Capítulo XI #2
—Bien. —Se pasó la lengua por los dientes—. Mira, hay un hombre que debe saber dónde estoy y qué ha pasado con nosotros. Se llama Richárd Friedl. Si avisas a tu hermano, sabrá a qué me refiero y podrá ponerse en contacto con él.
—A Ádám no lo esperamos hasta el atardecer. Tal y como están las cosas, su tren podría retrasarse hasta la noche.
Sándor forzó una sonrisa.
—Malo será que nos quedemos sin tiempo tan pronto, ¿no?
La llegada del señor Farkas fue sonora, marcada por un agresivo golpeteo a la puerta principal. Una decena de cabezas se alzó para identificar la fuente de aquel estruendo mientras el gendarme, tras soltar un corto gruñido, se acercó para retirar el pestillo.
—¡Así que es verdad! —bramó Farkas, que entró sin pedir permiso ni disculpas.
Con toda su furia, bajo la luz decadente de la aduana, aparentaba menos edad.
Enérgicas como las botas de combate que antaño había calzado, las suelas de los mocasines hacían eco al pisar el suelo de madera.
Las cejas espesas, divididas por una pronunciada arruga, y el bigote a lo Clark Gable le proporcionaban la autoridad y la elegancia de las que abusaba.
—He recibido una llamada de mi hija en la que me ha comunicado que la guardia montada húngara ha detenido a los judíos de mi plantilla —explicó mientras se paseaba por la habitación, con las manos entrelazadas en la espalda como un viejo coronel exasperado—.
No, no puede ser, es evidente que la autoridad en este país no sabe hacer las cosas, pero incluso el más incompetente de los gendarmes puede ver que no hay justificación para detener una fábrica de cuya producción depende la propia Wehrmacht.
A la tercera vuelta se detuvo junto a su hija, que se levantó como un soldado ante su general.
—Eso mismo llevo intentando explicarle toda la mañana.
El señor Farkas se pasó una mano por el pelo, perfectamente brillante, perfectamente engominado. Se dirigió al gendarme.
—Ya ve usted que mi propia hija, una mujer de veintidós años, tiene más sentido común que los inconscientes que representan la ley aquí.
Ante el ataque verbal, el hombre recordó quién era y qué uniforme portaba.
—Señor, le recomiendo…
Farkas le ignoró.
—Estos trabajadores están bajo mi tutela.
¡Algunos de ellos son menores de edad, como puede ver!
Son operarios muy cualificados que desempeñan labores esenciales para la guerra.
Le exijo que los deje salir de inmediato.
¿No ve que no podemos perder todo un día de producción?
Los soviéticos se encuentran a cuatrocientos kilómetros de nuestras fronteras.
¿No tiene usted al menos la decencia de saber en qué mundo vive?
—Señor, le ruego que se calme. ¿Cree que retengo a sus obreros por gusto? Me limito a cumplir órdenes.
Farkas esbozó una sonrisa lenta, glacial y desagradable.
—Salta a la vista que tenemos un sentido del honor y del deber muy distintos. ¡Deje salir a mis hombres!
—Me temo, señor, que carezco de la autoridad para dar esa orden.
—Autoridad ya veo que no tiene ninguna.
El gendarme dio un paso al frente.
—¡Ya está bien de tanta insubordinación! Déjeme ver sus papeles.
—¡Anda y que le zurzan, Iscariote!
Sin aguardar respuesta, tomó a su hija, salió con ella enganchada del brazo y cerró la puerta tras ellos. Los acechaba ya el mediodía.
La documentación de Ádám sería revisada en tres ocasiones: al partir de Liptovský Svätý Mikuláš, durante el trasbordo en Žilina y (el momento más peligroso del viaje) al cruzar la frontera entre Eslovaquia y Hungría.
Las preguntas, en los dos primeros puestos, se limitaron al ámbito de lo profesional.
A qué se debía su viaje, la naturaleza de su empresa y de aquella con la que se había reunido, la duración de su estancia en Liptovský Svätý Mikuláš, dónde había pernoctado y qué lugares había frecuentado.
El alojamiento en una residencia particular no levantó sospechas debido a sus heridas de guerra, mucho menos después de que Ádám entregase los recibos del bar del hotel al que habían ido los dos amigos a beber después, como buenos hombres de negocios dispuestos a celebrar su nueva alianza.
Cuando el tren se detuvo en la frontera, algo más tarde de lo esperado, a causa de la presencia de aviación aliada, aguardó tranquilo la llegada del oficial al cargo.
En las manos sostenía el periódico del día; sobre la mesita junto a la ventanilla, la caja de Gynergen, que no había ingerido pero cuya presencia, esperaba, pudiese explicar cualquier acto nervioso involuntario.
El guardia responsable del paso fronterizo no era mucho mayor que él. Bajo, fuerte, con un rostro de rasgos juveniles que traicionaban las arrugas y las manchas del sol. Procedió con el interrogatorio como si fuese portador de un guion que hubiese memorizado de antemano.
—¿Duración y motivo de su viaje a Eslovaquia?
Ádám esbozó una sonrisa segura. El tono del guardia era monótono, casi aburrido, pero no se confió. Un pequeño descuido podía costarle la vida a un hombre.
—Un breve viaje de negocios. Como puede ver en mi billete, tomé el servicio nocturno desde Budapest el jueves y he emprendido el viaje de vuelta hoy mismo, en el tren de las seis y media con transbordo en Žilina.
El guardia apenas lo miró; sus dedos, gruesos y peludos, se deslizaban sobre la documentación de Ádám como si quisiesen leerla en braille.
—¿No tiene la factura del hotel?
—Pasé la noche en la residencia privada de mi socio comercial. —Ensanchó la sonrisa—. El buen servicio ya no es tan fácil de encontrar en la hostelería. Con las lesiones que acarreo desde el Don… me figuré que estaría más cómodo entre conocidos.
—Comprendo. ¿A qué tipo de industria se dedica?
—Coque. Tenemos una planta en la isla de Csepel.
—¿No le resulta un trabajo arduo, teniendo en cuenta sus secuelas físicas?
Ádám no mutó el gesto. Sin separar sus ojos del guardia, todavía absorto en los documentos de identidad, terció:
—No crea. El puesto de director rara vez me saca del despacho; cuando salgo, ya ve el motivo. Mi padre es quien lidia más de cerca con los obreros, mientras que yo me hago cargo del papeleo, de los números y las negociaciones. A él esa parte del trabajo nunca lo ha estimulado.
—Ya veo. ¿Podría hacer el favor de abrir su equipaje, si no es inconveniente?
—Faltaría más.
Comenzó por la bolsa de viaje, aunque hubiese preferido quitarse de encima la tensión y mostrar el maletín por un motivo muy sencillo: la mayoría habría alcanzado primero el bulto de mayor tamaño.
Tras apartar la muda y el pijama, el guardia abrió el neceser.
Colocó los artículos de aseo y los medicamentos sobre la mesita, como soldados cuadrándose ante su general.
No perdió el tiempo en recogerlos de nuevo.
Con un gesto, indicó que ya había terminado ahí, que le tocaba el turno al maletín.
Ádám le quitó el seguro con un gesto rápido, casi desairado.
Puesto que lo llevaba sujeto a la muñeca, al estilo diplomático, al guardia no le quedó otro remedio que sentarse frente a él, en la butaca vacía del vagón privado, para proceder a la inspección.
Como había hecho con la bolsa, se desenvolvió con extrema diligencia.
Tomaba cada uno de los documentos entre los dedos y con la mano opuesta los abría para comprobar su contenido.
Los contratos falsos que Jonatán le había extendido y que ambos, entre risas, como estudiantes que falsifican el expediente académico, habían firmado.
El acta, también inventada, de la reunión que no había tenido lugar.
Al llegar a los planos entre los que se escondía el Informe de Auschwitz, Ádám fingió hastío.
Apoyado en la ventana, estudiaba la escena por el rabillo del ojo.
Si el guardia daba con una de las páginas de papel vegetal, sería el fin.
La prioridad, según las instrucciones recibidas, residía en la destrucción de las pruebas.
La pistola, sujeta al antebrazo con una correa elástica, oculta bajo la chaqueta, le ardía contra la piel.
Sabía que, en caso de urgencia, era su única posibilidad: reduciría al guardia con ella y antes de que llegasen sus compañeros, alertados por el disparo, quemaría aquel papel valiosísimo, tal vez tras haberlo rociado con la botellita de alcohol que habían sacado del neceser.
—¿Dijo que su industria es el coque?
—Así es —confirmó Ádám, cuyos músculos se tensaban con anticipación.
El guardia no apartó la mirada de la carpeta.
—¿Y estos son los planos de la maquinaria que utilizan?
—Un prototipo que estamos barajando para acelerar el ritmo de producción.
No obtuvo respuesta. Su interlocutor, ensimismado en la lectura, se limitó a pasar un par de páginas más antes de descartar el documento, que dejó aparcado a su lado.
Retomó la búsqueda mientras Ádám regulaba la respiración con la mayor sutileza posible.
La estilográfica de oro. El sello oficial de la empresa. El talonario.
—¿Y esto? —preguntó el guardia, al tiempo que sacudía la cajita de tornillos.
—Una muestra comercial. Estamos intentando abaratar los costes sin poner en riesgo la seguridad de los operarios. Estas piezas resultan más económicas, pero queremos probar su resistencia antes de comprometernos a realizar un pedido.
Un instante de silencio. El guardia, que ya había perdido el interés en todo lo referente a la planta de coque y sus entresijos, se levantó. Sin preocuparse por el caos que dejaba atrás, deseó a Ádám un buen final de trayecto y abandonó el vagón.