Capítulo XI
XI
Las noticias de la ocupación alemana de Hungría llegaron a la radio por la vía habitual: el silencio.
Más que silencio, los espacios vacíos entre unas palabras que diferían de las usuales.
Un lenguaje nuevo, mucho más espinoso que el cotidiano, se escondía en aquellas cadencias entre sonido y sonido, y en las inspiraciones que se confundían con el ruido estático del aparato.
Eso lo había aprendido Jonatán por la fuerza de la costumbre.
Ese mismo día, el Comité Judío de Liptovský Svätý Mikuláš recibió, por medio de Radio Ankara y del corresponsal en Bucarest de la Agence Anatolique, la confirmación de la primicia que llevaba horas esperando y semanas temiendo.
Como una hemorragia, el informe sobre Hungría se extendió por toda Europa: las líneas de teléfono y telegrama con el país magiar habían sido cortadas.
La presencia de los dos paracaidistas en la ciudad formaba parte del complicado tapiz que Bloomsbury había tejido.
Tras escuchar el apasionado plan de Dinah, sus habituales reservas hacia cualquier desviación de las órdenes británicas quedaron mudas bajo una presión mucho más acentuada.
Él, soldado antes incluso de emigrar al Mandato, era tan judío como ellos y también había dejado familia en Europa.
En Bari se había reído con los demás ante los comentarios que aseguraban que la misión del DOE no era más que su «viaje de ida» al viejo continente, de cuyas garras salvarían a su pueblo.
Bloomsbury, oriundo de Eslovaquia y con una instrucción más exhaustiva que le impediría desvelar su coartada, permanecería junto a los partisanos entre las montañas y el valle Demänovská.
Su cometido para con los británicos, además de servir como enlace militar, sería rastrear la red de ferrocarril Košice-Bohumín, yugular del transporte alemán, para identificar puntos en los que ejecutar operaciones de saboteo.
Dinah y Jonatán, cuyo aspecto resultaba menos sospechoso que el suyo, se infiltrarían en la comunidad judía de Liptovský Svätý Mikuláš, desde donde establecerían comunicaciones con los británicos.
La de los tres sería una tensa existencia doble, dos ficciones que se entrelazaban y que resultaban peligrosas, ya que podrían darles caza con facilidad.
Si en el consejo Dinah y Jonatán podían emplear el eslovaco y dar detalles sobre sus objetivos para el Yishuv, ante los partisanos debían mantener sus identidades galesas o arriesgarse a ser acusados de espionaje por sus propios camaradas.
Bloomsbury, de fría disciplina, sería la cara de la operación frente a los partisanos, el encargado de explicar la presencia de Dinah y Jonatán en el pueblo como algo esencial para la inteligencia británica.
Los eslovacos, que dependían de la radio para conseguir suministros aliados, no harían más preguntas.
Jonatán alzó una mano. Quiso apagar el aparato, puesto que ya no toleraba la sentencia que proclamaba, pero se había quedado en un mero deseo.
Su cuerpo pesaba, era más bien hierro y hueso que carne blanda.
Se sentía tan amoratado que apenas consiguió aprovechar ese movimiento para taparse los ojos, ya húmedos.
—¿Qué he hecho? —jadeó, y notó la mano cálida de Dinah en el cuello—. Debería haber sabido que…
—¿En 1941? —repuso ella.
Si Jonatán la oyó, fingió muy bien que no lo había hecho.
—No debería haber dejado a mi familia atrás. ¿Qué clase de persona deja a su familia atrás?
—Alguien que quiere sobrevivir —repuso el secretario del comité.
De nariz romana y mirada ambarina, casi hosca, tras unas gafas estilo Quevedo, pertenecía, como muchos jóvenes, a uno de tantos movimientos sionistas: el Hashomer Hatzair, que, debido a su corte ideológico (el socialismo), ya había pasado a la clandestinidad.
A pesar de sus ideas políticas, no había recibido a los paracaidistas del Mandato con los brazos abiertos.
Su confianza, al escuchar la historia que ellos le contaron a su llegada a las oficinas del comité semanas atrás, despojados del peligro de revelar su verdadera identidad, fue relativa.
—¿Y para qué habéis venido? —les reprochó, embriagado por el alcohol, días después, una vez que los recién llegados se hubieron infiltrado en el grupo—.
¿Os pensáis que esto es un juego de niños?
¿Qué queréis, ser héroes? Ya sé con qué me vais a venir: que queréis ayudar, que representáis al Yishuv de Eretz Israel.
Vais a hablarme de conciencia, de solidaridad.
¡Y una mierda! ¡Paparruchas! ¿Quién os necesita? ¿Quién os ha llamado?
En ese momento observaba con suavidad, casi con ternura, a Jonatán y a Dinah, ambos doctos en la lengua eslovaca, aunque con familia al otro lado de la frontera.
Sin decir nada, puesto que no había palabras capaces de sostener la congoja, se sacó la cajetilla de tabaco del bolsillo y les ofreció un cigarrillo a cada uno.
Un gesto sencillo, rebosante de cotidiana humanidad.
Jonatán crispó la espalda. Reconoció el olor enseguida, sin necesidad de darse la vuelta y estudiar los motivos granates y beis de la ilustración de la caja.
¿Cuántas veces había consumido aquella misma marca, siempre en compañía, en el Arizona y en la cafetería Pilvax y en la habitación del internado y en el puente de la isla Margarita?
—¿De dónde has sacado este tabaco?
El secretario Mirosłav, que también se encendía uno, se encogió de hombros.
—Un enlace se lo dejó en uno de los pisos de la organización hace un par de semanas. —Agitó la cerilla para que se apagase—. Saben a rayos, pero son los únicos que me quedan. Lo lamento.
—No lo lamentes —le pidió Jonatán, sin saber con exactitud a qué le respondía. Sostenía entre dos dedos el pitillo prendido, que estudiaba con detenimiento y cariño—. En casa…, en casa mi mejor amigo también fumaba estos. Con los años, los acabé apreciando.
Lo dijo por aproximarse a la verdad, por no verbalizar que cada calada era un ejercicio doloroso e inútil de nostalgia.
El humo se rizaba en su interior e iba hacia atrás, como si viviese una vida al revés, del presente al pasado en lugar de al futuro.
El último pitillo en la estación de tren, que llevaba consigo el olor exacto del perfume de Ádám.
La noche estrellada sobre el balcón del Palacio Andrássy.
Las luces de Budapest y el cricrí de los grillos en la villa.
Las mañanas de domingo en el parque Városliget y el polvillo que flotaba, dorado, en la biblioteca Ervin Szabó.
El primer cigarrillo de todos, encendido con desgana en el dormitorio del internado que compartían, y acompañado de la aseveración: «Dicen que estos son populares con las chicas».
Y él, que leía sentado en la repisa de la ventana, no se entretuvo en ocultar la risotada.
«La verdad, Ádám, si alguna vez hago algo pensando en la opinión de las mujeres, te doy mi consentimiento para que me tires al Danubio».
Era el otoño de sus diecisiete años y de los dieciséis de Ádám.
Nacidos en el mismo año, y por tanto pertenecientes al mismo curso escolar, los separaban once meses.
Un alumbramiento un par de semanas antes o después y su amistad, más férrea que los lazos fraternales, quizá no habría sido como era.
El idioma húngaro, en todo caso, distinguía entre el amor platónico, el szeretet, y el pasional, el szerelem .
Para describir cuanto lo unía con Ádám, sin embargo, Jonatán habría precisado una acepción completamente nueva, más profunda aún que la philia del griego antiguo.
—Nunca perdonaré a los británicos que no hayan aprobado mi misión —le susurró a Dinah, en hebreo—. Y nunca me perdonaré a mí mismo no haber intentado cruzar la frontera cuando tenía la oportunidad.
Su camarada, que fumaba con los ojos fijos en la radio, torció la boca.
—Habrías desperdiciado tu vida sin motivo.
—Debí conseguir el visado para mi hermano Sándor, y no para mí —insistió—. Debí aceptar mi destino. Si Dios me lo tenía reservado, quizá me pertenecía, pese a todo.
Dinah extendió la mano. Por un instante, dio la impresión de que se disponía a acariciarlo, a reconfortarlo con el tacto de otra piel humana, pero en última instancia se limitó a bajar el volumen del aparato.
—Quizá el destino que te ha reservado HaShem sea este —musitó, sin mirarlo—. Que te conviertas en uno de los hilos del tapiz que libere a nuestro pueblo.
También ella podía comunicarse en silencios.
Con cada respiración, con los gestos con los que se sacaba el pitillo de los labios para depositarlo sobre el cenicero, le recordaba que ambos llevaban el mismo tiempo en la Eslovaquia nazi.
Conocían la resistencia a la perfección y sus planes no les eran ajenos.
Sabían que se estaban organizando, que cada día que pasaba y seguían vivos los acercaba más a la estocada que darían a sus opresores.
Los conocimientos que Jonatán había aprendido en la Haganá (tácticas de guerrilla, infiltración y vigilancia) resultarían cruciales.
Pensó en la raíz latina del término «resistencia»: al prefijo intensivo re se le añade el verbo sistere , la forma altamente irregular de stare , mantenerse firme.
Resistir, por lo tanto, significa mantenerse firme, con ahínco, en una postura o principio.
No desistir, aunque la carne, mucho más débil que el intelecto, lo pida.
En Csepel, la reunión espontánea se camufló de simple conversación entre el joven gerente y uno de los nuevos obreros especializados.
En la hora más desesperada del país, ante cambios que ponían en primera línea la naturaleza misma de la empresa, ¿qué sospecha podía caer sobre una llamada como aquella?
Pese a todo, Ádám no cambió de tema hasta el momento exacto en el que dejó de escuchar el ruido rítmico de los tacones de la secretaria al alejarse.
Un instante más, brevísimo, de un silencio atravesado por la mirada terrosa de Sándor Rozenfeld.
Encendió la radio. Sin noticias. Las ondas transmitían, de manera ininterrumpida, los conciertos de música clásica habituales.
Por costumbre y por prudencia, haciendo caso omiso de las jaquecas que no lo abandonaban, subió el volumen.
Una mordaza de sinfonías, de sonidos, que ahogó la urgencia de sus preguntas.
—¿Cómo están las cosas en el barrio?
Las referencias veladas como una capa más de protección, por si hasta a las paredes y a las ventanas cerradas les nacían ojos para observar y oídos para escuchar. Sándor, repantigado frente a él, cambió el peso de una pierna a la otra.
—Normales…, tensas…, ya te puedes imaginar.
Los hay que ni con estas pierden la esperanza.
—Se inclinó hacia Ádám, de modo que pudo bajar la voz—.
Según los rumores, los alemanes están organizando un Consejo Judío.
Al parecer, quieren tenernos calmados y que pensemos que, si obedecemos las órdenes que nos den, no correremos peligro.
—Expulsó aire por la boca—. No necesitan un consejo para eso.
Ya muchos se están obligando a pensar así para mantener la cordura.
Ádám asintió. Con la mano izquierda, la más hábil, tomaba dos cigarrillos, mientras que la derecha seguía trasteando con la radio para que la orquesta, que le hacía lagrimear de dolor, enterrase por completo sus palabras.
—¿Sabes algo de Richárd Friedl?
—Está bien. Por lo que parece, se ha pasado todo el día destruyendo documentos que puedan comprometernos y buscando escondites para los líderes y los jalutzim que más se han significado.
—¿Tú…? —tanteó Ádám, que lo señaló con el pitillo antes de tendérselo.
Sándor aceptó, mas no lo encendió de inmediato. Lo sostuvo entre dos dedos, como si se tratase de un objeto frágil y valioso.
—Estoy a salvo. Solo soy un enlace. Nadie sospecha de mí —precisó mientras lo observaba.
—No te confíes. Nuestro piso de la plaza Batthyány está vacío. Puedes utilizarlo hasta que las cosas se calmen un poco, al menos.
Sándor sacudió la cabeza.
—Estoy bien, Ádám. ¿Y vosotros? Por lo que se cuenta, han hecho muchas detenciones, y a gente de tu clase.
—Ya ves que la noble cuna no lo es todo.
—Desvió la vista hacia la ventana. La luz, que entraba a raudales, recordaba con su belleza la agonía del día anterior—.
Estamos bien, a Dios gracias. Unos familiares, primos de mi madre, han tenido que esconderse, pero nada más.
—Suspiró y, con el mismo ímpetu, se volvió de nuevo y dejó reposar el cigarrillo sobre el cenicero—.
Mantenme informado de cualquier cosa que ocurra, por favor.
Me imagino que la ocupación lo cambiará todo.
Si necesitáis dinero, exenciones o cualquier otra cosa…
, me tenéis a vuestra entera disposición.
Sin romper la camaradería del contacto visual, abrió el primer cajón del escritorio para extraer un juego de llaves que entregó en mano a Sándor.
—El piso de la plaza Batthyány —le explicó—.
Les he dicho a los míos que me gustaría adaptarlo a mis necesidades, ya que subir la colina hasta Istenhegyi con la pierna como la tengo no es exactamente la cumbre de la diversión, y tampoco me apetece utilizar el automóvil a diario estando la gasolina racionada.
En otras palabras, nadie accederá al apartamento durante el transcurso de estas supuestas reformas, y los vecinos no sospecharán de que entren y salgan desconocidos con ropa de obrero.