El silencio de los justos Capítulo XIII #2
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Capítulo XIII #2

—El mayor es Ádám. Era capitán del Segundo Ejército, pero le dieron de baja con honores a su regreso del Don.

No se toma la vida en serio hasta que no es absolutamente necesario.

Baila muy bien y también se emborracha la mar de bien…

, o al menos lo hacía antes de volver de Rusia.

Lee constantemente, los clásicos sobre todo, aunque su autor favorito es Gyula Krúdy.

Es el mejor amigo que podrías tener, no solo porque conoce todos los lugares de moda de Budapest, sino también porque daría su vida por los suyos…

, pero no te lo recomiendo, porque nunca ha tenido la decencia de traer a una chica a casa…

Bözsi la escuchaba como si sus palabras tendiesen un puente entre lo físico y lo eterno. Las manos, azuladas, ya perdían la fuerza, y las facciones del rostro empezaban a mutar y a perfilarse.

—¿Y… y el…?

—Mi otro hermano se llamaba Tibor. Era… era muy distinto de Ádám y muy distinto también de mí, aunque compartimos útero durante nueve meses.

Era el favorito de mi madre y de la criada, Rózsa, lo que significa que era el favorito de las dos mujeres que nos criaron, pero no me importaba porque yo también lo prefería a él.

Era paciente y lo comprendía todo sin necesidad de palabras.

Y… y los dos practicábamos esgrima, pero solo yo tenía que quedarme hasta tarde entrenando, porque él hacía que lo difícil pareciese fácil…

y con seguridad era así para él, porque hasta la vida lo quería.

Tanto que lo cuidamos y bastó un día de verano para matarlo.

Las palabras, cada vez más débiles, desaparecieron en la bruma enfermiza del hospital. Se confundieron con el resto de las voces, que aún clamaban y rezaban, y el crujido de nuevas camillas que querían abrirse paso. La enfermera frente a ella ya no existía.

Erika se llevó el puño a la boca para reprimir el llanto.

En lo que tomó a los celadores llevarse el cuerpo, trató de grabar en la memoria los rasgos específicos de la cara de Bözsi, su timbre personalísimo, el tacto de las yemas de sus dedos contra las suyas.

Había sido la última persona en escuchar su nombre, en hablar con ella, en mirarla con fijeza a los ojos, en proporcionarle su propio calor humano.

Bözsi, en cambio, había dedicado sus segundos finales de consciencia al recuerdo de Tibor.

Para Erika, en ese momento, no había nada más importante que eso.

De haber ido a pie, el trayecto desde la legación a la calle Soroksári habría tomado más de una hora.

Con los nervios exaltados por la incertidumbre, sin embargo, daba la impresión de que las bombas caían directamente sobre la cabeza de los miembros del cuerpo diplomático.

Nada más sonar la alarma, la escasa plantilla descendió al subterráneo.

Para los dos españoles, el zumbido de la aviación traía consigo imágenes de un pasado que creían haber dejado atrás, pero que siempre volvía para morderles los talones.

Congelados por un instante en los recuerdos, ninguno de los dos tuvo la sensatez de madame Tournée.

Siempre al pie del cañón, la canciller recogió los documentos más importantes a su alcance antes de reunirse con los demás en el subterráneo.

Casi dos horas de suspensión, de un miedo que para Sanz Briz y De Muguiro resultaba añejo.

Por hacer algo, el secretario se unió al rezo del rosario de su superior; la voz, clara, brotaba solo por memoria muscular, por todas las veces que, desde su infancia, se había visto en esa misma tesitura.

Pensaba en Adelita. Siempre Adelita, como una canción, como una plegaria.

La noche anterior a su despedida, la niña se aferraba a él, dispuesta a aprovechar el calor del abrazo paterno el mayor tiempo posible.

La recordaba aún con suficiente claridad para sentir todavía las manitas en el brazo y en el vientre.

Los animales disecados del conde le daban tanto miedo que él se había inventado una historia para ella.

No se trataba de bestias salvajes, sino de recuerdos; sus almas, pacíficas, vivían en un lugar especial, en un bosque encantado al que solo se podía acceder mediante la imaginación, y allí ella, que era la soberana, no tenía nada que temer.

«Podemos encontrarnos en el bosque encantado siempre que quieras —le dijo entonces mientras la besaba—.

Solo tienes que cerrar los ojos y viajar a él con la imaginación.

Yo sabré que me estás esperando porque me dará un vuelco el corazón, como cuando en el cine sabes que va a aparecer la bruja porque suben la música.

Cerraré también los ojos y me reuniré contigo».

Por una vez, él, que siempre era tan recto, se abandonó a aquella fábula hasta que consiguió ignorar las detonaciones.

No viajó lejos, sino a las colinas de Gellért en una primavera dorada como aquella, pero perteneciente a un tiempo pasado en el que el único ruido que percibía eran las risas de Adela y de su hija.

Se había enamorado de Budapest, del sol más amarillo que bañaba el Parlamento, del olor de las flores de cerezo que teñían los muelles de un color rosado, de la pequeña familia que había empezado en ella y de los días que les depararía.

Ese lunes de abril, la voz de De Muguiro lo devolvió a la más espinosa de las realidades.

—Estoy preparando un informe para Madrid sobre los decretos firmados el 31 de marzo —le susurró, cada palabra se ahogaba bajo el rugir de los motores—.

Quiero esperar a que entren en vigor las nuevas restricciones y la ley que obliga a portar la estrella amarilla, para dar un balance más detallado de la situación y de cómo afecta a los judíos.

—Se pasó la lengua por los labios. En la penumbra del sótano, como en un retrato al claroscuro, se evidenciaban sus finas arrugas—.

Sobre el papel…, sobre el papel es inhumano.

Es que ni los propios alemanes tratan a los hebreos con este rigor.

He estado pensando…, no como diplomático, sino como hombre, como cristiano, qué podemos hacer para ayudar a esas pobres gentes.

Ángel dirigió una mirada furtiva, involuntaria, a Zoltán Farkas y madame Tournée. Sentados al otro extremo de la sala, repasaban documentos que, de tanto leerlos, debían de saberse ya de memoria, pero al menos les calmaba la angustia. Tras tragar saliva, se inclinó ante su superior.

—Eso es algo que a mí también me quita el sueño. Por lo que comenta usted, claro, pero también por madame y por su hijo. ¿Usted cree que podemos hacer algo?

De Muguiro amusgó la mirada.

—Más allá de informar a Madrid y hacer presión constante para que se tomen en serio nuestras denuncias…

, me ha dado por recordar mi misión en Bucarest. Allí hay una importante colonia sefardí, más que la de aquí.

Pasé largas horas en el despacho, tramitando las solicitudes de aquellas familias que deseaban acogerse al decreto de Primo de Rivera para obtener la nacionalidad española que les fue negada a sus antepasados tras la expulsión.

Un asentimiento quedo. Con cada temblor que hacía crepitar el edificio, la bombilla que pendía del techo titilaba como si también ella, asustada, amenazase con abandonar su puesto de trabajo. Con los ojos fijos en ese cuadradito de luz que bailaba, y no en su interlocutor, Sanz Briz tanteó:

—Ese decreto…, ese decreto hace años que no está en vigor, ¿me equivoco?

—No, no se equivoca. Sin previa autorización de Madrid, no podremos extender ningún pasaporte español que permita a un solo sefardí cruzar la frontera.

Pero… en caso de que la situación se agravase…

, si hubiese deportaciones como en Polonia…

, quizá algún tipo de documento español podría otorgar inmunidad diplomática a quien lo portase.

El gobierno húngaro no estará al corriente de la vigencia del decreto de Primo de Rivera.

Sanz Briz se mordió las mejillas.

—No, supongo que no.

—Y por salvar una vida…, por salvar una vida prima el hombre por encima del diplomático. Son solo conjeturas, claro. Dios quiera que no tengamos que vernos nunca en semejante encrucijada, Ángel.

—Dios lo quiera, sí. Dios lo quiera…

No mencionó el detalle que ya flotaba entre ellos, invisible a los ojos pero ponzoñoso en el alma.

El decreto de Primo de Rivera, además de no encontrarse ya vigente, requería una documentación exhaustiva sobre el pasado español de quienes quisiesen acogerse a ella.

En Budapest apenas vivían sefardíes, la inmensa mayoría de la comunidad hebraica la formaban askenazíes como Zoltán Farkas y madame Tournée.

De los pocos que había, ¿cuántos conservarían aún pruebas que los ligasen con España?

Por salvar una vida… ¿Cuánto podía pesar un engaño más, una mentira sobre otra más pequeña?