El silencio de los justos Capítulo IV
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Capítulo IV

IV

Dinah y Jonatán leyeron el informe ahí mismo, en la estrecha cocina de Boby Reich, antes de sentarse a hablar con los refugiados.

La copia, mecanografiada en eslovaco, estaba escondida detrás de un retrato de la Virgen María.

Mirosłav, con movimientos pausados, no carentes de cierta ceremonia, la retiró y se la entregó antes de dejarlos solos.

Iniciaron la lectura sentados uno junto a otro, al estilo de los niños de escuela que comparten el libro de texto indicado por el maestro.

Debido a su naturaleza, las treinta y tres páginas les tomaron horas.

Aprendieron a adelantarse a las emociones del otro, a las lágrimas que por orgullo y rabia no dejaban salir, a la congoja que los empujaba a detenerse un instante para recobrar el aliento o caminar por la sala para calmar los nervios.

Hasta entonces el tren había sido custodiado por guardias Hlinka, pero a partir de ese momento fue tomado por las SS. Tras desenganchar un par de vagones de nuestro convoy, proseguimos el trayecto hasta llegar, entrada la noche, a Auschwitz…

Mientras Jonatán se lamentaba de la impotencia que hacía mella en él en el Mandato, cuando el hebreo se le enredaba todavía en la lengua al hablar, cuando solo pensaba y contaba en húngaro y su nombre aún le pertenecía, a un adolescente más joven que su hermano lo destinaban a Auschwitz.

No existían diferencias entre ambos, salvo las amistades y el lugar de nacimiento.

Mientras uno colaboraba con la Haganá para meter a judíos clandestinos en Palestina, el otro trabajaba hasta la extenuación con tan solo un litro de sopa y trescientos gramos de pan al día para sostener sus fatigas.

Según el informe, en la primavera de 1942, a los judíos eslovacos que llegaban a Auschwitz les tatuaban en la piel una cifra a partir de 28.

000. El lager albergaba, de acuerdo con la estimación proporcionada, 15.

000 prisioneros. Puesto que los números, en particular aquellos que habían identificado a prisioneros soviéticos fallecidos, se reciclaban, resultaba imposible delimitar la cantidad de personas que habían estado hacinadas en el campo hasta la fecha.

A la semana, solo en el bloque al que pertenecían los autores del informe, los finados ascendían a las 2.

000 personas, de las cuales unas 1.200 habían sucumbido debido a las condiciones infrahumanas de Auschwitz; las 800 restantes habían caído víctimas de la selección o, en otras palabras, de la ejecución por medio de gas.

Una puerta y unos cuantos escalones conducen a una cámara larga y estrecha.

Para engañar a las víctimas, las paredes se camuflan de modo que parezcan la entrada de una ducha.

En el techo se sitúan tres escotillas que pueden cerrarse herméticamente desde fuera.

Un camino conecta la cámara de gas con el crematorio.

El gaseamiento transcurre de la siguiente manera:

Se acompaña a las desafortunadas víctimas a un vestíbulo, donde se les indica que se desvistan.

Para completar la ficción de que van a recibir un baño, dos hombres con bata blanca entregan a cada persona una toalla y un trocito de jabón.

A continuación, se las hacina en la cámara de gas, en la que, debido a sus proporciones, deben esperar de pie.

Para comprimir a semejante multitud, a menudo se recurre a disparos al aire, que empujan a los situados en los extremos a apretarse más contra los cuerpos de sus compañeros.

Una vez que se encuentran todos dentro, las puertas se cierran.

Sigue una pausa breve, suponemos que para permitir que la habitación alcance la temperatura correcta.

Cuando la consigue, 55 hombres con máscaras de gas suben al tejado, abren las escotillas y agitan el producto en polvo que contienen unas latas etiquetadas con el nombre de CYCLONE, «Para uso como pesticida».

Se presupone que es una mezcla de cianuro de algún tipo que se transforma en gas a cierta temperatura. Al cabo de tres minutos, todos los que han entrado en la cámara están muertos. Hasta la fecha, no se tiene constancia de que nadie haya sobrevivido al gaseamiento.

Terminada la ejecución, se abren las puertas y se airea la sala. Los cuerpos se retiran en carretas especiales para después apilarlos en camiones con destino al crematorio. La capacidad total de los cuatro complejos de crematorio y cámara de gas en Birkenau es de 6.000 personas al día.

Entre los propios prisioneros se seleccionaba un sonderkommando encargado de llevar a cabo las ejecuciones en las cámaras de gas.

Trabajaban en turnos de noche y día, de modo que, en el momento de la huida de los refugiados, centenares de miles de personas ya habían sido gaseadas.

El documento detallaba los transportes continuos, cuyos orígenes se encontraban en casi toda la Europa ocupada; el exterminio sistemático de los guetos de Polonia, las epidemias de tifus y las infecciones constantes que, junto con la inanición y el cansancio, aniquilaban a los reclusos a puñados.

No existía, que ellos supiesen, precedente de su fuga.

Jonatán y Dinah se concedieron unos instantes más de soledad antes de reunirse con los refugiados. Ninguno de los dos hizo ni dijo nada. Se quedaron muy quietos, la espalda contra la pared como condenados ante el paredón de fusilamiento.

Jonatán tomó asiento frente al muchacho en la misma cocina en la que Dinah y él se habían enfrentado al informe; al otro lado de la pared, en la salita, ella hacía lo mismo con el otro prisionero fugado.

El plan, forjado tras una corta deliberación, consistía en interrogarlos de manera paralela para comparar ambas versiones de la historia antes de informar por radio a los británicos.

En cuanto se encontró cara a cara con el chico, casi se avergonzó de su decisión.

Una procesión de culpas lo asediaba: la emigración al Mandato, la familia que había dejado atrás, los meses de espera en El Cairo, la salud que exhibía su cuerpo…

, incluso el destino, contenido en un documento de treinta y tres páginas, que había burlado.

—Si queréis comprobar que no mentimos —repuso el refugiado—, ya nos tomaron declaración en Bratislava. Jozef le contará a tu compañera lo mismo que yo a ti, que a su vez es justo lo que acabas de leer en el informe.

El tono era frío, desapasionado y casi aburrido.

Las frases, que parecía que escupiera, secas, despojadas de toda artificiosidad.

A Jonatán, algo en él le recordaba a Sándor.

Las similitudes no residían en el terreno de la corporeidad; nada en aquel rostro anguloso, descarnado y prematuramente envejecido evocaba el aspecto de su hermano.

Debía de tratarse de algo más profundo, de algún gesto o movimiento o, tal vez…

, tal vez, sí, radicaba en la postura, aún segura a pesar de las penurias.

Cierta chispa en la mirada, en los ojos oscuros y sesgados, le inducía a pensar también en Ádám.

Allá donde fuera buscaba indicios de que la vida que había abandonado le esperaba aún, contra todo pronóstico.

Incluso en el infierno que reflejaban los iris de Rudi Vrba.

Era un ser humano mirando a otro ser humano.

—Lo siento —tanteó.

Su propia insuficiencia lo humillaba. Se abochornaba de no tener nada que ofrecerle, excepto un par de cigarrillos y dos oídos para escuchar una historia que a Rudi ya se le atragantaba de tanto repetirla.

Ni siquiera las promesas de hacer llegar el informe a los aliados podrían borrar las torturas sufridas.

Empezó, pues, por su nombre.

—Me llamo Jonatán —dijo—. Jonatán Rozenfeld. Nací el 16 de enero de 1919 en Budapest, el primogénito de László Rozenfeld e Ilona Czitrom.

Un temblor muy ligero, casi imperceptible, atravesó el labio superior de Rudi Vrba.

—Boby Reich te presentó como Shiloh.

—Es el nombre que adopté en el Mandato —aclaró, sin entretenerse en explicar el contexto en el que adquirió aquella identidad—. Shiloh Hermesh. Hermesh, en hebreo «guadaña», y Shiloh, que puede significar tanto «El regalo del Señor» como el adjetivo «tranquilo, sereno».

El juego de palabras no impresionó a Rudi. Cambió de postura en la silla; al cruzar y descruzar las piernas sus ojos, inescrutables, no rompieron la pesadez del contacto visual.

—No sé si es muy seguro utilizar un nombre hebreo por aquí.

Jonatán le sonrió.

—Pues no, la verdad. Según los papeles que llevo encima, soy Oliver Horvát, de Kassa, en el Felvidék . Un alias ario que, además, explica el acento.

Rudi alzó una ceja poblada. Con dos dedos se acariciaba distraídamente el extremo, que se rizaba.

—Muchos nombres para una sola persona.

—Sí. Quizá me hayan salvado de que mi próxima identidad no sea una cifra tatuada en la piel.

Las comisuras de Rudi se curvaron. Puesto que no se había movido, aquellos cinco números en el antebrazo (44070) quedaban a la vista, testigos mudos de la barbarie de la que había huido.

—Antes de la guerra, era doctorando en Lingüística —continuó Jonatán—.

Respeto las palabras y los significados que se encierran en su interior.

Puesto que no soy capaz de contener en ellas el impacto que me ha producido tu informe, no diré nada.

Mi padre murió en Ucrania, mientras realizaba trabajos forzados, pero creo que todavía tengo familia en Budapest. Una madre.

Si no ha recibido una citación, un hermano más joven que yo.

—Se mordió las mejillas para amordazar el llanto que quería salir—.

Si lo han destinado a un batallón disciplinario en la frontera, quizá se encuentre entre los primeros transportes a Auschwitz.

Tal vez lo llamaron pronto y, como mi padre, hace tiempo que dejó de existir.

Clavó ambos codos en la mesa de manera que el cuerpo, trémulo, casi rozaba el de Rudi.

—Mi compañera y yo vinimos desde el Mandato para luchar por nuestro pueblo.

Podemos comunicarnos por radio con el Ejército Británico.

Transmitir la totalidad del informe es imposible, pero les haremos conocedores de su existencia, de los métodos de ejecución y del número estimado de víctimas.

Eso para empezar. Después, encontraremos la manera de mandarles una copia física del mismo a los aliados.

—Se inclinó más hacia él—. Ahora sabes cuánto me urge a mí, en lo personal, que estos crímenes se conozcan.

Podría detener la deportación, al menos, de mi madre.

Y de mi hermano también, si continúa con vida y en Budapest.

Siguió un silencio largo y oscuro. El rostro frente a él, impasible, no dio signos de conmoverse ni ante la confesión ni ante la proximidad a otra persona. Con la voz clara, estéril, que lo caracterizaba, siseó:

—Walter Rosenberg. Ese es mi nombre de nacimiento. Según me han contado, Rudolf Vrba era un vecino de Eslovaquia cuyo certificado de defunción nunca se firmó. Ahora vivo con su nombre. Quizá en Auschwitz alguien muera con el mío.