Capítulo X
X
Jonatán comprendió que Santo Tomás no había introducido los dedos en las llagas del Resucitado por incredulidad, sino porque era su amigo Jesús, a quien quería, que le había sido devuelto de la muerte.
En cierto modo, él mismo miraba a Ádám como si fuese Dios.
Porque durante años había habitado en aquella penumbra entre la vida y la inexistencia, y en ese momento, contra todo pronóstico, lo tenía frente a él, tan físico como su propia mano, que se estiraba para tocarlo.
Tras reparar en la intensidad con la que lo observaba, Ádám bajó los párpados.
—Ya sé qué aspecto tengo —rezongó.
Jonatán no le permitió seguir.
—De fábula.
—Tú, que me ves con los ojos de la imaginación.
—No, con mis ojos.
Era cierto que, al darse la vuelta y verlo por primera vez, no solo lo había golpeado la sorpresa, sino también otro sentimiento más lacerante.
La extensión de las heridas de guerra, que no se apreciaba en las fotografías, lo había acongojado.
Por un momento, lo invadió de nuevo la culpa por no haberse quedado; por no haberlo acompañado en sus ingresos en el hospital; por no haber cargado la pala cuando él sufría en la trinchera.
Sumido en aquel chispazo de dolor compartido, había olvidado las diferencias por las que sus destinos eran opuestos.
Le acarició la mejilla, lampiña, en la que se apreciaban las muescas de la metralla. En aquel reencuentro, que se interrumpiría con la madrugada, las viejas normas de la virilidad no tenían vigencia alguna.
—¿Cómo fue?
Ádám alzó las cejas al oír la pregunta, íntima para cualquier otra persona, pero no para Jonatán.
—Una herida de bala en Rósosh, cuando desintegraron el Segundo Ejército, en enero de 1943.
Suerte que tengo la cabeza muy dura, y que la nieve evitó que se me inflamase el cerebro.
—Se le atragantó una risotada seca, casi triunfal—.
¿Sabes? Me pasé todo el invierno pensando que, si no me mataban los bolches, lo haría el frío, porque helaba a rabiar, y al final resultó que, de no haber sido por las temperaturas, no habría aguantado hasta llegar al hospital de campaña.
—Encogió un hombro—. Y supongo que el apellido también ayudó a que me evacuasen cuando a otros los habrían dado por perdidos.
Así se tiraban los dados por aquellos lares.
—Hay peores cosas por las que sentirse agradecido, y jugadas más traicioneras.
Ádám asintió. Estaban sentados frente a frente, tan cerca que podían sentir el calorcito agradable que desprendía el otro.
—Sí. Erika me enseñó una radiografía de mi cerebro.
Parece ser que fui afortunado, dentro de mi mala suerte.
A todo lo anterior hay que añadir que la bala, en su magnanimidad, tuvo el detalle de no dañar zonas esenciales para la vida.
Tuve que aprender a hablar de nuevo, como los niños.
Primero las sílabas, y no veas lo que sudé, me pasé meses sin que nadie me entendiese.
Después los poemas, que tenía que recitar en voz alta.
—Alzó la vista para sonreír a Jonatán—. Todo el tiempo, cada vez que me obcecaba o tartamudeaba…
, incluso al principio, cuando no podía transformar los pensamientos en sonidos, me imaginaba que estabas ahí para ayudarme, que me repetías una y otra vez todas esas teorías tan sesudas que yo solo escuchaba porque me las contabas tú.
Los dedos de Jonatán bajaron al hombro de Ádám y se lo apretaron. Él también sonreía.
—Ojalá hubiese podido. Me habría gustado cuidar de ti.
—No fue bonito, te lo aseguro. Tenía un humor de perros.
Era duro y frustrante y, por suerte, no guardo muchos recuerdos de aquello.
El órgano herido era el cerebro, pero solo la mente trabajaba como debía, todo lo demás me fallaba.
Tuve que aprender a caminar, a hablar, a sostener los cubiertos…
, hasta para ir al baño necesitaba ayuda.
—No me habría importado. —Se acomodó en la silla, de modo que sus rodillas chocaron contra las de su camarada—.
¿Te acuerdas de aquello que me dijiste por carta?
¿Que, si llegaba un momento en el que me volvía tan tonto que solo pudiese comunicarme por gruñidos y gestos, tú me entenderías? Yo habría sido tu intérprete.
—No me cabe duda. Si hubieses estado ahí, me habrían dado el alta en cuanto hubiese llegado a Hungría el tren de la Cruz Roja.
—¿Te hicieron cantar?
—¡Cantar! No, a Dios gracias, pero sí me enseñaron a hacer punto de cruz, para trabajar la coordinación de las manos.
—Yo te habría hecho cantar —dijo Jonatán, que inclinaba la cabeza hacia él—.
Porque cada idioma, ¿sabes?, tiene su propia melodía interna.
¿Nunca te has dado cuenta de lo mal que hablan los españoles el inglés?
Incluso cuando logran dominarlo, son incapaces de dejar el acento atrás.
El español, claro, es un idioma plano; si lo dibujases sobre el papel, trazarías una línea casi recta.
—Ilustró su afirmación con los gestos, como si escribiese a vuelapluma—.
El inglés, en cambio, es una lengua cantarina.
Por ese motivo, conforme vas hacia el norte de la península Ibérica, la pronunciación del inglés es comparativamente mejor.
No es buena , ni mucho menos, pero el choque de melodías no se interpone en el camino.
—El inglés es un idioma primitivo, podrías enseñárselo a una cabra. —Guiñó un ojo—. Apuesto a que ya lo hablas como todo un gentleman . ¿Y el húngaro?
—Pues ya ves, ese lo sigo hablando como un canalla.
—Mostró las palmas de las manos en señal de derrota, antes de que Ádám pudiese replicarle—.
El húngaro es la peor trampa que te podían haber puesto.
Es un idioma aglutinante, de palabras largas que no admiten descanso para respirar y con una melodía interna tan endiablada como la música de Liszt.
Que lo hayas vuelto a dominar dice mucho del tipo de hombre que eres.
Todavía lo contemplaba como si pudiese leer significados ocultos en él.
La partida que echaban contra el dueño del tiempo no les era ventajosa, les robaba los segundos a dentelladas.
Pronto tendrían que salir del despacho, incapaces de justificar una conversación más larga.
Pronto almorzarían en la escuela judía, donde acostumbraba a reunirse la célula de resistencia.
Pronto se retirarían al piso franco. Pronto caería la madrugada.
Con extrema ternura, Jonatán acarició la cicatriz curvada del cráneo, ahí donde el pelo, corto y oscuro, se tornaba ralo.
Ádám cerró los ojos al sentir el contacto físico, repentino, en aquella zona vulnerable.
Se inclinó hacia atrás, de modo que la palma de su amigo pudiese cubrir la totalidad de la piel desnuda.
—¿Te duele?
Una inspiración pausada, adormecida.
—No, ya no.
Anochecía ya. Tras la reunión, que interrumpieron por prudencia, y la austera comida en la escuela judía, se vistieron de nuevo los disfraces de hombres de negocios.
Para continuar con la farsa, brindaron en el Kriváň, local de parada obligatoria para la resistencia debido a su ambiente ajetreado, que facilitaba el escondite entre la multitud.
En aquella ficción de ficciones, se conocían por primera vez, dos hombres cortados por un mismo patrón, a quienes la vida había querido colocar en caminos muy distintos.
La suya era una alegría amarga. Si Dios se lo hubiese concedido, por supuesto, habrían aceptado dar todos los pasos de nuevo desde el día en que les asignaron el mismo dormitorio en el internado.
A la única a la que no podían engañar era a Dinah.
Claro, ella misma había conseguido el recorte de periódico; aunque la viva imagen distaba mucho de aquella foto tan pequeña y de mala calidad, con su instrucción y un estudio más detallado había sido capaz de identificar las similitudes.
Jonatán, además, lo había leído en sus ojos en el momento en que llevó a Ádám a su despacho.
Por ese mismo motivo, se había quedado en el pasillo hasta comprobar que él le entregaba tanto el informe como la píldora suicida; bajo otras circunstancias, ni siquiera ella, tan entusiasta que le costaba delegar en los demás, habría dudado de él durante una operación tan importante.
Tras la temprana retirada, se refugiaron en el piso franco, bastante más sobrios de lo que lo habrían estado en tiempos de paz. En la intimidad de la diminuta cocina, iluminados por una única bombilla titilante, las horas pendían sobre ellos cual espada.
—Una mujer de bandera —dijo Ádám, en cuanto Dinah los dejó solos—. Y valiente, que es lo que más importa. ¿Te hace feliz?
—Tiene un talento sublime para sacarme de mis casillas, pero le confiaría mi vida. Es una buena camarada.
Ádám, que estaba sacando un cigarrillo de la pitillera (uno solo que compartirían, para no romper la tradición), frunció el cejo.
—¿No estáis casados?
—Eso les dijimos a nuestras familias —explicó Jonatán mientras prendía el pitillo en los labios de su amigo—.
Nos aconsejaron dar con una buena coartada antes de embarcarnos en la misión, una fantasía que justificase el cese completo de las comunicaciones.
El matrimonio nos pareció la opción más plausible.
La vida en los kibutzim es dura, primitiva; muchos se asientan en ellos y se casan jóvenes para empezar pronto una familia.
Ádám le tendió el pitillo tras una corta calada que acompañó con un gesto contrariado.
—No, si la historia con la que me vinieron en tu casa ya me resultó peculiar en su momento —aseveró.
—Por eso a ti no te escribí al respecto. Me conoces como a ti mismo y te habrías percatado enseguida de que mentía. —Lo señaló con el encendedor con el que jugueteaba—. ¡A las pruebas me remito!
—Tuve mis sospechas, no te lo niego, pero me obligué a pensar que te echaba tanto de menos que veía fantasmas. Con tu entrega y tu facilidad para los idiomas, te imaginaba trabajando en algún despacho para los británicos, pero esto… —El semblante se le tornó serio—. ¿Cuál es esta misión?
Jonatán le sostuvo la mirada. Los ojos de Ádám eran tan oscuros que reflejaban la punta encendida del cigarrillo; casi creía ser capaz de leer su futuro en el fuego, al estilo de los cíngaros que habían conocido a orillas del Balatón.
—No puedo decírtelo. Solo que nos envían los británicos y que hemos sido seleccionados gracias a la instrucción que hemos recibido y a esos idiomas de los que hablabas.
No ibas tan mal encaminado. —Estiró los dedos sobre la mesa, de modo que las yemas rozasen la muñeca de su amigo—.
Los míos no pueden saber nada de todo esto.
Aunque lo mantuviesen en secreto, se morirían de pena; creen que estoy a salvo en el Mandato.
Ádám dio una calada más breve aún que la anterior. De inmediato, y sin ofrecer el pitillo, dejó caer la mano con la que lo sujetaba.
—Ya, pues yo también te necesito vivo.
—No tienes que preocuparte por mí —dijo Jonatán mientras con la palma le acariciaba la nuca—. ¿No te acuerdas de la fortuna que nos leyó la gitana? Ninguno de los dos se casará ni caerá en batalla alguna. Mírate: volviste de la muerte.
Ádám ya no lo miraba. Con las pupilas fijas en un sitio indeterminado de la habitación, se acercó el cigarrillo a la boca con un ansia animal.
—Sé serio —le pidió con los dientes apretados—. No arriesgues más de lo que debes. No quiero que esta sea la última vez que nos veamos. Te necesito de vuelta con vida.
—No me falta seriedad. Por eso mismo he de cumplir las órdenes que he recibido.
—Jonatán…
—Ya sabes cómo es. No puedo…, no puedo dar la espalda a…
¡Es mi pueblo! ¡Al que están masacrando es mi pueblo!
Tú también rechazaste un puesto ministerial por acompañar a tus hombres al frente y, en todo este tiempo que he pasado buscando tu nombre en los diarios primero y en las esquelas después, no te lo he reprochado.
Ádám se volvió hacia él con un gesto brusco, violento, que lo hizo lagrimear.
—No sabía cómo era, y tú tampoco. Aunque quisiese explicártelo, no podría, porque no hay palabras en los diccionarios que lo contengan, ni filosofías ni teorías que lo desentrañen.
Y, si vuelves, tu casa no será tu casa porque no moriste cuando debías y tienes enredados el alma y el intelecto.
—Apretó los párpados. Jonatán intentó tomarle la mano, pero él la apartó—.
Me dijiste en una carta que, por habértela salvado, tu vida me pertenecía.
Bien, como dueño de ella, te pido que no la desperdicies.
Cualquier soldado es reemplazable, pero las vidas humanas no.
Jonatán no desistió. Aunque Ádám trataba de zafarse, no dejó de acariciarlo.
Cuando, al fin, se rindió, cansado por el esfuerzo, Jonatán lo atrajo hacia sí y lo abrazó con fuerza.
Quería contar cada hueso de su cuerpo, cada lunar; quería que en la piel le quedase impregnado el recuerdo de aquel tacto que añoraba.
—Lo siento —susurró, y lo besó de nuevo en la mejilla—. Nos hicimos una promesa, ¿te acuerdas?
—Me acuerdo de todo.
—Solo hemos cumplido una parte. Hemos vuelto a encontrarnos, pero el mundo aún no es libre. La Historia con mayúscula no va a acabar aquí para ninguno de los dos.
Ádám, que inspiraba con pesadez, le devolvió el gesto. Después permanecieron en la misma postura, carne contra carne, la barbilla apoyada en el hombro de Jonatán.
—Yo también te necesito vivo —dijo Jonatán con infinita ternura—. Llegó la madrugada, deberías descansar antes del viaje.
—No sería la primera vez que trasnochamos juntos —terció Ádám, a la desesperada.
Sabía tan bien como su compañero que de su alerta y su pericia dependería el éxito de aquella misión crucial. Ni siquiera la nostalgia tenía el poder de sacrificarlo todo por unas horas más inundado por aquella amistad.
—Tienes que cuidarte —le sugirió Jonatán—. Descansa. Me quedaré contigo hasta el amanecer. Puedo hablarte mientras duermes; quizá, al despertar, tengas la sensación de que esos tres años separados se han llenado con algo.