Capítulo XVII
XVII
En la penumbra en la que llevaban sumidos tres días enteros, Walter y Fredo vieron flotar, como fantasmas, la escena que sucedía al otro lado y que, a fuerza de imaginarla, podían reproducir sin problemas en su mente.
Oficialmente libres, los fugados buscaron asilo en la quietud un instante trémulo más.
—¿Y si esperamos un poquito? —le susurró Walter a su camarada—. Podría ser una trampa. Podrían estar esperándonos.
Tres días con sus tres noches en los que no se habían llevado alimento a la boca; las lenguas, resecas, no habían catado otra fuente de hidratación que no fuese el mismo rocío que les atería los huesos a través de las prendas empapadas.
288.000 segundos sin más compañía que la del otro, sin más palabras que las pocas que se atrevían a susurrar en momentos de caos, al estilo seco y monótono del campo.
El aislamiento había alimentado sus sospechas y sus pavores más profundos.
Aguardaron. Las seis y media se convirtieron en las siete, las ocho. A las nueve, sin haber pronunciado una sola sílaba, pues ya podían adelantarse a los movimientos y los pensamientos del camarada, se irguieron.
Gimiendo, gruñendo, sudando, aquellos dos cuerpos desnutridos, a los que habían castigado hasta casi alcanzar la extenuación, exprimieron la última gota de vigor que les quedaba.
Con el peso conjunto de los dos empujaron los tablones, que, como dioses pícaros, se deslizaron milímetro a milímetro, como si también debieran hacer un esfuerzo hercúleo.
Un segundo parto traumático. Walter y Fredo regresaban a la vida que los había desechado empapados y enrojecidos. Los ojos, ardientes y febriles, se alzaban hacia la negrura de aquel firmamento sin luna de principios de la primavera.
Aprovecharon los pasos iniciales, vagos, para despertar las piernas que hormigueaban debido al repentino flujo sanguíneo que las recorría tras aquella prolongada postración.
Se alejaron unos metros, casi dubitativos, borrachos de la libertad que gracias a la solidaridad y el coraje habían alcanzado.
Se dieron la vuelta. La metrópolis de la muerte no había logrado despojarlos de la esencia de su ser.
Al igual que la mujer de Lot desobedeció las órdenes del Señor para contemplar la destrucción de Sodoma, ellos se volvieron para estudiar el lager .
Por primera vez, contemplaban Auschwitz desde fuera, como espectadores ajenos a los tormentos que se llevaban a cabo en el interior.
Los abofeteó aquella belleza terrible: la pálida luz amarillenta de los focos, que bañaba el recinto con un aura de oro.
En los barracones, que su vista no alcanzaba, sus camaradas perecían por inanición, a causa de enfermedades infecciosas o por las secuelas de las palizas recibidas.
Al toque de diana de las cinco, comenzaría el recuento y, con él, el levantamiento deshonroso de los cuerpos de quienes eran incapaces de resistir una sola jornada más.
Un instante nada más. Fredo, temblando de miedo y de frío, tiró de la manga de la chaqueta de Walter.
—Vámonos ya —murmuró en un susurro que apenas él mismo pudo oír—. Recuerda lo que te dijo Vólkov: la verdadera lucha por sobrevivir empieza ahora.
Se agacharon y reptaron por la tierra fangosa. Avanzaron despacio, sin hacer ruido, más allá de las torres de vigilancia, a través del bosque de abedules en el que se escondían las fosas de incineración.
El mapa que habían extraído de los almacenes Kanada , arrancado de un atlas infantil, les guiaría en la huida.
Caminarían durante días en paralelo al río Sola hasta alcanzar su Eslovaquia natal.
Antes, sin embargo, debían salir de una Polonia germanizada que los odiaba; aunque la resistencia interna les había conseguido ropa civil, gruesa y de buena calidad, sus cuerpos escuálidos, descarnados, y sus cabezas rapadas pronto delatarían su origen.
La camaradería y su propio temple los habían arrancado de las garras de Auschwitz.
Para regresar a su hogar, además de los consejos recibidos, el instinto y la solidaridad de los aldeanos, necesitarían el milagro de un dios en el que ya no se permitían creer.
Pero eran libres, aunque fuese por un momento efímero, y eso era lo que importaba.
Budapest, 17 de abril de 1944
Mi queridísima Adela:
Las calles de Budapest están llenas de estrellas amarillas.
Casi parece que no viven más que israelitas en la ciudad.
Cada día se publican nuevas normativas que les conciernen.
Les han quitado los automóviles, las radios, los teléfonos.
Han bloqueado, además, sus cuentas bancarias.
Las familias cristianas que hayan sido afectadas por los bombardeos tienen derecho a ocupar sus viviendas, que los judíos deben abandonar en un periodo de tres horas, en muchas ocasiones dejando gran parte de sus prendas, muebles y otros efectos personales.
Sanz Briz se detuvo en mitad de un pensamiento; para evitar que la tinta atravesase el papel, había apoyado la pluma sobre el platito del café que bebía a sorbos lentos.
Aunque todavía le quedaban reservas suficientes de aquella bebida de la que, como buen español, no podía prescindir, prefería racionarla antes de verse obligado a recurrir al sabor aguado y terroso de la achicoria.
Sus cartas a casa eran cada vez más frecuentes, más desesperadas; le mandaba misivas a su esposa antes de recibir respuesta de la anterior, con la misma celeridad voraz con la que su superior informaba a Madrid (muchas veces, sin contestación alguna) sobre los cambios que se producían en la capital.
La escritura prolífica de Ángel se debía, además de a aquella añoranza que por las noches le pesaba en el pecho como una enfermedad, a los bombardeos continuos que azotaban la capital.
Transcurridos tres meses desde la última vez que había visto a Adela, se sentía más aliviado que nunca por la difícil decisión que ambos habían tomado a principios de año.
Las dolencias de las que su mujer se quejaba, lejos de desaparecer, la acompañarían hasta el otoño.
Con la llegada de los fríos a Madrid, la joven familia aumentaría con un niño o una niña engendrado en aquella ciudad antaño pacífica y en ese momento asolada por los ataques aliados.
La ausencia de Adela y de Adelita lo torturaba más que nunca, en especial cuando se abandonaba a las preocupaciones más oscuras que lo acechaban sin tregua.
¿Dónde estaría él cuando esa criatura llegase al mundo?
¿Tendría la oportunidad de verle la carita, de acunarla y acariciarla como había hecho con su primogénita?
Quizá, cuando al fin la conociera, no lo miraría con la confianza que despierta el padre, sino con el miedo de quien debe acostumbrarse a la presencia de un desconocido.
Encendió un cigarrillo. Con el dorso de la mano, teniendo cuidado de no volcar el tintero, apartó el papel de carta. Temía que la desesperanza que hacía mella en él traspasase aquellas líneas y que Adela, que debía cuidar de su salud más que nunca, se angustiase sin motivo.
En el despacho contiguo, Miguel Ángel de Muguiro terminaba de redactar su último despacho a Madrid. A veces, le parecía que podría pasarse el día entero tecleando, pues los cambios se sucedían con tal velocidad demoniaca que cada informe quedaba obsoleto antes incluso de llegar a su destino.
La destrucción de obras literarias firmadas por judíos ha dado el pistoletazo de salida y a toda prisa se han construido piras para este propósito.
En el taller de una fábrica de cartón, la quema fue presenciada por el señor Koloszvary, secretario del Estado, y otras figuras destacadas del ministerio y de la prensa.
Koloszvary pronunció un corto discurso antes de arrojar a las llamas el primer volumen, que resultó ser un poemario de József Kiss.
Tomó aire. Por una vez, no mantenía la atención fija en los abusos y atropellos de los que daba testimonio, sino en su último encuentro con monsignore Angelo Rotta.
El nuncio, que no había tardado en denunciar la precaria situación de los judíos, en particular la de aquellos que se habían convertido a la fe cristiana y que por su sangre sufrían el mismo destino que el resto de los hebreos, se alzaba como la figura central en torno a la cual se congregaban los diplomáticos de las embajadas neutrales.
En Hungría, país mayormente católico, la suya era una opinión que se temía y se respetaba, pero no se trataba tan solo de eso.
Rotta, pese a ese rictus severo que solo los allegados sabían que no suponía más que una máscara, poseía el coraje suficiente y la determinación necesaria para remar en aquellos mares revueltos en los que se encontraban.
Hasta de caminar sobre las aguas habría sido capaz, de ser preciso.
En estricta confidencialidad, Rotta le había confesado que Carl Lutz, el embajador suizo y uno de los más veteranos en el puesto, había comenzado a expedir cartas de protección para los judíos de Budapest. Familiares, no personales, pues los rumores de una posible oleada de deportaciones se extendían, a pesar de las promesas del gobierno y del propio Consejo Judío.
De Muguiro mordió la patilla de sus gafas de montura fina.
Pensaba en el decreto de Primo de Rivera que le había mentado a Sanz Briz.
Más que recurrir a él sin autorización, en vistas de la tardanza con la que recibía comunicaciones de Madrid, temía los motivos que podrían empujarlo a seguir la estela de su compañero diplomático.