El silencio de los justos Capítulo VIII
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Capítulo VIII

VIII

—Tienes fatiga de combate —le explicó Ádám a Bálint Nagy antes de salir—. No hables con nadie. Ni en húngaro ni en eslovaco, ¿de acuerdo? Cuantas menos razones demos para levantar sospechas, mejor.

El tren. El corto trayecto desde las oficinas hasta la estación había caído sobre los hombros de ambos con una pesadez imposible, cada segundo más peligroso que el anterior.

En el silencio, interrumpido únicamente por el ulular del viento al anochecer, las miradas de los transeúntes parecían cargadas de preguntas.

Cada movimiento, por pequeño que fuese, se antojaba casi como la antesala de una delación.

Puesto que la suerte no acostumbra a viajar sola, tres soldados alemanes, más maduros y experimentados que los jugadores de póker, se sentaron frente a ellos.

—¿Los húngaros fuman? —les preguntó uno, tras sacar la pitillera del bolsillo y apoyar el cuerpo, delgado y atlético, contra la ventanilla.

—Gracias —respondió Ádám, en alemán, mientras tomaba dos cigarrillos.

Le entregó uno a su compañero, que se mantuvo callado según lo acordado, aferrado al periódico del día que Kitty le había entregado antes de partir.

—¿Le pasa algo a tu amigo?

Ádám observó a Bálint por el rabillo del ojo. Temblaba como un niño.

—Le hirieron en Rusia —aclaró—. Un balazo en la cabeza.

—¿Vorónezh?

Asintió.

—Svoboda.

—¿Y sigue vivo?

—Ya lo ves. Dios no le dejó morir.

—Dios tiene sentido del humor.

El soldado sentado más próximo al pasillo le propinó una patada para llamar su atención.

—Te defiendes bien en alemán, húngaro.

—Ádám. Mi madre es austriaca.

Una simplificación de la realidad y de los lazos familiares en la que los germanos no indagaron.

—Como nuestro Führer —apreció el soldado del medio, y Ádám fue incapaz de discernir si había algo de sarcasmo en el comentario.

Ante la duda, optó por forzar una sonrisa.

—Un país noble.

El primer alemán, que jugueteaba con el encendedor, chascó la lengua.

—Sin ánimo de convertirme en persona non grata , me gustaría poder decir lo mismo del tuyo. —Ádám tensó la espalda—. Horthy empaña la que un día fue una fuerte alianza. Regente de un país sin rey y almirante de una nación sin mar. Los desplantes que le está haciendo al Reich…

—Me gustan tan poco como a ti —lo interrumpió Ádám.

La camisa, empapada de sudor frío, se le pegaba a la columna como una nueva piel—.

Conozco bien a los bolches —dijo acariciando las cicatrices de la cara—.

Ya ves que no volví a casa de una pieza.

No me olvido de la alianza entre nuestros pueblos, tampoco del frente que compartimos ni del enemigo contra el que combatimos.

—¿Vorónezh también?

Ádám arqueó las comisuras en una parca sonrisa.

—Nikolayev.

—¡Un húsar!

—Los últimos de Hungría. Los primeros en portar las armas.

Un ejercicio de engaño, de desaparición.

Ádám se había imaginado tantas veces Nikolayev (el calor abrasador, la obsoleta carga de caballería, los últimos segundos de vida que se extendían hasta el cielo como queriendo abrazar la eternidad) que casi podía evocar olores y sonidos que no había experimentado nunca.

Una especie de ejercicio de espiritismo, de comunicación con los muertos que no respondían a las llamadas.

El alemán sonrió en reconocimiento de la respuesta correcta. Porque su pueblo, que menospreciaba las operaciones del Segundo Ejército en el Don, no olvidaba el capote que les habían echado aquellos húsares que parecían provenir de un pasado de fábula.

—¿Y tú qué piensas, amigo? —insistió volviéndose hacia Bálint, cuya respiración, cada vez más pesada, evocaba las notas agrias de un acordeón.

—No habla alemán —lo excusó Ádám y, cuando el hombre repitió la pregunta en húngaro, agregó—: No habla. No desde Vorónezh.

El alemán alzó las cejas.

—¿Y qué hacen dos húngaros, uno de ellos mudo, en Eslovaquia?

—Negocios, principalmente. Estoy al frente de la empresa familiar desde que volví del frente. —Levantó el bastón—. No es la vida que hubiese preferido, pero…

—¿Y tu amigo?

—Está conmigo. Me ayuda.

—No parece muy útil.

—El trabajo le da dignidad. —Ladeó la cabeza—. Todos tenemos derecho a ganarnos la vida de alguna manera.

Su interlocutor irrumpió en una risotada baja y glacial.

—Cuidado ahí, compañero, a ver si te van a acusar de comunista.

Ádám tomó aire. Trataba de encontrar las palabras adecuadas, el tono seco con el que alegaría que él, cuyo linaje materno procedía de los grófs [19] de Vas y Güssing, no habría podido encontrar asilo en las ideas de los que habían sido sus enemigos en el frente. Ante su silencio, el hombre rezongó.

—Como me temía, los húngaros no tenéis sentido del humor.

Cambia esa cara, hombre, que estaba de guasa.

Aunque ahora que lo pienso… —Chascó los dedos para señalar a Bálint—.

Tu amigo no tiene mucho aspecto de húngaro.

—Se volvió hacia sus compañeros—. ¿Os parece que el mudito tiene pinta de húngaro?

Ambos negaron entre risas, y la ceniza del cigarrillo de Ádám se desplomó sobre la mesita.

Era una suerte, desde luego, que Bálint no comprendiese el alemán.

—No puedo dejar de pensar en ello, os lo juro. —Chascó los dedos de nuevo, dos veces, esta vez en dirección a Ádám—. ¿Puedo ver sus papeles, por favor?

—Por supuesto.

Se los cogió del bolsillo izquierdo, donde él mismo los había depositado, sin decirle nada.

Le pareció que Bálint ahogaba un gritito, que dejaba escapar al fin el aire de su cuerpo, pero fue una interjección tan inaudible, tan mínima, que los soldados, atentos a la documentación, no reaccionaron a ella.

Durante un segundo, Ádám contempló la idea de presentarles también su pasaporte, pero en el último momento optó por no hacerlo. Quizá serían capaces de percibir alguna diferencia entre sus papeles y los del muchacho, aunque con toda probabilidad jamás habían visto un pasaporte húngaro.

—Lo que me temía —siseó el de la ventanilla tras pasar las páginas sin tener cuidado de no rasgar el papel, y les hizo un gesto a los otros dos para que se inclinasen a mirar—. ¿No os parece…?

—Sin lugar a dudas.

El primero cerró el pasaporte (no lo devolvió) y torció los labios en una mueca ilegible.

—Estás metido en un lío, chico —dijo en húngaro.

Las pupilas de Bálint se sacudieron y volcó los ojos, aún más enormes y febriles que antes, en Ádám. Separó los labios, incluso, quizá preparándose ya para un último pretexto, una última explicación.

Los alemanes rieron. Tres carcajadas enormes, abismales.

—Se le parece tanto que da miedo, el muy capullo —comentó el del centro mientras su compañero le tendía los papeles a Ádám.

—Es la viva imagen de un sargento de nuestra compañía —explicó—. Poppa, lo llamábamos. Murió hará tres o cuatro semanas.

—Lo lamento.

—Es la naturaleza de la guerra. —Les hizo gestos a los otros dos para que se levantasen—. ¿Qué tal si atacamos el vagón restaurante? ¡Por Poppa! —Se volvió de nuevo hacia los húngaros—. ¿Os podemos invitar a algo?

Ádám negó con un movimiento seco de la mano.

—Es mejor que Bálint no beba mucho —dijo—. El alcohol lo altera sobremanera, a causa de sus secuelas.

—Ya —respondió el alemán con brusquedad.

—Es una auténtica pena el estado en el que acaban algunos —insistió uno de sus camaradas.

Ádám tuvo que darle la razón.

—La naturaleza de la guerra, desde luego.

No recibió respuesta. Hartos de la conversación que arrojaba luz sobre las derrotas recibidas, se alejaron. El vagón apenas contuvo un instante más el fantasma de sus risas y sus vapuleos, antes de sumirse de nuevo en el silencio.

Cayó al abrigo de la noche, envuelto por la niebla y el rocío. Trató de identificar el piar de los pájaros en aquella sinfonía de ruidos de la naturaleza, pero fue incapaz. No habitaban aves en aquellos bosques de Eslovaquia, al menos, no habían ido a su encuentro.

El aterrizaje de Jonatán en la Europa continental fue acompañado de un dolor sordo que se catapultó del tobillo a la rodilla. Cayó sobre la hierba, aún húmeda y blanquecina de aguanieve. De manera instintiva, se llevó una mano a la cabeza; la otra, al miembro herido.

— Ben Zona! [20] —masculló mientras se deshacía del arnés.

A su lado yacía el paracaídas, cual sudario, y como pudo, de una patada con la pierna sana, lo escondió entre los arbustos.

Las hojas se movían. Primero las oyó, un crepitar bajo, y solo después las vio, cuando sus ojos se habituaron a aquella penumbra que lo sostenía. Acarició su revólver y lo bajó enseguida al reconocer la figura delgada, casi felina, de Bloomsbury que se le aproximaba.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Sus ojos, anaranjados en la negrura, evocaban los de los búhos. Incluso su voz, más aguda de lo que Jonatán recordaba, aludía a aquellos majestuosos animales.

—Sí —jadeó mientras tomaba la mano que su compañero le tendía.

Al incorporarse, sin embargo, aquella punzada regresó y se extendió hasta la cadera. Para evitar desplomarse, apoyó la espalda en el árbol bajo el que se parapetaban.

—¿Está rota?

Jonatán negó con un gesto.

—No, no creo. Putos británicos… ¿De dónde sacan los pilotos de la RAF? Darnos la orden de saltar cuando el avión estaba demasiado bajo…

En la perfección objetiva de las matemáticas, los ciento ochenta y tres metros se consideraban la cifra idónea.

Concedía a un hombre el tiempo suficiente para abrir el paracaídas y evitaba someterlo a más de diez segundos de caída en picado.

Si saltaran desde una distancia mayor, el viento arrastraría al paracaidista más allá de su objetivo; desde una demasiado corta se arriesgaban a un aterrizaje aparatoso y a las secuelas físicas que podía conllevar.

Jonatán, el segundo en saltar pero el más corpulento, había tenido la oportunidad de comprobar esa teoría en sus carnes.

Bloomsbury ya no lo miraba. Ante la ausencia de los contactos de la resistencia, había escondido su paracaídas con la misma celeridad que Jonatán y se estaba desabrochando el mono para alcanzar el mapa de escape.

La ligereza de la seda con la que estaba confeccionado facilitaba el escondite, en su caso, como en muchos otros, entre la espalda y la ropa.

—El tiempo no ha estado de nuestro lado —rezongó con voz pastosa, al sujetar la linterna entre los dientes—. El viento nos ha empujado…, calculo que a uno o dos kilómetros de nuestra posición.

Jonatán, que lo cubría con su cuerpo, resopló.

— Cagüen la puta. ¿Y Dinah? ¿Dónde está?

Las pupilas de Bloomsbury temblaron.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—No lo sé. Vi cómo el viento la empujaba hacia el norte…, es la que menos pesa de los tres. Entre eso y las cagadas de los británicos…

—Tenemos que encontrarla.

Por vez primera, Bloomsbury separó los ojos del mapa para volcarlos en Jonatán. Humedecidos y brillantes, refulgían con un fuego helado que recordaba a los santos y a los héroes míticos de los cuadros.

—Tenemos que encontrar a los enlaces —terció en un susurro apenas audible.

Jonatán se inclinó más hacia él.

—Es nuestra compañera.

—Sí, dotada de las mismas armas que nosotros, instruida por los mismos oficiales y asignada a la misma misión.

—Se pasó la lengua por los labios. Con el puño agarraba la linterna, ya apagada, cual animal herido—.

Estamos en territorio enemigo y el tiempo corre en nuestra contra.

¿Cuánto crees que tardará alguien en dar con los paracaídas?

Debemos reunirnos con la resistencia, acompañarlos a lugar seguro y establecer las líneas de comunicación por radio con los británicos antes de que…

Jonatán dio un paso atrás, casi abofeteado por la brusquedad de su respuesta y la verdad que se escondía en ella.

—Es una de los nuestros. No me asusta arriesgar el pellejo por ella.

—No es tu pellejo lo que me angustia, sino la misión.

Si nos capturan a los tres…, todos esos meses de espera no habrán servido de nada.

—Apartó la mirada—. Fui el único de mi familia que pudo emigrar a Inglaterra.

Dejé a todos los demás atrás. Tengo que creer…

, tengo que creer que están aún con vida, en casa o en los campos del Este.

Si me encuentro aquí es por ellos y por todos los que son como ellos. HaShem [21] no abandonará a Dinah.

—¿No abandonó HaShem a nuestras familias?

Bloomsbury tragó saliva.

—Ya no. Ahora estamos nosotros aquí.

Guardó el mapa en el bolsillo. No esperó réplica alguna, y, en efecto, no llegó.

Ninguno de los dos pensó en las posibilidades, terribles, ni en las cápsulas de cianuro que llevaban escondidas por si los prendían y el miedo y el dolor resultaban más fuertes que la lealtad.

No pensaron en nada, salvo en su misión y en el silencio…

interrumpido por el crujido de una rama que se rompía.

Se agacharon para ocultarse tras los troncos gruesos de dos árboles.

Jonatán palpó su Enfield N.º 2 mientras Bloomsbury consultaba la brújula.

—¿Quién va? —bramó una voz, en eslovaco.

Los paracaidistas se agazaparon más entre los árboles. Un bosque podía ser una cárcel o un paredón o un cementerio.

Pasos. La luz de una linterna. La figura del hombre que la portaba los iluminó con ella.

—¿Quién va? —repitió.

Bloomsbury y Jonatán alzaron los brazos. ¿Estaría también HaShem entonces de su lado, o sería otra la espada que les asestase la estacada última?

—Amigos —balbuceó Bloomsbury en inglés, para no desvelar su coartada—. Somos amigos, tovarish . [22]

El joven que estaba ante ellos, fusil en mano, arqueó una ceja poblada. De rasgos simples, casi feos, y con una cabellera caoba que se le rizaba bajo la boina, no aparentaba tener más de dieciocho o diecinueve años.

— Tovarish rusky? [23]

— Nie rusky , anglicky. [24] Soldados británicos. Somos amigos.

El muchacho frunció el cejo. Entre gritos, sin bajar el arma con la que los apuntaba, arguyó que el idioma que les había oído hablar antes de hacer notar su presencia no era inglés.

— Nie anglicky! Nie anglicky!

Jonatán intercambió una mirada fugaz con su compañero.

— Walesky [25] —tanteó—. Somos de Swansea —dijo señalándose a sí mismo primero y después a Bloomsbury—. Swansea. Walesky.