Capítulo II
II
Ángel Sanz Briz, encargado de negocios en Budapest Al ministro de Asuntos Exteriores Lequerica
¡¡¡CONFIDENCIAL!!!
Ayer por la mañana, por invitación de Su Santidad el nuncio del papa en esta capital, nosotros, los representantes diplomáticos de los países neutrales, celebramos una reunión bajo su presidencia.
En dicha reunión, que versó sobre la grave situación de los judíos que aún permanecen en este país, además del nuncio, también estuvieron presentes el embajador de Suecia, el encargado de negocios de Portugal, el encargado de negocios de Suiza y el abajo firmante en representación de España.
El nuncio nos informó de que más de medio millón de judíos habían sido deportados de Hungría, casi dos tercios de los cuales habían sido asesinados, y que se han reanudado las deportaciones tras un breve periodo en el que habían cesado.
El nuncio añadió que había constatado que el regente Horthy se oponía a la ejecución de las mencionadas deportaciones, una opinión que comparte la mayoría del gobierno húngaro.
La deportación de los judíos, por tanto, es simplemente una imposición de los alemanes.
Para dar peso a la postura del regente y del gobierno, el nuncio redactó una carta de protesta.
Todos los participantes estuvieron de acuerdo con el contenido y declararon estar dispuestos a firmarla.
En consecuencia, el abajo firmante consideró oportuno hacer lo mismo, aunque no disponía de las instrucciones de Su Excelencia al respecto.
La carta, firmada por todos los presentes, fue entregada por el nuncio y el embajador suizo al ministro de Economía, el señor Reményi-Schneller, quien ejerce como primer ministro interino debido a la enfermedad del señor Sztójay.
A título posterior, me informaron de que el señor Reményi-Schneller recibió la nota con gran interés y declaró que haría todo lo posible para evitar nuevas deportaciones…
Sanz Briz puso a un lado el despacho para que madame Tournée lo remitiese con la mayor urgencia posible.
En los tiempos convulsos en los que vivían, las semanas se convertían en años enteros.
Si él no perdía la noción del tiempo era gracias a las cartas en las que Adela lo ponía al corriente de su embarazo, que sufría bajo los calores madrileños.
A él, aquel proyecto de vida lo devolvía de golpe a la realidad; en otoño, sería padre de nuevo.
En otoño…, le angustiaba pensar qué habría sucedido con la ciudad entonces y si aún quedarían judíos a los que proteger.
Su misiva, en cierto modo, funcionaba también como escudo.
El estado de emergencia en el que estaba sumido lo había empujado a firmar aquella protesta organizada por monsignore Angelo Rotta y Carl Lutz, pero también a expedir pasaportes a un grupo de sefardíes (menos de cincuenta, la inquilina de los Farkas de Batthyány entre ellos) que a él se le antojaba pequeño.
Menos de cien almas en una capital que había albergado a cientos de miles, cuyo destino era la deportación y la muerte.
Sabía que debía hilar muy fino para poder proteger a más.
A principios de mes, el ministro de Asuntos Exteriores Jordana había fallecido de un infarto fulminante; su puesto lo había asumido, de inmediato, José Félix de Lequerica y Erquiza.
Del nuevo ministro, Sanz Briz conocía un par de detalles, ninguno demasiado esperanzador para la misión que pretendía llevar a cabo.
Desde 1939 hasta la muerte de Jordana, Lequerica había sido embajador de España en Francia.
De él se decía que apoyaba la causa del Reich, una teoría que tomaba fuerza si se tenían en cuenta sus informes antisemitas sobre el primer ministro Daladier y su sucesor, Reynaud.
Si Sanz Briz quería extender más pasaportes sin autorización expresa, debía jugar muy bien sus cartas en Hungría para que nadie en Madrid sospechase de sus actividades.
No ponía en riesgo únicamente su carrera, aún incipiente si se la comparaba con la veteranía de otros diplomáticos, sino también su reputación y la de su familia en España.
Si cerraba los ojos a la barbarie, sin embargo, tendría las manos tan manchadas de sangre como Horthy, Baky y el mismo Eichmann, a quien Alemania había enviado en calidad de arquitecto de las deportaciones.
«Si doy un paso en falso y me quitan del medio como a De Muguiro, ¿qué garantías tengo de que mi sucesor vaya a velar por estas pobres gentes?
», pensó. No tuvo ocasión de sumergirse en aquella pregunta que lo asfixiaba.
La llamada a la puerta de la canciller lo arrancó de cuajo de su turbación interior.
—Pase, madame.
La mujer obedeció. Ni el susto por la detención de sus compañeros, que había presenciado, ni el peligro que se cernería sobre ella al no contar con la protección de la embajada la habían acobardado. Mantenía aún la postura firme, elegante, y la fiereza cauta en la mirada.
—Don Ángel, el señor Ottó Komoly está aquí y desea hablar con usted.
Sanz Briz asintió.
—Muy bien, hágalo pasar.
Komoly, bajo y nervioso, tomó asiento antes aún de que Ángel tuviese la oportunidad de ofrecérselo.
Por su antecesor sabía que el hombre con el que se había citado poseía una educación privilegiada y los modales que la acompañaban, que se tambaleaban en ese momento, ante las amenazas que atenazaban a su pueblo.
El representante del Consejo Judío ya había acudido el día anterior, en vano, pues Sanz Briz se encontraba en la reunión de diplomáticos neutrales.
Su ausencia no lo había acobardado; según madame Tournée, se había quedado sentado durante horas, un ejercicio obstinado que tampoco había tenido éxito, pues Ángel regresó a casa directamente sin pasar por la legación.
Eso mismo le explicó a Komoly al tiempo que le agradecía que tuviera la suficiente confianza en él para haber regresado.
—No, don Ángel, gracias a usted por recibirme —le respondió, en su francés salpicado de los tonos cantarines del húngaro, y dispuso un documento mecanografiado sobre la mesa—.
En caso de no poder reunirme hoy con usted, me he tomado la libertad de presentar mi solicitud también por escrito.
Si carece de tiempo para que se lo explique en persona, me quedo tranquilo con la mera constancia de que le ha llegado mi mensaje.
Sanz Briz tomó el papel, escrito por ambas caras, que Komoly le tendía.
También en francés, estaba fechado el día 12, prueba más que fehaciente de los esfuerzos que había hecho por hacérselo llegar en mano.
En deferencia a esa insistencia, y casi avergonzado por su ajetreo, el español se negó a dejarlo marchar.
—Lamento de nuevo la demora, señor Komoly. Por fortuna, dispongo de algo de tiempo esta mañana y será un placer conversar con usted. ¿A qué se debe el motivo de su visita?
El hombre no se entretuvo con fórmulas de cortesía. Fue directo y al grano, y en su expresión algo tensa Ángel percibió los mismos temores que a él le inspiraba Lequerica: la posibilidad de que el nuevo ministro no resultase tan benévolo como el anterior.
—Tal y como dispone la carta que le he entregado, el señor Rudolf Kasztner y yo mismo, presidentes de la Federación Húngara de Sionistas, llevamos meses enzarzados en sendas negociaciones con las fuerzas de ocupación para la reubicación de los judíos húngaros como alternativa a la deportación.
Aunque hemos obtenido avances esperanzadores, hasta la fecha no hemos tenido éxito.
Al mismo tiempo, sin embargo, nuestra organización central, la Jewish Agency, se ha estado comunicando con el gobierno español, que, en principio, ha accedido a permitir el tránsito de mil quinientos israelitas a través de su territorio.
Sanz Briz alzó una ceja. Con los ojos fijos en su interlocutor, trataba, por todos los medios, de ocultar su sorpresa al recibir esa información que desconocía.
Por supuesto, tendría que confirmarla; temía que ese permiso se hubiese acordado cuando Jordana aún seguía en el poder.
En todo caso, de ser cierta, dispondría de una carta en su baraja tan o más poderosa aún que la autorización para proteger a los empleados judíos de la embajada.
—Como usted bien sabe —continuó Komoly—, la situación de mi pueblo es insostenible.
Por eso estamos trabajando también con la Cruz Roja Internacional, que se encargaría de proveer a los judíos de pasaportes suizos colectivos y de costear el viaje a España.
Me imagino que a usted estos trámites le resultarán familiares.
A Sanz Briz se le vinieron a la cabeza los muchachos del hospicio. En un mundo más justo, llevarían ya dos meses en Tánger, a salvo y con la dignidad más intacta de lo que sus circunstancias actuales permitían. Afiló los labios.
—Eso me temo. Aprovecho para asegurarle que no me olvido de esos menores y que garantizar su protección, aunque sea en Budapest, y no en el protectorado, como hubiésemos preferido, es mi prioridad.
—Se lo agradezco, don Ángel. Volviendo al tema que nos incumbe…
, el pasaporte suizo solo protegería a los refugiados hasta llegar a la frontera entre Francia y su país.
Para garantizar el tránsito por España sería necesario obtener algún tipo de visado o documento de protección español.
Sé que a usted le duele el sufrimiento de mi pueblo, de no ser así, no habría firmado la carta de protesta de la que me habló.
Le pido de rodillas que haga las gestiones necesarias con su gobierno para autorizar la expedición de los pasaportes y los visados de los que le estoy hablando.
Si los dos tenemos éxito, las vidas que podrían salvarse ascenderían a decenas de miles. ¡Vidas inocentes, don Ángel!
Sanz Briz, que extendía las manos hacia él, lo apaciguó con gestos.
—Señor Komoly, le aseguro que haré cuanto esté en mi mano.
Usted tiene razón: los crímenes contra su pueblo no me resultan indiferentes.
Si de mí dependiese, le daría una respuesta favorable hoy mismo.
Debido a lo delicado de la situación (para ustedes más que para nadie, soy muy consciente de ello), le pido paciencia.
Hoy mismo he escrito a mi gobierno para hacerle saber nuestro repudio a las deportaciones; les remitiré, además, el documento que usted tan amablemente ha preparado. En cuanto sepa algo, se lo comunicaré.
Komoly no insistió. Resignado a no alargar más una reunión que ya había dado algunos frutos, le tendió la mano a Sanz Briz para despedirse.
En la carta, los hechos se exponían tal y como Komoly los había descrito en persona.
Mencionaba, además, la existencia de 1.691 judíos húngaros que se hallaban, en ese momento, en el campo de trabajo de Bergen-Belsen, en Alemania; su traslado resultaba, por el momento, imposible, aunque en el futuro les gustaría poder proporcionarles documentos españoles.
En el último párrafo, que se alzaba como un grito desesperado, Kasztner y él se comprometían a «conservar la humanidad y la filantropía del noble pueblo español» no solo en su propia memoria, sino también en las páginas de la historia.
Con aquellos soldados de papel ya dispuestos, y mientras observaba la figura compacta de Komoly, que desaparecía en la distancia de la calle Eötvös, Sanz Briz se dispuso a utilizar la bala más preciada.
Sin mayor dilación, escribió una nota que enviaría en los próximos días junto a la copia del Informe de Auschwitz que Ádám Farkas de Batthyány le había confiado.
R/ informe s/. trato a los judíos en los campos de concentración alemanes.
Excmo. Señor:
Adjunto elevo a manos de V. E. un informe sobre el trato al que se condena a los judíos en los campos de concentración alemanes.
Dicho informe proviene de la junta directiva de la organización sionista de esta capital.
Su origen, pues, le hace sospechoso de apasionamiento.
Sin embargo, de los informes que he podido obtener de personas no directamente interesadas en la cuestión y de mis colegas del cuerpo diplomático aquí acreditado, resulta que una gran parte de los hechos que en él se describen son, desgraciadamente, auténticos.
Le comunico a V. E. para su debida información.
Dios guarde a V. E. muchos años.
El encargado de negocios
Á NGEL S ANZ B RIZ