El silencio de los justos Capítulo VIII
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Capítulo VIII

VIII

En el edificio de oficinas —propiedad de uno de los contactos del Hashomer Hatzair, que lo había arianizado—, Dinah miraba la hora en el reloj de pulsera a intervalos de dos minutos.

La suya era la oración de quienes están demasiado asustados y desesperados para dirigir sus plegarias a Dios.

Conocía la hora de llegada del tren procedente de Hungría en el que viajaba el mensajero, un hombre de negocios con los papeles en regla y una coartada sin fisuras, que llevaba meses colaborando con la célula de Budapest. Había calculado el tiempo que supondría el trayecto en coche desde la estación, donde Mirosłav se reuniría con él, más los minutos necesarios para que ambos hombres comprobasen la identidad del otro.

Según las manillas, aún no había motivos para preocuparse, pero a Dinah le gustaba refugiarse en la falsa sensación de control que le otorgaba adelantarse a los problemas.

Para guardar las apariencias ante los vecinos y los viandantes, ella, en su papel de secretaria, recibiría al mensajero (nombre en clave: Gyula Kóvacs), tomaría su sombrero y su gabardina y lo acompañaría al despacho del director.

Allí, Jonatán le haría entrega de una copia del informe, mecanografiada en papel vegetal, y de una cápsula de cianuro para su ingesta en caso de captura.

A puerta y ventanas cerradas, le repetiría las instrucciones que el mensajero ya habría recibido en Budapest, y haría hincapié en la importancia y la urgencia de la operación.

A primera hora de la mañana, tras pasar la noche en uno de los pisos francos del grupo, emprendería el viaje de vuelta en tren a la capital magiar.

En otras palabras, ese sería el momento álgido, y más frágil, de la misión.

Si fallaba, habrían perdido un tiempo valiosísimo, contado ya no en los segundos del reloj, sino en vidas humanas irremplazables; en el peor de los casos, el informe acabaría en manos de los alemanes y ninguno de sus esfuerzos habría tenido sentido.

Mientras organizaba la correspondencia, en un intento desesperado por calmar los nervios, Dinah llevaba la cuenta de cada imprevisto que pudiese retrasar la llegada del señor Kóvacs.

El control fronterizo rutinario, que podía paralizar la ruta durante horas si encontraban algún individuo sospechoso.

La presencia de aviación aliada, con la consecuente parada obligatoria de los trenes en el valle del Váh.

El paso prioritario de los transportes militares, tanto aquellos que trasladaban las tropas de la Wehrmacht como los destinados a la deportación de los judíos europeos.

Dinah acercó dos dedos a los labios. Por una broma irónica del destino, la operación podría retrasarse debido al transporte de las propias víctimas que debían salvar.

«Estaré contigo», le había dicho el Señor a Moisés.

Para conservar la cordura, ella también debía creer que alguien, una deidad sagrada o uno de los profetas laicos con los que trabajaba, guiaría su mano, sacaría el tren de Hungría sin sobresaltos y llevaría al mensajero ante ellos.

Custodiaría a ese hombre como un padre a un hijo y no permitiría que le tocasen un solo pelo de la cabeza.

El informe se distribuiría entre los miembros de la resistencia y las embajadas neutrales de la capital.

En cierto modo, creer aquello no resultaba más temerario que tener la seguridad de que viviría un día más en el corazón de la Europa ocupada.

La puerta se abrió pasadas las once y media de la mañana, una hora y quince minutos más tarde de la llegada prevista del tren. Dadas las circunstancias, no había lugar para alarmarse; la expresión serena, casi alegre, de Mirosłav al hacer pasar al señor Kóvacs al recibidor disipó toda duda.

El mensajero era un hombre joven, impecablemente vestido, ni muy alto ni muy bajo, ancho de hombros y bronceado de piel.

De no ser por el bastón que portaba, de aspecto aristocrático más que terapéutico, y la parálisis facial que se hizo evidente en cuanto se presentó, podría camuflarse sin problemas en una multitud.

Que se hubiese recurrido a un sujeto fácil de recordar, en lugar de personas anónimas y por lo tanto invisibles, solo podía significar una cosa: poseía una coartada y unos permisos espléndidos.

Pese a eso, o quizá por eso, Dinah creía leer algo más en él. Una sospecha a la que no podía poner nombre crepitaba en su interior y crecía ante los ojos del señor Kóvacs, cuya mirada envolvente también estaba clavada en ella. Tras un instante de reconocimiento mutuo, él sonrió.

—Lamento haberla hecho esperar —dijo en un eslovaco de acento espeso que ella no logró identificar por completo—.

Mucho me temo que cruzamos la frontera de madrugada y los guardias se tomaron su tiempo al comprobar que todos teníamos los papeles en regla.

Aproveché el incidente para estudiar su empresa, pero lo que no sabía era que iba a encontrarme aquí a una mujer tan hermosa.

—Se volvió hacia Mirosłav—. Por fortuna, claro, puesto que, de haber llegado a mi conocimiento, habría insistido en refrescarme un poco antes de salir de la estación y la habría hecho esperar incluso más.

Su sonrisa, pese a la parálisis parcial, era bonita, segura, de las que se dibujan a sabiendas del poder que tienen.

Por ella Dinah, que ya se acercaba para tomarle el sombrero y la gabardina, pudo identificar el origen de su sospecha.

Había visto a ese hombre antes, en un recorte de periódico que ella misma había conseguido y que estaba guardado en una lata de tabaco en el piso de arriba.

—No se preocupe, le agradecemos la molestia de venir desde Budapest. —Con el dorso de la mano le señaló el servicio—. Si quiere, puede refrescarse aquí mismo mientras yo aviso al señor Horvát de su llegada. Le prometo que solo recordaré su mejor aspecto.

—Además de guapa, maja. Si corriesen otros tiempos, me aficionaría a hacer negocios con ustedes.

En cuanto cerró la puerta, Dinah se encaminó hacia las escaleras.

Mirosłav, alertado por aquella oferta amable, típica de una reunión de negocios pero que se desviaba del plan, la detuvo antes de subir al primer escalón.

No formuló la pregunta, sus iris, que centelleaban tras las gafas estilo Quevedo, lo dijeron todo.

—Creo que quizá debería encargarme yo de entregarle el informe al enlace —masculló ella, en un susurro tan bajo que Mirosłav tuvo que acercarse más para oírla.

—Eso no es lo que acordamos —le recordó él—. Según las instrucciones que le han dado, el director se lo entregará en mano. Si lo haces tú, saltarán todas las alarmas, sospechará que se trata de una emboscada y todos nuestros esfuerzos habrán sido en balde.

Dinah dirigió una mirada furtiva al piso superior primero, en el que Jonatán esperaba, y a la puerta cerrada del servicio después. Tragó saliva.

—Tengo motivos para creer que el señor Kóvacs es un amigo de la infancia de Shiloh.

La confesión no impresionó a Mirosłav.

—Eso solo puede jugar a nuestro favor —masculló mientras tiraba de ella de vuelta al recibidor—. Cuenta con el visto bueno tanto de la célula de Budapest como de uno de nosotros.

Dinah estrechó los ojos.

—¿Le entregarías tú una cápsula de cianuro a tu mejor amigo?

Mirosłav le sostuvo la mirada.

—Si con ello fuese a salvarle la vida a mi familia, sí.