Capítulo XVI
XVI
Auschwitz-Birkenau
La sencilla ironía de su situación los azotó.
¿Iban a bombardear el campo? Su escapada, entonces, se vería truncada, y toda posibilidad de supervivencia individual, aniquilada.
Sin Auschwitz, sin embargo, el objetivo último (la salvación de los judíos húngaros) se cumpliría.
De no haber temido alertar a los guardias con el ruido, Walter casi habría podido soltar una risotada ante la indiferencia del destino.
Las explosiones sonaban cada vez más cerca. Un par de segundos después, un nuevo ruido, más corto, intermitente, los golpeó. Fuego antiaéreo: la respuesta del lager al ataque aliado. Los tablones se sacudían encima de ellos con cada embestida.
—¿Y si aprovechamos para salir? —musitó Walter, en un susurro apenas perceptible—. En mitad del caos ni se les pasará por la cabeza buscarnos.
Fredo, tumbado junto a él, empapado de sudor y rocío, evitó cambiar de postura.
—No —respondió—. Esperemos a la señal acordada. Los guardias no dejan de ser soldados, no lo olvides. El personal de las torres de vigilancia no abandonará sus puestos, con bombas o sin ellas.
Walter tuvo que admitir que su camarada llevaba razón.
Un nuevo pensamiento, tan irónico como el anterior, lo azotó: debía agradecerle a la aviación que causara suficiente alboroto para permitirles, al menos, la comunicación susurrada sin miedo a ser descubiertos.
Tras días de mutismo e inactividad, ese gesto tan humano dejaba un gusto dulcísimo en el paladar.
La residencia de los Rozenfeld en la plaza Bethlen Gábor siempre se erigía ante Ádám como un fantasma del pasado.
En esa ocasión, no lo acongojaron las fotografías que le sonreían desde la chimenea apagada ni los libros que esperaban a su dueño en las estanterías, sino los metros de tela amarilla sobre la mesita.
La señora Rozenfeld (más joven que su madre y también más moderna, en cuyo cabello entrecano aún se distinguían mechones del mismo caoba de Jonatán) la cortaba cuidadosamente con las tijeras de costura.
En la cabecera de la mesa, donde acostumbraba a sentarse el marido, Sándor disponía las estrellas de David recién confeccionadas en dos montañitas.
«Ya ves que hay un nuevo negocio —había dicho la señora Rozenfeld, sin despegar los ojos de la labor—.
Al menos puedo dedicarme a lo mío, y con que algo más de dinero nos entre en casa… ».
La imagen macabra lo transportó sin querer a los años del internado.
Ocurría siempre de la misma manera; desde las sombras en las que habitaba, y sin pedir permiso, Jonatán lo tomaba de la mano y se lo llevaba consigo.
Ádám había codiciado los trajes y las camisas de su amigo; el corte impecable y la calidad de la tela podían apreciarse a simple vista incluso en aquella percha desgarbada.
Su descuido (los faldones que caían sobre los muslos, los botones desabrochados sin orden alguno, las mangas arrugadas y las corbatas anudadas de cualquier manera) despertaba en Ádám un sentimiento fuerte, incómodo, que él asociaba al desdén.
Un día, Jonatán, cansado de escucharlo, le permitió utilizar su ropa, y no hubo vuelta atrás.
Desde entonces Ádám atracaba su armario sin deferencia alguna por las diferencias de altura y constitución; quería demostrarle con el ejemplo el tesoro que poseía y el provecho que podía sacarle si tenía el detalle de ponerse un cinturón o colgar bien las camisas para que no se le arrugasen.
Más adelante, cuando Jonatán ingresó en la universidad y él en la Academia Ludovika, tomó la costumbre de ponerse las prendas que había requisado y aún tenía en su poder.
La sensación era distinta, agradable, difícil de definir.
La tela aún conservaba los olores del internado; en los bolsillos encontraba todavía notitas escritas, recibos olvidados y todo tipo de papelitos que luego devolvía, entre risas, a su dueño.
Tantas horas se había pasado observando a la señora Rozenfeld mientras trabajaba…, y en ese momento aquellas manos elegantes, delgadas, eran artífices del distintivo que los marcaba como al ganado.
—¿Tenéis que pagar por las estrellas? —siseó.
—Y una multa si la que has conseguido es demasiado grande o demasiado pequeña o está torcida… —dijo Sándor—. Por eso las caseras no son recomendables, a no ser que sepas lo que estás haciendo.
—Los nazis no nos regalan el privilegio —terció su madre.
A Ádám lo embriagó una vergüenza pegajosa, pesada, que no podía asociar a nada.
Quizá al hecho de no tener que portar aquella estrella.
Al salir, regresaría a casa sin preocuparse por los toques de queda; si se cansaba, se subiría al tranvía y nadie le reclamaría nada.
Debería haber hecho más en el Don, en la retaguardia, al ser testigo de las vejaciones y los abusos que sufrían los trabajadores forzados, y antes, en casa, también.
Su rango y las amistades de su familia deberían haber sido suficientes para hacerle comprender que la situación de los judíos era la crónica de una muerte anunciada.
Haber salvado a Jonatán y no a los demás se había convertido en una culpa sin posibilidad de expiación.
—El mundo se ha vuelto loco —musitó.
Sándor dejó a un lado el trozo de tela con el que estaban trabajando. Para no tener que mirar a su invitado a la cara, se volvió hacia la jaula de los jilgueros.
— Nuestro mundo, sí —susurró, casi humillado por tener que precisarlo, y les silbó a los pajarillos.
Ádám se quedó callado, como abofeteado, no por el tono seco de Sándor, sino por las circunstancias en las que ambos se hallaban.
Recordó los discos que Jonatán compraba en los puestos ambulantes de los muelles, cómo los ponía a todo volumen mientras estudiaba y cómo su hermano protestaba, entre carcajadas, porque los jilgueros piaban al ritmo de Benny Goodman y no del «Nessun dorma».
—Estoy a vuestra disposición para cualquier cosa que necesitéis —alcanzó a balbucear—. Jonatán es el mejor amigo que tengo en el mundo. Me cortaría la mano derecha por él, y por vosotros también. Si tenéis, por ejemplo, algún objeto de valor que queréis que os guarde…
—Es ilegal —le recordó la señora—. Mira que si sospechan de ti porque vienes mucho al barrio… Con la que está cayendo, no deberías haberte ni acercado. Yo ya… ya me hago cargo, la ayuda que le prestaste a Jonatán en su momento no te la vamos a poder pagar nunca.
—Eso no me molesta. No me ofenda, que usted es como una madre para mí, y entre amigos y familia no hay deudas que valgan. Y por las habladurías no se preocupe. Mi neurólogo tiene consulta en el edificio. ¿Qué sospechas puede haber, si las lesiones del frente se me ven a simple vista?
Con el dorso de la mano se señaló la cicatriz de la cabeza y las zonas del rostro que permanecían hieráticas, incapaces de contagiarse de la emoción que era capaz de expresar el lado gemelo. Aprovechando ese movimiento vago, se dirigió también al hijo.
—Estando ya en el barrio, tampoco resultará muy extraño que acuda a la casa de uno de mis obreros a recoger unos documentos importantes para la fábrica. —Señaló el pasillo—. Sándor, ya que me he traído el maletín, ¿por qué no vamos y me entregas lo que consideres necesario?
El muchacho asintió. Dejó a un lado la labor y lo condujo a la habitación que había compartido con su hermano.
Por costumbre o sensatez, cerró ambas puertas, tanto la acristalada que conectaba con el corredor como la del propio dormitorio, de madera maciza.
Puesto que las ventanas, cuyas cortinas estaban corridas, daban al patio interior, tuvo también la precaución de encender el gramófono de maleta.
Por su procedencia, a Ádám tanto el aparato como la música que reproducía le resultaban familiares. Abatido por los recuerdos, y cansado tras el paseo y la conversación, se dejó caer en la cama.
—¿Tienes noticias de Richárd? —le preguntó a Sándor antes de que la preocupación que le crispaba el rostro se transformase en palabras.
El joven se sentó en el catre opuesto. Dispuesto de esa manera, la suya sería la única figura discernible, una sombra a través de la cortina, desde los otros pisos.
—El laboratorio está en pleno funcionamiento.
Tras esconder a los jalutzim que más se habían significado, y a aquellos miembros en activo cuyo aspecto no les permitiría esconder su origen, la prioridad del Hashomer Hatzair había consistido en establecer un centro de falsificación en continua operación.
Sin permisos o papeles arios de calidad suficiente, ningún judío tendría la potestad de moverse libremente por la capital ni de viajar en la red de transporte público.
—Bien —asintió Ádám—. Si precisáis más fondos, ven a buscarme mañana al despacho.
Pon como excusa que una mercancía no llega, y yo te facilitaré el dinero necesario.
—Se agachó para tomar el maletín, del que extrajo una carpeta de cartón—.
Los albaranes de la última semana. Entre ellos encontrarás las exenciones que me pedisteis.
—Se inclinó más hacia él, de modo que las rodillas de ambos chocaron—.
Es muy importante que se utilicen solo en caso de emergencia.
En la fábrica no podemos contratar a más judíos sin que los alemanes sospechen.
Las exenciones permiten la salida de las fronteras administrativas de Budapest, pero no están asociadas a un contrato de trabajo. Son un último recurso.
Sándor meneó la cabeza.
—Entendido. No te preocupes, las distribuiré según lo acordado.
Hay algo más: se está tanteando la posibilidad de cambiar el sentido del tiyul.
[34] Nos pasamos años sacando a los nuestros de Eslovaquia para que gozasen de la seguridad que teníamos aquí y ahora resulta que Hungría es el país más peligroso de todos.
Ádám se echó atrás.
—Pero eso es una locura —jadeó—. Las fronteras están más vigiladas que nunca. Ya eran un hervidero de alemanes y de guardias Hlinka cuando crucé yo, mucho más ahora que nos han ocupado. No seáis incautos.
Sándor le clavó la mirada. Enmarcada por unas ojeras oscuras como posos de café, había perdido la cualidad casi animal y primitiva que tanto lo había asustado la última vez que lo vio. Los iris que tenía ante él, de color ocre y ámbar, resultaban casi acuosos.
—Es solo un plan. Eslovaquia o Rumanía…, todavía hay zonas vulnerables en las fronteras.
—Es un suicidio, Sándor. El lado húngaro es un hervidero de gendarmes que han recibido con los brazos abiertos a los alemanes.
No sabes la miseria que hay en el campo; mucha gente que en otros tiempos habría sido honrada está dispuesta a delatar a cualquiera por tener un plato de lentejas caliente en la mesa.
—Es solo un plan —repitió Sándor—. El Consejo Judío insiste en que, mientras obedezcamos las órdenes, no debemos preocuparnos ni por nuestras vidas ni por nuestras propiedades.
—Bajó el mentón—. Los alemanes quieren tenernos tranquilos, pero nosotros sabemos que el destino que nos deparan no es tan halagüeño.
Por mucho que lo niegue el consejo, tarde o temprano nos deportarán a nosotros también.
Hemos de estar preparados para cuando llegue ese momento.
Richárd tiene algunos contactos…, está hablando con la embajada suiza.
Quizá puedan extender cartas de protección.
—Conozco a los diplomáticos españoles —musitó Ádám, con cierta distracción—.
El secretario es nuestro vecino, está escondiendo a nuestra prima Éva y mi hermana se llevaba bastante bien con su mujer.
El encargado de negocios también congenia con mi padre.
No tengo la suficiente confianza con ellos para presentar a bocajarro un asunto tan delicado, pero puedo tantear el terreno.
Ya conversé con ellos sobre mi experiencia en el Don.
Por lo que sé, llevan meses informando a su gobierno de las medidas antijudías.
Sándor chascó la lengua.
—¡A su gobierno! ¿Un gobierno que no existiría si Alemania no les hubiese ayudado a ganar su guerra civil?
—Sí, el mismo —concedió Ádám—. Pero no te olvides de que Alemania está perdiendo esta guerra.
Franco será un fascista, pero le guía el oportunismo.
Tras la victoria aliada, ¿crees que los soviéticos van a ser amables con ellos?
De ahí el viraje a la neutralidad. —Se apretó los párpados—.
Por otro lado, los diplomáticos de los que te hablo distan mucho de ser fanáticos.
Su postura es antigermana, a pesar del gobierno al que representan.
No puedo prometerte nada pero, si la conseguimos, su ayuda podría ser aún más útil que la suiza precisamente por su antigua alianza con el Reich.