El silencio de los justos Capítulo XIII
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Capítulo XIII

XIII

Comenzó pasadas las diez y media, y duró casi dos horas que les parecieron veinte a quienes las sufrieron.

El objetivo militar, estratégico, era la estación de tren del barrio de Ferencváros.

Más adelante, con la intensificación de los ataques (los estadounidenses, a las diez de la mañana; los británicos, a las nueve de la noche), los vecinos bromearon diciendo que los aliados tendrían el detalle de no atacar fuera de horario, pero que, en cuestiones de puntería, su éxito era relativo.

Las bombas, ambiciosas, alcanzaron el hospital para enfermos infecciosos de Szent László, cuyas ruinas enterraron a más de doscientas personas, y varios complejos residenciales de la calle Soroksári.

Novecientas treinta y tres almas no vivirían para celebrar el Domingo de Resurrección.

Al otro lado del río, en la fábrica de coque, ya no había patrones ni obreros.

En la guerra, ni la muerte ni los bombardeos son grandes igualadores; eran los barrios humildes, industriales, los que se alzaban como víctimas colaterales del ataque, mientras que solo el rugido de las sirenas perturbaba, de momento, la tranquilidad de los vecinos de Buda.

Entre aquellas cuatro paredes, sin embargo, solo existía una cosa: la supervivencia.

En la ciudad, que se definía a sí misma por la separación del Danubio, la isla de Csepel, en la que se encontraban, suponía una rareza: era el único lugar que no pertenecía ni a Pest ni a Buda; de manera oficial, no figuraba en las fronteras administrativas de la capital.

Centro neurálgico de la industria aquincense, era también el objetivo del azote aliado.

Ellos, que aún no sabían nada de la puntería estadounidense, temblaban y se azoraban a causa del miedo, que había llegado sin pedir permiso.

Como una máquina bien engrasada, descendieron al sótano, adaptado como refugio antiaéreo a toda prisa.

Se amontonaron unos junto a otros, mezclados, los trabajadores y los señoritos, los cristianos y los judíos, los sindicalistas y los que no conocían otro poder que el pan de cada día y el hambre cuando este faltaba.

En los edificios particulares, los vecinos cristianos tenían preferencia de uso de los refugios antiaéreos.

Ádám, responsable de organizar la evacuación, no pensó siquiera en detalles semejantes.

Con el ruido agudo, que le levantaba un dolor de cabeza que casi le nublaba la vista, regresó mentalmente a la retirada del Don.

El caos. La adrenalina, diosa y señora del tiempo, capaz de acelerarlo o ralentizarlo.

La muerte, que casi deseaba hasta que esta le tiraba de las mangas del uniforme.

Solo cuando se vio abajo, a salvo junto a los demás, con las rodillas apretadas contra las sienes, percibió el sudor frío que le pegaba la camisa a la piel, las sacudidas de las manos, que se le antojaban demasiado grandes, demasiado engorrosas, y el castañeteo de los dientes por un frío que no existía, en aquella marea de cuerpos humanos contra cuerpos humanos, pero que él llevaba dentro.

Lo peor de Rusia, les dijo a los adolescentes judíos que se congregaban a su alrededor, no eran el frío ni la nieve ni el hambre ni la sed, mucho más peligrosa.

Tampoco los bolches, aquel enemigo mejor equipado que parecía no menguar jamás, pues Stalin podía sacrificar a un millón de soviéticos por un millón de húngaros sin que el Ejército Rojo se quedase sin almas que enviar a la picadora de carne.

Lo peor de Rusia era el descanso o, para ser más precisos, la ausencia de él.

—¿Habéis leído a los clásicos? —les preguntó.

Ellos, ojazos enormes, febriles, asintieron.

Eran burgueses como él, sin más diferencia que aquella que, en dos días, les obligaría a portar la estrella amarilla.

Ádám les habló del arte de la guerra en el mundo grecorromano; el oficio, casi noble, de combatir de día para descansar de noche.

Solo entonces se podía comprender la composición de obras como la Ilíada ; no se escribiría poesía épica sobre el Don.

Los que habían sobrevivido, a uno y otro lado del río, solo querían hacer una cosa con su experiencia: olvidarla.

—El problema no era la posibilidad de un ataque nocturno, sino el ruido constante —siseó—. La alerta constante. No poder bajar la guardia nunca.

Al ruido era imposible acostumbrarse, había que tolerarlo y punto. De la misma manera, debían soportar las alarmas, el rugido de las bombas, el runrún del cerebro al intentar dictaminar si se acercaban o se alejaban, las sacudidas que hacían temblar los muros que los rodeaban.

Ellos, al menos, no tenían nada que relacionar con el ruido. A él lo devolvía a aquel invierno eterno, a los cuerpos congelados de los camaradas muertos, al terror. De noche, una inyección de morfina bastaba para, con suerte, ahuyentar las pesadillas; en el refugio no había escapatoria.

— Madarka, madarka, csácsogó madarka… —canturreó para enterrar el bramido de las bombas con su voz.

Sándor Rozenfeld, frente a él, tan pálido como los demás, sonrió. Se le unió con su voz jovial, casi infantil en contraste con el rostro ya adulto.

— Vidd el a levelem, vidd el a levelem . Jonatán también la cantaba.

Ádám apoyó la cabeza, empapada de sudor, contra la pared. Emitió un suspiro largo, cansado, más propio de un anciano que de un joven al que aún le quedaban años para entrar en la treintena.

—Sí, se la enseñé yo.

Madarka, madarka, csácsogó madarka…, vidd el a levelem, vidd el a levelem… szép magyar hazámba… [29]

Olvidado y relegado el frente oriental, el hospital militar Szent János abrió sus puertas para recibir a sus compañeros del Szent László.

Un enjambre de voces. Una marea de piernas que corrían, de manos que se extendían para alcanzar otras manos humanas.

Las alarmas, que aún sonaban y casi parecían reverberar en los pasillos, se unían en tenebrosa sinfonía con el crujir de las camillas y los gritos primarios de los heridos.

Los labios, resecos y cenicientos, se abrían para llamar a sus madres, pero los ojos ya se alzaban al cielo, como si quisiesen buscar a Dios.

Erika Farkas creía conocer la guerra. Sus nociones eran de segunda mano, pasadas primero a través de cartas cuyos horrores se evidenciaban también en las heridas y discapacidades de los pacientes a los que atendían.

Las secuelas mentales, invisibles a los ojos pero mucho más profundas, le hablaban también de manera directa del conflicto.

Había visto a hombres adultos llorar como niños debido a las trampas que les tendían sus propias mentes; hombres que habían perdido el habla no por daños físicos en la anatomía del cerebro, sino por el shock que les produjeron las trincheras; hombres que habían retrocedido en el comportamiento a los años felices y despreocupados de la infancia.

Había tomado muchas manos de soldados que se negaban a dormir para que las pesadillas no los acechasen; había aguardado, asimismo, muchas horas frente a la puerta de Ádám hasta que cesaba de hablar en sueños.

Esa era la primera vez que tenía la guerra frente a ella como un depredador que agacha la cabeza avergonzado de su propia voracidad.

Muchachas como ella vistiendo uniformes como el de ella.

En algunos casos, solo los jirones de la cofia permitían distinguirlas de las pacientes que guardaban cama en el momento exacto en el que el cielo de abril se partió en dos mitades grotescas.

La miraban con ojos cristalinos que se desenfocaban en cuanto llegaba la muerte.

El olor a piel quemada, que lo impregnaba todo, despertaba en ellas el mismo pudor que las empujaba a cubrirse ante la presencia de los doctores.

—¿Me estoy muriendo? No me mienta, por favor. Sé que nosotras siempre mentimos.

El cuerpo de la joven ante ella era una amalgama de blanco, rojo y negro.

Más allá de la mitad del muslo, nada permitía identificar la carne abultada, una especie de pulpa bermellón, como humana.

La ausencia de dolor sugería el daño de las terminaciones nerviosas, un gesto muy pequeño de misericordia para una vida que se consumía.

Con toda probabilidad, aquella chica tan parecida a ella no aguantaría el trayecto al quirófano.

Erika tomó aquella mano delgada que ya empezaba a enfriarse.

Se arrodilló ante ella, pupila sobre pupila, mientras el doctor trataba, en vano, de detener la hemorragia, de ignorar las normas del triaje que dictaminaban no priorizar aquellas vidas que por la naturaleza de sus heridas no podrían salvar.

—Vamos a hacer todo lo posible para que te recuperes —dijo mientras se acercaba los dedos de la paciente a sus propias mejillas, cálidas por el esfuerzo—. Eso no es una mentira. Me llamo Erika, Erika Farkas.

Las cejas de la muchacha temblaron. El rostro, ya ceroso y demacrado, se volvía hacia la voz que le hablaba en el tono bajo de los arrullos de cuna.

—Erzsébet —balbuceó—, pero todos me llaman Bözsi.

Erika le sonrió. El doctor, derrotado y abrumado por la oleada de pacientes que requería su atención, ya se alejaba.

—Es un buen nombre. A mí también me gustaría tener un diminutivo…, bueno, supongo que sí tengo uno, pero no es muy bonito. Desde que era pequeña, mis hermanos me llaman «La Generala» porque siempre intento poner orden y no tolero no salirme con la mía.

—¿Cómo… cómo se llaman? ¿Tus… hermanos?