El silencio de los justos Capítulo XVII
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Capítulo XVII

XVII

El inicio de las deportaciones en Budapest tuvo sobre Ádám el efecto de una sacudida que nos arranca de golpe del sueño.

Al acostarse, todavía sentía el cuerpo de Jonatán junto al suyo; observaba el teléfono con la inquietud de quien espera una llamada decisiva y devoraba las noticias de Eslovaquia cada mañana entre temblores, pues en ellas leía significados adicionales, ocultos para los demás.

«¡No vas a morir! —le había espetado en Liptovský Svätý Mikuláš al salir el sol, cuando la separación se cernía sobre ellos».

Si Jonatán no podía prometer mantenerse lejos del peligro, él, dueño de su vida por haberla salvado en otra ocasión, obligaría al destino y al guardián del tiempo a conservarla.

Con la misma determinación tomó la copia del Informe de Auschwitz que guardaba detrás de una fotografía de su promoción en la academia Ludovika.

Después de haber agotado todas las posibilidades de rescatar a los obreros perdidos, Richárd se la había entregado como último recurso, como una bala vieja y oxidada que ya era el momento de utilizar.

Porque había llegado a manos de Lutz, del Vaticano y de los británicos, y ni las presiones que estos ejercían ni el aumento y la severidad de los ataques aéreos habían detenido aquella matanza mecanizada.

Porque habían distribuido copias entre su propia comunidad y, al no contar con el apoyo del Consejo Judío, casi nadie quería creer que la muerte aguardaba en sus puertas.

Ádám desempolvó la máquina de escribir portátil, pasó el pestillo y se sentó al escritorio del dormitorio, que no utilizaba para su cometido original desde que el despacho más pequeño de la casa se convirtiera en el suyo.

Con el piar de los pájaros, que se desperezaban en el jardín, comenzó a traducir al francés aquellas sentencias bárbaras.

Su última bala, disparada a ciegas y con relativa esperanza.

László Baky, subsecretario del Estado, era un hombre de mediana edad, rostro redondo de rasgos simples, casi feos, y penetrante mirada oscura. Al dirigirse a Sanz Briz, lo hizo con la sonrisa suficiente y voraz de quien se cree en posesión de la baraja ganadora de la partida.

—Comprendo que a esos hombres los detuvieron en la calle Eötvös, en territorio húngaro —le explicaba, con calma extrema, el encargado de negocios español—, y no en el propio edificio de la legación, que cuenta con inmunidad diplomática.

Baky no se conmovió con la explicación. No cambió de postura, excepto para cruzar y descruzar las piernas; su cara rechoncha, casi juvenil, exhibía la misma mueca orgullosa y taimada.

—¿Profesan la fe judía los trabajadores afectados?

—Nuestro abogado, el señor Zoltán Farkas, se convirtió al catolicismo hace años, al contraer matrimonio con su esposa, Mária Terézia, que pertenece a una de las familias más ejemplares de su país.

Ambos asisten los domingos a la misma misa que yo, oficiada por el nuncio Angelo Rotta.

Sobre el médico y los mecánicos, no sabría decirle, el tema jamás salió a colación.

—Pero pertenecen a la raza israelita, ¿me equivoco?

Sanz Briz arqueó las comisuras.

—Según tengo entendido, el distintivo que llevan en la ropa, debido al cual se efectuó su detención, está ahí para disipar toda duda al respecto.

—Se acercó más al escritorio que lo separaba del subsecretario—.

Señor Baky, soy católico de cuna y por profunda convicción, la fe es un pilar indispensable en mi vida familiar.

En lo profesional, mi propia religión me empuja a valorar la lealtad, una virtud que mis trabajadores han desplegado incluso en los momentos más difíciles de mi país.

Durante el gobierno rojo y durante los años convulsos de la guerra, se mantuvieron en sus puestos de trabajo, fieles a España y al servicio de los intereses españoles.

Por eso, como atestiguan estos documentos, gozan de la plena protección del Estado; una protección que, me temo, ha sido violada.

László Baky, sorprendido por una jugada maestra que no había tenido la clarividencia de prevenir, se echó hacia atrás en la silla. Con un dedo rechoncho, blanquísimo, se acariciaba unos labios que, pese a todo, no habían abandonado la mueca anterior.

—De ser así, ¿cómo es que no enseñaron los documentos que usted me está mostrando?

—Lamentablemente, yo no me encontraba presente en el momento de su detención, aunque, como le he dicho, tuvo lugar justo enfrente de nuestra embajada.

No sé si los trabajadores mostraron sus documentos, si no los llevaban encima o si fueron ignorados.

Solo tengo constancia de que se ha detenido a cuatro hombres que cuentan con la protección de España y de que he recibido órdenes expresas de Madrid de hacer cuanto esté en mi mano para devolverlos a sus puestos de trabajo.

Hubo un instante de silencio, que aprovechó para estudiar con más detenimiento la expresión de Baky, paralizada en idéntico rictus del que hizo gala durante toda la conversación.

—Me encuentro ante usted porque, según testigos oculares, la detención fue llevada a cabo por la policía húngara —precisó—.

De tratarse de la Gestapo, mucho me temo que la situación sería bien distinta.

Usted ya sabe las buenas relaciones que mi país mantiene con el Reich; nos auxiliaron en nuestra guerra y nosotros hemos sabido devolverles el favor al desplegar tropas voluntarias en la Unión Soviética, un frente cuya crudeza ustedes también tuvieron el infortunio de catar.

España considera Hungría un país políticamente afín; si me lo permite, me atrevería a decir incluso que nuestra historia reciente ha transcurrido por derroteros similares.

En el momento de la guerra en el que nos encontramos, lamentaría mucho que este desagradable incidente dañase los lazos que unen a nuestras naciones.

Dio un paso crucial al mover la pieza con temeridad sobre el tablero.

¿Quién saldría victorioso en aquella partida de ajedrez atroz?

El tono amable, sereno, robaba agresividad a aquella amenaza velada, a la sombra de las fuerzas ocupantes cuya ideología Baky tanto apreciaba.

La mención de la guerra de España era un arma de doble filo: escondía el desdén que Ángel sentía hacia los alemanes y arrojaba, en cambio, luz sobre la gran vergüenza de Hungría.

Aunque su gobierno entonces se había posicionado a favor de los sublevados, no les había prestado la misma ayuda directa que los camaradas germanos e italianos; es más, la presencia magiar en las Brigadas Internacionales había sido suficiente para crear su propio batallón, el Rákosi, bautizado en honor al líder comunista Mátyás Rákosi.

Ante la duda de Baky, que traspasaba los límites de la piel hasta aniquilar, al fin, el fantasma de aquella sonrisa, insistió.

—Confío en que nosotros, que velamos por un objetivo común, seamos capaces de llegar a una resolución. De no ser así, sin embargo, y debido a la gravedad del asunto, me veré obligado a actuar en contra de mis principios y acudir a la superioridad.

El subsecretario torció la boca. Desde aquella distancia, iluminado, como lo estaba la sala, por los rayos dorados de la mañana, a Ángel le parecía ver el debate que aquel hombre mantenía en su interior.

Si daba un paso en falso, podría ser víctima de las mismas presiones que habían culminado en el relevo de De Muguiro de su puesto.

Por otro lado, si su intuición no le fallaba, salvaría cuatro vidas y abriría la vereda para auxiliar a muchas más.

—Eso no será necesario, señor Sanz Briz —repuso Baky con voz carente de la petulancia anterior—.

Comprendo el interés de su gobierno por esos hombres.

Por mi parte, le aseguro que ningún policía húngaro los habría detenido de poseer la información de la que usted me ha hecho partícipe.

—Se humedeció los labios—. Haré todas las gestiones necesarias para que la legación recupere a sus trabajadores.

Si, a cambio, usted hiciera el favor de olvidar un desliz, por otro lado, perfectamente comprensible en los tiempos que corren…

Ángel asintió.

—Por mi parte, queda ya olvidado.

—Se lo agradezco. Confío en su juicio y en el de su país, señor Sanz Briz.

Desde nuestro punto de vista, sin embargo, quiero recalcar que del judío nadie puede fiarse, por muy nobles que sus actos parezcan.

Sus manos son las que están detrás de la propaganda aliada que envenena a países neutrales contra nosotros y que ha intoxicado, incluso, a su antecesor en el cargo.

Tengo constancia, además, de la influencia que ejercen organizaciones judías extranjeras; una influencia que toma la forma de la aviación estadounidense que tantas vidas se ha cobrado en esta ciudad.

El español le respondió con una parca sonrisa que ni negaba ni confirmaba nada.

—Lo tendré en cuenta, señor Baky. Muchas gracias de nuevo por su comprensión y su colaboración.