El silencio de los justos Capítulo II
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Capítulo II

II

En la biblioteca del piso de la plaza Batthyány, Jonatán había dejado un espacio cada vez más vacío con la forma exacta de su cuerpo.

A Ádám, la ausencia de su mejor amigo le escocía; tan tangible era que casi sentía su tacto en el hombro y no lograba ignorarla ni con la música de la radio ni jugueteando con la pipa apagada.

A pesar de la compañía que le brindaban les trois mousquetaires y de las noticias de Iván Boldizsár que le llegaban a cuentagotas, se sentía solo.

Decepcionado y abrumado por su propia existencia, solo hallaba cierta satisfacción en la ayuda que prestaba a los jalutzim .

El sentimiento de culpa, que no lo abandonaba jamás, lo carcomía por dentro.

Mientras aguardaba a Sándor, se entretenía haciendo girar la bola del mundo, que no consultaba desde los lejanos años del instituto.

Las yemas de sus dedos acariciaban, distraídas, la frontera entre Hungría y Eslovaquia; como obedeciendo las órdenes de un director de orquesta firme y severo, se detuvieron en los puntos vulnerables, peor vigilados, que dictaminaban el éxito del tiyul .

Desde el estante, la mirada gris de aquel par de ojos que conocía tan bien daba la impresión de querer recriminarle algo, no sabía qué.

Se irguió al escuchar el ruidito metálico de las llaves y el crujido de la puerta principal al abrirse.

Sus actividades clandestinas habían agudizado el talento adquirido en el ejército de reconocer de inmediato y a oscuras a alguien solo por la cadencia de sus pasos.

Por eso, se dirigió a Sándor antes aun de ver su figura, que también le traía recuerdos agridulces, en el umbral.

—Te esperaba —le dijo, y dada la familiaridad que había entre ambos no le ofreció nada, sino que le sirvió directamente una taza de té negro—. ¿Alguna novedad?

—Rumores de todo tipo, sí —respondió Sándor, al cerrar la puerta tras de sí—. Pero no, no hay nada importante que comunicar.

Tomó asiento frente a Ádám, quien ya le tendía el documento que hasta ese momento había reposado bajo la lámpara de escritorio.

—Sobre el papel, todo está dispuesto para que tu madre y tú os mudéis aquí —explicaba el anfitrión—. Yo seré el casero y, vosotros, los inquilinos. Estaréis más seguros que en Pest.

Semanas atrás, se había publicado un decreto que legalizaba la posibilidad de reubicar a la población judía de la capital.

Solo los neuróticos y los que habían oído suficientes rumores, como ellos, desestimaban las explicaciones del Consejo Judío.

Nadie tenía estómago para creer en la posibilidad de la deportación o de la creación de guetos.

Siguiendo la lógica de sus enemigos, Ádám suponía que, en caso de redadas, las primeras víctimas pertenecerían al proletariado judío de Csikágó.

Las citaciones se extenderían, después, de distrito a distrito, como había ocurrido con los llamamientos a trabajos forzados.

Debido a su ubicación, intuía que la plaza Bethlen Gábor no tardaría en convertirse en un objetivo.

El piso de Buda, al otro lado del Danubio, les otorgaría, al menos, algo de tiempo.

—¿Mandaste la carta a la embajada?

Ádám, que daba un sorbo a su bebida, asintió con la cabeza.

—Hace un par de días que Richárd se reunió con un tal Komoly —prosiguió Sándor—. Para ser miembro del consejo, el cabrón parece decente. Por lo visto está empezando a hacer presión a las embajadas neutrales.

—¿Uno calvo y ancho de hombros, no muy alto?

—No lo sé. No me implico tanto con el grupo como para asistir a ese tipo de reuniones.

Ádám lo señaló con la cucharita.

—Bien.

—¿Por qué lo preguntas?

—Vi entrar a un tipo así en la embajada esta mañana. Tardó bastante en salir.

Las cejas de Sándor temblaron.

—¿Viste? ¿Cómo que viste?

Ádám le sonrió.

—Hay una barbería estupenda en la esquina entre las calles Andrássy y Eötvös. El mejor afeitado que me han hecho nunca. Casualmente, desde las ventanas se ve muy bien el edificio de la legación.

Sándor torció la boca en una mueca a medio camino entre la sorna y la aprobación.

—¿Por qué no entregaste la nota en persona? El secretario de la embajada es tu vecino y conoce a tu familia muy bien. Escondió a la prima de tu madre durante algún tiempo, ¿no?

—Ajá. ¿Cómo crees que iba a explicarle que un hombre como yo tenga acceso al tipo de información que me proporcionasteis?

Sándor musitó algo entre dientes, casi masticando el significado de unas palabras que no se atrevía a formular en voz más alta.

—¿Y eso qué importa?

—Importa y mucho. La embajada de España tiene una carta muy buena en su baraja: nuestro gobierno admira y respeta al suyo.

Al mismo tiempo, debido a su antigua alianza, es menos probable que actúe en contra de los alemanes.

Cada paso que dé debe contar con la autorización previa de Madrid, y no sé el miedo que les da la derrota del Eje.

No voy a poner en riesgo la confianza que los diplomáticos depositan en mí pidiéndoles a bocajarro que tomen medidas que podrían ir en contra de las órdenes de su gobierno.

Sándor estrechó los ojos.

—Tenemos razones para creer que están empezando a deportar a los judíos del campo. Tú mismo redactaste la carta.

—Sí, en nuestro idioma, una lengua que ni el secretario ni el encargado de negocios hablan.

Para traducirla, necesitarían la ayuda de sus empleados húngaros, que se da el caso de que son judíos.

Los diplomáticos oyeron las noticias de boca de alguien a quien aprecian, a quien conocen desde hace años, alguien que en unas semanas o en unos meses se enfrentará a ese mismo destino si nadie hace nada.

—La mano con la que sujetaba la cucharilla osciló antes de posarla en el platito—.

Son buenas personas a pesar del gobierno al que representan.

No actuarán por política, sino por piedad.

Yo puedo conmoverlos relatándoles lo que vi en el frente, pero no con esto.

—¿Y si no hacen nada? Ya han pasado dos días desde que escribiste la carta.

—Ten paciencia.

—¡¿Con qué tiempo, si se nos agota?!

Azotado de golpe por la gravedad de su situación, se llevó ambas manos a las sienes y, antes de que Ádám se le adelantase, agregó:

—Te estás jugando el pellejo por nosotros y yo te lo agradezco, de verdad, pero es mi pueblo el que están masacrando. —Se golpeó el pecho—. ¡ Mi pueblo! Y me pides que sea paciente cuando tú no lo fuiste para sacar a mi hermano de Hungría.

Ádám separó los labios, pero Sándor fue más rápido de nuevo.

—Te lo agradezco mucho y nunca te lo podré pagar, pero a veces…

—dijo—, a veces me da la impresión de que estás jugando a los clandestinos igual que Jonatán está en el Mandato jugando a los pioneros.

Y los que nos quedamos aquí… —Dejó caer el índice sobre la mesa, con violencia—.

Los que nos quedamos aquí somos los que estamos con el fango hasta las rodillas.

Ádám inspiró. Había hecho amago de levantarse tras la mención a Jonatán, pero ese movimiento instintivo, brusco, quedó reducido al manotazo que le propinó al bastón, que con un ruido sordo cayó al suelo.

Al alzar el mentón para dirigirse a Sándor, sus ojos refulgían casi rojizos, con el ardor colérico de las grandes pinturas.

—Sé justo —repuso, gélido.

—No tengo el privilegio de serlo.

—Debemos actuar con inteligencia —insistió Ádám, tras otra exhalación, como un nadador enfrentado a aguas turbulentas—.

Cualquier paso en falso puede condenarnos.

No me perdonaría verme obligado a deshacer el camino andado por haberme enardecido.

Tu madre y tú estaréis más seguros aquí, eso es lo importante.

Sé de buena tinta que el encargado de negocios de la legación española se está quejando a su gobierno de la situación.

Por lo que parece, además de haber recibido la carta, ha entablado conversaciones con un representante del consejo.

Y no un representante cualquiera, sino uno que cuenta con la rara aprobación de Richárd, que no es poca cosa. Sé que lo que te pido es difícil…

Alterado, Sándor se separó de la mesa. Sin preocuparse por el ruido penetrante que hizo la silla al apartarse ni por el respingo que dio su interlocutor ante el latigazo de dolor, precisó:

—Es imposible. No estamos hablando de salvarnos a mí o a mi madre o a Richárd.

Estamos hablando de los desconocidos, de los que no nos son nada, de aquellos a los que, si las informaciones son ciertas, están deportando y masacrando en las provincias.

¿Cómo podemos tener paciencia cuando un día, un solo día, podría marcar la diferencia entre quién vive y quién muere?