriores.
Con su mirada intentaba comunicar también aquello que no se atrevía a verbalizar.
¿Qué diferenciaba aquel cese del que había tenido lugar con anterioridad?
Sin garantías de que ese periodo de calma relativa se tornase permanente y sin querer hacer más presión en el primer encuentro, no ante el silencio de Madrid, se despidió.
No confesó que, pese a las simpatías iniciales, la reunión no había logrado apaciguarlo. Tampoco que, mientras aguardaba instrucciones de sus superiores, había extendido pasaportes a cuantos judíos sefardíes se habían presentado en la legación.
Ciento ochenta y tres kilómetros separaban Miskolc de Budapest. En el servicio exprés, incluso teniendo en cuenta los imprevistos de la guerra, el trayecto no tomaría más de tres horas y media.
El tren ordinario al que Jonatán y Dinah se habían subido, mucho más concurrido (y, por tanto, víctima de chequeos menos extensos), tardaría al menos siete en alcanzar la capital.
Contaban el tiempo en las paradas, efectuadas en cada pueblo del camino, y en los indicios silenciosos que les indicaban que el gendarme a bordo se acercaba.
Los cambios de vagón en vagón eran rápidos, sutiles, llevados a cabo con la aburrida distracción de un pasajero que se enfrenta a un largo viaje en mitad de un verano infinito.
A medida que avanzaban y más personas se montaban en el tren, el baile de coche en coche se fue simplificando.
La multitud era tal que, al no quedar asientos libres, los usuarios se veían obligados a esperar de pie en los pasillos.
Ante la imposibilidad de solicitar documentación a todos los presentes, Dinah y Jonatán, apoyados en la pared abrazados, fingían dormir hasta que el riesgo pasaba.
—Veo campos…, flores… —susurraba él, parapetado contra la ventana.
Por los mareos causados por el calor, casi podía transportarse a los agostos eternos a orillas del lago Balatón.
La música de los campesinos, que despertaba a un nuevo Ádám que bailaba csárdás como poseído por una fuerza superior.
El agua fresca sobre la piel, que reflejaba las estrellas como diamantes cortados.
El olor intenso y relajante a lavanda, del que uno no podía desprenderse…
Una sacudida tiró a Dinah a sus brazos. La parada, una más entre tantas, no les preocupó.
Se mantuvieron donde estaban, la frente de ella contra el hombro de él, las manos entrelazadas sobre el asa del maletín en el que guardaban las piezas de la radio.
Contaron el tiempo en respiraciones, en caricias cada vez más cansadas… , en puertas que ya no se abrían.
Un temblor recorrió el rostro de Dinah. Mientras se desperezaba, se inclinó ante la madre que se tambaleaba a su lado y que rebuscaba algo en el interior de su bolso.
—¿No se suben pasajeros? ¿Es que ha habido una alarma aérea?
La mujer sujetó su documentación en la boca para congregar a sus dos hijos pequeños a su alrededor. Una vez que lo logró, tomó el pasaporte.
—Hatvan —dijo tan solo.
Ante las expresiones inquisitivas de la pareja, agregó:
—La última parada antes de llegar a Budapest. Deberíais ir buscando la documentación para el registro obligatorio.
Una breve mirada de pánico.
—¿Hatvan, ha dicho? —preguntó Jonatán, procurando que la voz no revelase el miedo que lo atenazaba.
—Sí, señor, Hatvan.
—¡Hatvan! —repitió él, y acompañó su exclamación con un golpecito en el hombro de Dinah—.
¡Boba, que esta es nuestra estación! Ya verás qué gracia le hará a mi hermano seguir esperando como un pasmarote si nos la pasamos.
—Mientras tiraba de ella, alzó el brazo en dirección a la madre—.
¡Muchas gracias, señora! ¡Nos ha salvado la vida!
Serpentearon entre los cuerpos que se levantaban, que golpeaban con los pies el suelo para despertarlos, que hurgaban en los bolsillos hasta dar con los papeles requeridos.
Si se bajaban, tendrían por delante una caminata de casi un día hasta llegar a Budapest. El ejercicio físico no les preocupaba, pero sí los guardias que habría al otro lado, ya que difícilmente podrían sortearlos.
El tren era un ataúd de metal, y ellos, ratones que huían de unos gatos dispuestos a darles caza. Fuera se convertirían en blancos visibles contra los que disparar y acertar.
—¡Vamos! —masculló Dinah.
Tiró de él con violencia, casi con desdén. Con la misma ansia, cerró tras ellos la puerta del servicio. Un ataúd dentro de un ataúd. En el mar de posibilidades quemadas en el que se ahogaban, el plan inicial, conocido, resultaba más atractivo que los peligros que los acechaban al otro lado.
Voces ahogadas. Pasos. El ruido de la tela, de las solapas de las carteras al abrocharse y desabrocharse. Ciegos a lo que ocurría en el vagón, se aferraron de nuevo uno al otro no como coartada, sino guiados por un instinto mucho más primario: la seguridad que inspiraba la piel de otro ser humano.
Dos golpes. Dinah introdujo la mano en el interior del pantalón de Jonatán y palpó hasta dar con el miembro más delicado, que sujetó entre los dedos. Si los gendarmes echaban la puerta abajo, debían tener alguna prueba que justificaba su engaño. Dos golpes más.
—¡Guardia montada húngara! ¡Comprobación obligatoria de los documentos!
Gimieron con una pasión que no sentían. Con la espalda contra el marco, de modo que su cuerpo ofreciese cierta resistencia, Jonatán besó a Dinah en las mejillas y en el cuello.
El sonido de las bocas que se buscaban, de las lenguas que se encontraban, de las caderas y las pelvis que batían contra la pared en alocado desenfreno.
Tres golpes.
—¡Guardia montada húngara!
Jonatán apretó los párpados. Sin detenerse, repasó mentalmente sus opciones.
La pistola amarrada al tobillo a la que podía acceder con facilidad en el tiempo que le tomaría al gendarme entrar en el servicio por la fuerza.
La cápsula de cianuro que ambos guardaban en el bolsillo interno de la camisa: él, en una cajetilla de tabaco; ella, en un estuche de carmín.
Si morían antes de ser torturados, tanto daba que las autoridades húngaras entregasen la radio a los alemanes; incluso si lograban armarla, resultaba inútil sin el código que desaparecería junto con ellos.
Un golpe.
—¡Abran!
Jadeos. Suspiros. Corazones que latían con fuerza, guiados por el pánico y no por la pasión.
—¡Abran a la guardia…!
Dinah acarició el revólver que ocultaba en el antebrazo. Jonatán, con las palmas de las manos contra la pared, la protegió con su propio cuerpo. Al otro lado, una nueva voz se alzó sobre la anterior.
—Déjalo estar. ¿No los oyes? Aún nos quedan cuatro vagones más. Cuanto antes acabemos, antes podremos volver a casa.
Un gemido más, hijo del alivio que se disfrazaba de sensualidad.
Los pasos de las botas, rápidos y altaneros, se alzaron sobre el conjunto de ruidos a los que los paracaidistas ya se habían acostumbrado.
Sin dejar de abrazarse, dispuestos a no abandonar su escondite hasta que el tren entrase en movimiento, Jonatán besó a Dinah en la frente.
Un sentimiento genuino, sincero, que brotaba con la certeza de haber salvado la vida una vez más.
—No puedo creerme que haya dado resultado —masculló—. Dios mío.