Capítulo XI
XI
—A ver, que se bajen todos los que llevan la estrella amarilla.
Era una orden escueta, casi desanimada, un punto más en la larga lista de tareas de un país en el que ningún día se parecía al anterior. Los susurros fueron pasando de boca en boca, de vagón en vagón, hasta llegar a las últimas filas de asientos, que pronto quedaron desnudas.
Desde la ventanilla, Erika Farkas de Batthyány vio las cabezas de los hombres que se apeaban (todos ellos obreros que se dirigían a las fábricas de Csepel): rubios, morenos y pelirrojos; con cabellos lacios y rizados u ocultos por las gorras de trabajo.
Cuando el gendarme hizo un gesto al conductor para que prosiguiese, ella se bajó también. Con los brazos cruzados sobre el pecho y la ceja alzada, más que una mujer era un signo de interrogación humano.
—¿Puedo preguntar qué está pasando? —inquirió.
El gendarme parpadeó ante su atrevimiento. Tras detener su mirada en el traje, entallado y caro, carente de la estrella color canario, suspiró.
—No se preocupe, señorita. Se trata tan solo de un control rutinario de pasaportes. Vuelva al tranvía para no seguir interrumpiendo su viaje y el del resto de los pasajeros…
—No es mi intención interrumpir a nadie, así que el tranvía puede irse sin mí —replicó ella copiando su mismo gesto—.
Conozco a estos hombres, la mayoría trabajan en la planta de coque de mi familia; el resto lo hace en otras fábricas de Csepel.
Son mano de obra indispensable para la industria militar, así que no entiendo por qué retrasa su marcha.
—Súbase de nuevo al tranvía, señorita…
—No.
Repitió el movimiento de muñeca una última vez. Aprovechando el gesto, introdujo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, del que extrajo su propio pasaporte.
—Si es tan amable de comprobar también que está todo en regla…
El chirrido del tranvía, que aceleraba, ahogó los cuchicheos del resto de los pasajeros y los murmullos confusos de los obreros que se habían quedado fuera.
—Qué voy a hacer ahora con usted, ¿eh? —se preguntó el gendarme, y le devolvió el pasaporte tras un rápido vistazo, sin detenerse a examinarlo.
—Lo mismo que con los demás. Estando todo en orden, no sé a quién beneficia privar a una industria esencial de su mano de obra.
No obtuvo respuesta.
Aguardaron en el terraplén, bajo el sol febril del verano aquincense. El gendarme, con la misma resolución cansina de antes, fue parando los tranvías que cruzaban las fronteras administrativas de la capital, luego ordenaba que se apeasen los pasajeros con estrella amarilla.
Como actores en una obra de teatro decadente, los susodichos bajaban y se unían a los compañeros que esperaban contra el muro, algunos con el cuello estirado para aprovechar los rayos de sol; otros con mayor descaro exigían explicaciones.
—Tenemos la documentación y los permisos en regla —decían—. Si nos dejas ir, todavía llegaremos a tiempo al trabajo.
Como única respuesta, el gendarme se limitó a señalar el terraplén con un movimiento tosco de la mano.
Permanecieron en sus puestos unos momentos más.
Cuando el servicio se volvió menos regular, y cada vez viajaban menos estrellas amarillas, el hombre se golpeó los muslos, suspiró de nuevo, y les dijo que no tenía intención de seguir esperando.
Los condujo a las oficinas de las aduanas, a cinco minutos andando, con el aburrimiento y la resignación de quien ha de cumplir un trámite ineludible.
Sándor abordó a Erika en cuanto llegaron al edificio feo y polvoriento.
—Tenía entendido que solo detenían a los que llevamos la estrella amarilla.
La joven, que se había sentado a leer el periódico, con la espalda recta y la leve sonrisa de quien se sabe conocedor de un secreto crucial, se detuvo para observarlo.
—Sí, pero vi el percal y bajé yo también. Ese gendarme no se atreverá a sacaros de aquí estando yo con vosotros. Ha comprobado mi documentación, sabe perfectamente a qué familia pertenezco.
Sándor sacudió la cabeza. Bajo la luz de la mañana, que entraba a chorretones a través de la ventana, los rizos castaños se le iluminaban como el halo de los santos.
—Siempre pensé que estabas loca, pero supongo que ahora tengo la confirmación. ¿Cómo es que ibas a Csepel?
—Tengo los permisos pertinentes —dijo, y complementó su escueta respuesta con el movimiento con el que dobló el periódico—. Mi hermano está de viaje de negocios. Quería aprovechar la ocasión para hablar a solas con mi padre.
Sándor no indagó más en busca de detalles. En su lugar resopló, se secó las manos en los pantalones y se dejó caer junto a ella.
—Deberías volver a casa, o continuar el trayecto a la fábrica para explicarle a tu padre en persona la situación.
—No. Está claro que el gendarme está siguiendo órdenes deprisa y mal. Si me ocurriese algo, tendría mucho que explicar y más aún que lamentar.
A excepción de los retenidos, la sala se hallaba desierta.
Los únicos muebles eran los bancos de madera en los que estaban sentados y la mesa, anticuada y maltratada, en la que los adolescentes del grupo levente [37] habían empezado a comer sus sándwiches y fumar sus cigarrillos.
El humo del tabaco, unido a la suciedad que cubría los cristales de las ventanas, consumía cada pequeño rayo de sol, de modo que era imposible adivinar en qué hora del día se encontraban.
—Ve a la fábrica y cuéntaselo todo a tu padre —insistió Sándor mientras se pasaba la mano, húmeda de sudor, por el cabello.
Erika, que tenía la mirada fija en la puerta del despacho en el que se había encerrado el policía, alzó una mano.
Tan inclinada como podía contra la pared, trataba de escuchar retazos de la conversación telefónica que mantenía el gendarme, más allá de expresiones vagas como «nuevas órdenes» o «procedimientos».
Cuando la puerta se abrió, Sándor se había puesto a caminar para aplacar los nervios y los muchachitos del levente cabeceaban unos sobre otros. Solo Erika, con el diario cuidadosamente doblado sobre el regazo, permanecía en la misma postura en la que la habían dejado.
—Nada, hay que seguir esperando —dijo el policía, cuya atención se volcaba en ella, y no en los demás—.
Ya ve que se trata de un trámite rutinario, señorita —continuó diciendo, y se metió las manos en los bolsillos para sacar el manojo de llaves con el que había abierto las oficinas aduaneras—.
Con la guerra, y los elevados permisos para cruzar la frontera en Csepel…
, hay que asegurarse de que la documentación está en regla.
—Se agachó para quedar a su altura—. Ahora que está más calmada, ¿me permitiría acompañarla a la estación para que pueda volver a casa?
El ruido agudo que emitieron las llaves al chocar entre sí fue el punto y final. Erika le sonrió.
—Ya veo. En ese caso, y si no es inconveniente, ¿sería usted tan amable de permitirme realizar una llamada? —Con el dorso de la mano señaló la puerta entornada del despacho.
El propio hombre, divertido por unas fórmulas obsoletas, inadecuadas para el momento y el lugar, golpeó el pomo de modo que el despacho, amueblado con una alfombra granate y un escritorio de madera gastada, quedó a la vista de todos.
—¡Estas mujeres! Primero todas esas chaladas cristianas que querían ponerse una hoja amarilla en el pecho por solidaridad y ahora esto. ¡Bah!
Erika no honró el comentario con una réplica.
Su única victoria, debido a la acústica del edificio, consistió en mantener la puerta abierta como estaba.
Teniendo cuidado de cruzar las piernas, se sentó sobre la mesa y, con la misma deferencia con la que habría respondido a una invitación por compromiso, descolgó el teléfono.
Tras conectar con la centralita, la voz serena de la secretaria, que reconoció enseguida, la saludó.
—Erika Farkas de Batthyány al aparato —respondió.
—Buenos días, señorita. Quiere usted hablar con su padre, me imagino.
—Eso me temo, se trata de un asunto de extrema urgencia. Es imprescindible que atienda a esta llamada de inmediato.
—Por supuesto, señorita. Aguarde unos instantes, que se lo hago saber.
Los segundos pasaron a cuentagotas, espesísimos y enrarecidos. Ni siquiera el oxígeno podría atravesar tantas capas de desesperación.
—¿Qué pasa? —inquirió el padre, al otro lado de la línea—. ¿Es tu hermano? ¿Os ha mandado recado desde Eslovaquia?
—No, padre, no se preocupe, no se trata de eso —le aseguró tras pasar al alemán, y se permitió una corta sonrisa cuando el policía, alertado por el idioma, se volvió hacia ella—. Imagino que, a estas alturas, en la fábrica ya estaréis echando en falta a los obreros judíos.
El señor Farkas soltó una exhalación pesada, ronca, la de quien precisa unos instantes para poner sus pensamientos en orden.
—¿Cómo estás tú al corriente de eso?
—Porque me encuentro con ellos, en las oficinas de la aduana de Csepel. Al cruzar la frontera, un gendarme detuvo el tranvía en el que viajábamos e hizo bajar a todos los pasajeros que tenían la estrella amarilla. Naturalmente, yo no podía permitir semejante atropello.
El padre hizo una inspiración más larga como antesala de la respuesta.
—¿Bajo qué pretexto se ha retenido a los obreros?
—Un control rutinario de los documentos y los permisos. Algo que, por supuesto, ni tomaría horas ni requeriría una detención en la aduana.
—Comprendo. Voy para allá de inmediato.
—Gracias, le espero.
Tras colgar aún se permitió un par de momentos para alisarse la falda antes de regresar junto al gendarme.
—Ha sido usted muy amable.
—Me limito a cumplir órdenes, señorita.
—De eso no me cabe la menor duda —apostilló ella.
Aprovechó que él se daba la vuelta para poner un pie sobre el banco, junto a Sándor Rozenfeld, y se ató mejor la hebilla de las sandalias.
—Mi padre va a venir —susurró de manera que el gendarme no pudiese oírla.
El joven asintió. Aquella luz obraba un efecto maravilloso sobre él; le cubría la piel, amarillenta, de un leve dorado, y le acariciaba con mimo el puente recto de la nariz y los contornos suaves de los labios.