Capítulo XV
XV
Ádám se pasó días postrado en la cama, víctima de un llanto atroz.
Había experimentado esa emoción antes: tras las muertes de Klára y de su hermano, a puerta cerrada, como buen varón de su clase; en el frente, cuando caía un camarada y se le anegaban los ojos en lágrimas en los instantes previos a obligarse a olvidarlo.
No había llorado tras la partida de Jonatán, aunque sí experimentado una sensación de vacío, de gran pérdida, como si le hubiesen quitado un peso esencial de las manos.
La profusión de lágrimas (incontrolables, rabiosas, casi infantiles) que lo asediaba en ese momento no nacía de la pena, pues ni tiempo le daba a conjurarla.
Lo invadía una culpa que notaba líquida, que ardía en su interior y lo consumía desde dentro, porque había tratado de apartar a un hombre de su destino y cuanto había conseguido era empujarlo a uno peor.
Los jalutzim habían pasado a la acción de inmediato.
Hicieron investigaciones, tiraron de contactos, se arriesgaron en la medida en que quienes carecen de futuro pueden hacerlo.
Tras una búsqueda intensa dieron con una pista clave: una fábrica de ladrillos en Budakalász, a las afueras, donde retenían a los judíos detenidos antes de deportarlos.
Ádám se había presentado con su mejor traje, la documentación de la fábrica que atestiguaba el empleo de los obreros retenidos y suficiente dinero para sobornar a cuanto guardia se cruzase en su camino.
Recurriendo a la influencia de su apellido, al rango militar, a la experiencia en el Don, a todo, logró que lo dejasen pasar para buscar, en persona, aquello que le habían robado.
Los llamó por su nombre, cojeó de cuadra en cuadra haciendo bocina con las manos, gritando.
Un par de ellos salieron a su encuentro, dudosos. Luego unos cuantos más. De Sándor no había rastro. Cuando preguntó por él, los compañeros le indicaron que había aceptado la oferta de trabajo en Alemania.
—¿Cómo se le ocurrió?
La mayoría, por su propia tranquilidad, habría creído a pies juntillas las promesas de los alemanes, pero no Sándor.
Él, como jalutz , había oído los rumores; podía traducir los términos vagos, interpretar sus significados más violentos.
¿Qué había en Hungría que hubiese podido arrojarlo a una condena semejante?
Los obreros, todos mayores que él, le hablaron de las torturas a manos de los gendarmes, de las noches y los días soportando los ataques aéreos en el patio, sin protección alguna.
Casi todos los operarios jóvenes se habían apuntado a los trenes, arguyendo que, según las amenazas, aquellos que no lo hiciesen de manera voluntaria serían deportados a la fuerza más adelante y en peores condiciones.
Resultaba mucho más humillante, además, encajar los golpes de un compatriota que de un alemán.
¿No veía que ellos habían recibido su misma educación?
Habían coreado el Nem, nem soha y celebrado las tierras que les habían sido devueltas; en la escuela, se habían rasgado las vestiduras con el pacto de Trianon, y ensalzado la majestuosidad de Hungría y la gallardía del pueblo magiar.
Y ese país y ese pueblo los rechazaban, les escupían al pasar.
¿Qué cuajo había que tener para soportar esa traición?
Incapaz de asumir el golpe recibido, Ádám repasaba mentalmente todos los pasos que había dado hasta llegar a aquella situación.
Si no hubiese empleado a Sándor…, o si le hubiese extendido un contrato simbólico…
, si hubiese tomado el tren nocturno desde Liptovský Svätý Mikuláš, aunque hubiese suscitado más preguntas en el control fronterizo…
Gracias a la farsa del alquiler y a la documentación falsa, la señora Rozenfeld permanecía a salvo en el piso de la plaza Batthyány, y no hacinada en una de las casas de Pest con una estrella amarilla.
Ese era su único consuelo. Incapaz de mirarla a la cara, sin embargo, dependía de Erika para cualquier gestión que tuviese que ver con ella.
El teléfono lo abrumaba. Antes de despedirse en Eslovaquia, le había dado a Jonatán la misma contraseña que utilizaba con Richárd Friedl y los jalutzim .
Si, por algún casual, su misión lo llevaba a Hungría y precisaba de su ayuda…
, en ese momento temía esa llamada que, en otras circunstancias, habría acariciado.
Una cosa le había pedido su amigo más querido y en esta cosa le había fallado.
¿Cómo iba a sobreponerse a su propio crimen?
En la legación, el trabajo se acumulaba.
Algunos judíos, los que ya no se creían las promesas de los diarios y habían empezado a temer las deportaciones que habían tenido lugar en Csepel, hacían cola en la puerta.
Pedían una ayuda que Sanz Briz, que mandaba despachos a diario, todavía no podía ofrecerles.
Con los embajadores neutrales se reunía con tanta frecuencia como podía.
Con el nuncio, en particular, hablaba casi cada día y sus conversaciones pasaban del embarazo de Adela y las aventuras madrileñas de Adelita a la consternación por el mundo en el que se encontraban.
El Santo Padre había mandado un telegrama urgente a Horthy rogándole que abriese los ojos a la barbarie cometida en su propio territorio.
Al silencio del regente le siguió una oleada de ataques aéreos más violenta que las anteriores.
Los bombardeos, que buscaban cortar la cabeza de Hungría al arremeter contra las refinerías y las estaciones de tren, golpearon la embajada a finales de mes.
La estación del Oeste, a apenas unos minutos a pie, había sido alcanzada por la aviación estadounidense; Sanz Briz y el resto de los empleados, agazapados en el refugio, habían sentido aquella embestida como si ellos hubiesen sido el objetivo.
Ángel todavía tenía el miedo metido en el cuerpo cuando madame Tournée entró en su despacho a las diez y media exactas de la mañana.
No se presentó por el terror a las bombas, sino con un requerimiento sorprendente: la señorita Erika Farkas de Batthyány se había presentado en la legación y le gustaría hablar con él de un tema que no admitía demora alguna.
Él, que todavía se estaba peleando con la redacción del último comunicado con Madrid, dejó los papeles a un lado y se dirigió a la canciller.
—Hágala pasar, madame Tournée, por favor. Conozco muy bien a su familia y sé que no habría venido de no tratarse de un tema en verdad importante.
La vecina debía de haberse desplazado hasta la calle Eötvös directamente desde el hospital, puesto que aún llevaba el uniforme de enfermera, aunque no la cofia.
La melena castaña, peinada en un recogido trenzado, y la postura de bailarina delataban su clase tanto como el gesto mediante el cual le tendió la mano a Ángel para que se la besara, según dictaba la tradición.
Al sentarse y hablar con él, sin embargo, desplegó aquel talante diplomático que él había percibido en tantas ocasiones.
—Lamento molestarlo justo ahora, cuando debe de tener tanta carga de trabajo… —tanteó, pero Sanz Briz no le permitió continuar.
—No se preocupe. Aprecio mucho a su familia y, por supuesto, su amistad con mi Adela. Estoy a su disposición, si está en mi mano ayudarla.
—Espero que sí. Como usted sabrá, hace unas semanas que varios de nuestros obreros, todos ellos judíos, fueron detenidos.
—Tengo constancia de ello, sí. ¿Cómo van las cosas en la fábrica? Los últimos ataques se cebaron de manera especial con Csepel…
—En efecto. Por fortuna, el objetivo principal fue la refinería Shell; en nuestro caso, los daños fueron materiales y no podemos hablar de pérdidas humanas.
—Entornó los ojos—. Los obreros que le mencioné es lo que más nos preocupa.
Según nos informaron, los trasladaron a Transilvania para suplir puestos esenciales, pero tenemos motivos para dudar de la veracidad de esta información.
A uno de los trabajadores afectados lo conozco desde niña, practicábamos esgrima juntos y su madre es inquilina nuestra. Si estoy aquí, es por ella.
Mientras se explicaba, abría el maletín que llevaba consigo y extrajo de él una serie de documentos que depositó sobre el escritorio de Sanz Briz.
Un libro de familia, una cartilla de identidad, un volumen ajado, antiquísimo, cuyo idioma él entendía a la perfección.
Pruebas de una vida atravesada por la crueldad arbitraria de la guerra.
—Ilona Rozenfeld —dijo ella—. De soltera, Czitrom.
Los orígenes de su familia paterna, según me explicó, se remontan al norte de la península Ibérica.
Carece de documentación específica que la ligue con España, pero sí tiene este libro en ladino además de cartas de sus abuelos y bisabuelos escritas en este idioma.
Sé que le pido mucho, pero teniendo en cuenta la situación actual…
¿cree que su país podría proporcionarle algún tipo de protección?
Sanz Briz tomó el libro de familia para acercárselo a la cara. La mujer en cuestión era hermosa, elegante, de cabello rizado cortado al estilo Bob y penetrantes ojos claros. Los dos hijos habían heredado sus rasgos, mientras que el marido, delgado y moreno, exhibía una apariencia levítica.
—¿Es ella la única que necesita protección? —inquirió, temiendo la respuesta—. Comprendo que uno de los muchachos pertenece al grupo de obreros deportados…
—Sí, Sándor, el más joven. El mayor, Jonatán, emigró al Mandato en el 41. Si tuviésemos la oportunidad de solicitar visados palestinos para la señora Rozenfeld, lo haríamos, pero nuestros países ya no mantienen relaciones diplomáticas.
—Por supuesto. ¿Qué me dice del marido?
—Murió el año pasado, en el frente. Era un trabajador forzado.
—Dios mío.
—Esta mujer está sola en el mundo. Su único consuelo es su primogénito, del que no recibe noticias desde la primavera pasada, debido al cese de comunicaciones con los aliados.
¿Usted cree que hay alguna posibilidad de ayudarla?
Se lo pido no solo por la amistad que mantenemos con su familia ni por la repugnancia que me causa la legislación antijudía, sino también por un motivo más egoísta.
Un instante de silencio. Las palabras, que se le pegaban a las paredes de la garganta, rehusaban salir.
—Es por Ádám —terció, al fin—. Se siente responsable de la suerte del hermano pequeño.
Verá, lo que observó en el frente le causó una gran conmoción, fue testigo de las vejaciones y los abusos que reciben los trabajadores forzados y, al regresar, le ofreció un contrato de trabajo a Sándor.
La nuestra es una industria esencial, por lo que los obreros están exentos de ser llamados a filas…
Sanz Briz se acarició el mentón.
—Recuerdo haber mantenido una conversación con él al respecto.
—Los rumores que corren lo están afectando mucho.
Comprenda que un hombre con las secuelas físicas de Ádám no debería exponerse a los niveles de estrés que lo están asediando.
Su salud se ve resentida y temo… —Desvió la mirada hacia la ventana—.
Temo perder a otro hermano. Si algo le ocurre a esta mujer, Ádám no podrá perdonárselo jamás.
Ángel le tomó la mano, enguantada, de manera instintiva. Mientras la apretaba, le aseguró:
—Tengo a su hermano en alta estima. No puedo prometerle nada, señorita, pero haré todo lo posible para extenderle un pasaporte o una carta de protección a su inquilina.
Confidencialmente, llevo semanas haciendo gestiones con mi gobierno para que me autorice a conceder inmunidad diplomática a, al menos, nuestros empleados y a la comunidad sefardí.
Si permite que me quede con este libro y me entrega usted las cartas de las que me ha hablado y una copia del libro de familia… , haré todo lo que esté en mi mano.
Erika le dirigió una sonrisa magnífica, luminosa y llena de esperanza.
—Se lo agradezco en lo más profundo, don Ángel, de verdad. Si hay algo que nosotros podamos hacer por ustedes…, no sería un pago, sino una mano amiga que aprecia sus desvelos.
Sanz Briz le devolvió el gesto.
—No se preocupe, señorita. Estas cosas se hacen con el corazón. Cuide de su hermano y mándele un abrazo muy fuerte de mi parte.