El silencio de los justos Capítulo XVI
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Capítulo XVI

XVI

Llegó julio y, con él, las deportaciones masivas de los judíos de Budapest. De un modo ordenado, como un tumor que se extiende por los órganos enfermos, todos los distritos de la ciudad se vieron afectados.

Los vecinos, hacinados en las casas con la estrella amarilla, recibieron citaciones urgentes.

Con frecuencia, y a medida que los días se convertían en semanas, los detenían en la misma calle; como a los obreros de la planta de coque, los hacían bajar del tranvía o del autobús, cuando no interrumpían la monotonía de su rutina.

Siendo víctimas marcadas, solo aquellos de aspecto ario, que por un golpe de suerte pudiesen evitar que les pidiesen la identificación, se atrevían a salir sin el distintivo de color canario cosido a la ropa; de ser pillados, el castigo por su crimen salvador sería mayúsculo.

Los arrancaban de sus domicilios, de las tiendas a las que aún tenían acceso, de las calzadas…, de la legación.

Para ser más precisos, de la acera frente a la legación.

Si hubiesen subido el primer escalón, perteneciente por pleno derecho al edificio flanqueado por la rojigualda, se habrían hallado en territorio español y nadie habría tenido la potestad de tocarles un solo pelo de la cabeza.

Así mismo se lo había explicado madame Tournée a Ángel Sanz Briz.

La policía húngara llegó en la noche, como los ladrones.

Quizá merodeaban el barrio y habían percibido el momento exacto en el que el encargado de negocios se marchaba a casa; quizá alguien les había dado, por treinta monedas, el soplo de que en la embajada española trabajaban judíos; quizá en sus patrullas habían adquirido un ojo privilegiado para identificar las estrellas de David en el pecho.

Se llevaron al abogado Zoltán Farkas, al médico y a dos mecánicos.

Madame y Gaston se habían salvado por aquella sutileza diplomática, por el hecho de encontrarse aún dentro del edificio, pues la canciller era la encargada de cerrar con llave.

El pasaporte francés, tal vez, les sirvió también de ayuda.

Los afectados trataron de explicarse por todos los medios.

Arguyeron que eran empleados de la legación española; que España era un país soberano (un país, además, con el que Hungría quería aliarse) y que no podían agredir la inmunidad diplomática tan alegremente.

Los policías, con bastante más orgullo que vergüenza, precisaron que no se encontraban en territorio español, como la «puta francesa», sino en el pavimento de la calle Eötvös, dentro de las fronteras administrativas de Budapest (y, por tanto, de su jurisdicción).

Y que, según sus papeles, no eran españoles por mucho que trabajasen en la legación de su Estado; que tampoco pretendiesen ser húngaros, por supuesto, ya que la «decoración» que llevaban en la gabardina y en las chaquetas hablaba por sí sola.

Así mismo lo explicó madame Tournée, todavía alterada, entre jadeos, al llamar a Sanz Briz desde el teléfono de la embajada.

No había tenido el coraje de salir, sabiendo por experiencia lo que podría ocurrirle de hacerlo.

Levantar el aparato para marcar aquel número que se sabía de memoria, pero que no había tenido la necesidad de utilizar nunca, le tomó el mismo tiempo que regular la respiración y aceptar el vaso de agua que su hijo le tendía.

—¿Cómo se han atrevido? ¡España es un país soberano! —bramó Ángel, que con el terror abandonaba la mesura de la que siempre hacía gala.

—Le aseguro que traté de explicarles, don Ángel…, el señor Farkas y yo les explicamos los años de servicio, pero insistieron en que la inmunidad diplomática de la legación empieza y termina en el mismo edificio. Si Gaston no hubiese estado conmigo…

—No se angustie, madame, que no me cabe duda de que usted ha hecho cuanto estaba en su mano, como tampoco de que esos canallas aguardaron a que yo me ausentase para cometer semejante atropello. ¿Gaston y usted se encuentran bien?

—Sí, don Ángel. Un poco nerviosos, pero por fortuna no habíamos salido aún y no tenían excusa alguna para arrestarnos.

—Bien, no salgan bajo ningún concepto. Ahora mismo voy para allá y mando un telegrama urgente a Madrid. Comunicaré lo sucedido y me encargaré de obtener autorización para liberar al señor Farkas y a los demás. ¿No le han dicho adónde los llevaban?

—Mucho me temo que no. Lo pregunté, pero, evidentemente, no me hicieron el menor caso. Se estaban poniendo muy violentos y, la verdad, yo tenía mucho miedo, no por mí, sino por Gaston.

—No se preocupe, madame, yo también soy padre y sé cuánto duele un hijo. Si Adelita siguiese aquí, no sería capaz de mantener el tipo.

Se metió en el coche enseguida, nada más colgar y sin dar explicaciones a la criada, que observaba con ojos enormes cómo introducía mantas, cojines y algo de comida en una bolsa.

El toque de queda no lo detuvo; confiaba en que su pasaporte español y su documentación de la embajada le ofreciesen la protección que precisaba.

Al llegar, la canciller y su hijo lo esperaban de pie junto a la puerta, como si montasen guardia.

—Les he traído mantas, artículos de aseo y algo para cenar —explicó Ángel mientras le entregaba a Gaston el macuto que había preparado a toda prisa—. Lo mejor será que ninguno de ustedes abandone el edificio hasta que se solucione esta situación y yo consiga extenderles documentos que les protejan.

—Se lo agradezco en el alma, don Ángel. Espero que no haya tenido ningún problema, a estas horas…

—No tiene nada que temer. Voy a mandar ese telegrama enseguida, el tiempo apremia.

Por una vez, no se entretuvo corrigiendo el lenguaje ni se preocupó de que la alerta que empañaba sus palabras pudiese confundirse con apasionamiento.

Solicitó, con la mayor urgencia, autorización para extender pasaportes españoles a los trabajadores detenidos para que estos les otorgasen, de manera retroactiva, la inmunidad diplomática que salvaría sus vidas y garantizaría su libertad.

—Volveré mañana a primera hora —le indicó la madame al terminar—. Si sucediera algo mientras tanto, no dude en llamarme de nuevo. Dejaré a la criada sobre aviso para que me pase cualquier llamada telefónica, sin importar la hora.

Jamás había aguardado correspondencia de Madrid con el ansia que caracterizó aquellas horas.

Por la noche se entregó rápido al sueño, en cuanto posó la cabeza en la almohada, pero este fue ligero, empañado por pesadillas que lo cubrieron de sudor al despertar.

Por los ojos cerrados pasaban aquellas imágenes que él no había presenciado, pero que tras escuchar el relato de la canciller era capaz de evocar sin problema alguno.

Estas visiones se intercalaban con recuerdos reales de las sacudidas en el refugio durante el ataque aéreo y del estallido de la guerra civil, e imaginarios, en los que tanto su esposa como Adelita se consumían en unas llamas eternas.

En el despacho, apenas lograba centrar la atención en el trabajo que debía realizar.

La mente siempre vagaba al destino incierto de aquellos hombres con los que estaba acostumbrado a tratar a diario, al Informe de Auschwitz que aún no había recibido pero cuyo contenido lo atormentaba y al reloj, el gran igualador cuyas agujas no se detenían ante nadie.

Cuando, al fin, tuvo la respuesta de Madrid en sus manos, lo invadió una sensación opresiva y apremiante: el miedo de no haber llegado a tiempo pese a todos sus esfuerzos.

Sus superiores le autorizaban a emplear cualquier medio a su disposición para liberar a los trabajadores, así como para extender pasaportes españoles que garantizasen su seguridad en caso de verse expuestos a otra detención.

Le recordaban, sin embargo, la delicada situación del abogado Farkas: aunque llevaba años jurando lealtad a la legación, no se trataba de un empleado propiamente dicho, sino de un mero colaborador que solo prestaba servicios, al menos sobre el papel, de manera ocasional.

—El señor Farkas ha sabido estar a la altura de las circunstancias —le aseguró a la canciller—.

Desde la ocupación, no ha habido día en que se haya ausentado del puesto de trabajo; es más, ha asumido responsabilidades que no le correspondían.

Los húngaros no tienen por qué estar al tanto de su situación laboral, que, en todo caso, rectificaré en cuanto esté de vuelta con nosotros.

Sin demora alguna, salió para reunirse con el subsecretario László Baky, hombre repugnante según las habladurías, antisemita redomado por ideología y propia convicción, y arquitecto de las deportaciones llevadas a cabo por la guardia montada.

Sanz Briz contaba con suficientes balas en la recámara: la autorización directa de España, cuyo reconocimiento Hungría ambicionaba; los lazos que habían unido a su país con Alemania y que, pese a la neutralidad y a la tibieza de las relaciones, conservaban; su juventud y su relativa inexperiencia.

Nada sabían de él y, por tanto, nada esperaban.

Les ganaría en su propio terreno de juego: la diplomacia, el papeleo y, de ser necesario, las amenazas vestidas de galantería.