Capítulo VI
VI
En la inmensidad negra de los Tatras, el bosque y la noche los recibían con ecos de muerte.
Con la excusa de un cambio de objetivo comunicado por el DOE, Dinah y Jonatán se reunieron con Bloomsbury, quien debía confirmar las coordenadas exactas de un puente que los británicos querían sabotear.
La consulta privada entre expertos (camaradas de los que los partisanos dependían para obtener provisiones) proporcionaba la intimidad necesaria para hablar del Informe de Auschwitz en secreto.
A pesar de la naturaleza trágica de la información de que disponían, la conversación fue breve, susurrada en hebreo por si algún partisano sospechase de ellos y los estuviese espiando.
«Nosotros, que nos criamos en los valles de Gales, no respetamos el inglés —habían explicado una vez, entre risas y tabaco compartido—.
Si podemos, renunciamos a ese idioma primitivo y vulgar.
Vamos, es que ni punto de comparación con la poesía celta de nuestra lengua materna».
De aquella efervescencia entusiasta, fruto de haber sobrevivido al vuelo y de saberse cercanos a su destino, ya no quedaba casi nada. El coraje, quizá, y el brillo desafiante que les incendiaba las miradas.
—Tenemos que cruzar la frontera y entregar una copia del informe a las embajadas neutrales y a la resistencia judía de Budapest —siseó Jonatán.
Bloomsbury masticó saliva, había perdido peso en las últimas semanas.
En la penumbra, la voracidad de los ojos y los dientes níveos dominaban un rostro que se contraía por la tensión.
La barba que, como Jonatán, se había dejado crecer (afeitarla resultaba más rápido que esperar a que naciera, en caso de precisar un cambio físico), otorgaba a su aspecto cierta crueldad salvaje, como si todo él proviniese del interior de las montañas.
—Negativo —masculló—. Es demasiado arriesgado. No podemos poner en peligro el informe y la vida de un agente siquiera. Las fronteras están más vigiladas que nunca.
—Esto no puede esperar —le aseguró Dinah, antes de que Jonatán, que ya separaba los labios, hablase.
Bloomsbury asintió con un gesto impaciente. En el uniforme harapiento, la sombra del parche que identificaba su procedencia como PALESTINA, y que él se había arrancado con los dientes para no revelar su religión, resultaba más evidente que nunca.
—Ya. Por eso mismo no podemos arriesgarnos a que el informe acabe en manos de los alemanes.
No hay garantías de que quien cruce la frontera sea capaz de destruirlo a tiempo en caso de captura.
Tenemos que conseguir un mensajero, alguien que pueda viajar entre Eslovaquia y Hungría, y que tenga la confianza de la resistencia judía, al menos.
Dinah se mordió una uña.
—No sé. Por una vez, creo que estoy de acuerdo con Shiloh. Según tenemos entendido, el Consejo Judío de Budapest recibió el informe por medio de contactos en Bratislava hace semanas. Pese a ello, ya han empezado las deportaciones en el campo.
Bloomsbury, agazapado como estaba, se acercó más a ella.
—Eso puede significar varias cosas: o el consejo no ha sido capaz de alertar a la población o no tiene influencia alguna sobre las embajadas neutrales o…
—O, por algún motivo, no ha comunicado su contenido.
—Jonatán acabó la frase por él—. Eso explicaría también la tardanza con la que nosotros recibimos la información.
—Resopló—. Mira, Bloomsbury, no siempre hemos compartido la misma opinión, pero, de los tres, tú eres el que mejor sabe mantener la cabeza fría.
Lo importante es que el informe se distribuya al mayor número de personas posible y con la mayor celeridad posible.
—Se volvió hacia Dinah—. Cuando Mirosłav me puso al corriente de los refugiados, me aseguró que venía como jalutz .
Bloomsbury estrechó los ojos.
—Pertenece al Hashomer Hatzair, ¿no es así?
—Sí.
—Si tenemos suerte, estará en contacto con la célula de Budapest. Hemos de procurar que ellos seleccionen a un mensajero para que cruce la frontera, reciba el informe y lo distribuya a su regreso.
—Bajó los párpados—. El éxito de esta misión también es muy importante para mí.
Ese informe da testimonio del exterminio de mi familia.
Jonatán le puso una mano en el hombro, donde la piel, enrojecida de cargar la cinta de la metralleta, ardía al contacto humano.
—Ten fe, hombre.
—Ya no me queda —confesó, cada palabra una puñalada—.
Hemos recibido a un grupo de partisanos que huían de Bratislava.
Uno de ellos vivía en mi barrio y recordaba a mis padres y a mis hermanos…
, así como la redada tras la que fueron deportados.
—Afiló los labios en una mueca lúgubre, cercana a una sonrisa pero sin la alegría que esta mostraría—.
Ahora ya sé lo que hay al otro lado. Soy el único de los míos que queda en pie.
Recostado en el sillón de la salita más pequeña de la casa, con todas las persianas corridas y una toalla sobre los ojos, Ádám reconoció a su madre por la cadencia tan personal de sus pasos, de suave alpargata, y la fragancia envolvente de su perfume floral.
A pesar de las diferencias que los enfrentaban, la mujer coincidía con su hija en un aspecto: su preferencia por las entradas verbales además de físicas.
Ádám no tuvo ocasión de girarse para decirle nada antes de que ella preguntase:
—¿Duermes?
Como respuesta, él agitó el cigarrillo que sostenía entre los dedos, que no estaba próximo a consumirse.
—¿Alguna vez me ha visto fumar dormido, madre?
—Pues mira, cariño, es que yo de ti me espero cualquier cosa.
Lo besó en la frente, templada y húmeda por el sudor. Tras un instante de duda, en el que le acarició también el hombro, tomó asiento en la butaca junto a él.
—¿Tienes mucho dolor?
—Qué va, es que ya sabe cómo disfruto fumando a oscuras. —Le sonrió antes de que ella cometiese el error de tomar su respuesta como un ataque—. Se puede soportar. Supongo que querrá regañarme por lo del piso.
—Hijo, no te pongas tan a la defensiva, que no.
Es de tu propiedad y puedes hacer con él lo que creas conveniente.
Entiendo que quieras ayudar a la familia de tu amigo, que con nosotros siempre se ha portado muy bien, y, mira, me alegro de que se te haya pasado esa perra de irte a vivir solo.
Además, eso es a lo que deberías dedicarte: administrar tus fincas, llevar una vida más pausada…
, que sé que a tu padre le gusta mucho tenerte en la fábrica, pero no a costa de tu salud.
—No empiece, madre —resopló—. De todas maneras, lamento tener que decepcionarla. No solo no se me ha pasado la perra de irme a vivir solo, sino que además acabo de apalabrar con el teniente primero Messik un piso en la plaza Szabadság.
A cada palabra, la tez rosada de la madre fue perdiendo el color habitual hasta adquirir un tono cetrino. Cuando su hijo terminó, se llevó el índice al pómulo en gesto de derrota.
—Estás empeñado en matarme a disgustos. ¿Qué se te ha perdido a ti en Pest? ¿Qué quieres, que me maten a otro hijo? Porque con el tino que han demostrado los aliados y cómo tienes tú la pierna para bajar al refugio… ¡Y solo, claro, porque Dios te libre de que alguien se preocupe por ti!
Ádám forzó una sonrisa y, con el mismo ánimo, se llevó la mano de la mujer a los labios para besarla.
—No se angustie, madre. Pest está mejor comunicado con la fábrica. Piense además que estaré más cerca de la consulta del neurólogo. —Le dio un pellizco pícaro—. ¿Y quién le dice a usted que no tengo yo una querida que me cuide y me ayude a bajar al refugio?
La madre lo despachó con un gesto impaciente.
—Anda, anda, no te metas más conmigo. A Rózsa, por lo menos, te la llevas, que siempre se ha encargado muy bien de esta casa y así me quedo yo más tranquila.
—¡Madre! Me sorprende. Con lo mayor que es Rózsa… ¡Y de otra clase! Yo creía que usted me estaba buscando otro tipo de pretendientas.
—No seas fresco, que el disgusto que acabas de darme no tiene perdón de Dios. Ya verás cuando se lo cuente a tu padre.
—Puedo hacerlo yo mismo.
—Ahora no. Ha ido a tomar un café con el señor De Muguiro, que se vuelve a España.
—¿Que se vuelve a España? —balbuceó su hijo, tras reincorporarse—. ¿Y eso?
—Pues no lo sé, yo en esos asuntos no me meto. La edad, el avance de los rusos…, a saber. A ti te hemos excusado, claro, porque tal y como estabas…
—Pues, la verdad, me habría gustado despedirme de él. O que hubiesen tenido el detalle de consultármelo, que estoy lisiado, no completamente inválido.
—No seas terco. Lo que tienes que hacer es tomarte la medicación que te ha preparado tu hermana, echarte un rato en la cama y…
El timbre del teléfono interrumpió aquella enumeración cada vez más neurótica. Ante el ruido, estridente e inesperado, Ádám alzó las manos para hacer presión con ellas en las sienes.
—Vaya por Dios —bufó la madre mientras se levantaba para colocarle una compresa húmeda en la frente—. Anda, cariño, voy a pedirle a Rózsa que te prepare una valeriana para que te la tomes con el comprimido.
Ádám no tuvo ocasión de rogarle que no se molestase. La mujer ya se había levantado y después de besarlo, esta vez en la cabeza, en el lado opuesto de la cicatriz, abrió la puerta en el preciso momento en que la criada se disponía a hacer lo mismo.
—Ay, Rózsa, me vienes como caída del cielo. Prepárale una valeriana al niño, por favor, que las jaquecas no se le pasan.
—Por supuesto, señora. —Dio un paso más para poder dirigirse también a Ádám—. Señorito, han llamado del Ministerio de Comercio…
—¡A este número! —exclamó la madre, pero sus protestas no tardaron en verse amordazadas por la mano que Ádám alzó.
—Gracias, Rózsa —dijo y, luego, volviéndose hacia su madre—: No diga nada, le pedí a Rózsa expresamente que me pasase esa llamada en cualquier circunstancia. ¿Les ha dicho que los atenderé enseguida?
La anciana hizo oscilar la cabeza.
—Sí, señorito, pero es que tenían mucha prisa.
—¿Le habrán dejado un recado, al menos?
—Sí, eso sí. Le requieren a usted en el almacén en una hora, si es posible. No me han querido decir de qué se trata, solo que es muy urgente.
Ádám ya no la escuchaba. Se había puesto en pie, desoyendo las quejas cada vez más enérgicas de su madre, y se estiró para alcanzar el bastón.
—Tengo que ir, madre —le dijo, tras devolverle el beso, casi a modo de disculpa.
Se marchó sin dar pie a una nueva discusión.
El «Ministerio de Comercio» era la clave que le había entregado a Richárd, junto con el número de teléfono de Villa Batthyány, para casos de extrema necesidad.
Que su camarada no hubiese aguardado a recibir una respuesta daba testimonio de la gravedad de la situación.