El silencio de los justos Capítulo XII
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Capítulo XII

XII

Mi queridísima Adela:

La conmoción que ha tenido lugar aquí es incalculable.

La Gestapo ha tomado como rehenes a más de quinientas personas, casi la mitad de ellas judíos enriquecidos, y la otra mitad, una mezcla de políticos y aristócratas.

La legación de Italia ha sido ocupada, y sus directores, detenidos.

He visitado a Gyula y a Éva por si acaso precisaban algo.

Él permanecerá en el campo hasta que la situación se calme, mientras que Éva ha decidido, por el momento, quedarse en Budapest.

El éxodo al campo de todos los que tienen villas o propiedades ha comenzado, sobre todo el de quienes son más visibles para las autoridades.

Abandonar la capital, sin embargo, no resulta tan sencillo, puesto que tanto los trenes como las carreteras se hallan bajo un control estricto.

Las comunicaciones telefónicas internacionales se han interrumpido y no sabemos si los telegramas oficiales que hemos estado enviando estos días habrán llegado a sus destinatarios.

Te mandé uno el otro día que decía, y cito: «Carta con fotos recibida.

Todavía sigo muy bien. A la luz de las circunstancias, creo que debieras posponer tu viaje. Te quiero».

Como decía, la gente está horrorizada por lo que se les ha caído encima.

Has de recordar que aquí viven un millón de judíos húngaros, 180.

000 refugiados polacos, judíos extranjeros, franceses, italianos, etcétera.

Bien sabes, también, que la mayoría, y en especial las clases altas, profesan sentimientos antigermanos.

Te será fácil comprender que su situación no es halagüeña, y sus perspectivas de futuro, oscuras e inciertas.

Por otro lado, las noticias que nos llegan desde el frente ruso tampoco son muy alentadoras.

Algunas patrullas bolcheviques se han adentrado ya en Rumanía.

Tras la caída de Vinitza, el Ejército Rojo se halla a apenas cincuenta kilómetros de la frontera con Hungría.

En todo caso, los asesores militares estiman que, incluso en las peores circunstancias, quedan aún meses para que los rusos supongan una amenaza para este país, puesto que consideran que su objetivo principal son los campos de petróleo de Ploesti. Solo el tiempo lo dirá.

Yo me encuentro muy bien y me las apaño perfectamente con las reservas de comida que me quedan y a las que quizá deba recurrir en el futuro, aunque insisto en que, hoy en día, todo está en orden.

Me gustaron mucho las fotografías de nuestra hija, en especial las dos en las que se le ve la carita con tanta claridad.

Lamento que continúes indispuesta, espero de veras que se trate de una dolencia temporal.

Siempre tuyo,

Á NGEL

Se asomó a la ventana al terminar de leer la misiva.

En los años que llevaba en Budapest, los cambios efectuados en Villa Széchenyi eran mínimos: las fotografías de Adela y de él en las colinas Gellért, los retratos oficiales, las instantáneas en las que Adelita crecía, del bebé de cuna bautizado por el nuncio de Roma a la niñita alegre que le sonreía desde Madrid.

Los trofeos de caza del aristócrata, que habían intrigado y asustado a la pequeña a partes iguales, todavía decoraban, en ostentoso barroquismo, cada rincón del domicilio.

Sin la presencia dulce y alentadora de Adela, pensó Sanz Briz, la casa se tornaba salvaje.

Al otro lado, en la carretera que separaba ambas viviendas, reconoció la figura esbelta de Erika Farkas de Batthyány.

Si el llanto de Éva Dessewffy lo había perturbado, de su vecina, que alzaba la mano para saludarlo antes de subirse al automóvil, admiraba el temple orgulloso.

Le devolvió el gesto antes de encenderse un cigarrillo y regresar al escritorio.

Si apuraba, quizá aún tendría tiempo para tomar una taza de café más y realizar una última lectura de la carta antes de meterla en su sobre y dirigirse a la legación.

Con la ocupación, la embajada se sumió en un ajetreo nervioso, casi maniaco, que alteró el ritmo de vida habitual.

Atrás quedaban las semanas en las que los diplomáticos desayunaban en casa con calma, y no hacían acto de presencia en la calle Eötvös antes de las once de la mañana.

Cada día, decenas de personas atemorizadas se agolpaban a los muros del edificio en busca de respuestas, esperanza o una mano amiga.

De sus bocas les llegaban las noticias de la gente de a pie, que en los despachos oficiales solo podían leerse entre líneas.

Cada cambio en el día a día de la ciudad pasaba también por el filtro de la canciller madame Tournée y del abogado Zoltán Farkas.

Ella, la francesa que no había abandonado la fe; él, el húngaro acomodado que había renunciado a ella por amor, pero qué importaba.

Bajo la ley, ambos eran una misma cosa: judíos, israelitas, indeseables.

El cambio de gobierno se había anunciado con la levedad de una noticia sin relevancia alguna, como un mero trámite carente de importancia: «Para auxiliar a Hungría en la guerra contra un enemigo común y, en particular, para combatir el bolchevismo, tropas alemanas han cruzado la frontera previo mutuo acuerdo.

Los dos gobiernos aliados han acordado que las medidas tomadas resultarán en la contribución de todos los recursos húngaros necesarios para la victoria de la causa que nos hermana».

Los periódicos hablaban de camaradería, de una amistad eterna de la que los veteranos del Don se reían a mandíbula batiente.

Era mejor eso, que el hipido de los llantos se transformase en carcajada.

Lo que Zoltán Farkas y madame Tournée compartían era una verdad paralela, mucho más oscura, que asfixiaba.

Siguiendo el modelo impuesto por el Reich y otros países ocupados, se había establecido un Consejo Judío en Budapest. El teniente coronel de las SS Adolf Eichmann, que había llegado el mismo día de la ocupación, le encomendó su primera tarea: preparar un informe sobre la estructura, organización, propiedades y asociaciones de la comunidad judía de la capital.

—Según dicen, la Gestapo será la única encargada de los asuntos judíos —explicó el abogado Farkas, entre tazas de café agriado a causa de los nervios—.

No tendremos nada que temer mientras cumplamos las órdenes.

Y, aunque habrá ciertas restricciones, se respetarán tanto la propiedad privada como las vidas humanas y no habrá deportaciones…

—Al escucharse a sí mismo, movió la cabeza con mucha pena—.

Con los rumores que se oyen…, ¿quién podría creerlo?

Madame Tournée, cuya voz aflautada rara vez se alzaba por motivos que no fuesen estrictamente profesionales, golpeó la taza con su sortija de oro.

—Demasiados. Nadie quiere pensar que lo que pasa en el resto de Europa podría ser también nuestro futuro. Dicen que es un bulo, que no hay que perder la esperanza —repuso.

—¡La esperanza! —boqueó Zoltán.

Por el color, que le volvía a la tez olivácea, daba la impresión de que se preparaba para una perorata que, sin embargo, no tuvo lugar. De Muguiro depositó su taza sobre el platito.

—Ustedes, por el momento, no deben perderla.

Haré cuanto esté en mi mano para garantizarles la protección de España…

, en esto, madame, incluyo también a su hijo Gaston.

No dejen de mantenerme informado de los rumores que lleguen a sus oídos, por favor, para que yo pueda incluirlos en mi correspondencia con Madrid —sentenció, como punto y aparte.