Capítulo XVIII
XVIII
Ádám Farkas de Batthyány, hijo pródigo, retomó el viejo hábito de la misa semanal antes de que abril llegase a su fin.
Ni la Pasión de la Semana Santa lo había conmovido ni los bombardeos, que llegaban certeros a las diez de la mañana y las nueve de la noche, le habían hecho temer a Dios.
El motivo de su reconversión, mucho más humano, radicaba en los dos diplomáticos españoles, caras habituales de la congregación de monsignore Angelo Rotta.
Confiaba en ellos aunque no lo hiciese en el gobierno al que representaban; esa fe se remontaba a la conversación que habían tenido los tres en enero, pero también le venía de segunda mano, a través de las relaciones más estrechas que tanto su padre como su hermana mantenían con ambos.
A pesar de ello, aunque los hubiese citado a puerta cerrada, con el secretismo que el tema exigía, habría sido incapaz de comunicarles todo lo que sabía acerca de la precaria situación de los judíos sin comprometer a Sándor Rozenfeld, a Richárd Friedl y al Hashomer Hatzair.
Ni el uniforme que portaba ni los lazos que aún lo unían con el ejército podían explicar la información de que disponía, que distaba de la que difundía el Consejo Judío.
Cada domingo entraba en la iglesia, se sentaba junto a su familia en un banco próximo a los españoles y se metía lo mejor que podía en el papel.
Dios era el camino, la verdad y la vida; Ádám, tan ateo como lo había sido en las noches más crudas del Don, sabía que Él suponía la vía más directa para estremecer a De Muguiro y a Sanz Briz.
Por las tardes, compartía la misma mesa del Centrál o el Kis-Gerbeaud de les trois mousquetaires (como había acabado apodando al trío formado por Erika, Pál Széchenyi y János Messik).
Por las noches, redactaba el borrador de una carta anónima que, llegado el momento, enviaría a la embajada española para detallar la tragedia que se cernía sobre los judíos de Hungría.
A Jonatán le escribía constantemente. Cartas larguísimas, que jamás pasarían la criba del censor, ya que no habría podido resumir en las veinticinco líneas que admitía la Cruz Roja ni aunque se pasase la noche en vela corrigiéndolas.
Cartas que se tragaban las llamas cuando la tinta estaba aún fresca, que garabateaba en el dorso de albaranes viejos y de facturas vencidas para burlar el racionamiento de papel.
Hacía meses que ni los Rozenfeld ni él recibían noticias de su amigo más querido.
Había desaparecido en la niebla como Petőfi. [36]
En algún lugar de la frontera polaco- eslovaca,
25 de abril de 1944
Caminaron durante días, siguiendo el cauce del río y las indicaciones del mapa.
Avanzaban al abrigo de la noche, para que la penumbra ocultase sus cabezas rapadas y los huesos que se adivinaban, finísimos, bajo los trajes holandeses que los camaradas les habían conseguido.
Hasta que las agotaron, su sustento habían sido las reservas de pan que habían apartado, con extrema diligencia, en Auschwitz.
Entonces, y solo entonces, se atrevieron a pedir ayuda a los lugareños que se encontraron durante la penosa travesía.
Quizá el hambre reconocía al hambre y la solidaridad de quienes menos tienen les había salvado la vida.
O, quizá, existía pese a todo cierta deidad que los observaba y, con su mano, apartaba todas las trampas: los colaboradores, la debilidad que arrastraban desde el campo, las balas de los gendarmes que los habían divisado el sexto día.
Aun así, ellos no podían creer en la providencia, hacerlo habría supuesto admitir que aquellos ojos que velaban por ellos habían presenciado también, impasibles, las torturas y los crematorios del lager .
—¿Veis ese bosque ahí enfrente? —les dijo su guía—. Es Eslovaquia. Los alemanes patrullan esta zona cada tres horas. Por la cuenta que os trae, esperad hasta que veáis al siguiente grupo. Solo entonces tendréis la oportunidad de cruzar la frontera sin que os descubran.
La arbitrariedad del destino, por una vez, había sido amable con ellos.
Tras huir de los gendarmes, habían ido a parar a la cabaña de un viejo matrimonio de campesinos con más dignidad que miedo.
Los habían alimentado y alojado mientras recuperaban fuerzas.
Las zapatillas que Walter Rosenberg calzaba se las había entregado el marido, pues los pies se le habían hinchado hasta el punto de impedirle calzar las botas.
Como última muestra de humanidad, el polaco los acompañó, a través de la espesa vegetación, hasta el punto exacto en el que se encontraban. A cincuenta metros de distancia los esperaba la patria que no pisaban en años.
—Muchas gracias —tanteó Fredo, que le tendió la mano para que se la estrechase—. No existen las palabras para agradecer lo que has hecho por nosotros.
—No hay necesidad de pronunciarlas, entonces —terció el viejo—. Me conformo con haberos sido de ayuda. —Dejó caer con fuerza la palma sobre el hombro de Walter—. ¡A ver si aguantan las zapatillas!
Apartó la mano, y su tacto permaneció en la piel del joven unos instantes más, como un fantasma.
Sin ánimo de alargar la inevitable despedida, desapareció entre los mismos árboles que los habían protegido durante la caminata.
Luego los fugados se agazaparon tras los arbustos y aguardaron.
Contaron en silencio, más por nostalgia o costumbre que por necesidad, hasta que percibieron las regias figuras de la patrulla alemana.
Una procesión firme, pintada en tonos de negro y gris.
Cuando desaparecieron, y el eco de sus pisadas se perdió en la enormidad del bosque, Walter y Fredo corrieron en dirección a Eslovaquia.
La gran huida, plasmada en cincuenta metros.
Setenta pasos o sesenta zancadas. El equivalente, en el juego de niños, al último esfuerzo en el pillapilla, cuando la mano se extiende hasta rozar la «casa», el lugar seguro.
Eslovaquia. A simple vista, nada había cambiado.
El firmamento sobre ellos era el mismo de siempre, un manto infinito, recortado por las copas oscuras de los abetos; la hierba, perlada de rocío, se aplastaba de idéntica manera bajo sus pies, e incluso los sonidos y el piar de los pájaros eran gemelos a los que habían encontrado al otro lado.
Para ellos, sin embargo, solo existían dos libertades: la que experimentaron al salir de su escondrijo en Auschwitz y aquella.
Se abrazaron, durante un momento efímero, conscientes de que su misión aún estaba incompleta.
Debían ponerse en contacto con los miembros de la resistencia judía y los líderes del consejo, mirarlos a los ojos y obligarlos a creer que lo que les decían era verdad: solo había dos destinos para los deportados, los barracones de trabajos forzados o las cámaras de gas, y el primero bien podía ser antesala del segundo.