Capítulo XII
XII
Según le habían informado sus contactos alemanes, a los trabajadores judíos de Csepel, con independencia de sus puestos, se los estaba reubicando en Transilvania para el desempeño de labores militares esenciales. Así mismo se lo comunicó el señor Farkas a su hija en el trayecto de vuelta.
—¡Al frente de guerra! ¡Qué disparate es ese, si hay menores en plantilla!
—Soy muy consciente de ello. Me han asegurado que recibiremos reemplazos de inmediato, pero no daré mi brazo a torcer. Tú no te signifiques más, que ya ves el susto que le dieron a la pobre Éva. No te preocupes, esta irregularidad no la voy a dejar pasar.
Erika no fue directa a casa después de que su padre la dejase en el puente en el que sus caminos se bifurcaron, sino que paró antes en el Ministerio de Defensa.
No fue en modo alguno un acto premeditado.
En lugar de subir la colina como debía, sus pies la llevaron a la plaza Szent György.
Como si un dios caprichoso guiase sus pasos, acabó ante la fachada neoclásica de aquel edificio que, por motivos familiares, no le resultaba desconocido.
En el coche le había dado tiempo de peinarse, secarse el sudor de la frente con un pañuelo y retocarse el maquillaje.
Con la espalda recta, herencia de su maestría en esgrima, se presentó con nombre y apellidos.
Explicó a grandes rasgos la situación en la que se encontraba, que su padre se hallaba en aquellos momentos reunido con sus contactos germanos y que ella exigía, mientras tanto, una explicación.
Consciente del efecto que provocaba su belleza, y reacia a admitir la magnitud del golpe recibido, una sonrisa y una bajada de párpados bastaron para colocarla frente a un alto cargo que le sonaba vagamente de alguna velada celebrada tiempo atrás.
El hombre, de facciones alargadas y dóciles, la invitó a sentarse junto a él. De manera tajante, le repitió la misma versión de la historia: según lo dispuesto y acorde a los avances de la guerra, los trabajadores judíos serían destinados a Transilvania.
—Comprendo —accedió ella—. Como usted bien sabe, el compromiso que tenemos en mi familia con la causa de la guerra es indudable.
Debido a la urgencia de la situación, puesto que mi padre está tratando de rectificarla y mi hermano, el capitán Ádám Farkas de Batthyány, se encuentra en un viaje de negocios, me he tomado la libertad de venir.
Sé que es poco ortodoxo, pero prescindir de una parte clave de la plantilla sin previo aviso pone en riesgo la producción.
—Lamento una falta de comunicación que, le aseguro, investigaré de inmediato.
No se preocupe, señorita, se trata de una mera reubicación del personal esencial.
Como ya habrán informado a su padre, se les proporcionarán, con la mayor celeridad, obreros para reemplazar a los afectados por las nuevas disposiciones.
Erika le sostuvo la mirada. No había modificado la postura ni el rictus desde que había tomado asiento frente a él. El único cambio, apenas perceptible, radicaba en la sonrisa, que se tensaba por una cólera que se negaba a salir a la superficie.
—Gracias por la aclaración. Si me permite abusar de su amabilidad, me gustaría saber para qué tipo de trabajo han sido seleccionados los obreros reubicados.
—Me temo que no puedo ayudarla —replicó el oficial, que también sonreía—. Desconozco esa información, y no veo motivos para indagar en ella. Son obreros reemplazables, señorita Farkas de Batthyány. Su padre recibirá nuevo personal y, como empresario fiel al régimen, se le recompensará.
Erika asintió y puso el bolso de manera que el asa ocultase las manos temblorosas.
—Si me perdona el atrevimiento —comenzó tras aclararse la garganta—, considero que no todos los obreros son fácilmente sustituibles.
Algunos de ellos están muy cualificados, y entrenar a los nuevos requerirá un tiempo valiosísimo para la industria militar.
—Ante la mirada inquisitiva del oficial, prosiguió—: Los operarios afectados están muy preparados, su pericia resulta esencial para el correcto mantenimiento de la maquinaria.
La sonrisa, afilada y cruel, creció en los labios finos de su interlocutor.
—Me temo que sus destinos están sellados y es demasiado tarde para cambiarlos.
No se angustie; tiene mi palabra de que se les asignarán los mejores obreros para cubrir sus puestos.
—Se levantó—. Lo lamento, pero no dispongo de más tiempo que ofrecerle.
¿Me permite un consejo? Olvídese de esos judíos y yo, a cambio, me olvidaré de un apasionamiento impropio de su familia, a la que tengo en alta estima.
Erika se puso en pie. Sus ojos, desafiantes, centellearon al entregarle la mano al oficial para que la besase.
—Lamento haberle hecho perder el tiempo. Espero que ese apasionamiento mío no enfríe las relaciones con mi familia. He actuado al dictado de mi deber cívico, que quizá haya sido errado.
—Es usted una mujer a pesar de la educación que sé que ha recibido y, por tanto, propicia a perder los nervios sin motivo. No tema, olvidaré que esta conversación ha tenido lugar si usted olvida también a los obreros perdidos.
Tras el gesto de cortesía, obligatorio en personas de su clase, la acompañó a la puerta. Mientras se la abría, Erika terció:
—Se lo agradezco. Por fortuna para los dos, estaré demasiado ocupada para dar otro traspié.
Mis labores en el hospital me reclaman, además, pronto se cumplirán tres años de la caída en el frente de Nikolayev de mi hermano Tibor.
Como sabe, en la familia acostumbramos a organizar una velada en su honor para recaudar fondos para la causa.
Espero verle allí, si no le he ofendido tanto para verse obligado a rechazar la invitación.
El hombre le dirigió una última parca sonrisa.
—Está todo olvidado. Tenga usted un buen día, señorita Farkas de Batthyány.
—Lo mismo le digo. Dios salve a Hungría y lo guarde a usted muchos años.
El grotesco ruido que hizo la puerta al cerrarse la sobrecogió.
Nada más apearse del tren en la estación del Oeste, Ádám realizó el corto trayecto al piso franco en el que Richárd Friedl lo había citado.
Se llevaba las palpitaciones y la sensación de vacío en el estómago como recuerdo de la inspección en la frontera, y en la piel, húmeda y brillante de sudor, todavía conservaba el fantasma del tacto de Jonatán.
Su olor permanecía en su ropa tras la angustia de la temprana separación: el abrazo devoto, ansioso, que ninguno de los dos quería interrumpir; la promesa que se repitieron como una oración.
—Nos volveremos a encontrar cuando el mundo sea libre.
No se trataba de un adiós, sino de una interrupción; al igual que una melodía desciende en intensidad, hasta casi desaparecer, antes del gran clímax, su amistad quedaría suspendida en la vorágine de la guerra.
Al llegar, dispuso los falsos planos sobre la mesa en la que Richárd fumaba. Sin ceremonia alguna, pero con una diligencia profesional, fue retirando los insertos en papel vegetal hasta que estos conformaron el informe de treinta y tres páginas.
—Como ves, la copia que nos han entregado es la traducción al alemán —explicó Ádám—. Los jalutzim supusieron, de manera correcta, que sería el idioma con el que más familiarizados están los embajadores.
—El francés también —repuso Richárd.
Había apoyado el pitillo, casi consumido, sobre el cenicero que había improvisado con la tapa de un frasco de Vitapric. Seguía los caracteres mecanografiados con un dedo que no llegaba a posar sobre el papel, como si temiese que aquel contacto abrasador fuese a dañarlo.
—Si necesitáis ayuda con las traducciones, puedo echaros un cable —dijo Ádám—. Supongo que precisaríamos una copia en húngaro también.
—Sí, pero no te preocupes, ya has hecho bastante.
Con las traducciones podemos arreglárnoslas nosotros y, por fortuna, tenemos acceso a una imprenta clandestina que trabaja noche y día.
Mañana mismo pondremos el informe en circulación.
Carl Lutz, de la embajada suiza, será una de las primeras personas en recibirlo.
Si todo sale bien, a través de él el documento llegará al resto de las legaciones neutrales.
Si, ya que es tu vecino, pudieses tener al español vigilado…
—No será ningún problema. Mi familia y yo tenemos trato con él y le estamos muy agradecidos por la ayuda que le prestó a nuestra prima Éva. Con un poco de suerte, lo pondrán al cargo de la legación y cojeará del mismo pie que De Muguiro.
Richárd, que se había levantado para servir dos copas de vino kosher , el único del que disponía, lo señaló con un chasquido de dedos.
—Dios te oiga. Ha ido todo bien en el viaje, me imagino. ¿No te dieron la lata en el control fronterizo?
—No demasiado. Me tocó un guardia un tanto… diligente. Examinó con cuidado todos mis artículos personales.
Richárd, que le tendía su copa, bajó las cejas.
—¿Crees que sospechaba algo?
—No. Más bien me dio la impresión de que se trataba de uno de esos tipos detestables que se vienen arriba en cuanto consiguen algo de poder.
Conocí a muchos así en el ejército: disfrutan humillando a las personas sobre las que, en otras circunstancias, jamás ejercerían autoridad alguna —resopló—.
Podría habernos dado problemas si hubiese visto algo que no debía, pero se ve que los eslovacos hicieron bien su trabajo.
¿Recibirán recado de que hemos distribuido el informe sin problemas?
Richárd se sentó frente a Ádám de nuevo y esbozó una leve sonrisa.
—Mandaremos a un mensajero a la frontera para que dé la contraseña acordada, una vez que hayamos hecho copias y entregado el informe a las embajadas neutrales. Esa es nuestra prioridad, claro, debido a la urgencia de la situación.
Sin aguardar la réplica, alzó el vino, dulzón y abrumador, para llevárselo a los labios.
— L’chaim! —exclamó—. ¡Por la vida!
—¡Por la vida! —coreó Ádám.
El fruto de la vid, en su lengua, llevaba consigo ensoñaciones de vidas pasadas.