El silencio de los justos Capítulo I
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Capítulo I

I

Miguel Ángel de Muguiro,

encargado de negocios de la embajada de España en Budapest

Al ministro de Asuntos Exteriores Jordana

Budapest, 22 de mayo de 1944

ASUNTO: Sobre el trato cruel a los judíos en Hungría.

Les hago llegar la carta que adjunto a continuación, que hemos recibido directamente en la cancillería a través de un «húngaro cristiano», en la que se detallan el tratamiento cruel y los constantes saqueos a los que se ve sometida la población israelita del país.

En deferencia a la naturaleza urgente de los atropellos que describe, les ruego no desestimen el contenido expreso en esta misiva.

A pesar de la identidad anónima del autor, les aseguro que cada punto coincide con los rumores que han llegado a esta legación, tanto de boca de la propia comunidad judía como a través de medios diplomáticos.

En Kassa se convocó a los judíos a una reunión y, después de despojarlos de cuanto tenían, fueron aposentados en un horno de ladrillería.

Allí tienen encerrados desde varios niños pequeños hasta ancianos de noventa años.

Poco a poco se les está trasladando a vagones de carga, hacia Polonia, con toda probabilidad para matarlos.

En Ungvár y en Munkács ocurre lo mismo. Se les ha constreñido a vivir alojados también en el mismo tipo de hornos ladrilleros.

Como alimentación reciben cincuenta gramos de pan y tres decilitros de agua por día.

Los habitantes del gueto acuden con sus quejas a los cristianos en busca de artículos de primera necesidad.

En Nagyvárad, exactamente lo mismo. En Kolozsvár se les obliga a vivir a la intemperie.

En Nagykanizsa y en Topolya también se les embarca en vagones cerrados con destino a la muerte en Polonia.

Es imposible describir los horrores a los que se les somete.

En el gueto de Újpest se les destinan dos metros cuadrados de espacio por persona.

Todo esto es demasiado terrible para nosotros, los cristianos.

¿Para qué sirve la Cruz Roja, si no puede evitar todos estos horrores?

¿Por qué no protestan contra este estado de cosas los gobiernos de los países neutrales civilizados?

¿Dónde queda la cultura del cristianismo? ¿Y el amor a Cristo?

Ustedes saben muy bien que el gobierno actual se ha vendido al maligno, y estas cosas no deberían ocurrir sin suscitar protestas.

Levanto mi voz para defender la honradez de la nación contra todas estas persecuciones y me dirijo a ustedes para que tengan a bien presentar su protesta por todo lo que está pasando.

Un hombre particular y cristiano

Les ruego excusen el tono apasionado de la carta, sin duda fruto de la consternación por los crímenes denunciados.

Reitero que, cuanto enumera, ha llegado también a nuestros oídos, en mayor o menor medida, a través de otras fuentes.

El rumor público sobre la suerte que espera a los judíos en caso de deportación es, ciertamente, poco alentador.

A los hechos me remito al declarar que este país, hasta ahora tan ponderado, está atravesando una verdadera crisis de crueldad.

La nota, manuscrita, les había llegado hacía dos días.

Debido al idioma en el que estaba redactada, el húngaro, habían tenido que recurrir al abogado Zoltán Farkas para que la tradujera.

La demora al remitirla a Madrid no residía en ese pequeño trámite ni tampoco en los siguientes, destinados a corroborar al menos la plausibilidad de aquellos datos bárbaros, sino en el dolor.

Tanto él como Sanz Briz lo habían percibido en el rostro de su empleado, bajo la máscara de serenidad noble que siempre lucía.

Farkas tenía un niño pequeño, apenas unos meses mayor que Adelita; católico, como su madre, y como él mismo tras su conversión, pero, testigo de la persecución del pueblo en cuya cuna había nacido, su fe flaqueaba.

¿Sería suficiente? Ante la masacre en ciernes que los acechaba, ¿arrojarían también su cuerpo a la pira?

En el silencio trémulo, en los minutos que el abogado se permitió antes de entregarles la traducción pasada a máquina, De Muguiro leyó un significado más profundo.

Él no contaba solo con la protección que le brindaban su matrimonio y la fe de bautismo obtenida décadas atrás, sino también con la que le conferían su trabajo en la legación y la amistad con los diplomáticos.

¿Quién pelearía por los que carecían de tales privilegios, y quién salvaguardaría sus vidas, tan valiosas e irremplazables como la suya propia?

Con esa pregunta muda aún latiéndole en el pecho, De Muguiro se levantó, tomó el informe y lo dejó en la mesa de madame Tournée para su envío urgente.

—Mantenga mi agenda cerrada el resto del día, por favor —le indicó—, y remita a don Ángel cualquier asunto que no pueda posponerse. Tengo una reunión con el señor Ottó Komoly, el representante del Consejo Judío, y mucho que temo que pueda alargarse.

La canciller apenas alzó la mirada del teclado. Sus ojos claros centellearon tras las gafas de montura fina, pero no dijo nada. Se limitó a asentir con un gesto también comedido, y a dirigirle a De Muguiro una parca sonrisa.

—Por supuesto, don Miguel Ángel. Quédese tranquilo, que no se le molestará.

—Muchas gracias, madame.

Permaneció en el umbral un momento más. En la estricta jerarquía diplomática, él, como miembro de mayor veteranía, no habría tenido más que llamarla para que ella acudiese a su despacho y tomase el informe.

Había obrado de otro modo, desoyendo aquella etiqueta que en tan raras ocasiones abandonaba, con la excusa de estirar las piernas y aprovechar ese poco ejercicio para poner sus ideas en orden.

En el momento en que se hallaba cara a cara con aquella mujer discreta, de cuya vida personal tan poco conocía a pesar de los años de colaboración estrecha, se sorprendió a sí mismo deseando preguntarle por ella, por su hijo Gaston y por la manera en que las nuevas medidas los afectaban.

No pronunció palabra. Hacerlo le habría parecido un ejercicio casi egoísta, el equivalente a hundir el dedo en la llaga para comprobar, por su propia tranquilidad, que la herida no resultaba tan grave como temía. En su lugar, y antes de excusarse, sentenció:

—Su hijo es un conductor competente. ¿No es así, madame?

La mujer, desarmada por lo inesperado de la pregunta, tomó aire antes de contestar.

—En efecto, don Miguel Ángel.

—En vista de la situación en que nos encontramos y del incremento de la actividad diplomática que esta conlleva, don Ángel y yo precisaremos los servicios de otro chófer en la legación.

Preferiría tener la tranquilidad de que la persona elegida sea alguien de total confianza.

¿Cree que a su hijo le interesaría la oferta que le hago?

La sonrisa de madame Tournée, que había menguado con la incertidumbre, creció de nuevo.

—No me cabe ninguna duda. Hablaré con él esta noche y, si usted no tiene inconveniente, se incorporará a su puesto esta misma semana. Es un muchacho estupendo, ya verá, a pesar de su juventud.

—Con que haya heredado solo la mitad de sus virtudes ya me doy por satisfecho. No la entretengo más, madame. En cuanto llegue, haga usted el favor de acompañar al señor Komoly a mi despacho.

—No guarde cuidado, don Miguel Ángel. Y gracias a usted, de verdad, por todo.

Al abrigo de la intimidad, De Muguiro se encendió uno de los cigarrillos que aún le quedaban de España.

Una decisión melancólica, cargada de significado, que había tomado no por preferencia, sino por añoranza.

Se imaginó que su esposa, con la que casi nunca trataba asuntos de trabajo, estaba allí y lo apaciguaba con sus caricias; que paseaban por aquellas avenidas que un día habían admirado por la elegancia del viejo mundo que desprendían, en los tiempos ya muertos en los que ella figuraba en las páginas de sociedad como la dama mejor vestida de las veladas a las que lo acompañaba.

Aquella paz, que se disipaba como el humo del tabaco, jamás regresaría.

En su fuero interno, De Muguiro sabía que Komoly llegaría con noticias tan espeluznantes como aquellas a las que hacía referencia el anónimo.

Con el representante del Consejo Judío había coincidido en una única ocasión, a través del círculo de embajadores neutrales con el que pasaba cada vez más tiempo.

No muy alto, de cabello ralo, tez bronceada y complexión algo gruesa, Ottó Komoly inspiraba cierta confianza ilustre debido a la limpieza de su mirada y a la expresión bonachona de los labios; esta primera impresión se veía afianzada por el modo pausado, casi comedido, en el que hablaba.

Bajo el mayor secretismo, Ottó Komoly lo había puesto al corriente de la existencia de quinientos niños judíos cuya emigración, quizá al Tánger español, si su gobierno y él lo consentían, apremiaba.

Huérfanos presentes o futuros, pues sus padres habían sido seleccionados para las deportaciones que habían comenzado en las provincias la semana anterior, no tenían a nadie en el mundo que velase por ellos.

En la reunión prevista, con toda probabilidad, le brindarían más información sobre tan penoso caso.

Apoyó el cigarrillo en el cenicero de mármol.

Al otro lado de la ventana, en la calle cicatrizada por los bombardeos, ya divisaba la figura compacta de Komoly, distinguida a pesar de la estrella amarilla que llevaba cosida a la gabardina.

Se preparó para el que sería un encuentro ceniciento.

Antes de que acabase el mes, el Ministerio de Asuntos Exteriores les remitiría la solicitud de auxilio de la comunidad israelita de Tánger, que se prestaba a intercambiar a los menores por adultos judíos residentes en el protectorado y a correr con los gastos de esa gestión.

La Cruz Roja Internacional, con la que el propio Komoly cooperaba, se haría cargo del traslado, previa autorización de Madrid y del gobierno húngaro.