Capítulo X
X
Una hermosa mañana de primavera. Clarísima, brillante, de las que solo se dan, como por intervención divina, tras el más crudo de los inviernos.
Cuando las tropas alemanas entraron en Budapest, Ángel Sanz Briz disfrutaba de su taza de espresso y del periódico del día en una de las terrazas soleadas del lado Buda de la ciudad.
Él, que debido a su trabajo trasnochaba más de lo que hubiera deseado y no acostumbraba a llegar a la legación hasta cerca de las once, se había dejado seducir por la delicia de aquel cielo tan azul y de los primeros vientos cálidos del año.
Raro en él, había ocupado la mesa temprano, lo suficiente para permitirse tomar algo y, aun así, cumplir con la obligatoria hora de ayuno antes de recibir la sagrada forma en la misa de doce.
Qué traición tan grande, mancillar la belleza de aquel domingo de marzo con el bramido de los tanques y el rugido de los motores.
Las multitudes que se habían congregado en las cafeterías y las terrazas, tan atraídas por aquella primavera gloriosa como el diplomático, se asomaron en masa a las ventanas y llenaron los bordillos de las aceras para observar la procesión galante que se desplegaba ante sus ojos.
Por un instante, incluso Ángel, que debido a su puesto había sido de los pocos en ver acercarse el lobo, se contagió de la sorpresa imperante.
¿Quién podía aniquilar de una sola estacada tanta paz, tanta felicidad?
La de Budapest sería, sin duda, la ejecución de los inocentes.
Ángel no percibió miedo en sus compañeros de terraza, sin embargo; tan solo el pasmo y la incomprensión de una nación soberana derrotada.
Las tropas, que marchaban ceremoniosas por la capital magiar, estaban formadas por hombres jóvenes, atractivos, atléticos y bien educados, poseedores del tipo de intelectualidad que empapa también el cuerpo: la flor y la nata del Reich de los Mil Años.
De no haber sido por los uniformes que portaban, a Ángel casi le habrían parecido invitados a cualquiera de las reuniones de diplomáticos o, incluso, a las cenas de gala que ocupaban tantas de sus noches.
Eran tan similares a él, y a los hombres como él, que casi olvidó el rechazo que sus ideas le inspiraban.
Al depositar distraídamente los pengős sobre la mesa para pagar la consumición, los recuerdos de la década anterior lo atravesaron como una daga.
En el agosto de sus veintidós años había realizado un viaje de estudios por Europa Central junto con sus compañeros, los que serían la primera promoción diplomática de la República.
Si se esforzaba, todavía podía evocar los olores y los sonidos exactos de la Alemania de 1932, que más adelante había descrito como «erizada de notas hirientes y contradictorias».
Potsdam, hija del imperialismo prusiano, había sido una fiesta para muchos, pero no para él.
¡Y Berlín! En la joya de la corona del Reich tuvieron la ocasión de ver una revista marcial en el Teatro de la Radio.
Flanqueado por la imponente arquitectura de aquel edificio icónico, que casi se alzaba como una catedral secular, sentado en su butaca de terciopelo rojo, no fue capaz de caer rendido al hechizo del espectáculo.
Para él, aquella no había sido más que una demostración absurda y nostálgica de poder, un ejercicio inútil de recuerdo de un pasado de grandeza.
Ante la recreación de las tripulaciones heroicas de los submarinos de la Gran Guerra, el público germano se exaltó, pero el entonces futuro diplomático no logró compartir sus clamorosas ovaciones.
Le daba la impresión de que ellos también, desde la tribuna, formaban parte de un espectáculo grotesco cuyo clímax llegó con el saludo romano a las milicias hitlerianas que tomaban el escenario.
Como apoteosis, la totalidad del teatro (artistas, músicos, público, todos) entonó el himno, aquel cántico que hablaba de revancha, expansión imperial y cesárea hegemonía sobre el mundo.
Entonces, desde el fondo de su asiento, cuatro años antes de que estallase la guerra civil en España, Sanz Briz le vio las negras fauces al conflicto armado.
Le resultaba imposible reconocer, en los hombres y mujeres que lo rodeaban, a la pacífica burguesía germana de la que tanto había leído en las novelas de su juventud.
Una sombría profecía lo fulminó con los acentos bárbaros de aquellos Heil Hitler que reverberaban en el teatro.
Ni siquiera más tarde, cuando esa misma Alemania auxilió al Ejército Nacional al que él apoyaba, se despojó del sentimiento de sospecha que el nazismo le inspiraba.
La procesión ominosa que se adueñaba de las calles de Budapest habría podido ser la imagen en negativo de aquella revista marcial cuya memoria todavía lo obsesionaba.
No se demoró más. Si se apuraba, quizá tendría ocasión de cruzar el puente y llegar a la legación, aquel domingo robado al Señor.
Cuando los alemanes tomaron Budapest, Miguel Ángel de Muguiro se preparaba para ir a misa.
Un domingo como otro cualquiera, bañado por una luz prodigiosa que parecía llevar consigo la despreocupación de las estaciones más cálidas.
Él, veterano, que en otras plazas muy malas había tenido ya el infortunio de torear, no demoró un instante en acercarse a la legación, abriéndose paso entre el caos de vecinos y curiosos que se detenían para observar de cerca la procesión triunfal.
Más que ninguna otra cosa, le sorprendió la crueldad de la capital.
Esta no residía en la fuerza bruta, puesto que las escenas que sucedían ante él transcurrían con la más absoluta calma, sino en la indiferencia.
Lejos de horrorizarse, los viandantes estudiaban la situación con la pasividad con la que alguien se maravilla de los fenómenos de la naturaleza, reacios o incapaces de admitir la gravedad del golpe encajado.
El edificio de la calle Eötvös lo recibió con los timbres estridentes de los teléfonos que sonaban con una única interrupción: el momento en el que la canciller Elisabeth Tournée descolgaba el auricular para tomar recado, una tarea interminable, puesto que, en cuanto colgaba, el aparato volvía a sonar.
Tanto ella como el abogado Zoltán Farkas habían tenido la misma idea que él.
Debido a su situación racial, en sus expresiones y hasta en sus movimientos se percibía el nerviosismo que De Muguiro había buscado sin éxito entre los aquincenses.
Los dedos de la mujer temblaban al teclear, un instante de duda que no se reflejaba en los documentos que escribía, dotados del estilo analítico, casi clínico, del que siempre hacía gala.
Cuando Ángel Sanz Briz cruzó el umbral de la puerta, ya reinaba en la sala un silencio mucho más terrible que la sinfonía de timbrazos anterior, y De Muguiro estaba redactando un comunicado a Madrid en el que exponía cuanto había trascendido de la situación.
Una serie de divisiones motorizadas alemanas, que han salido de Viena a las tres de la madrugada, han ocupado Budapest a las siete.
Las tropas alemanas han efectuado numerosas detenciones, entre ellas las del ministro del Interior, algunos políticos, judíos y subversivos.
La legación del Reino de Italia ha sido, asimismo, ocupada y sus empleados detenidos.
La ciudad mantiene la calma, aunque las líneas telefónicas se han interrumpido.
Mucho me temo que este mensaje pueda demorarse.
Todavía no había terminado el borrador cuando Sanz Briz, ceroso y jadeante, ignoró por una vez el trato profesional entre subordinado y superior, y entró en el despacho sin pedir permiso.
La bufanda desatada y el abrigo abierto destacaban en aquel hombre tan admirado en los círculos sociales por su elegancia, porte y estilo.
—Se rumorea que han tomado prisionero al regente —soltó, a modo de saludo.
De Muguiro apenas levantó la vista de la mesa.
—Me temo que los rumores son ciertos. Según me han comunicado antes de que se cortasen las líneas, muchos amigos nuestros han sido detenidos —dijo.
Sanz Briz contuvo la respiración. La mano con la que sostenía la bufanda, que iba a colgar en el respaldo de la silla, quedó suspendida en el aire como un miembro enfermo. Cada uno de sus movimientos era lento, la antesala de un desasosiego que por dignidad se negaba a exteriorizar.
—¿Sabe por qué motivo?
—Anglofilia, por lo que sé. Se están llevando a los opositores políticos, inclusive los conservadores, y a los aristócratas de los que se sospechan sentimientos antigermanos, para interrogarlos. También a algunos judíos importantes: periodistas, médicos, poseedores de las grandes fortunas…
Ángel se secó el sudor de la frente.
—Es una debacle —masculló—. Quizá debiera…, si me lo permite, quizá debiera hacer un par de visitas, asegurarme de que ninguno de nuestros conocidos precisa nuestra ayuda.
«O nuestra protección». Esa apreciación, que no se convirtió en sonido, flotó entre ambos, tan visible y afilada como una espada.
Porque España podía ser un país neutral, pero su lealtad al Reich no se cuestionaba.
Aunque se habían retirado las tropas de la División Azul, el gobierno seguía proveyendo a los alemanes el valioso wolframio, la Abwehr [28] operaba en Madrid como en Berlín y a los submarinos germanos se les proporcionaba el mantenimiento que requerían en el puerto de Ferrol.
Sin ápice de duda, no existía en Budapest una embajada neutral tan segura como la suya.
Y Ángel había permanecido en su puesto tras el estallido de la Guerra Civil.
Confiando en los consejos de quienes conocían sus ideales políticos, aceptó que lo destinaran a Gran Bretaña, donde desarrolló su gran farsa.
Hasta marzo de 1937, sin romper jamás las apariencias de diplomático fiel a la República, había colaborado clandestinamente con el gobierno de Burgos.
En los primeros días del Alzamiento, cuando aún estaba en Madrid, se había arriesgado al facilitar la salida de varias personalidades afines a la causa sublevada.
Sabía jugar a ambos lados del tablero. Con su mujer y su hija lejos de Budapest y a salvo, no tenía miedo.