El silencio de los justos Capítulo XVIII
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Capítulo XVIII

XVIII

Sanz Briz llegó a la legación con el sol de julio en la frente enrojecida y la buena nueva del retorno de los trabajadores. Se la comunicó a madame Tournée de inmediato, junto a la promesa de que pronto ni Gaston ni ella tendrían que pasar más noches en aquel edificio de la calle Eötvös.

—Aguarde a que el señor Farkas y los demás estén con nosotros —le indicó mientras tomaba asiento en su despacho para leer el periódico del día, que con las prisas no había consultado—.

Entonces, con la prueba de que la protección se respeta como se debe, su hijo y usted tendrán la garantía de volver a su casa sin riesgos.

—Lo importante es que ellos estén bien. ¿Le han dicho dónde los tienen retenidos y cuándo podremos esperar su regreso?

—Deberían estar con nosotros en uno o dos días.

De lo contrario, tomaré serias medidas. Según me han informado, su paradero actual es una fábrica de ladrillos en Budakalász; desde allí se efectúan las deportaciones —resopló y dejó el diario a un lado, incapaz de concentrarse en las noticias de aquel frente que se cerraba paulatinamente en torno a ellos—.

No quiero ni pensar en lo que habría podido ocurrir si desde Madrid no hubiesen reaccionado con tanta urgencia.

¿Ha pasado algo importante durante mi ausencia?

—No, don Ángel, solo que el capitán Ádám Farkas de Batthyány insiste en reunirse con usted, está esperando en la sala.

Una leve arruga creció en el ceño de Sanz Briz.

—¿Le ha dicho el motivo?

—Me temo que no, tan solo ha expresado que se trataba de un asunto que no debía demorarse más.

—Me imagino que, con las deportaciones, le urgirá la resolución del caso de su inquilina. —Suspiró—. Lamento no tener buenas noticias que darle aún, aunque espero que eso cambie pronto. Pese a ello, por amistad, se lo haré saber en persona. No lo haga esperar más, madame.

Sanz Briz procuró que nada, ni en su expresión ni en su postura, revelase el susto que le había causado el deterioro físico de su vecino.

Había perdido peso desde la última vez que lo vio, algo que se evidenciaba a pesar del (o tal vez debido al) traje que llevaba y que le habían tenido que arreglar para que volviese a sentarle como un guante.

Los ojos, brillantes y perspicaces, dominaban el rostro alargado, de pómulos prominentes y nariz fuerte.

Al sonreír, sin embargo, desplegaba la simpatía calculada y segura que ya había notado en él durante su fiesta de bienvenida.

—Muchas gracias por esperarme —le dijo Ángel, tras indicarle con un gesto que tomase asiento frente a él.

Pese al periodo de convalecencia, los movimientos de Ádám eran rápidos y aplomados; tan solo lo traicionaba el temblor de la mano al apoyar el bastón contra la mesa.

—Gracias a usted por recibirme —respondió. Su voz era también enérgica, vivaz, como si nada hubiese pasado—. Ha tenido que hacerse cargo de sus nuevas funciones en los momentos más convulsos de la ciudad.

—No voy a negárselo. Suerte que don Miguel Ángel lo dejó todo atado y bien atado antes de partir. Yo solo he de seguir sus pasos.

—Que no es poca cosa. En la familia ya lo echamos de menos.

Y, en lo profesional, no olvido todo el bien que hizo, sobre todo en lo tocante a los judíos.

—Al ensanchar la sonrisa, las mejillas se le hundieron formando dos hoyuelos como dos puntos y aparte—.

Una labor que, según tengo entendido, usted está continuando.

Sanz Briz asintió con un gesto.

—Esa es mi intención, desde luego. Me figuro que, con avances tan preocupantes, estará angustiado por la situación de su inquilina.

Me temo que todavía no he logrado expedirle un pasaporte español, pero confío en que pueda hacerlo muy pronto.

Confidencialmente, he recibido autorización desde Madrid para entregar documentos de protección a los judíos en nuestra plantilla; protección que espero poder extender, al menos, a la población sefardí de la ciudad.

Ádám ladeó la cabeza. La fiereza de la mirada, enmarcada por unas ojeras oscuras como posos de café, contrastaba con la sonrisa que todavía no había abandonado sus labios.

—Y yo que se lo agradezco, don Ángel. En realidad, ese era solo uno de los motivos por los que estoy aquí.

A medida que hablaba, y mientras Sanz Briz apoyaba el codo en el escritorio para inclinarse más hacia él, abrió el maletín que llevaba consigo, del que sacó un documento extenso.

Lo dispuso sobre la mesa sin mayor ceremonia.

La primera página, mecanografiada con esmero, rezaba: Rapports sur les camps de « travail» de Birkenau et d ’ Auschwitz.

Los ojos agrisados del español refulgieron al identificar, de manera correcta, el contenido del informe que tenía ante él.

Aquellos horrores, que conocía tan solo de oídas, lo golpeaban con la sencillez de la palabra escrita.

Lo invadió de inmediato el terror: por responsabilidad y dignidad debía efectuar una lectura de la que no podría recuperarse jamás.

—A través de mis obreros y de ciertas amistades he entrado en contacto con un grupo de las juventudes sionistas —le explicó Ádám, tras ver en los iris del diplomático las preguntas que lo plagaban—.

Pese a sus ideas políticas, le aseguro que son ciertas cuantas barbaridades detalla este informe.

Yo mismo me he encargado de su traducción, así como de comprobar la veracidad de sus fuentes.

Con una mano, Sanz Briz se acariciaba el mentón para apaciguarse; con la otra, pasaba las hojas de aquel documento cuya existencia el nuncio ya le había informado.

A pesar del esmero de la portada, en el interior abundaban los tachones y las anotaciones posteriores a estilográfica; ambas características, más que restar credibilidad, arrojaban luz sobre la urgencia de transmitir aquel mensaje apremiante.

—Estaba al tanto de este informe —musitó, más para sí que para el hombre que se lo había entregado—.

Los diplomáticos de las embajadas neutrales nos reunimos a menudo.

El representante suizo dispone ya de una copia.

El nuncio Angelo Rotta también y la ha remitido al Vaticano; por lo que tengo entendido, los crímenes narrados turbaron sobremanera al Santo Padre.

—No le culpo. Yo mismo… —Torció la boca—. Creía que después del frente ya nada me estremecería; me temo que me equivocaba. La lectura no me resultó fácil, eso se lo aseguro, más teniendo en cuenta… En fin, pienso en los obreros que perdimos y se me quitan las ganas de vivir.

Sanz Briz contrajo el gesto de manera instintiva.

Pensaba en el abogado Farkas, en el médico y en los mecánicos; en la impotencia y la culpa que lo habrían asediado hasta el hueso de haber llegado tarde a salvarlos.

Y a los niños que aguardaban traslado en los hospicios de la capital jamás lograba tampoco arrancárselos de la mente.

—Gracias a mi amistad con el nuncio ya había tenido ocasión de poner a mi gobierno sobre aviso de los rumores tan desesperanzadores que corren por la ciudad.

Con este documento en mi posesión… espero poder hacer mucho más.

Gracias por confiármelo, le aseguro que está en buenas manos y que emprenderé los trámites necesarios para proteger al mayor número de personas posible.

Ádám afiló los labios. Librado del peso de aquella verdad, su cara reflejaba de nuevo la juventud robada por la guerra y la ocupación.

—Es usted un buen hombre, don Ángel —le aseguró.

—En compañía de otro buen hombre. Si nosotros no hacemos nada, ¿quién peleará por esas gentes ultrajadas?