Capítulo XIX
XIX
Ángel Sanz Briz,
encargado de negocios en Budapest Al ministro de Asuntos Exteriores Jordana
Tras la formación del gobierno presidido por Sztójay, los diversos grupos políticos que hasta ese momento no habían podido desarrollar su actividad reagruparon sus fuerzas y comenzaron a operar.
Existe una organización liderada por el ministro sin cartera Imrédy, quien pretende derrocar al regente Horthy y ser nombrado gobernador.
Al frente de esta organización se encuentran los dos subsecretarios del Ministerio del Interior: Endre y Baky.
Este último se distingue por su carácter sanguinario y su feroz persecución de los judíos.
He de destacar además una importantísima organización encabezada por Szálasi, líder del partido Cruz Flechada.
Estas y otras organizaciones que luchan por el poder poseen armas y operan de manera independiente, incluso enfrentándose entre sí, hasta el punto de que una de ellas ha entrado en conflicto con la propia Gestapo.
En cuanto a los judíos, recalcar que siguen siendo una víctima fácil.
Me han informado con certeza de que el número de hebreos deportados ya se acerca a los 500.
000. Circulan noticias alarmantes en la capital acerca de su destino.
Uno de estos rumores persistentes afirma que la gran mayoría de los judíos (que se transportan en vagones de ganado, cada uno con 80 personas, literalmente apiladas unas encima de otras) son llevados a un campo de concentración en las inmediaciones de Kattowitz, donde son gaseados y sus cuerpos se utilizan como grasa para ciertos productos industriales.
Para proteger a ciertos judíos de la persecución, el Ministerio de Defensa ha decidido crear una fuerza laboral compuesta por personas de esta etnia.
Unos 80.000 hombres han sido movilizados; se los utiliza para el rescate tras bombardeos y para otras labores públicas.
Es cierto que esta organización tampoco goza de respeto, y un número considerable de trabajadores ya han sido arrestados y deportados.
Como se desprende de lo expuesto, la autoridad del gobierno no podría ser menor, puesto que ha sido completamente marginada por elementos extremistas leales a los alemanes.
El Informe de Auschwitz, guardado en el cajón superior del escritorio, que cerraba con llave, le sirvió a Sanz Briz de guía para hacer hincapié en aquellos crímenes a los que ya había hecho referencia, aunque con menor detalle, tras su conversación con el nuncio.
La lectura le había tomado varios días, los mismos que los trabajadores de la embajada habían tardado en regresar a sus puestos tras la detención.
La decisión de no enviar una copia del documento había sido consciente.
Temeroso de que sus superiores en Madrid no confiasen en la procedencia de aquellas hojas mecanografiadas, había preferido ir remitiendo los detalles despacho a despacho.
De manera paralela, insistía en obtener autorización para extender pasaportes españoles a los sefardíes de Budapest.
«Siendo creativos, por supuesto, en el significado de la palabra “sefardí”», pensó Sanz Briz mientras se levantaba para entregarle su último informe a la canciller.
Una vez que obtuviese permiso, extendería la mano y protegería con ella a cuantos judíos pudiese.
Les pediría que detallasen cualquier lazo que los pudiese unir con España; en caso de carecer de pasado y linaje ibéricos, cualquier negocio, cualquier familiar emigrante, cualquier viaje bastaría.
Cualquier coartada, cualquier excusa, sería suficiente para salvar, aunque fuera, una vida humana de la destrucción.
En Liptovský Svätý Mikuláš, Jonatán aguardaba las noticias de Hungría como el reo que espera la pena capital.
No había logrado conciliar el sueño hasta que el mensajero de la frontera les confirmó que el Informe de Auschwitz había sido entregado a la resistencia judía y a las embajadas neutrales de Budapest sin problemas.
Para él, aquel había sido un alivio doble: la salvación de su madre y de su hermano, y la seguridad de Ádám, que había cumplido su misión sin que le tocasen un solo pelo de la cabeza.
Las nuevas que recibían a través de las vías habituales y de Radio Kossuth, la emisora clandestina que transmitía desde Rusia, lo perturbaban.
Pese a todos sus esfuerzos, pese a las protestas de los diplomáticos y del propio papa de Roma, las deportaciones desde su ciudad de nacimiento persistían.
Miles, millones de vidas humanas arrojadas sin contemplación al fuego del odio y de la indiferencia.
Para Rudi Vrba, más que para nadie, aquella era una píldora muy amarga que le agarrotaba la garganta.
Olvidado su nombre de nacimiento, cansado de esperar e incapaz de disfrutar de la libertad que había adquirido a pulso, aprovechó el restablecimiento de su salud para presentarse a las células clandestinas a las que Jonatán y Dinah instruían.
La reacción instintiva inicial fue despacharlo.
¿Cómo iba a arriesgarse él, que se había rescatado a sí mismo, sin aguardar a unos libertadores que aún desconocían la gravedad del pecado cometido?
No le dijeron nada. Ellos también habían renunciado voluntariamente a la seguridad del Mandato.
¿Qué podían reprocharle, de todas maneras?
No conocían las torturas como él, no habían olido el aroma dulzón de los cuerpos quemados como él, no sabían lo que era el hambre ni atreverse a perderlo todo por un mendrugo más de pan.
—Aquí a los hombres como tú no les confiamos revólveres —le aseguró Jonatán, entre risas.
Seguía viendo en Rudi un reflejo de su hermano, sobre todo en ese momento en que había ganado peso y recuperado, por tanto, los rasgos personalísimos que lo caracterizaban. Ya no tenía ante él a un cadáver andante del lager , sino a un joven moreno, fanfarrón y carente de miedo.
Ante su colérica expresión irrumpió en una carcajada mayor aún que la anterior.
—Pero metralletas sí que os damos —agregó, y le pasó el brazo por detrás de la espalda en señal de camaradería.
Ya no los dividían la edad, la nacionalidad ni las circunstancias.
Eran dos judíos al borde del abismo que no se acobardarían ante nada.
Jonatán sabía lo que Rudi apenas intuía: el cuartel general del ejército ilegal ultimaba los preparativos para un alzamiento armado contra los opresores.
La fecha y la hora, que aún ignoraban, se cernían ante los partisanos y los paracaidistas palestinos como un enorme reloj de arena que no corría a su favor.
Vivían aquel verano pensando que sería, con toda seguridad, el último.