Capítulo VII
VII
Que Richárd lo hubiese citado, y de manera urgente, en uno de los pisos francos que alquilaban bajo falsas identidades arias era significativo.
Por ello, y porque sabía tan bien como su camarada que en cada doce hombres siempre hay un Judas, salió de inmediato.
Iba armado solo por precaución, por si se trataba de una trampa, un trámite que no resultó necesario.
Al entrar no se topó con una emboscada, sino con el propio Richárd, sentado a la mesa, bebiendo.
Aunque pálido y ojeroso, nada más en su aspecto físico o su postura delataba su turbación interior.
Con un gesto le indicó a Ádám que tomase asiento frente a él y, mientras este lo hacía, le sirvió un vaso de agua.
—No sabía si vendrías —sentenció—. Primero llamé a la fábrica, pero cuando la secretaria me comunicó que no estabas le dije que volvería a hacerlo en otro momento. Al intentarlo en tu casa, me tomó el recado la criada.
—Una mujer de mi total confianza. Lleva trabajando para nosotros desde que yo era un niño de teta y, te lo aseguro, no habrá sospechado nada.
La tuya no es la primera ni será la última llamada de trabajo que atiendo en nuestra residencia privada.
—Con mano temblorosa aceptó el agua que el compañero le ofrecía—.
Quien no sabía muy bien con qué iba a encontrarse era yo.
Temía que fuese una trampa de la Gestapo.
Richárd sacudió la cabeza.
—No temas, estamos seguros. Utilicé el teléfono de una taberna, también de nuestra absoluta confianza, por eso no quise perder tiempo. Muchas gracias por venir tan rápido. —Lo observó con más detenimiento—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, es este maldito calor, que me da unas jaquecas terribles. Pero no te preocupes, de esta no me muero. —Se puso serio. Sus manos, extendidas sobre la mesa, casi tocaban los antebrazos de Richárd—. Debe de ser un asunto de extrema urgencia, si me citas aquí y con tanta premura.
Su compañero no se entretuvo con grandes preámbulos. Sus ojos, estrechos, estaban fijos en Ádám, solo las comisuras de los labios se sacudían con un tic poco usual en él, testimonio del nerviosismo que tanto procuraba ocultar.
—Quizá sea lo más urgente que voy a pedirte jamás.
A través de un enlace de la frontera, nos han hecho saber que en Eslovaquia hay un documento que nos deben entregar a nosotros y también a las embajadas de los países neutrales de la ciudad.
Debido a su importancia, y a los crímenes que se exponen en él, no podemos arriesgarnos a que uno de los enlaces habituales cruce la frontera con él y acabe en manos de la Gestapo.
El mensajero debe ser alguien con papeles arios, auténticos o una falsificación casi perfecta, que no despierte sospechas y que ni los Hlinka ni los gendarmes cacheen.
—Un hombre como yo —resumió Ádám ofreciéndose a fin de que su compañero no tuviese que pasar por el trago de tener que pedírselo—.
La fábrica es esencial para la industria militar, ya tenemos preparados permisos y salvoconductos para cruzar la frontera y papeleo que atestigua nuestros negocios con el Reich.
Ser veterano del Don todavía inspira algo, no sé si respeto o lástima, pero una cosa muy rara tendrá que pasar para que interroguen de manera exhaustiva a un héroe de Hungría lisiado.
—Se inclinó hacia Richárd—. ¿Qué es este documento tan urgente que no puede caer en manos de los alemanes?
La respuesta de Richárd fue inmediata, una bala en la recámara que no admitía contemplación alguna.
—Pruebas de la masacre sistemática de los judíos en Polonia.
Según nos han comunicado, hace unas semanas dos prisioneros se fugaron de un campo de concentración.
Han escrito un informe en el que dan datos de los métodos de ejecución, planos del recinto, número de víctimas y su procedencia, todo.
Ya se está distribuyendo en Eslovaquia, pero es muy importante que llegue a Hungría lo antes posible.
Podría ser clave para paralizar las deportaciones.
—Recortó la distancia que lo separaba de su camarada—.
Tengo confianza en el embajador suizo, Carl Lutz; trabajó en el Mandato antes de ser destinado a Budapest y es consciente de nuestra situación.
Está empezando a extender cartas de protección a familias judías.
Si ese documento llega a su poder, sé que podrá ejercer presión sobre el gobierno.
Probablemente lo compartirá también con otras embajadas neutrales.
Creo que conoces un poco a los españoles, ¿no?
Tras un gesto de asentimiento voraz, Ádám repuso:
—Sí, pero justo hoy me he enterado de que el encargado de negocios regresa a España. Es él quien ha estado informando a su país sobre las medidas antijudías; yo mismo le confirmé los abusos que reciben los trabajadores forzados a manos del ejército.
Richárd bajó las cejas.
—¿Crees que se lo han quitado de en medio por protestar? Me imagino que España, en lo político, es bastante afín a nuestro gobierno.
—En teoría, sí. En la práctica, todavía no han reconocido el nuevo gobierno.
Desde la caída de Stalingrado, España está intentando ganarse el favor de Gran Bretaña; la supervivencia del régimen pesa más que la ideología.
—Suspiró—. De todos modos, no sé qué va a pasar.
En el peor de los casos, mandarán a alguien a cubrir el puesto; en el mejor, el actual secretario asumirá las responsabilidades de la legación.
—¿Confías en él?
—No lo sé. Es mi vecino y parece un buen tipo.
Estaba presente en la conversación que tuve con el encargado de negocios acerca de los batallones disciplinarios.
También ha refugiado a una prima nuestra que andaba en el punto de mira de la Gestapo, pero no sé.
Quizá le metan el miedo en el cuerpo o quizá continúe la labor que estaba haciendo su superior.
No sé, no tengo ni idea. De momento, parece que Lutz es nuestra mejor baza.
—Colocó una mano sobre el hombro de Richárd—.
En ti sí que confío. ¿Qué es lo que tengo que hacer?
—Has de cruzar la frontera y dirigirte a una pequeña localidad de los Tatras, Liptovský Svätý Mikuláš.
El enlace te esperará en la estación, lo reconocerás porque estará leyendo un periódico deportivo.
Para confirmar su identidad, le comentarás los resultados de la liga del ŠK Žilina y él te responderá que solo está pendiente del AC Považská Bystrica.
Entonces, y solo entonces, le preguntarás si es el chófer de la compañía Pálka, con la que tienes una reunión.
Te conducirá a las oficinas, donde te reunirás con el director.
Para confirmar su identidad y que todo marcha según lo planeado, le preguntarás por la salud de su esposa; él te responderá que mejor, que le darán el alta del sanatorio en un par de semanas.
Te hará entrega de dos paquetes: el informe, oculto entre documentos oficiales de la empresa, y una cápsula de cianuro.
Llegado a ese punto de la explicación, Richárd se detuvo. Clavó la mirada en Ádám en busca de confirmación, del acuerdo tácito entre dos partes muy distintas con un objetivo en común.
—Entendido —accedió él—. ¿Qué más?
—Deberás pasar la noche en Liptovský Svätý Mikuláš; nuestros contactos se harán cargo del alojamiento. Debido a la distancia, resultaría sospechoso que fueses y volvieses en un solo día pero, como he dicho, debemos hacernos con el informe lo antes posible. —Bajó los párpados—. Será peligroso…
Ádám afiló los labios.
—Para mí menos que para otro. Podéis contar conmigo.