El silencio de los justos Capítulo XX
49%

Capítulo XX

XX

¡¡¡ESTRICTAMENTE CONFIDENCIAL!!!

Ángel Sanz Briz, encargado de negocios en Budapest Al ministro de Asuntos Exteriores Jordana

Resumiré los puntos más importantes que abordamos el regente y yo en nuestra larga conversación:

• Su firme oposición a la ocupación alemana de Hungría.

• Su enérgica condena de las atrocidades cometidas contra los judíos y la anarquía de la que fueron víctimas figuras prominentes de la vida húngara.

• La firme determinación de exigir que Alemania cumpliese sus promesas.

• Su aprobación incondicional de la conducta que España muestra hacia el gobierno actual.

Sanz Briz no sabía qué opinión le valía el regente.

Más cabal que el subsecretario Baky y que cualquier otro político del gobierno del momento, no parecía ser plenamente consciente, en cambio, de la gravedad del golpe recibido.

Se movía con la cautela de quien habita aún un mundo ya obsoleto, el de la noblesse oblige que poca cabida tenía bajo el yugo de la ocupación.

Incluso en esas circunstancias, tras ver su patria invadida, se veía incapaz de traicionar la vieja alianza que lo unía al Reich.

«Su fe en el mundo está manchada con la sangre de los judíos», pensó Sanz Briz, una apreciación que no se permitió trasladar al papel.

La reunión con Horthy, pese a todo, no le había resultado desagradable.

Sentía que con él al menos podía coincidir en algunos puntos; admiraba su actitud antigermana, pese a la extrema reserva que le impedía actuar abiertamente en contra de las fuerzas de ocupación.

Apreciaba, además, la fluidez en castellano del viejo almirante, ya que hablar su lengua materna, en lugar de recurrir al francés o, en última instancia, al alemán, que no acababa de dominar, le permitía valorar la verdad sin el engorroso filtro del idioma extranjero.

En Horthy, en todo caso, no percibía maldad alguna, tan solo una suerte de impotencia trágica ante la que se resignaba. Esa conciencia tranquila, aunque errada, arrojaría a su propio país al abismo y destruiría, antes que a nadie, a los judíos.

Sanz Briz mordió la punta de la estilográfica.

Ante él había dispuesto una lista de cuarenta sefardíes que habían acudido a la legación en busca de una mano amiga.

Si la situación de los hebreos no mejoraba, algo que dudaba pese a las esperanzas del regente, se vería obligado a tomar cartas en el asunto por humanidad, con autorización de Madrid o sin ella.

En los montes Tatras, las conversaciones privadas entre los tres paracaidistas guardaban el mismo sentimiento comunitario de las celebraciones religiosas.

Entre el tabaco y los rumores, que ahuyentaban mejor el hambre que el alimento, Bloomsbury ponía a los otros dos al tanto de los últimos avances.

El guardián del tiempo les daría caza pronto. Armados y organizados los grupos de resistencia, era solo cuestión de eso, de tiempo, que estallase el alzamiento contra los opresores.

—Esa será vuestra única ventana para cruzar la frontera con Hungría de manera más o menos segura —les indicó Bloomsbury.

En la penumbra del bosque, los ojos, redondos y oscuros, refulgían como si estuviesen en llamas.

Hacía un par de días que habían recibido confirmación por radio de que el DOE estaba entrenando a sus refuerzos en El Cairo.

Se les uniría un grupo formado por dos o tres voluntarios que se incorporarían a las filas de los partisanos.

Bloomsbury, el emisario de más veteranía, sería el encargado de acogerlos e instruirlos; Jonatán y Dinah, tras una larga espera, recibirían la misión de desplazarse al país vecino.

—¿Quedarán judíos que salvar, entonces? —siseó ella.

Ninguno de los dos le contestó. Con la cabeza gacha y los cabellos iluminados por la luz de la luna, contemplaban la misma conclusión a la que había llegado su compañera.

Lenta pero inexorablemente, el frente oriental se cerraba sobre el territorio magiar.

Su prioridad, de nuevo, serían los intereses británicos; la libertad de su propio pueblo, si es que este aún existía, no constituiría más que un pie de página en la historia.

—No permitas que Rudi Vrba muera —le susurró Jonatán a Bloomsbury.

Había arriesgado demasiado y perdido incluso más, empezando por la identidad asociada a su nombre de nacimiento.

Jonatán podía comprender la sed de justicia que empujaba a Rudi a tomar, tras incontables torturas, las armas; la destrucción de su vida, sin embargo, era incapaz de tolerarla.

Cuando pensaba en él ya no se le venía solo a la cabeza la imagen de su hermano, sino también la de Ádám, cuyo tacto aún conservaba en las yemas de los dedos.