El silencio de los justos Capítulo IX
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Capítulo IX

IX

Richárd Friedl no era un hombre que acostumbrase a esperar.

Cuando Ádám y el refugiado se sentaron a su lado en el banco de la iglesia, según lo acordado, apenas se movió para dirigirles un velado saludo.

Con los ojos, hundidos y sesgados, fijos en el altar, se santiguó y aprovechó que los dedos le cubrían la boca para preguntar:

—¿Algún contratiempo?

—No estaríamos hablando de ser así —le susurró Ádám.

Richárd, un año menor que él y de rasgos toscos, casi nórdicos, que no desentonaban en ningún barrio de la capital, era la piedra angular de Hashomer Hatzair, la organización socialista y sionista a la que pertenecía.

Oriundo de Kolozsvár, se había mudado a Bratislava en su infancia.

Los años de estancia en el país vecino y su servicio en el Ejército Eslovaco le proporcionaban los contactos y los conocimientos esenciales para la supervivencia en la clandestinidad.

Habían sido los del propio Hashomer Hatzair quienes, en su magnanimidad, habían pensado que sus habilidades resultarían más útiles en Hungría, motivo por el cual había regresado el año anterior.

—¿La frontera?

—Con más presencia alemana de la que me habría gustado…, pero no nos han dado problemas.

—Están bastante nerviosos —afirmó Richárd. Bálint Nagy, junto a ellos, mantenía el tipo como buenamente podía, cual monaguillo que vuelve a misa tras atracar la bandeja de la colecta—. Por lo que sé, la resistencia podría estar reorganizándose.

—Dios te oiga. Por aquí todo bien, espero.

Richárd lo miró de reojo.

—Sí, todo normal.

Balbuceó una última oración y luego se santiguó de nuevo. Ante la señal acordada, el refugiado lo imitó y se levantó de modo que ambos desaparecieron entre el incienso y el olor a cera de las velas.

Eslovaquia amanecía rosada como un pomelo abierto.

Al abrigo de los montes Tatras, al que el enlace los había conducido durante la noche, la precariedad de su situación era evidente.

Aunque su fidelidad se dirigía en primer lugar a los británicos, eran partisanos entre partisanos, y las leyes mudas de la camaradería en la Europa ocupada les exigía colaborar en las labores de sabotaje y guerrilla.

El grupo al que pertenecían destacaba por su heterogeneidad.

Excepto los desertores del Ejército Eslovaco y los prisioneros de guerra fugados, cuanto aquellos hombres y mujeres habían aprendido de tácticas de combate se lo debían a la montaña.

Quizá HaShem estaba con ellos. Tal vez fue su mano la que reblandeció el corazón del muchacho del bosque, que decidió creerlos.

Tras aceptar que ellos provenían de Swansea, el partisano bajó el arma y se abalanzó sobre sus cuellos para besarlos mientras repetía tovarish, tovarish como una oración.

Con la misma determinación, los condujo al campamento, montaña arriba, a través de caminos tortuosos en los que la nieve no había llegado a descongelarse.

Después de lo que parecieron horas, en la cima de la pendiente los recibieron las llamas hogareñas de una fogata junto a la cual se congregaba un curioso grupo de personas.

Algunos portaban uniformes eslovacos; otros, italianos y alemanes; los había con atuendos tradicionales, ya harapientos, y uno asustó a Jonatán por el simbolismo que su uniforme gris ocultaba: era, sin duda, indumentaria robada a un miembro de la Gestapo.

— Anglicky tovarish —los presentó el partisano y luego, con una risita, precisó—. Walesky tovarish!

Los camaradas se volvieron para observarlos.

A pesar de sus diferencias en lo concerniente al vestido, resultaba evidente que pertenecían a la misma organización por la manera en que estaban sentados, con las piernas cruzadas y los fusiles entre ellas, apoyados en el hombro derecho.

Después, cuando se adentraron en la cabaña, escondida por la vegetación, comprobaron que también los que dormían estaban aferrados a sus armas.

— Smrť fašizmu! [26] —exclamó Jonatán, como le habían instruido, consciente de que los partisanos lo escudriñaban sin tratar de ocultar su escepticismo.

—Sloboda pre ľud! [27] — agregó Bloomsbury.

— Sloboda pre ľud! —corearon los demás.

Les hicieron un hueco para que se sentasen frente al fuego. Estando ya entre amigos (no, algo más profundo: camaradas), Jonatán se desabrochó el mono para sacar de él su equipo. Enseguida ofreció cigarrillos, conocida moneda de cambio entre la resistencia, a sus nuevos compañeros de armas.

—El fusil primero, galés —repuso el que portaba el uniforme de la Gestapo—. Los cigarrillos levantan la moral, pero sin las armas no podemos combatir.

La espalda de Jonatán se crispó de manera instintiva e intercambió una mirada con Bloomsbury, quien preguntó con cuidado:

—¿Hablas inglés?

—¿No me oyes? Desde que era niño. Mis padres tienen…, tenían un cine en Bratislava. Aprendí viendo las películas de Hollywood. Uno de nuestros vecinos, que había pasado un par de años haciendo fortuna en América, me dejaba practicar con él.

Jonatán le sonrió y, con la misma dulzura, le depositó el arma en las manos.

—Mis tíos también tienen un cine…, allá en Swansea. Es un oficio bonito.

—Si no lo destruye la guerra.

Jonatán apartó la vista.

—Ya…, mira, camarada, nosotros éramos tres. Uno de los nuestros todavía no ha aparecido. Si podéis organizar una partida…

El hombre, que ya le pasaba el fusil a su vecino, le mostró las palmas de las manos.

—No os preocupéis por eso. En cuanto divisamos el avión, mandamos a varios hombres a rastrear los bosques. Encontraremos a su amigo.

—Amiga —lo corrigió Bloomsbury.

Una arruga se dibujó entre las cejas frondosas del partisano.

—¿Una mujer? Ignoraba que el Ejército Británico admitiese a mujeres en sus filas.

Jonatán se humedeció los labios.

—Para misiones como esta, sí. Es la mejor preparada de los tres. Nos conviene tenerla entre nosotros.

En la cabaña, calmada la emoción del recibimiento y el sentimiento de comunidad que proporciona el tabaco compartido, fue incapaz de conciliar el sueño.

Las promesas de los partisanos, que tan esperanzadoras se le habían antojado en torno al fuego, se debilitaban con cada hora que pasaba.

No podía dejar de pensar que los alemanes, dotados de los manuales extraídos a pilotos derribados, sabían que el Ejército Británico prohibía a las mujeres cruzar fronteras enemigas.

Si la capturaban antes de que los guerrilleros la encontrasen, la colgarían por espía.

—HaShem la protegerá —repetía Bloomsbury, en voz cada vez más débil—. Como nos ha protegido a nosotros.

El amanecer en la montaña era temprano y, sí, sangraba rosa.

Aquellos que no habían logrado pegar ojo, a pesar del cansancio que el miedo y la expectación traían consigo, se desperezaban con los ruidos que acabarían por convertirse en su padrenuestro: el crepitar de la fogata que se encendía para el temprano desayuno; el frufrú de los uniformes de los camaradas que se vestían; los pasos de los compañeros que habían hecho guardia durante la noche y se retiraban a la cabaña, y los de los que regresaban tras peinar el bosque.

A su llegada, olvidándose momentáneamente de la rodilla dolorida, Jonatán se levantó del catre y se acercó a ellos cojeando.

—¿Habéis encontrado a nuestra compañera? —inquirió mientras buscaba con la mirada al partisano del uniforme de la Gestapo para que lo tradujese.

Los muchachos, de su misma edad y constitución, ladearon la cabeza, movimiento que acompañaron del gesto vacilante con las manos.

—Mucho me temo que no, galés… —respondió uno de ellos—. ¡Nos ha encontrado ella a nosotros primero!

Jonatán trató, en vano, de que la expresión no delatase que los había comprendido antes de que su amigo pudiese repetirle lo mismo en inglés.

Bloomsbury, convocado por el reencuentro que aquella afirmación auguraba, saltó también del catre.

Al salir, uno con más dificultad que el otro, el fresco despertar de los Tatras no les resultó tan molesto como el olor a sucedáneo de café y cigarrillos, el desayuno por antonomasia de la resistencia, que no logró seducirlos.

—¡Irene! —la llamó Jonatán, procurando que la emoción no lo empujase a utilizar su nombre de nacimiento o el que había adoptado en Palestina, sino el de su nueva identidad británica—.

¡Irene! —Se volvió hacia los partisanos—.

¿Dónde está? Habéis dicho que os había encontrado ella antes de que vosotros dieseis con su paradero.

El de la Gestapo irrumpió en una risotada grave, sonora, que reverberó por el campamento como una sinfonía burlona.

—No nos habéis dado tiempo a explicaros lo que ha pasado —aclaró—.

Tenías razón en que es la mejor preparada: se os ha adelantado y ha caminado toda la noche para ponerse en contacto con la célula que se esconde en el pueblo.

Llenad un poco el estómago y os llevaremos con ella.

—Arqueó una ceja en dirección a Jonatán—. ¿Podrás?

El supuesto galés se sentó para aceptar el tabaco que el partisano le ofrecía, proveniente, como había previsto, de la cajetilla que él mismo había repartido el día anterior.

—¿No pude subir la pendiente hasta llegar al campamento? Ten más fe en mí.

Sus conceptos de lo que era un pueblo diferían.

El lugar al que los condujeron, al pie de la ladera, era una pequeña localidad decadente y olvidada, que por su tamaño y número de habitantes solo podía calificarse de aldea o caserío.

Un grupo de partisanos vigilaba un edificio bajo, también destartalado, que hacía las veces de almacén y de cuartel general.

Una de las milicianas, de cabello pajizo y rasgos redondeados que delataban su juventud, los acompañó al interior.

Jonatán reparó en Dinah de inmediato. Repantigada contra la pared del fondo, subfusil en mano, con la misma pose desairada en la que la había visto tantas veces durante la instrucción, sonrió ampliamente al reconocerlos y los llamó por sus nombres ingleses.

—¡Siempre un paso por delante! —exclamó Jonatán entre carcajadas, y la estrechó contra su pecho.

—Vosotros, que vais siempre un paso por detrás. —Señaló con la cabeza la venda de la rodilla—. ¿Y eso? ¿Qué te ha pasado ahí?

—El chófer de la RAF que nos asignaron, eso es lo que me ha pasado.

El reencuentro fue breve. Con la sequedad y casi brusquedad con que se comunicaban en la montaña, Gestapo tradujo las indicaciones de sus anfitriones.

Los llevarían a la taberna local; allí, entre el vino y la copiosa comida, tendrían ocasión de familiarizarse con el grupo al que ya pertenecían.

Solo entonces, en cuanto hubiesen recuperado fuerzas y estrechado lazos fraternos, les encontrarían alojamiento en el pueblo.

Caía una tarde febril y naranja, tan típica de los últimos días de invierno, cuando se retiraron al fin al alojamiento prometido: la casa desvencijada y polvorienta de un tendero con un interés particular en los caballos, a juzgar por los cuadros que adornaban las paredes de las escaleras.

La primera planta, habilitada para ellos, era en realidad un negocio cerrado.

Sin dependiente ni mercancía, la estancia, de aire espartano, no ofrecía más lujos que unas literas, dos sillas de cuyos respaldos colgaban toallas limpias y una jarra con agua caliente.

Sus anfitriones, un matrimonio sin hijos, ambos más cerca de los sesenta que de los cincuenta, los recibieron con el saludo habitual.

— Smrť fašizmu.

— Sloboda pre ľud! —respondieron ellos.

Los tres paracaidistas se presentaron con sus nombres ingleses, necesarios tanto para mantener las identidades que les había proporcionado el Ejército Británico como para ocultar su judaísmo.

A sus supuestas nacionalidades, el matrimonio respondió con la extrañeza de quien intenta en vano descifrar la naturaleza de quienes están ante sí.

Resultaba evidente que nunca habían tratado con extranjeros de tierras tan lejanas, cuyos idiomas desconocían.

Debido a la imposibilidad de comunicarse en eslovaco, pues ello habría tirado por la borda su coartada, probaron suerte y la encontraron en la lengua de sus enemigos, el alemán.

—Sentíos como en casa, por favor —indicó el tendero—. Y si la señorita prefiriese que le preparásemos una habitación en el piso superior…

—No se preocupe, que a estos dos bellacos los conozco bien.

El cielo ya era de un azul cobalto cuando se acostaron. Incapaces de rendirse al sueño a pesar del cansancio, tuvieron ocasión de valorar el momento de sus vidas en el que se encontraban.

Jonatán y Dinah compartían catre no por atisbo alguno de sensualidad, ingrediente necesario y constante de la existencia clandestina, sino por dos motivos mucho más primitivos: la búsqueda del calor de otro cuerpo humano y la posibilidad de mantener una conversación sin que llegara a oídos indiscretos.

Eran desposeídos en una tierra de desposeídos.

Aunque sabían de algunos judíos infiltrados en la resistencia, su estirpe podía suponer un problema incluso allí, entre camaradas con un objetivo común.

—Tenemos que llegar a Hungría —susurró Jonatán debajo de la manta que los cubría—. Dar con un enlace que nos ayude a cruzar la frontera…

Ella sacudió la cabeza.

—Nos arriesgaríamos a ser traicionados y la misión resultaría un fracaso. Los alemanes están nerviosos, ya has oído a los partisanos, están desplegando más tropas en lugares vulnerables del país. Hungría pende de un hilo.

—Por eso mismo debemos cruzar antes de que sea demasiado tarde. Tú también tienes familia allí. Si…

—Si nos capturan, ellos también pagarán.

Es un precio demasiado alto. —Inspiró—. Debemos ponernos en contacto con la comunidad judía de aquí más pronto que tarde.

¿Has mirado el mapa? Liptovský Svätý Mikuláš no queda tan lejos; a pie, será cosa de una noche de travesía.

Tienen… o tenían una comunidad judía lo suficientemente importante.

Hemos de empezar por ahí e infiltrarnos en su resistencia.