El silencio de los justos Capítulo IX
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Capítulo IX

IX

Ádám se lavó la cara con un chorro de agua fría.

Le temblaban las manos, una molestia habitual que, lejos de remitir tras meses de rehabilitación, lo acechaba de manera especial a causa del cansancio.

Apenas había cabeceado durante el viaje nocturno de ida, que resultaría infinitamente más sencillo que el de vuelta.

Al riesgo del control fronterizo, más exhaustivo que en febrero, se le sumaba la parada obligatoria en Žilina, a hora y media de distancia de su destino.

Allí, la revisión de los papeles era menos detallada, pero no contaba con una poderosa carta en la baraja: la mezcla casi exacta de lástima y admiración que las lesiones contraídas en el Don inspiraban a los gendarmes húngaros.

La fatiga se le pegaba a los huesos. Debido a ella, renunció a tomar la dosis de Gynergen que llevaba encima.

Aunque el fármaco no producía la modorra de la morfina, prefería contar con la agudeza mental que el dolor le confería.

Porque, por un momento fugaz, le había parecido reconocer en la secretaria el rostro pecoso de la esposa de Jonatán, una mujer a la que no conocía en persona y que se hallaba a miles de kilómetros de él.

Sin cerrar el grifo, se sacó del bolsillo el pañuelo impregnado de aceite de menta y se lo llevó a la nariz para desperezarse. No podía permitir que las mismas heridas que lo habían protegido durante el trayecto pusiesen en riesgo el éxito de aquella misión.

El director Horvát los esperaba apoyado en la ventana del despacho, de espaldas a la puerta que se abrió con un crujido.

—El señor Kóvacs está aquí.

—Hágalo pasar, señorita Nowak, por favor —ordenó él, antes de volverse.

La voz, el deje cantarín que no quería despegarse del eslovaco que empleaba, transportó a Ádám a ensoñaciones de su juventud.

No habría resultado necesario. Habría reconocido a Jonatán en cualquier momento, en cualquier lugar; hasta dormido habría sido capaz de identificarlo.

Y aunque otras veces su anhelo le había jugado malas pasadas (al ver salir a un pelirrojo de las librerías de viejo de Pest, por ejemplo, o en la fábrica, al observar a Sándor a lo lejos), en esa ocasión no tuvo duda alguna.

¿Cómo no iba a saber que era él, si tenía el alma tejida a la suya?

Al volverse, Jonatán se agarró a la repisa de la ventana, como herido de muerte.

Hubo un instante fugaz de reconocimiento, de humanidad, que abandonó enseguida al dar dos pasos hacia él.

La espalda estirada, la mano derecha extendida hacia Ádám; ante un observador ajeno, el terror de aquella fracción de segundo no habría existido jamás.

—Muchas gracias por venir, señor Kóvacs.

El apretón fue corto, enérgico, puramente transaccional; no dio cabida a un momento de aprecio a la piel amada.

—Gracias a usted por recibirme y esperarme —le respondió Ádám a la vez que la secretaria le retiraba la silla—. Sobre todo dadas las circunstancias. ¿Cómo se encuentra su esposa?

Jonatán se sentó frente a él. Mientras sacaba una carpeta del primer cajón del escritorio, le indicó con un gesto a la mujer que se retirase.

—Mejor, mucho mejor. El director del sanatorio nos ha asegurado que, ahora que ya ha recobrado el apetito, le darán el alta pronto.

—Eso está muy bien.

Los pasos de la secretaria, que se alejaban, y el clic de la puerta que cerraba tras de sí les confirmaron que estaban solos.

Jonatán suspiró. Tenía dos dedos apoyados en la carpeta y por el rabillo del ojo observaba la pared que los separaba del pasillo, no había señal alguna de movimiento al otro lado.

Golpeó la carpeta para deslizarla hacia las manos de Ádám, que la aguardaban. Su mirada, y toda su atención, estaban ya volcadas en él.

—El documento que tienes ante ti, como te habrán informado en Budapest, es de máxima importancia.

Se trata del testimonio directo de dos testigos oculares del campo de concentración de Auschwitz, en Polonia.

En otras palabras, es una prueba de la masacre del pueblo judío.

Las vidas de los judíos de Budapest, en particular, podrían depender de su distribución.

Le comunicó las pautas de manera desapasionada, casi clínica, como si el hecho de repetir el discurso memorizado le restase su poder. Sus ojos, húmedos y enrojecidos, no se despegaban de Ádám.

—Lo comprendo. Descuidad, me aseguraré de que el informe llegue a las personas adecuadas.

—Gracias. Está… —Tomó aire—. Está impreso en papel vegetal e insertado entre planos comerciales.

Teniendo los debidos permisos y sin motivos para levantar sospechas, los guardias no suelen leer documentos empresariales.

Una vez que los identifican, pasan a otra cosa.

Por eso no recomendamos recurrir a un sistema de ocultación doble, como un fondo falso en el maletín, ya que, en caso de ser descubierto justificaría una búsqueda más exhaustiva.

Nada en la voz, en el tono que se rizaba con el deje húngaro, podría indicar a unos oídos indiscretos la emoción que le perturbaba la expresión.

Ádám le sonrió.

—Muy bien, confío en vosotros.

Aguardó un momento más al segundo intercambio de aquella reunión, que ambas partes habían ensayado con tanta avidez sin saber a quién se encontrarían al otro lado. Como esta no se daba, agregó:

—Tengo entendido que debíais entregarme un… una muestra comercial de vuestro negocio.

Un temblor recorrió el rostro de Jonatán.

Al contrario que el cuerpo, significativamente más musculoso de lo que recordaba, poco habían cambiado aquellas facciones que tan bien conocía.

Unas arruguitas muy finas, causadas quizá por la exposición a la luz solar, se abrazaban a los párpados y sobre los labios se rizaba un bigote al estilo de Errol Flynn que jamás había portado en Budapest.

Ádám ensanchó la sonrisa.

—Sin ella, no puedo volver a Hungría. Me temo que mis superiores no lo aprobarían; esperan la mercancía al completo.

Jonatán no interrumpió el contacto visual.

Los dedos, que rozaban el cajón sin llegar a abrirlo, temblaban.

Todo él estaba bañado en el terror y la resignación que Ádám identificaba por sus aproximaciones más cercanas, que palidecían en comparación: el requerimiento a trabajos forzados del padre, el estallido de la guerra y la despedida en la estación de tren.

—Por supuesto —accedió, y cada palabra parecía un eco de sí misma.

Con movimientos pausados, como de ultratumba, extrajo una cajita pequeña que, en su día, había guardado tornillos. La depositó en la palma abierta de Ádám, sobre la cual cerró la suya.

—En el doble fondo de esta caja encontrarás una cápsula de cianuro —le explicó, con el mismo tono lejano.

Con el índice repasaba los huesos de la mano de Ádám como si quisiese contarlos todos—.

En caso de captura debes destruir el informe e ingerir la cápsula.

Al morderla para evacuar el veneno, la muerte sucede en unos minutos y es indolora.

Me temo que no puedo asegurar la veracidad de esto último; de haberlo experimentado, no estaría aquí contigo.

Ádám irrumpió en una carcajada improbable, casi sacrílega. Mientras hablaba, Jonatán le acariciaba los nudillos; la caja, que contenía la cápsula mortal, parecía latir entre las manos de ambos.

—Es… muy importante que sigas ese orden —prosiguió—.

Primero, destruye el informe. Te recomiendo que lleves la cápsula encima, sobre tu persona, en caso de que no te dé tiempo a ingerirla antes de ser capturado.

Debido a su tamaño y a su rápido efecto, puedes recurrir a ella más adelante, justo antes de ser interrogado.

—Afiló los labios, que palidecían—. Nadie es inmune a la tortura.

Confesar el contenido y el origen del informe sería casi tan nefasto como permitir que el documento impreso llegase a los alemanes.

—Comprendido. Esas son, a grandes rasgos, las instrucciones que me dieron también en Budapest.

Jonatán, que no lo soltaba, asintió, atravesado por escalofríos nerviosos.

—Bien, pues…, ya te lo he contado y ya lo sabes…, espero que no tengas que verte en la tesitura de tener que utilizar esta información. —Bajó la voz—. Por favor.

Del otro lado de la puerta les llegó, ahogada, la cadencia de unos pasos que se alejaban y el crujido de los escalones. Jonatán inspiró con ansia, como un nadador de fondo que emergía, tras un duro esfuerzo, del interior de aguas tempestuosas.

—Está bien —le susurró Ádám, que observaba aquella mano inmóvil—.

Procuraré no tener que usarla. —Le apretó el hombro con la mano derecha, la torpe, que se despertó con la añoranza de aquel contacto físico—.

Cuando has tenido cerca la muerte, tratas de conservar la vida que te regalaron.

—Esbozó otra sonrisa—. De eso sí tienes experiencia. Vamos.

La cara de Jonatán, que enrojecía, se contrajo. Los dedos, víctimas de una convulsión inesperada, se relajaron el tiempo suficiente para que Ádám pudiera agarrar la caja y guardársela en el bolsillo interior del traje.

—Dios mío —jadeó Jonatán en húngaro mientras estiraba la mano que había apartado de golpe, como si quemase—. No sabía… Dios. No puedo creerme que estés aquí.

—A mí me lo vas a decir. Te… te imaginaba en Palestina.

Su amigo se encogió de hombros, tras estudiar el traje que llevaba, como diciendo: «Heme aquí».

—¿Estás muy decepcionado?

Ádám torció la boca.

—No te niego que me consolaba pensar que estabas a salvo en el Mandato, pero… está claro que, de encontrarme en tu posición, yo habría actuado igual que tú.

Ayudándose del bastón se puso en pie para recibir como merecía a aquel camarada por el que tanto había esperado.

No pudo dar un paso más, Jonatán se abalanzó sobre él para abrazarlo.

Sus músculos eran más fuertes, sí, y más duros, pero el tacto de su piel era el mismo.

De ponerlos el uno junto al otro, nada lo habría distinguido del último abrazo que se habían dado en la estación del Oeste hacía tres años ya.

Embriagado por la emoción, Jonatán le dio un beso en la mejilla, algo que solo había hecho en otra ocasión, en una fiesta universitaria en la que Ádám, con todo descaro, se había colado.

Agotadas las reservas de alcohol, y con los músculos entumecidos de tanto bailar, había acabado la noche ligeramente más sobrio que su amigo, motivo por el cual había tenido que arrastrarlo hasta el piso de la plaza Batthyány.

Borracho como una cuba, y quizá confundiéndolo con una de las chicas del Ka-Ku, Jonatán se había precipitado sobre él para besarlo.

Ádám había tardado varios segundos en ser consciente de lo que ambos estaban haciendo.

«Tienes suerte de haber pillado esa curda y de ser un amigo tan bueno —le había dicho, tras apartarlo con un gesto brusco—.

Otro hombre te habría dado una paliza por menos».

Tras examinar la expresión en el rostro de su compañero, que no podía interpretar mejor que el arrepentimiento que lo invadía, repuso: «Anda, túmbate tú en mi cama, que te hace bastante más falta que a mí».

Recostado por una vez en el diván, no había sido capaz de conciliar el sueño.

Con la temprana resaca, aquel sentimiento pegajoso se dividió en dos: la culpa por el rechazo violento y el remordimiento por no haber sabido aprovechar aquel acercamiento que, en el fondo, le había resultado agradable.

Años después, ese recuerdo, que había relegado a un rincón casi olvidado de la mente, lo anegó de nostalgia. La vida que creía haber salvado podría estar, como la suya propia, condenada. Solo Dios sabía si volverían a verse algún día.

—Te he echado de menos lo indecible —le dijo a Jonatán.

Con los dedos acariciaba la espalda que se crispaba, los brazos que lo estrechaban y que se resistían a apartarse de él. Quería comprobar que no faltaba nada, que el tiempo y la ausencia no le habían causado daño alguno.

—Tu madre y tu hermano están bien —le aseguró mientras se separaban.

—Por favor, no me mientas.

—Ya sabes que no podría. Aunque quisiese, te darías cuenta.

Se sentó de nuevo, ayudado por Jonatán. Antes de continuar, esperó a que este arrastrase la silla para quedar más cerca de él, frente a frente.

—Viven en el piso de la plaza Batthyány, me pareció que allí estarían más seguros que en el barrio judío.

Tu madre sigue cosiendo, como siempre, y tu hermano es operario en la fábrica de mi padre.

Así nos asegurábamos de que no recibiese ninguna citación.

—Le pasó la mano por detrás de la nuca—.

Están muy bien, de verdad, y procuraré que continúe siendo así.

En cuanto vuelva a Budapest, les conseguiré identidades falsas y los esconderé, si hace falta. Tienes mi palabra.

—¿Sándor trabaja en la fábrica, entonces? ¿Y practica aún esgrima? ¿Y los jilgueros? ¿Te acuerdas de cómo se enfadaba con nosotros cuando poníamos discos de Benny Goodman en el salón?

Sus ojos, enormes, brillaban con una sombra melancólica, casi triste, que Ádám reconoció de inmediato.

Había cierto sentimiento de culpa en ellos porque Dios, desde su trono, lo había mirado con agrado a él, mas no a su hermano.

A él lo había colmado de privilegios (la universidad, cuando los judíos todavía tenían cierta posibilidad de acceder a ella; la emigración al Mandato, y la potestad de elegir por sí mismo si aceptaba esa segunda oportunidad que le daba la vida o no); a Sándor, en cambio, lo había despachado con las manos vacías.

—¿Y le va bien, en la fábrica? —insistió Jonatán, antes de que su amigo pudiese contestar las preguntas anteriores—. No es como nosotros. Es…, no sé, más afable, más confiado. Siempre anda preocupándose por los demás y nunca se le ocurre cuidar de sí mismo; alguien tiene que hacerlo por él.

Ádám, que no podía desprenderse del embrujo de aquella mirada que tanto había añorado, se forzó para sonreír.

Le mintió. ¿Cómo no iba a hacerlo, cuando a él mismo lo consumía la pena, conocedor de que, tras la alegría del encuentro, lo acecharía el miedo de saber que la persona a la que más apreciaba en el mundo corría peligro?

No podía dejarlo solo en Eslovaquia con el arrepentimiento de que su hermano hubiese salvado la vida, sí, pero a cambio de que todo su ser se hubiese agriado sin remedio.

—Le va muy bien. Ha crecido mucho desde que no estás, pero no te preocupes, que por lo demás sigue tal y como lo recuerdas. Eso sí, cuando acabe todo esto y le cuentes lo que has estado haciendo durante la guerra, no te va a creer…

Jonatán le devolvió la misma sonrisa melancólica. ¿Qué otra cosa podía hacer? Quizá entonces ninguno de los dos estaría ahí para contar la historia. La verdad se evaporaría entre la niebla.