Capítulo III
III
A Ádám, que se había llevado el diario a la mesita del Kis-Gerbeaud, la nota le produjo un efecto similar a un golpe de calor. Lo dejó junto a la taza con mano tan temblorosa y poco hábil que chocó con el antebrazo del teniente primero János Messik al volver a su posición inicial.
Erika, que estaba sentada frente a ellos y junto a Pál Széchenyi, frunció el ceño.
—¿Te encuentras bien?
Ádám se abanicó con la servilleta.
—Sí, no te preocupes.
Al fijarse más en el Pester Lloyd , que Pál recogía, y detenerse en la noticia que su hermano había dejado a medias, resopló.
—La censura ha debido de cebarse de lo lindo —repuso en voz tan baja que los tres hombres tuvieron que inclinarse hacia ella para oírla—. Radio Kossuth lleva días haciendo referencias al respecto.
—Sí —accedió Messik—. Si la prensa húngara se hace eco ahora, me imagino que es porque, tras cierto éxito inicial, a los insurgentes se les están empezando a complicar las cosas. —Propinó un suave codazo a Ádám—. ¿Seguro que estás bien? Te has puesto pálido.
—Sí, es que había llegado a la misma conclusión que tú…, qué pena —confesó tras un breve asentimiento.
—Si estáis en lo cierto —terció Pál Széchenyi, cuya voz llegaba a Ádám como un eco lejano—, los alemanes debían de temer que la insurgencia se contagiase también a Hungría.
Rumanía ya ha cambiado de bando y si ahora cae Eslovaquia…
, vamos a ser el único bastión verdaderamente fiel al Reich en Europa.
La conversación continuó en torno a los cafés, ya casi consumidos, y a las colillas de los cigarrillos, pero Ádám hacía ya un buen rato que había dejado de escucharla.
En el mapa invisible que se desplegaba en su cabeza, Banská Bystrica no estaba, a fin de cuentas, tan lejos de Liptovský Svätý Mikuláš.
Y la piel aún le ardía por las caricias de Jonatán; sus dedos habían impreso en él unas cicatrices más indelebles que las causadas por la metralla.
«¡No vas a morir!». Escuchaba su propia voz como una letanía, una plegaria dirigida a santos ciegos, sordos e impasibles.
Había comprado con oro la libertad de Jonatán y este, por nobleza y dignidad, había regresado a la boca del lobo.
Con papeleo había apartado a Sándor de su destino y, sin saberlo, había terminado arrojándolo a una condena aún peor.
El Señor, en su sabiduría, lo había salvado de la muerte en el Don, quizá como castigo.
Ni las discapacidades ni los dolores ni las pesadillas que lo asediaban cada noche podrían expiar jamás la culpa que le roía los huesos.
Cuando Erika se levantó, arguyendo que se le hacía tarde para regresar al hospital, a Ádám le dio la impresión de que, como la mesa con el movimiento, su vida se tambaleaba.
—Espera, te acompaño —decía Pál, cuyas palabras aún reverberaban como si proviniesen del interior de la Tierra.
—¿Crees que no me sé el camino o temes quedarte a solas con mi hermano y con Messik?
—Ni lo uno ni lo otro, reina de Saba. Seré más moderno que nuestros padres, pero también un caballero y a ninguno de los dos nos han criado en la jungla.
Ádám apenas oyó las despedidas, ni sintió el beso en la mejilla que le dio su hermana al marcharse.
A la campanilla de la puerta, que sonó, estridente, cuando esta se cerró, respondió con un estremecimiento.
Al abrir los ojos, húmedos a causa de la preocupación y de la migraña que comenzaba a aparecer, vio el rostro pícaro de Messik tan cerca del suyo que hubiera podido contar los distintos colores que conformaban su iris.
—Estoy bien, Jancsi [38] —insistió, antes de que volviese a preguntárselo—. Pensando en el país que nos han dejado y deseando que vuelva a ser invierno. Estoy hecho un ecce homo con este puto calor.
Messik torció la boca, de labios finos y bien definidos. En susurros en deferencia a Ádám, pero también debido al tema que trataban, aseveró:
—Ya. No puedo ayudarte con lo segundo, pero en cuanto a lo primero…
—Miró a un lado y otro y, tras comprobar que nadie estaba atento a ellos, agregó—: Mira, no queríamos decir nada delante de tu hermana, no porque no confiemos en ella, todo lo contrario, sino porque Széchenyi tiene razón: aún conservamos algo de la educación que nos inculcaron y nos negamos a tolerar que una mujer se ponga en peligro por la política.
Ádám bajó las cejas. Oteó por detrás de Messik y, aunque los camareros estaban lejos y el resto de los comensales atentos a sus propias mesas, echó mano del servilletero para aproximarse aún más a su camarada.
—También coincido con Széchenyi en el análisis de la situación actual —prosiguió este—.
En pocas palabras, es insostenible y no existe justificación alguna para que nos quedemos de brazos cruzados mientras los alemanes hacen con nuestro país lo que les viene en gana.
—Se pasó la lengua por los dientes—. No somos los únicos que hemos llegado a esta conclusión; otros compañeros de armas, muchos de ellos ya alejados del ejército precisamente por el viraje político que ha tomado Hungría, piensan lo mismo y nos hemos empezado a reunir.
—Contad conmigo —masculló Ádám, antes de que su amigo pudiese proponérselo—.
Y no os preocupéis, he conocido y admirado a muchas mujeres hundidas en política hasta el cuello, mi prima Klára entre ellas, pero por mucho que admire también a Erika, no deja de ser mi hermana.
Bastante se arriesga ella sola para que yo le dé más oportunidades —inspiró—.
¿Con quién más estáis hablando? ¿Alguien que conozca?
—El capitán Vilmos Tartsay…
Ádám sonrió.
—Húsar, como mi padre. Un buen hombre.
—El teniente general János Kiss, el coronel Jenő Nagy… —Messik estiró el brazo para apretar el hombro de Ádám—. Cierto tipejo cuyo nombre quizá te resulte familiar… ¿Iván Boldizsár?
—¡No! ¿Iván? Le hacía…
—Viviendo como una rata, sí. Sus circunstancias no han cambiado mucho, pero ya sabes cómo es. —Ladeó la cabeza—. O cómo sois, que cojeáis del mismo pie.
—No debería jugar con su vida. Tiene un hijo pequeño, y carece de las condecoraciones y del apellido que a mí todavía me protegen.
La mirada de Messik se dulcificó.
—¿Y tú crees que él aceptaría esa vida, sabiendo que pudo luchar por sus ideas y se acobardó? Bastante le duele ya tener que esconder la cabeza como un avestruz…
—Supongo que tienes razón. A fin de cuentas, como has dicho, de ese pie también cojeo yo.
A principios de septiembre, Ádám Farkas de Batthyány, cuya vida valía tan poco, regresó a la militancia.
La militancia por ideología. La militancia como bálsamo para aliviar los remordimientos que hacían mella en él.
La militancia como fatum compartido: si la misión de Jonatán lo había empujado a los partisanos a los que el Reich daba caza en Eslovaquia, él aceptaría mansa y humildemente el riesgo de resistir a los ocupadores desde dentro.
En Nyékládháza, dos voluntarios palestinos aguardaban a que el tren de Miskolc con destino a Budapest se detuviese.
Con el estallido del alzamiento al otro lado de la frontera y la intensificación de los interrogatorios, la travesía les había tomado más días de los planeados.
Dependían de los trenes y, en particular, de poder eludir las obligatorias comprobaciones de documentos en las estaciones.
Disponiendo de pengős suficientes en el bolsillo, su coartada como joven pareja de enamorados que se había fugado de casa resultaba más segura que probar suerte con papeles falsos en uno de los momentos de mayor tensión a causa de la guerra.
Por eso habían estudiado las rutas y barajado las distintas posibilidades.
De viajar solo, Jonatán habría podido camuflarse entre la marea de obreros y campesinos que se amontonaban en los llamados «trenes negros», tan abarrotados que los gendarmes eran físicamente incapaces de pedir la documentación a todos los pasajeros, por lo que solo molestaban a aquellos que resultasen sospechosos o que llevasen consigo equipaje abultado.
Disfrazarse de celador y enfermera, y acceder así a un tren de la Cruz Roja habría supuesto un suicidio, mientras que aguardar al caos de un ataque aéreo sobre las vías los habría retrasado incluso más.
Su plan, por tanto, era una mezcla de ingenio y oportunidad.
En cuanto el ferrocarril parase para reponer agua, ellos se montarían en él como polizones.
Según habían observado, los gendarmes patrullaban los vehículos desde el primero hasta el último vagón, por ese orden; para sortearlos, se moverían de coche en coche.
Si esa estratagema fallaba, se encerrarían en el servicio hasta que el peligro hubiese pasado.
Vieron una luz a lo lejos. Jonatán se agazapó más entre los arbustos que los ocultaban. En la penumbra del escondite, apretó la mano de Dinah.
—HaShem estará con nosotros —aseguró ella en una oración sin destinatario—. No nos abandonará.