Capítulo XIII
XIII
El gendarme comunicó a los judíos retenidos en el edificio aduanero de Csepel la existencia de «nuevas órdenes». Este cambio en su situación, que les explicó mientras los colocaba en filas de a tres, consistía en que iban a presentarse ante la «autoridad suprema». No proporcionó más explicaciones.
Susurros. Dudas. Manos que se acercaban, temblorosas, a los bolsillos.
—¡Es un simple trámite para certificar vuestros papeles! —bramó después, alzando los brazos—. No hay nada de qué preocuparse si tenéis todos los documentos en orden.
Utilizó esa misma explicación para guiar los movimientos, bastante torpes, con los que fue adecentando las filas antes de abrir la puerta. Puñados y puñados de luz…
Calor. Cansancio. Aburrimiento. Al grupo de judíos de las oficinas de la aduana pronto se le unieron otros más, formados no ya por obreros, sino también por mujeres, niños y ancianos, todos ellos acompañados y vigilados por gendarmes.
Una nube de estrellas amarillas paseaba por las calles tranquilas de Budapest, lo que llamaba la atención del resto de los transeúntes, que, entre pasmados e indiferentes, preferían leer los carteles de los comercios o los periódicos en los quioscos a mirar a aquel grupo de desposeídos a la cara.
Sándor estiró el cuello en un intento fútil por adquirir más información, mas cuanto vieron sus ojos fue una marea multicolor de chaquetas y gabardinas ajenas. Inspiró.
—Dios mío, debemos de ser centenares. ¿Adónde nos llevan?
El joven que estaba a su lado, compañero de la planta de coque, se puso de puntillas y alzó el mentón para obtener idénticos y decepcionantes resultados. Frente a ellos solo había personas caminando hacia un mismo destino, carentes de información.
—A lo mejor nos separan más adelante… —tanteó Sándor, cuya voz disminuía en volumen con cada sonido, como si quisiese descartar aquella posibilidad enseguida.
El compañero torció la boca.
—Pues no quiero quedarme para comprobarlo.
Se habían detenido para ceder el paso a un tranvía. Tras comprobar las posiciones de los policías, y que ninguno de ellos miraba en su dirección, el chico saltó al vacío.
La gran evasión fue un vuelo corto. Un simple movimiento, y la chaqueta parda del muchacho se perdió entre el amarillo de los tranvías y el negro de los pocos coches que aún circulaban por la capital.
Dudosas, un par de personas más lo imitaron: aprovechando la confusión, saltaron entre el tráfico para escapar.
Sándor agarró de las manos a los dos adolescentes que aguardaban a su lado.
—Vamos —les susurró al oído.
El más inexperto, de rasgos suaves e infantiles, volcó la mirada sobre los gendarmes.
—No sé…
—Vamos, solo tenemos que hacer como Bandi. —Le apretó más la mano—. Estoy con vosotros, ¿vale? No nos va a pasar nada. A nosotros no.
Las arrugas en la frente del muchacho se relajaron.
Toda su expresión se dulcificó, como si el simple tono de la voz de Sándor tuviese el poder de ahuyentar el miedo.
Tras una última mirada furtiva a los policías, confirmó con un discreto golpe de cabeza.
Los tres dieron un paso adelante, se colocaron en el filo de la acera…
Interrupción. El disparo, lejano, como interrupción. El grito que le siguió les hizo contener la respiración.
—¡Eh, tú!
Desde su posición, en mitad de aquella marabunta sudorosa y asustada, no podían discernir a quién habían apuntado, o cuál había sido el desenlace.
El grupo retomó la marcha. Volvían a ser una masa conducida a su siguiente destino.
Ádám regresó a casa con la luz anaranjada del atardecer en la espalda. Al ruidito discordante de las llaves, que dejó caer de cualquier manera sobre el aparador, le siguieron enseguida los pasos ansiosos de su hermana, que se abalanzó sobre él.
—¡Menudo recibimiento triunfal! —Rio—. ¡Ni que fuese el Nazareno entrando en Jerusalén!
Erika tomó aire antes de formular una réplica que no tuvo lugar. La expresión agria, de angustia en lugar de alegría, comunicó unos sentimientos que las palabras no podían contener.
Ádám arrojó la bolsa de viaje al suelo. Con la mano izquierda, que todavía conservaba el tacto de la piel de Jonatán, le acarició la mejilla húmeda.
—Eh, pero si tú no lloras nunca. ¿Qué ha pasado?
Lo condujo a la sala. Mientras él se volvía hacia el minibar y servía dos copas, repitió una serie de frases inconexas, incomprensibles, que Ádám no lograba enlazar en una narración lógica.
—He recurrido a todo. Me he humillado en el Ministerio de Defensa y hasta he tenido el atrevimiento de dirigirme al cuartel general de la Gestapo, y padre está tirando de contactos, pero nos estamos quedando sin tiempo y no sé…, no sé cómo arreglar esta situación.
—Puedes empezar explicándome de qué se trata —le susurró él, más tierno de lo que se sentía—. ¿Por qué dices que nos estamos quedando sin tiempo? ¿Qué se te ha perdido a ti en el Ministerio de Defensa? ¡Y en la Gestapo! Después del susto que tuvimos en marzo con lo de Éva…
Se había sentado junto a ella en el sofá, rodilla con rodilla, para tenderle la copa. Erika aceptó pero no llegó a acercársela a los labios. Sus ojos, húmedos y brillantes, estaban fijos en un punto indeterminado de la habitación.
—Siempre has sido la más lógica de todos —insistió Ádám y, para calmarla, le propinó un codazo juguetón—. ¿Te acuerdas de cómo te llamábamos Tibor y yo? La Generala —se puso serio—. ¿Qué ha pasado?
—Han detenido a los obreros judíos de la fábrica —aseveró ella con voz pastosa.
Como alcanzado por un rayo, Ádám se apartó de manera instintiva.
—¿La Gestapo? ¿Y con qué autoridad ha entrado en la fábrica?
—No fue la Gestapo, sino la guardia montada húngara. Y no les hizo falta ir a la fábrica: mandaron bajar del tranvía a todos los pasajeros con estrella amarilla.
Un estremecimiento atravesó el rostro de Ádám.
—¿Cómo?
—Tenía el día libre en el hospital, así que aproveché para ir a visitar a padre.
Es algo que solemos hacer en tu ausencia: hablamos de la guerra, de la situación política…
, de esas cosas que madre prefiere ignorar.
En fin, que, en cuanto atravesamos las fronteras administrativas, un gendarme detuvo el tranvía y mandó bajar a todos los judíos.
Yo me apeé también, por supuesto, para averiguar de qué se trataba aquella pantomima.
—¿Y bien? —murmuró Ádám.
De nuevo arrimado a ella, la acariciaba con movimientos cada vez más distraídos. Erika apretó los párpados.
—Pues eso, que era una pantomima. Con la excusa de comprobar la documentación y los permisos de los obreros, nos tuvo retenidos en el edificio de la aduana durante horas.
Padre acudió en nuestra ayuda y trató de cambiar la situación por todos los medios, pero tuvimos que irnos cuando las cosas se pusieron tensas entre el policía y él.
Desde esta mañana estamos tratando de solucionar este problema y devolver a los obreros a sus casas, sin éxito.
Ádám apretó los dientes.
—Padre es demasiado diplomático. Ahora mismo me presento en la aduana y si no convenzo a ese gendarme con la razón o con el dinero, lo haré con la fuerza.
Hizo el amago de levantarse, pero Erika, que lo tomó del antebrazo, lo detuvo.
—¿Crees que no lo he intentado? Primero fui al Ministerio de Defensa, me deshice en alabanzas con ese repugnante capitán Varga y lo único que obtuve de él es saber que a los obreros van a reubicarlos en Transilvania, que sus destinos están sellados y que a nosotros nos recompensarán con nuevo personal.
Ádám negó con rotundidad.
—No me lo creo ni por un minuto. ¡Es mentira! Lo que hacen…, lo que hacen en realidad con los judíos…
—¡Sé que es mentira! —chilló—. Por eso me he engalanado y he ido al cuartel general de la Gestapo.
Les he explicado por todos los medios que esos obreros nos pertenecen, que son irremplazables, me he ofrecido a pagar el precio que hiciera falta por su libertad y…
, y nada, me han repetido la misma historia y se han reído en mi cara.
Prácticamente me han amenazado: me han dicho que si me dejaban ir sin abrirme una ficha era porque admiran la locura en las mujeres y que eso es lo que debo de estar, loca, para presentarme allí exigiendo comprar con oro a los judíos retenidos.
—Suspiró—. Ahí es cuando he decidido volver a la aduana, pensando que el gendarme sí que aceptaría un soborno, pero era demasiado tarde.
—¿Cómo que demasiado tarde?
—La aduana estaba vacía y no sé qué más hacer.
Estaba…, cuando has llegado estaba buscando en tu agenda…
Sándor me ha pedido que te avisase cuando llegaras, que tú debías informar de lo ocurrido a un tal Richárd Friedl, pero no he encontrado ni su número ni su dirección entre tus cosas.
Lo siento, he abierto con la llave de repuesto y te he dejado el despacho hecho una leonera.
—No tiene importancia. No habrías podido encontrar las señas de Richárd ni aunque lo hubieses desvalijado todo…
Sus palabras resonaban con un eco espectral. Atacado por una tremenda turbación, los balbuceos habían regresado, echando por tierra los meses de ardua terapia. Una pantalla de sudor frío, pegajoso, se le adhería a la piel, en todos aquellos lugares que Jonatán había tocado.
—¿Sándor estaba allí? —preguntó con la voz quebrada.
Las pupilas de Erika se sacudieron. Separó los labios, pero de ellos no salió más que una exhalación.
Sin atreverse a verbalizar ese «sí», afilado como una daga, trató de tomar la mano de Ádám, pero él ya se apartaba.
Con las palmas se atusaba el pelo; sus ojos, fijos en la alfombra, ardían con un sentimiento profundo, crudísimo y asfixiante, que le aceleraba la respiración.
—Los han detenido en Csepel, fuera de las fronteras de Budapest… —repetía, entre jadeos—. El tranvía… Dios mío, ¿qué he hecho? ¿Qué he hecho?