El silencio de los justos Capítulo XIV
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Capítulo XIV

XIV

¿Qué decir después? Tras medio día esperando en las oficinas de la aduana, condujeron a Sándor y al resto de los retenidos a un cuartel. Allí, hacinados en las cuadras, con los ladridos de fondo de la policía militar, que los odiaba, esperaron otro día entero.

¿Qué más? Aquella noche los americanos bombardearon la ciudad. Aunque todo estaba en silencio en las cuadras, a excepción de las oraciones sibilantes, y aunque la única luz que los iluminaba era la de las detonaciones, los policías los acusaron de hacer señales con velas a los aviones aliados.

—¡Perros judíos! ¡Queréis que nos maten a todos!

Una noche terrible tras un día terrible.

La mañana siguiente, cuando un representante del Consejo Judío les comunicó que se estaban organizando transportes para ir a trabajar a Alemania, y que se aconsejaba unirse a ellos antes de que las condiciones empeorasen, la mayoría, Sándor entre ellos, se apuntó.

¿Qué podía haber peor, en aquellos momentos, que sufrir el maltrato de la policía militar del cuartel y los ataques aéreos sin acceso al refugio?

¿Y después? Todos conocemos el final de la historia. Los vagones de ganado; los pasajeros hacinados, incapaces de sentarse o tumbarse. Un único cubo de agua para sesenta personas; un cubo idéntico, pero vacío, para que hiciesen también sus necesidades.

Tres días de viaje. A través del calor, a través del frío. Sin comida, sin agua, acallando el hambre con rumores y miedo.

Tras una espera infinita, moteada por el olor a sudor, la sed árida y el dolor de las articulaciones, el tren que se detuvo.

—¿Puedes leer dónde estamos? —preguntó alguien.

Sándor, que seguía apoyado en la pared, se puso de puntillas para mirar al otro lado a través del angosto ventanuco.

—Ausch… Auschwitz-Birkenau.

Los portones de madera se abrieron. Tras tantas penurias, los pasajeros eran fantasmas aturdidos por la descarada claridad del sol.

Los recibieron, a gritos y a golpes, unos prisioneros de uniforme de rayas que los instaban a bajar.

A la entrada del campo, en la puerta de forja, una inscripción en letras góticas les prometía que el trabajo les haría libres.

El infierno. Sin palabras ni idiomas que lo contengan, solo los que han estado en él podrían describirlo y, en todo caso, no se referirían a él como el infierno.

Aceptado su nuevo cargo, sin más aliados que los empleados de la delegación y los diplomáticos neutrales, Sanz Briz percibía la soledad como un manto que se le pegaba a la ropa.

Lo perseguía allá donde fuera, y si no permitía que el rostro o la postura revelasen su turbación interior era por el delicado momento en el que se encontraban.

En junio, la capital magiar ardió con un fuego imperceptible al ojo humano pero cuyas consecuencias difícilmente se podían ignorar.

Transcurrido el día 13 sin cambios, a pesar de las gestiones de De Muguiro antes de irse y de Sanz Briz después, los quinientos niños permanecieron hacinados y a la espera.

Con la correspondencia entre Tánger, España y la embajada como única protección, Ángel los iba a visitar al hospicio, del que siempre salía con el corazón encogido.

En sus ojos seguía viendo los pícaros de Adelita; en sus manos, las de la criatura que Adela llevaba en el vientre y a la cual solo Dios sabía cuándo abrazaría.

Escribía, escribía sin parar. Informaba a Madrid casi a diario, tales eran los escalofriantes cambios que se sucedían.

Releía cada documento hasta casi memorizarlo y lo pulía de modo que la urgencia que comunicaba no se tiñese de ímpetu.

Era un desconocido y no había carta en su baraja mejor que esa; los húngaros, que creían poder doblegar su voluntad, harían presión para quitarlo de en medio si sospechaban en él una posición tan crítica como la de su antecesor.

Acorde con la última legislación, a los israelitas se les prohíbe recibir invitados, hablar desde las ventanas y frecuentar jardines.

A la ya implementada ordenanza de portar la estrella amarilla se le suma un estricto toque de queda: salvo permisos explícitos, no se les permite salir de sus casas más que a las horas comprendidas entre las 14:00 y las 17:00.

Los baños públicos y las tiendas regentadas por cristianos les están vetados.

En el transporte público, deben viajar en el último vagón, designado para ellos.

Envió el despacho el mismo día en que finalizó el desalojo de la población judía. Desposeídos entre los desposeídos, se los hacinó en edificios marcados con la estrella de David, varias familias en cada apartamento, sin intimidad ni orgullo.

—Veo esa marea de estrellas amarillas en la ropa y en los edificios, y no puedo evitar pensar en el Éxodo y en la plaga de los primogénitos —le confesó a Angelo Rotta en el recogimiento de su despacho de Buda.

Al nuncio recurría con cada vez más frecuencia, no solo para el alivio espiritual que tanto precisaba, sino también animado por la camaradería de un objetivo compartido: ambos pertenecían a las dos embajadas neutrales que con mayor ahínco podían ejercer su influencia en Hungría; en el Vaticano, los magiares veían la máxima autoridad de la religión principal del país, que guiaba a tantos en el camino, mientras que a España la reconocían como un estado políticamente afín, aliado en su cruzada contra el bolchevismo.

Rotta ladeó la cabeza. Tenía en común con Sanz Briz no solo el nombre y la diplomacia, también el carácter, en apariencia frío y cerebral, aunque afable para los allegados.

—Eso me temo, aunque en este caso las marcas en las puertas no vienen a salvarlos, sino a condenarlos.

Y quien asesta el golpe no es el ángel del Señor, lo hace la propia crueldad humana.

¿En qué lugar nos deja a nosotros, los católicos, el ser testigos de estos crímenes?

Temo por la vida de esas personas, Ángel —resopló—.

Como le ocurrió al faraón en el relato bíblico, al regente se le ha endurecido el corazón y hace caso omiso de mis ruegos.

—¿Cree usted que los rumores que corren son ciertos?

El anónimo que recibimos en la legación hace unas semanas denunciaba las deportaciones masivas en el campo.

Sé también que a varios obreros judíos de la planta de coque de mi vecino los detuvieron y los enviaron a Transilvania, para ser empleados como mano de obra.

Dios me perdone, pero de inmediato pensé si la información que ha recibido mi vecino no sería incorrecta.

Los labios finos de Rotta se torcieron en una mueca de dolor.

—Quiero pensar que esos obreros se encuentran de verdad en Transilvania.

Lo que sí puedo asegurarle, con tremenda congoja, es que no solo son ciertos esos rumores, sino que la maldad humana los supera.

Hoy mismo mandé telegrama al Vaticano para denunciar las continuadas deportaciones desde el campo, guiado no ya por sospechas, sino por hechos confirmados.

Tomó aire, pausa que aprovechó para alzar la mirada al encargado de negocios español. Los dos pares de ojos, tan distintos en forma y color, se sacudían con el terror a la verdad.

—Ha llegado a mis manos, por medios del todo fiables, un documento desesperanzador, el más terrible que he leído en mi vida.

Al parecer, lo han escrito dos jóvenes judíos eslovacos que lograron escapar de un campo de concentración en Polonia.

Lo que describen… —Contrajo el gesto—. No encuentro las palabras, quizá no las haya.

En esos lugares los hombres trabajan hasta la extenuación y sin apenas recibir alimento, pero lo más alarmante de todo es…

, es…, a todas las personas no aptas para el trabajo, por edad o condición física, las ejecutan de manera masiva por medio de gas. ¡Mujeres, niños, ancianos! Es inhumano.

Sanz Briz, cuya faz palidecía con cada palabra que oía, se aferró a los reposabrazos de la silla en la que estaba sentado. Una manera de mantenerse anclado al momento presente, aunque fuese espantoso.

—¿Cómo… cómo dice? ¿Cómo es posible? ¡Mujeres y niños! ¿Está usted seguro?

—A falta de confirmación visual, he de creer en la palabra de esos desdichados y en las vías diplomáticas por las cuales el informe ha llegado a mis manos. Si ignoro estas voces de alarma, ¿no seré culpable por omisión del gran crimen que se está cometiendo?

—Dios mío… ¿Y dicen llamarse hombres? ¿En qué cabeza cabe…?

Herido por el horror del que el nuncio le hacía partícipe, Sanz Briz se levantó.

Caminaba entre temblores, sin hallar consuelo alguno.

Sus propias manos en ese momento se le antojaban muy pequeñas, inadecuadas para la enormidad de la labor que había que realizar.

Su relativa inexperiencia y su juventud, que jamás había lamentado, se alzaban ante él y le impedían pensar con claridad.

—Solicitaré autorización para auxiliar a los judíos, en vista de los últimos avances —logró balbucear, todavía de pie y en movimiento—.

Teniendo el terreno ya algo allanado tras las negociaciones en curso respecto a esos muchachos que debían haber partido a Tánger…

, pediré permiso para extender pasaportes españoles a todo sefardí que los solicite.

En los iris oscuros de Rotta, que refulgían como el cobre al sol, leyó el mismo comentario que él le había hecho a De Muguiro en su día. En Hungría apenas había presencia sefardí. Ante la barbarie, ¿qué pecado era más grande? ¿La obediencia que condenaba vidas o la mentira que las salvaba?

Por la expresión de su amigo, casi dulce pese al desasosiego, supo que comprendía bien sus intenciones y que no las juzgaba.

—Solicitaré protección también para nuestros empleados judíos, que con España no tienen otros lazos que los laborales y la lealtad que nos han prestado todos estos años.

Eso podría sentar un precedente… ¿Podría hacerme usted llegar una copia de ese informe?

Su palabra merece toda mi confianza, pero en la profesión que compartimos…

—Los datos clínicos y objetivos son esenciales —terminó el nuncio por él—.

Me temo que no me proporcionaron una copia física, tan solo el ejercicio dolorosísimo de la lectura, pero haré las gestiones necesarias para que el informe llegue a sus manos y usted pueda remitirlo a Madrid.

En la más estricta confidencialidad, por supuesto…

—Y con la mayor urgencia.