Capítulo I
I
Tierra de nadie, frontera eslovaco-húngara,
La noche era madre de los ladrones y los fugitivos.
Para evitar levantar sospechas, Jonatán y Dinah emprendieron la fase crítica de su viaje con la luz tenue y purpúrea del ocaso.
El alzamiento armado burbujeaba bajo la tierra seca que pisaban.
Ya no era cuestión de semanas y meses, sino de horas y días, que estallase y la estrecha ventana para cruzar la frontera se cerrase para siempre.
A mediados de agosto, las circunstancias eran idóneas para la incursión.
El trayecto desde Liptovský Svätý Mikuláš los había conducido al sur, a través de los Tatras, que controlaba el grupo Stalin; uno de los partisanos, que previamente había pasado por la dura criba de Bloomsbury, les había hecho de guía a través de aquel territorio que se extendía ante ellos y los devolvería a su patria.
Desde el valle del Hron avanzaron hacia Tisovec.
La orografía, caracterizada por cuevas que de lejos recordaban a panales de abejas, proporcionaba una protección natural que podía salvar la vida a un hombre en aquellos lares, ya bajo jurisdicción del Ejército Eslovaco.
Aquel había sido el punto de despedida. Los paracaidistas tenían en su poder la documentación, bastante buena, que les había proporcionado la resistencia y que debían entregar en caso de que un guardia Hlinka los detuviese.
—Debéis dirigiros al valle Sajó —les había indicado el partisano, agazapado contra una roca, con el mapa de seda extendido en el suelo como un manto—.
Vuestro objetivo es este —dijo señalándolo con el índice—, el área entre Plešivec y Tornal’a.
¿Veis esta cueva?, es Domica. Debéis cruzar a través de los bosques que la rodean.
La frontera está atravesada por el sistema de cuevas, lo que dificulta la vigilancia.
Si esperáis a que pase la patrulla, tendréis la oportunidad de cruzar al otro lado antes de que se presente la siguiente.
Si lo conseguís, tendréis por delante uno o dos kilómetros de tierra de nadie hasta alcanzar Hungría.
Jonatán y Dinah asintieron. En el interior de las camisas típicas de los montañeros por los que querían hacerse pasar, habían cosido un bolsillito con papeles húngaros de la mayor calidad que todavía podían conseguirse.
Tener que usarlos era tan azaroso como jugar a la ruleta rusa; si HaShem los acompañaba, serían capaces de llegar a la patria que los había rechazado sin necesidad de enseñárselos a algún gendarme que pudiese detectar su falsedad.
—Si queréis un consejo —continuó diciendo el partisano en voz más baja—, aprended a ignorar la sed.
No os confiéis, no entréis en ninguna aldea en busca de un pozo, aunque ya estéis en zona húngara, hasta que os hayáis alejado lo suficiente de la frontera.
El mayor peligro no es que os detengan en los bosques, sino que deis con un gendarme que no se trague vuestra coartada.
De ser así, os devolverán al remitente enseguida, pero no os entregarán a la guardia Hlinka, sino directamente a las autoridades alemanas.
En agosto de 1944, la tierra de nadie olía a hojarasca y a sudor.
Las gargantas, secas, se agarrotaban sin alivio, pues no catarían agua hasta alcanzar Aggtelek.
La población, pequeña y humilde, se había convertido en eje del mercado negro durante la guerra.
Allí se desprenderían de su disfraz de montañeros y adoptarían una nueva identidad, otra más, la de mercaderes, como avalaba el permiso, también falso, que llevaban consigo y del que preferían no tener que echar mano.
Desde Aggtelek accederían al valle Bódva, cuya estación de tren conectaba con la ciudad de Miskolc, y en los vagones de tercera clase se esconderían sin problemas entre los campesinos y los mineros que viajaban a aquella urbe en el norte del país.
Si sobrevivían a todo aquello, les quedaría aún la conexión Miskolc-Budapest, en la que debían sortear a toda costa los interrogatorios de los gendarmes y de los comandos de transporte militar alemanes.
Pero aún estaban en tierra de nadie. Los pasos (firmes, confiados) levantaban arenisca roja que les humedecía los ojos.
Centímetro a centímetro. Salto de fe a salto de fe.
Cuando se produjo el gran cambio, no notaron nada en las suelas de los zapatos que les indicase que se encontraban en la patria que los había visto nacer.
No había ninguna diferencia perceptible, ningún vestigio de aquello que habían abandonado y que clamaba de nuevo por ellos.
La vegetación continuaba siendo espesa, envolvente; el viento, árido; las mismas nubes se rizaban en el mismo cielo que sangraba naranja y violeta; los insectos y los pájaros, ajenos a las delimitaciones políticas, volaban sin consideración alguna por los territorios y sus dueños.
—Aggtelek está a veinte minutos —le susurró Jonatán a Dinah.
La mano, en la suya, estaba cálida y mojada; palpitaba por la temperatura veraniega, un órgano vivo en sí mismo.
Contaban el tiempo en segundos, en movimientos, en capas de sonido que desgranaban entre los dedos en busca de una zancadilla que les impidiese continuar en el mundo: el ulular agudo del viento, las alas de las aves al emprender el vuelo, sus delicadas y felinas pisadas, el frufrú de los pantalones, la respiración pesada, casi asmática, por la fatiga y la incertidumbre.
Si sobrevivían, en unos días estarían en Budapest. Si sobrevivían, en unos días estarían en casa. Llevarían consigo la libertad y la venganza; los nombres de los desaparecidos, cosidos en las mangas en hilo invisible, los acompañarían y les infundirían fuerzas.
Una rama que se partía. Pisadas ajenas, un conjunto de ellas. Otras respiraciones, agitadas por motivos muy distintos.
Dinah se abalanzó sobre Jonatán antes de que las voces, también desconocidas, se alzasen.
Interpretando el lenguaje mudo, físico, de la más profunda camaradería, él la besó (en los labios, en la mandíbula, en el cuello hasta bajar a las clavículas moteadas de pecas) mientras, con las manos, luchaba para desabrocharse el pantalón.
—¿Quién va?
El tono era juvenil, casi irreal, imposible, en circunstancias como aquellas.
Jonatán no alzó la cabeza para comprobar quién iba hacia ellos; las manos, ya libres, se introducían por debajo de la ropa de Dinah para acariciarle los senos, aquella anatomía que ya había catado antes, en El Cairo y en Liptovský Svätý Mikuláš, para entrar en calor o ahuyentar la soledad, no para salvar la vida.
—¿Quién está ahí?
Cerró los ojos. Dinah se había deshecho también del pantalón y Jonatán sentía el sexo cálido contra su entrepierna.
Posó los labios en el espacio vacío entre los pechos, donde podía palpar con la barbilla el fantasma de las costillas.
Había besado a Ádám una vez, años atrás; borracho hasta casi perder el conocimiento, no había sido consciente de la existencia ni del tamaño de su deseo hasta que este lo poseyó entero, en cuerpo y alma.
No recordaba siquiera si se encontraban en el bar o ya en casa, pero sí el sabor exacto de la boca de su amigo, el tacto de aquella piel que conocía tan bien contra la suya y las inspiraciones que le erizaban los pelillos de la nuca.
Por un instante, el que necesitó para comprender la magnitud de lo que hacían, Ádám, ligeramente más sobrio que él, le había correspondido.
Entendió de golpe por qué era tan popular entre las mujeres, por qué ellas aguardaban a su compañero después de que él mismo las hubiese rechazado.
A la mañana siguiente, con el dolor de cabeza como desayuno, ninguno de los dos dijo nada; la amistad siguió su curso como si nada la hubiese alterado.
La mañana siguiente…, quizá no habría un amanecer.
—¡Hemos dicho que quién…!
La voz, a medio camino entre la adolescencia y la edad adulta, bajó en intensidad hasta desaparecer.
Al volverse hacia ella, Jonatán se dio de bruces con un grupo de muchachos de catorce o quince años.
Los uniformes, estilo boy scout , le indicaron que pertenecían al grupo paramilitar levente ; las caras, que enrojecían, esperaban encontrarse con muchas cosas, pero no con la que estaban presenciando.
—¡Se… separaos! —bramó uno de ellos, el más alto, el que tenía pinta de cabecilla.
Dinah, que fingió una vergüenza que no sentía, trató de tapar su intimidad con las dos manos.
Jonatán, aún sobre ella, se giró de modo que su desnudez quedase al descubierto.
Con cuidado, con movimientos pequeños y tenues, alzó una mano en señal de paz; con la otra, hurgó en el bolsillo hasta dar con los cigarrillos que había liado antes de partir.
—Os los doy todos si guardáis el secreto, ¿eh? —les dijo imitando el acento del Felvidék que le salía a Dinah al emplear su lengua materna—. ¡Anda, cogedlos y largo!
Los muchachos se miraron unos a otros. Donde estaban los chiquillos del levente , la gendarmería no podía andar lejos.
Si daban una voz de alarma, Dinah y él estaban perdidos; los papeles eran lo suficientemente buenos para salir del paso, pero un ojo avezado, alertado por lo sospechoso de la situación, no tardaría en dudar de su origen.
El líder dio un paso al frente.
—Tenemos orden de revisar la documentación de los individuos que frecuentan esta zona.
Jonatán trató de hallar una estratagema para convencer a los chicuelos más allá del soborno con tabaco y de la vergüenza ante el cuerpo desnudo de otro hombre, pero Dinah se le adelantó. Se puso en pie, de modo que la ropa interior le resbaló hasta los tobillos.
—¿De qué dudáis, de que seamos húngaros o de que seamos arios? Porque no sé qué me ofende más.
La tez de los adolescentes se tornó carmesí. Ellos, que desviaban la mirada para evitar posarla en aquel pene al descubierto y que los demás dudasen de su hombría, se debatían en ese momento entre guardar las apariencias o dejarse arrastrar por la curiosidad hacia las formas femeninas.
Jonatán esbozó una sonrisa. En aquellos momentos, el riesgo palidecía ante la posibilidad de pisar, después de tantos años, el asfalto de Pest.
—¡No me jodas! ¿Creéis que soy un puto judío? —Se sujetó el miembro—. ¡Porque os puedo demostrar ahora mismo que no!
Ninguno de los muchachos miró. Los más cobardes mantenían los ojos fijos en sus propios zapatos, mientras que los avispados estudiaban a Dinah por el rabillo del ojo. El cabecilla, que ya se daba la vuelta, exclamó:
—¡Adecentaos y volved a vuestras casas! Anda, no sé cómo no se os cae la cara de vergüenza… ¡En un momento de emergencia nacional!
Con gestos grandes, de actor o de domador de circo, reunió a los demás para continuar la patrulla como si nada la hubiese interrumpido.
Jonatán aguardó a que desapareciesen entre la vegetación.
Cuando ya no pudo verlos ni oír el sonido de sus zapatos sobre la hierba, hundió la cara en el hombro de Dinah y rio.
—Anda que no has tenido suerte de que ninguno de esos fuese un mirón —bufó ella mientras se cubría de nuevo.
—¿Y arriesgarse a que uno de sus camaradas pensase que es marica? Yo también fui un chavalín…
Ella lo ignoró.
—Deberíamos apurarnos. Los gendarmes no pueden andar lejos y no sé si esa lógica de cabeza de chorlito funcionará también con ellos.
Jonatán se vistió en silencio. Si lo lograban y alcanzaban Miskolc, su plan para librarse de la comprobación de los documentos seguía idénticos derroteros: encerrarse en el lavabo y confiar en que, también entonces, la vergüenza pesase más que el deber.