El silencio de los justos Capítulo XV
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Capítulo XV

XV

Auschwitz-Birkenau

Como habían previsto, su ausencia no había tardado en ser notificada.

Dos judíos, el escalafón más bajo del sistema de castas diabólico del campo.

Un par de parias entre parias que, para más inri, pertenecían a destacamentos comparativamente ventajosos.

Eso, tanto para la resistencia interna de la que formaban parte como para los guardias, significaba una sola cosa: conocimientos peligrosos.

Su supervivencia no era personal, sino colectiva: la de los compañeros a los que habían dejado atrás y la de los judíos húngaros cuyo exterminio querían detener.

Entumecidos por el frío, con jirones de tela entre los dientes para evitar que la tos los delatase, esperaron y contaron.

Walter se aferró a su cuchillo, todos los sentidos volcados en la cacofonía de ruidos mortales que se oían al otro lado: las botas que caminaban sobre las maderas que los ocultaban, los perros que olfateaban en busca de un indicio humano.

—¡Buscad detrás de esos tablones! ¡Dios bendito, usad la cabeza además de los ojos!

Fredo apretó los dientes. En la penumbra, a la que los ojos de ambos ya se habían acostumbrado, el brillo que emitía sobre ellos el delgadísimo haz de luz lunar era el mismo que el del metal del cuchillo.

Un segundo tras otro. Si los dividían, de manera matemática, en sus partes más pequeñas, podrían haber alcanzado el infinito hasta…

… el silencio. El ahogamiento progresivo de la sinfonía diabólica de la búsqueda hasta que esta desapareció. El tiempo podía ser el verdugo y el libertador. Si pasaban las horas suficientes y no los descubrían, los alemanes creerían que se hallaban ya a kilómetros de allí.

Desde el ático del piso situado en Liptovský Svätý Mikuláš, el humo del cigarrillo de Jonatán se abrazaba a la lluvia de estrellas peregrina que iluminaba la ventana.

Era el último Nikotex que le quedaba; el característico sabor se le agarrotaba en la garganta con aires de nostalgia.

Esa era, en todo caso, una trampa que se había puesto él mismo.

En la instrucción les habían instado a olvidar su vida anterior, a dejarla aparcada mientras durase la guerra para que esa debilidad no los traicionase en la hora más urgente.

No solo les habían obligado a adoptar identidades británicas, más seguras en la resistencia, donde cierto antisemitismo latente pervivía incluso sobre la ideología; debían responder a un nuevo nombre en hebreo, también, para que ni sus instructores estuviesen familiarizados con las personas que habían sido antes de convertirse en soldados.

Él, que apenas había comenzado a estudiar a fondo su propia religión, se había decantado por el nombre en clave Shiloh; la misma inicial de su hermano, para no flaquear en situaciones espinosas, y un nombre cuyo significado se le clavaba en el pecho: «El que ha de ser enviado».

Por la misma lógica absurda, guardaba en su lata de tabaco el recorte de periódico de la fiesta de Erika Farkas; para no levantar sospechas en caso de captura, lo había escondido entre otras páginas de sociedad de varios periódicos.

Si le daban caza, podría alegar un excéntrico interés en la aristocracia europea.

Si en las montañas había sido James Redford, de Swansea, para el comité y la incipiente resistencia judía de Liptovský Svätý Mikuláš era Shiloh Hermesh (del hebreo «guadaña»).

En su fuero interno, respondía solo a Jonatán; no lograba olvidarse ni de su nombre ni del amigo que le había salvado la vida.

Fumaba aquella marca de cigarrillos, y no otra, con la esperanza de regresar al pasado.

Incluso el código que utilizaba para comunicarse con el alto mando británico resultaba un ejercicio engorroso de morriña.

Para burlar a la inteligencia nazi, los paracaidistas utilizaban un sistema de doble cifrado que podía ejecutarse con papel y lápiz al proporcionar una clave de un solo uso para cada mensaje.

Puesto que urgía recordar la clave sin problemas, se recurría a poemas fáciles de memorizar.

Now is the winter of our discontent , el inicio de Ricardo III de Shakespeare, había sido una de las opciones que barajaban hasta que repararon en que los alemanes, a menudo educados en la literatura inglesa, lograban descifrar el código.

A partir de entonces, se habían aprovechado las nociones de idiomas eslavos de los voluntarios y se había optado por utilizar canciones populares y refranes en aquellas lenguas desconocidas para sus enemigos como base.

Madarka madarka, Röpülj Páva, Röpülj , Tavaszi szél vizet áraszt …

Los códigos de Jonatán siempre arrastraban consigo ecos de los veranos en la villa de los Farkas de Batthyány, de las sesiones de estudio compartidas en el internado y de los trayectos de vuelta a casa, ambos borrachos como cubas, tras una noche de baile y de copas en el Arizona o en el Ka-Ku.

Ádám era una parte crucial de sí mismo, formado por idéntica materia prima.

Separarse de él habría resultado tan arduo como arrancarse la piel con las uñas, e igual de doloroso.

Podía responder a nombres ajenos, adoptar el pasado y la identidad de los alféreces James Redford y Shiloh Hermesh, leer a Shakespeare y a Yeats por las noches hasta que cualquier acento residual pudiese explicarse por un origen galés o dominar el humor y el argot del hebreo como un sabra , [32] pero la esencia de su ser seguía perteneciendo a Ádám Farkas de Batthyány, que lo comprendía mejor que nadie.

—¿No sabías que mirar al cielo la noche de Pascua da mal fario?

Jonatán, alertado por la sombra que se cernía sobre la pared a la que estaba apoyado, se había vuelto hacia Dinah antes de que ella separase los labios, que ya se curvaban en una sonrisa retadora.

Era el segundo día del Pésaj, la madrugada en la que el domingo de Resurrección daba paso al lunes de Pascua.

En casa, en Budapest, los muchachos rociaban a las mujeres a las que querían cortejar con agua o perfume, de acuerdo con la tradición.

En la comunidad judía de Liptovský Svätý Mikuláš no guardaban festividades cristianas.

En los dientes y en la garganta aún conservaban el sabor de las hierbas amargas y el jaroset , [33] las manos todavía se enrojecían tras haberse pasado la semana instruyendo a la incipiente resistencia hebrea en tácticas de sabotaje y guerrilla.

—Ignoraba que fueses una experta en supersticiones cristianas —rio Jonatán, que le entregó un cigarrillo (de los británicos, carentes de nostalgia) como muestra de camaradería.

—Estudié en un liceo para señoritas protestantes —repuso ella mientras se sentaba en la repisa, de espaldas al firmamento que aún sangraba—.

Pagar el doble de tasas por ser judía me dio el privilegio de recibir su misma educación y empaparme de sus supersticiones.

La noche de Pascua evitaban mirar al cielo a riesgo de presenciar una lluvia de estrellas, señal inequívoca de que perderían a su enamorado.

—Me decepcionas. ¡Y yo que te tenía por la más sesuda del grupo!

—Te transmito una información que creo que te podría ser útil. Me reservo el derecho a creer en ella o no. —Señaló el recorte de periódico con un gesto—. Debes de estar muy enamorado de esa chica, si te has traído la fotografía aquí.

Jonatán sacudió la cabeza. Sostenía el pitillo entre los dientes, de modo que ambas manos pudiesen sujetar y doblar con cuidado el recorte antes de introducirlo de nuevo en la lata junto a lo demás.

—Es la hermana de mi mejor amigo.

—Debes de ser el único hombre en el mundo que deja que eso lo detenga. Es una belleza.

—Una de las mayores de Budapest. Puedo presentártela después de la guerra, si quieres.

Desde su posición, estratégica aunque no premeditada, Dinah le propinó un puntapié.

La paz, para ellos, adoptaba las dimensiones de las grandes leyendas épicas de la infancia.

Eran enemigos entre enemigos; en el corazón de la Europa ocupada, si los descubrían penderían sobre ellos dos crímenes gemelos: el pertenecer al mismo tiempo a un ejército aliado y a la estirpe de David.

Sus vidas no se contaban en años ni en meses, sino en semanas.

El suyo era el filo de la navaja más delgada.

—Erika Farkas nunca ha guardado misterios para mí —prosiguió.

Dinah inclinó la barbilla. Los ojos, que bailaban en tonos musgosos y miel, estaban volcados sobre él.

—¿Por eso buscabas religiosamente su nombre en las páginas de sociedad de todos los periódicos húngaros que nos llegaban?

—No era a ella a la que buscaba —dijo, en un murmullo quedo—. No sé si te has fijado, pero en la fotografía hay dos hombres junto a ella.

—Sí, el que la abraza es el conde Széchenyi.

—El otro es su hermano, Ádám. Es el mejor amigo que tengo en el mundo. Es… más que un hermano para mí, más que un camarada o un compañero de copas. Ningún amorío podría compararse con lo que me une a él. —Apoyó la frente a la ventana—. Hasta hace poco, ni siquiera sabía si seguía con vida.

Dinah se humedeció los labios. Con un temblor, su mano, apoyada en la repisa para mantener el equilibrio, rozó la piel templada de Jonatán. Aunque la baja calidad de la instantánea no permitía identificar rangos o galones, el corte del uniforme de Ádám disipaba cualquier duda.

—No estabas buscando una noticia de sociedad, sino una necrológica.

Jonatán hizo un leve gesto de asentimiento que podría haberse confundido con una ligera convulsión.

—Él fue quien me ayudó a emigrar al Mandato.

De no haber sido por sus esfuerzos, no habría sido capaz de librarme de los trabajos forzados y de todo cuanto conllevan.

—Dio una última calada. El humo del tabaco se le rizó en los pulmones con ecos de muerte—.

Antes que al Ejército Británico o al Yishuv, mi vida pertenece a Ádám Farkas de Batthyány, que la salvó.

—Y ahora estás aquí.

—Sí. Intento que no me consuma la culpa de poner en riesgo la oportunidad que me dieron y por la que otros habrían matado…

Los dedos de Dinah, que se entrelazaban con los suyos, detuvieron el pensamiento agónico que recorría su mente. El gesto, que rezumaba una intimidad carente de sensualidad, lo conmovió por su ternura.

—No podemos pensar así. Hemos venido a liberar a nuestro pueblo, a luchar por los olvidados.

Ese es el valor de nuestra existencia. —Bajó los párpados—.

Espero que HaShem la conserve. Hay muchas cosas que quiero hacer después de la guerra: libros que leer, gente que conocer, vidas que quiero probarme como si fuesen vestidos…

, pero no puedo pensar en ello o me volveré loca.

He de centrarme en la misión. Si quieres un consejo, tú deberías hacer lo mismo.

Jonatán exhaló. Sobre el cristal, el fantasma de su respiración adoptaba una forma alargada como una pluma.

—Temo olvidarme de mí mismo —confesó, y con la mano que tenía libre le acariciaba la rodilla—.

¿Sabes qué? En cierto modo, Ádám y yo nos movíamos como si careciésemos de futuro.

En la compañía del otro, todavía podíamos ser muchachos.

Incluso después del internado, cuando él ingresó en la academia de oficiales y yo en la universidad, aún podíamos refugiarnos en nuestras novelas y en nuestros discos y en nuestras cafeterías y nuestros bares favoritos.

La vida resultaba una broma estupenda para nosotros.

—Forzó una sonrisa triste—. Mis ideas del futuro eran muy infantiles, entonces.

Pensaba que mi existencia podría ser siempre como en aquellos días, que no tendría que preocuparme por el matrimonio ni por seguir las normas de la sociedad, que podría convertirme en uno de esos escritores que se sientan a la mesa junto a la ventana del Kis-Gerbeaud.

Ádám hablaba de mudarse al campo tras el servicio militar para vivir como el personaje de una novela de Tolstói.

—Aplastó el cigarrillo, ya próximo a morir, contra el marco de madera—.

Es como si, de alguna manera, intuyésemos que ese futuro no nos pertenecía.

Dinah torció la boca. Al descruzar las piernas, atrajo a Jonatán más hacia ella, de modo que ambos quedaron envueltos por la fraternidad de aquella confesión compartida.

—Si sobrevivimos, la vida en el Mandato será distinta para nosotros. Las reglas y las expectativas del mundo anterior no nos molestarán.

Jonatán le sostuvo la mirada un instante más. Después se atragantó con una risotada seca, como la de los maestros ante un discípulo demasiado entusiasta, y volvió la atención de nuevo al haz lechoso de las estrellas.

—Si sobrevivimos, no quiero luchar más. Los británicos nos desprecian, Dinah, lo sabes tan bien como yo. Aun cuando, por algún milagro, abandonen el Mandato, tendremos que pelear contra los árabes por el territorio.

—¿Crees que no tendrás que luchar por lo mismo en Budapest? El odio que nos tienen en casa no desaparecerá con la derrota alemana. Las primeras leyes antijudías se promulgaron hace décadas.

—Ya. Me doy perfecta cuenta de ello —resopló—.

Aun así, es la tierra de mi lengua materna, de mi infancia y de mi adolescencia.

Si me rechaza de nuevo… —La palma de su mano se detuvo y apretó la rodilla de Dinah una última vez antes de apartarse—.

Ah, ¿y qué más da? Ese futuro me parece tan improbable como el Kis-Gerbeaud o el sueño bucólico de Ádám.

Estamos aquí, tenemos una misión y eso es todo lo que importa.