Capítulo III
III
—¿Puedo hablar contigo un momento?
El secretario Mirosłav abordó a Jonatán mientras comían, entre las tazas de sucedáneo de café y un azúcar que, más que endulzar, mantenía alta la moral.
A pesar de los papeles falsos, bastante buenos, que les había conseguido el Hashomer Hatzair y que les permitían desplazarse por el pueblo, Dinah y Jonatán carecían de cartillas de racionamiento.
El sustento del grupo lo repartían entre todos, como Bloomsbury y los partisanos hacían en la montaña.
El hambre se burlaba con cigarrillos, cada vez de peor calidad, y el sentimiento comunitario que nacía entre camaradas.
Jonatán se volvió hacia Mirosłav, que tomaba asiento frente a él. En deferencia a esa solidaridad, le entregó el pitillo que acababa de liar.
—Tú dirás —repuso, mientras se preparaba otro para sí mismo.
Mirosłav echó un vistazo en derredor antes de responder, costumbre adquirida en las operaciones clandestinas que no lo abandonaba siquiera entonces, cuando estaban los dos solos en la cocina del piso que habían conseguido para los paracaidistas.
Siguiendo la misma lógica, se inclinó más hacia su compañero y le habló en voz muy baja.
—Se trata de un tema de máxima importancia que comparto contigo no en nombre del consejo, sino como jalutz .
Jonatán, a su vez, se acercó más a él. En la intimidad de la cama compartida y también en las montañas, cuando se reunían con Bloomsbury para intercambiar información, Dinah y él se lamentaban de la actitud del consejo, cuya reticencia a la resistencia armada los había empujado a colaborar con organizaciones clandestinas como el Hashomer Hatzair.
El alzamiento, sabían, era cuestión de meses.
—Un vecino, un hombre de mi total confianza, está alojando en su casa, bajo identidades falsas, a dos refugiados que nos envía el Consejo Judío de Bratislava.
Jonatán estrechó los ojos.
—Acabas de decirme que no vienes en nombre del consejo, sino como jalutz .
—Precisamente. Estos dos refugiados de los que te hablo son de aquí, eslovacos, pero han cruzado la frontera desde Polonia.
—¿Polonia?
—Auschwitz. Un campo de exterminio.
Jonatán se detuvo en mitad de una inspiración. Notaba la ropa muy cerca de la piel, una capa más de la que no podía deshacerse; el sudor frío le adhería la camisa a la espalda.
—Ambos trabajaban en la administración del campo, donde adquirieron información privilegiada que otros prisioneros no habrían podido obtener —prosiguió Mirosłav—.
Sus experiencias allí y su escape han sido verificados por varios miembros del Consejo de Bratislava.
Es más, ambos han escrito un informe que detalla los crímenes cometidos en los campos y…
y las subsecuentes masacres que los alemanes planean.
Según he podido comprobar, se ha entregado una copia del informe al Consejo Judío de Budapest. No sé qué gestiones…
, qué negociaciones están haciendo ahí, pero yo creo que no podemos esperar.
En el campo ya están empezando a deportar a la gente…
Jonatán lo hizo callar alzando una mano.
Él también había oído aquellos rumores, confirmados por los pocos que habían logrado huir y cruzar la frontera.
Las ojeras que le acartonaban la mirada daban testimonio de la desazón que lo devoraba por dentro y de la culpa, ardiente como una llama, de la que no podía desprenderse.
—¿Cuánto tiempo hace que se remitió el informe a Budapest?
Mirosłav bajó los párpados. Un instante de congoja, de desesperación.
—Según Boby, el vecino del que te hablo, los refugiados ya llevan en su casa dos semanas.
—¡Dos semanas! —bramó Jonatán, y golpeó la mesa como signo de exclamación—.
¿Cómo que dos semanas? ¿Pero tú te das cuenta de la de transportes…
, la de vidas humanas que hemos condenado en esas dos semanas?
¿Por qué no se nos ha puesto al corriente de inmediato?
Podríamos… —Bajó la voz—. Podríamos haber informado a los británicos en el tiempo que llevamos mano sobre mano. ¡Me cago en la puta, Mirosłav!
—Estoy de acuerdo contigo, ¿entiendes? Estoy de acuerdo contigo —jadeó el secretario, tras intentar en vano meter baza e interrumpirlo—.
No sé por qué no os han dicho nada. Ni yo mismo he estado enterado hasta ahora y por eso, porque sé que el informe es cierto y urge que se difunda entre los aliados, he venido aquí.
Jonatán no dijo nada. Todo su cuerpo se echó hacia delante, en posición de oración, cubrió los ojos con los dedos, impregnados del olor a nicotina, y se forzó a creer que ese era el motivo del picor ardiente que lo invadía.
—¿Puedes conseguirme una copia de ese informe? —le preguntó a Mirosłav, tras recobrar el aliento.
El joven lo miró por encima de las gafas estilo Quevedo.
—Puedo hacer algo mejor: os llevaré a Dinah y a ti con los refugiados.
«He de mostrarte algo», le había dicho De Muguiro.
«He de mostrarte algo», como un maestro que guía al alumno en la oscuridad.
Lo que Sanz Briz vio con sus propios ojos era una serie de inmuebles desperdigados por la capital.
En ellos, centenares de muchachos judíos, huérfanos, aguardaban el destino que la vida se empeñaba en ponerles delante.
Les entregaron pan y mermelada (mermelada auténtica, no aquella mezcolanza a base de pulpa de raíz de remolacha que ya habían apodado «mermelada de Hitler»).
El consuelo de que existía una mano amiga tendida hacia ellos también, a falta, de momento, de una fuente de esperanza más tangible.
En aquellos rostros cerosos y amarillentos, de ojazos enormes y mejillas que se hundían por el hambre que ya empezaba a causar el racionamiento, Sanz Briz solo veía a sus hijos; a Adelita, cuyas fotografías atestiguaban lo mucho que había cambiado en su ausencia, y al bebé que Adela llevaba en su vientre.
—En la escuela tuve un profesor de religión al que apreciaba mucho —le dijo a su superior más adelante, en la privacidad del despacho de la legación—. Decía que las personas somos la respuesta a las oraciones de los demás.
De Muguiro asintió quedo, con las pupilas fijas en sus propias manos, y no en Sanz Briz.
—Esa es también mi opinión. Llevo días enzarzado en negociaciones…
, quebrándome la cabeza por esos muchachos que no tienen a nadie que vele por ellos…
En vista de que el coste monetario y la logística correrían a cargo de la Comunidad de Israelitas de Tánger y de la Cruz Roja Internacional, he conseguido autorización de Madrid para su desplazamiento al protectorado.
Ahora falta la pieza clave del rompecabezas, el visto bueno del gobierno húngaro, y eso es harina de otro costal.
—¿Un hueso duro de roer?
De Muguiro emitió un suspiro asmático, fatigoso, semejante al sonido de un acordeón.
—Es una cosa terrible. En toda mi carrera diplomática…
jamás, hasta ahora, temí perder los estribos y la compostura.
La situación es insostenible, Ángel. El anónimo que recibimos no puede desestimarse.
Las conversaciones que he mantenido con el señor Komoly y las reuniones de embajadas neutrales que lideran monsignore Rotta y don Carl Lutz tampoco son alentadoras.
Estoy siendo tajante en mis despachos a Madrid, pero, que esto quede entre tú y yo, mucho me temo que el gobierno húngaro también está informando a España sobre mí.
Ángel se echó hacia atrás en la silla de manera instintiva. Por primera vez en los años que llevaba en Budapest percibía a simple vista el peso de los años en la tez olivácea de su superior.
—¿Por qué piensa usted eso? Si lleva al timón de la embajada desde hace años, y con un tesón encomiable.
De Muguiro ladeó la mano.
—Intuición de lobo viejo, supongo…, el trato frío con el que me reciben en los ministerios…
, nuestra embajada carece del poder de la suiza o de la influencia de la Santa Sede.
Los húngaros, que nos consideran un país afín, se están tomando nuestra actitud moderada tras la ocupación como un desplante.
Por eso quería que vieses la situación en la que se encuentran esos huérfanos y que estuvieses plenamente al tanto de mis negociaciones con la Comunidad Israelita de Tánger.
En el caso de que me quiten de en medio…
—No piense usted eso, don Miguel Ángel.
El hombre, que trataba de calmarse haciendo girar los pulgares sobre sí mismos, negó con la cabeza.
—No puedo evitarlo. Me preocupa lo ardua que pueda ser la tarea que nos queda por delante, pero no la posibilidad de tener que cederte el testigo. ¿En qué mejores manos estaría la legación que en las tuyas?
Sanz Briz esbozó una sonrisa casi fantasmal.
—En las suyas. Pero no se preocupe, si, Dios no lo quiera, sus temores se cumplen, continuaré con la labor que usted ha empezado.
—De eso no me cabe ninguna duda. Llevo días dándole vueltas al decreto de Primo de Rivera. Don Carl Lutz está empezando a extender pasaportes y cartas de protección no solo a personas particulares, sino a familias enteras. Tal es la necesidad.
Una arruga muy fina se dibujó en el entrecejo de Sanz Briz.
—¿Cree usted que deberíamos pedir autorización a Madrid para hacer lo mismo?
—Quizá en el futuro. Primero quiero solucionar el asunto de esos muchachos que han de emigrar al protectorado.
Después, garantizar la protección de Farkas, de madame Tournée y de sus respectivas familias.
Pero si los crímenes que denunciaba el anónimo son ciertos y se extienden también a la capital…
, nuestro deber cristiano y humano es actuar.