El silencio de los justos Capítulo XIV
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Capítulo XIV

XIV

Miguel Ángel de Muguiro, encargado de negocios de la embajada de España en Budapest Al ministro de Asuntos Exteriores Jordana

ASUNTO: Sobre los decretos antijudíos.

La aparición de los decretos antijudíos ha tenido un enorme impacto en este país, donde, se estima, viven un millón de personas de esta raza.

Según he podido observar, el decreto del 31 de marzo trata a los judíos con mayor severidad que la propia legislación alemana.

Esta severidad, sin embargo, se está viendo mitigada por la publicación de nuevas medidas, en las que se hacen numerosas excepciones a favor de ciertas personas que estarían exentas de la obligación de exhibir la estrella amarilla, de carácter despectivo.

Entre los exentos se encuentran los ministros de denominaciones cristianas, clérigos de ambos sexos dedicados al cuidado de pobres y enfermos, personas casadas con correligionarios cristianos y extranjeros.

Esta flexibilización de la ley antisemita se debe ante todo a la enérgica intervención del clero católico húngaro, que llamó la atención del gobierno local sobre las graves consecuencias de tales medidas, que amenazan la vida familiar cristiana.

Aunque las excepciones afectan a muchos, desde ayer la ciudad se ha llenado de individuos que portan la estrella amarilla. La población no judía ha reaccionado con compasión ante la inusual imagen. Hasta el momento, no he tenido noticias de ningún acto de violencia cometido por la población.

Lamentablemente, no puede decirse lo mismo de las fuerzas alemanas que ocupan Hungría. Desde su llegada, muchas casas judías han sido saqueadas por la Gestapo, y sus habitantes han sido maltratados por esta notoria fuerza policial, que sigue gozando de total libertad de acción y movimiento.

En varias ocasiones, el saqueo y el pillaje se han extendido también a los hogares de húngaros no judíos considerados antialemanes. El gobierno húngaro ha enviado un memorando de protesta contra los excesos, pero en realidad es por completo incapaz de impedirlos.

Una de las consecuencias peculiares de las medidas antijudías es que han tenido un efecto perjudicial sobre unos 65.000 cristianos de ambos sexos que eran empleados por judíos (por ejemplo, servían en hogares de judíos) y que ahora se encuentran en situación de desempleo.

No fue directamente a casa al finalizar la jornada.

Aprovechó el estado de ansiedad y la excusa de precisar el ejercicio físico para detenerse un momento en la iglesia.

Buscaba la compañía invisible de los santos, con sus ojos ciegos, de piedra, pero también otra más real, física, la del nuncio Angelo Rotta.

En muchos sentidos, aquel hombre regio, de nariz aguileña y pobladas cejas que se arqueaban en forma de uve, resultaba un colega de profesión: su cometido no era solo eclesiástico, sino también diplomático, al representar a la ciudad estado del Vaticano en Hungría.

Con el nuncio lo unían Dios, el deber y algo más: ese espanto involuntario hacia el dolor ajeno que le impedía cerrar los ojos ante las penurias de los judíos de Budapest.

Mientras esperaba, volcó los ojos en la figura de la Virgen.

Quizá contagiado por la Semana Santa, por aquella exposición amarga del sufrimiento que ofrecía, no pudo evitar ver en el rostro de esa madre muchos de aquellos que cada mañana se agolpaban a las puertas de la legación en busca de esperanza.

¿Qué diferencia había? Una madre judía llorando por su hijo judío.

Lo que había muerto en la cruz no había sido lo divino, a fin de cuentas, sino lo humano: el carpintero, pobre entre los pobres, amigo de pescadores, defensor de los humildes.

Al bajar la vista, casi humillado por ese luto anticipado, reparó en la otra persona que aguardaba y rezaba.

Era la figura esbelta de Erika Farkas de Batthyány, la reconoció enseguida.

Sobre la palma extendida de la mano tenía un broche dorado con forma de hoja, con el que De Muguiro también estaba familiarizado.

Desde que se había promulgado la ley sobre la obligatoriedad de portar estrellas amarillas, había visto ese mismo adorno en muchas feligresas de su parroquia.

Si a los judíos el gobierno les arrebataba la individualidad a la fuerza, ellas entregaban la suya voluntariamente.

De lejos, el brillo de aquella joya, colocada con cuidado sobre el pecho, evocaba los tonos canarios de la estrella de David.

—Debería llevarla —susurró ella al reparar en la presencia del español—. Si dependiese de mi voluntad, habría sido la primera en ponérmela en el abrigo, pero pienso en mi familia y…

De Muguiro la apaciguó con un gesto: alzó las manos y después las dejó caer sobre sus hombros descarnados.

—No tiene que darme explicaciones. Ángel me ha puesto al corriente de la situación de su primo Gyula y su esposa, Éva. ¿Quién podría reprocharle nada? —Bajó la voz—. De no ser por las exigencias de mi puesto, quizá yo también habría accedido a portar esa hoja, en solidaridad.

La joven le sonrió. En los claroscuros que dibujaban la mantilla y las velas encendidas, sus iris, de un verde casi imposible, refulgían.

—Seguro que usted puede hacer algo más que un gesto simbólico, don Miguel Ángel.

—Por eso precisamente estoy aquí rezando.

Auschwitz-Birkenau, 7 de abril de 1944

En el fin del mundo y de la humanidad, la libertad olía a tabaco y gasolina. «Repelente para los perros», le había dicho su camarada Dmitri Vólkov, capitán soviético y, como él, miembro de la resistencia interna de Auschwitz.

Los instantes anteriores a su gran desaparición, Walter Rosenberg y su compañero Fredo Wetzler habían rociado la tierra situada entre las verjas internas y externas del campo.

A las dos de la tarde, ellos, que ya eran muertos en vida, se tumbaron en la fosa que habían preparado.

Otros dos prisioneros, polacos, cubrieron el escondite con las tablas de madera que servirían de base para una nueva rampa.

En la primavera de 1944, Walter Rosenberg tenía tres certezas:

• Que la camaradería, en Auschwitz, podía salvarle la vida a un hombre.

• Que aquella madera, cuyo cometido final sería conducir a más prisioneros a la fábrica de la muerte, podía convertirse también en su vía de escape hacia la libertad.

• Que el motivo por el cual se precisaba esa nueva rampa era el aluvión de judíos húngaros que llegarían al lager más pronto que tarde.

Un judío en Auschwitz no era un ser humano, perdía su condición en el momento exacto en que bajaba (o, con más frecuencia, lo empujaban) del vagón para ganado en el que su dignidad había ido mermando durante días.

Tras unos minutos de espera, la breve selección: a la izquierda, el exterminio por medio de gas («convertirse en humo», lo llamaban los prisioneros), a la derecha, los trabajos forzados y la oportunidad de existir, al menos, un poco más.

En ambos casos, los recién llegados eran despojados de sus pertenencias: la ropa, los zapatos, las alianzas, las joyas, los pequeños objetos que se las habían ingeniado para esconder durante el viaje, todo.

Walter conocía muy bien el proceso. No en vano, una de las primeras misiones de su destacamento en el campo había consistido en sacar a los nuevos deportados del tren para organizarlos con cuidado en filas (los varones, a un lado; las mujeres y los niños pequeños, al otro), en las rampas.

—Aquí todos trabajan y nadie se enferma, ¿entendido? —órdenes claras y precisas. A los adolescentes, les indicaba—: Cuando os lo pregunten, decid que tenéis dieciséis años. Sechzehn , dieciséis, sech-zehn.

Él cumpliría los veinte en septiembre, si llegaba.

Tenía diecisiete a su ingreso en el lager .

Los casi dos años de supervivencia, casi un milagro estadístico para un judío en Auschwitz, se los debía a sus camaradas de la resistencia y a los puestos privilegiados para los que había sido seleccionado.

Tras la rampa, la siguiente misión de su destacamento fue en los almacenes que se conocían con el apodo de Kanada .

Canadá, para los prisioneros, simbolizaba una tierra de riquezas; en consecuencia, aquel era el lugar en el que se guardaba cuanto era arrebatado a quienes se habían convertido en gas.

La ropa, los zapatos, las alianzas, las joyas.

Si era rápido y no conocía el miedo, un trabajador de Kanada podía complementar sus raciones paupérrimas con alimentos que los fallecidos habían escondido en los bolsillos.

Con frecuencia, sin embargo, aquellas delicias acababan en las manos de los guardias.

Por eso, Walter sabía que Hungría había sido ocupada y que los judíos no tardarían en ser deportados.

«Muy pronto comeremos salami húngaro», oyó decir a los alemanes.

Antes, había sido el baklava griego; antes aún, el pescado en conserva francés. Los judíos en Auschwitz no eran seres humanos y los guardias no hablaban de ellos, sino de los alimentos con los que viajaban.

Tras veintidós meses fantaseando con escapar (en un principio, por su propia libertad; más adelante, para poder contarle al mundo qué era Auschwitz y qué ardía en sus hornos), Walter Rosenberg tenía una razón imperativa para arriesgarse.

No iba a huir para denunciar una masacre, sino para detener una mayor.

Esperaba, sentía la ropa áspera contra la piel y el cuerpo cálido de Fredo junto al suyo. Contaban su vida en segundos, puesto que un solo segundo podía marcar la diferencia entre la huida y la aniquilación.

«No habrá más recuentos —se dijo—. No tendré que enfrentarme a más jornadas de trabajo ni a los cerdos de las SS. ¡Pronto seré libre!».

Como punto y final, como oración, se llevó el filo gélido del cuchillo a los labios. Si descubrían su escondite, se prometió, ningún alemán podría colgarse la medalla de su muerte; él mismo sería el artífice de su propio destino.

Era la víspera de la Pascua judía. Al igual que Moisés había liberado a su pueblo de la esclavitud en Egipto, ellos escaparían para liberarlo del exterminio de Auschwitz.