El silencio de los justos Capítulo VII
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Capítulo VII

VII

Ádám llegó al edificio de oficinas con la luz anaranjada de la tarde y el aguanieve pegada a los zapatos.

Su enlace era una mujer relativamente joven, de rizos entrecanos, figura esbelta y rasgos serenos que no habría podido identificar en una multitud.

Tras cederle el paso tomó su abrigo, y mientras le indicaba las escaleras se dirigió a él con voz grave, casi masculina.

—Señor Farkas de Batthyány, ¿no es así? Permítame que le acompañe al despacho del señor Nagy…

La arquitectura de aquella operación residía en la amalgama perfecta de mentiras y verdades.

Al igual que resultaba preferible no actuar de noche para evitar levantar sospechas, recurrir a un pseudónimo habría supuesto una pérdida de tiempo.

En caso de que los contactos eslovacos fuesen apresados y, bajo tortura, lo denunciasen, la protección de su apellido le aseguraría el poder dar una estacada más grande.

En la intersección entre el miedo y los objetivos comunes, por tanto, crecía la camaradería.

El ascenso, tortuoso debido a su discapacidad, los condujo a una habitación anodina, tan típica de las oficinas de las pequeñas ciudades que él habría podido sentirse a salvo en su cotidianidad.

Al tomar asiento frente a la mesa, sobre la que depositó el maletín, Ádám no pudo evitar pensar que, por desgracia, Bálint Nagy tenía todo el aspecto de lo que era, en persona más que en la fotografía.

Bálint Nagy así se llamaba porque lo afirmaba la nueva documentación; su nombre anterior, el verdadero, ya no importaba y, en consecuencia, Ádám no se había molestado en aprenderlo.

—Mucho gusto en conocerle, señor Farkas de Batthyány. Estoy muy emocionado por… hacer negocios con ustedes. Espero de corazón que mi experiencia les resulte valiosa.

Mientras hablaba, con la pierna derecha, cruzada sobre la izquierda, temblando bajo la mesa, dirigía miradas de soslayo al enlace, que respondía al nombre en clave de «Kitty».

Sonreía con timidez, casi con temor, y, a pesar de las arrugas que le cuajaban el rostro moreno, Ádám se figuró que debían de tener más o menos la misma edad.

Con el acento, denso y casi indescifrable, había poco que hacer.

—Hay que joderse —bufó, y tiró sobre la mesa un paquete nuevo de cigarrillos.

Esperaba que el judío tomase uno, pero no lo hizo. Tampoco Kitty, cuyos ojos estrechos, de un azul glacial, estaban fijos en Ádám.

—¿Estás borracho?

—He tomado un par de cervezas en el tren.

Kitty masculló algo en eslovaco que Ádám no llegó a descifrar.

—Un puñado de alemanes me invitaron —explicó—. Tenía que guardar las apariencias. —Chascó los dedos en dirección a Bálint Nagy—. Tienes documentación húngara. Por mucho que tu lugar de residencia esté en el Felvidék, con ese acento no vas a engañar a nadie.

Las pupilas oleosas del hombre temblaron.

—Señor Farkas…, si me permite…

—Era una afirmación, no una pregunta —aseveró, y volcó toda su atención en Kitty, que no había roto el contacto visual—. Nos estamos jugando el pellejo.

—Todos. —Señaló a Bálint Nagy con un movimiento rápido de barbilla—. Él más que nadie.

—Precisamente.

La noche los envolvía como el abrazo de una madre. Los tres voluntarios que hablaban eslovaco con fluidez —Jonatán, Dinah y Bloomsbury— apoyaban la espalda en la pared metálica, vibrante, del avión que los conduciría al corazón de Europa. Estaban rezando.

— Adonai ish milchama. Adonai Yah shemo. Markevot paro ve ’chilo Yarah ba’yam u’mevchar shalishav, tub’eu ba ’yam suf… [16]

Una canción más que una plegaria. Jonatán la identificó enseguida, en cuanto Dinah, con su voz almibarada que no se quebraba con el terror, entonó la primera nota.

Se trataba de la «Canción del mar», incluso él la conocía, la composición de Miriam, hermana de Moisés, que celebraba la liberación de los hebreos de Egipto.

Aquellos versos, que antaño no habían significado nada para él, en la armonía de tres improvisada lo conmovieron hasta arrancarle las lágrimas.

—En nuestras manos, los fusiles serán como la espada de Aod —decía ella—. Como Moisés, liberaremos a nuestro pueblo.

Jonatán oyó a Bloomsbury tragar saliva. Aunque sus ojos oscuros seguían fijos en su compañera, carentes de sentimiento.

—Estaremos bien —le dijo, más para calmarse a sí mismo que para calmarlo a él.

Bloomsbury asintió.

—Sí, estaremos bien.

Jonatán se concentró en la instrucción. La noche anterior no había sido capaz de dormir.

Lo que lo mantenía en vela no eran los labios dormidos por el vino, los oídos sordos de la música o las piernas pesadas por el baile, sino la fotografía, en blanco y negro y de mala calidad, de Ádám.

La desdoblaba con cuidado, casi con cariño, y la estudiaba a la luz de la vela hasta memorizar su nuevo aspecto, que adoraba tanto como aquel con el que estaba familiarizado.

En la quietud nerviosa de la madrugada, se abandonó al mismo ejercicio: puso toda su atención en cuanto lo rodeaba, por si no podía verlo más.

El olor del sur de Italia, donde los inviernos se disfrazaban de primaveras y el viento llevaba consigo recuerdos de flores y limones.

Aun a sabiendas de que la misiva acabaría siendo devorada por las llamas, escribió:

Esto es Italia, ¿recuerdas cuándo soñábamos con pasar el verano aquí juntos?

Tres meses de estío a cambio de nuestra juventud sacrificada en el altar de la academia y el ejército…

¡Qué poco nos quedaba y qué ingenuos éramos!

¿Cuánto tiempo me quedará a mí…? ¡Basta!

Sé que vives y es suficiente. Mañana, en el avión, no tendré miedo.

Mañana, en el avión, pensaré en ti, que siempre has sabido mucho más que yo de la guerra, de los hombres y de la vida.

Cada paso que dé será tuyo; tu mano me guiará aunque yo no pueda verla. Nos volveremos a encontrar…

Se oía el castañeteo de unos dientes que ninguno de los tres quiso identificar, por dignidad y por respeto.

Al alzar la barbilla al ventanuco de la puerta, el mundo al otro lado, al que aún pertenecían, era negro como la tinta.

Solo la luna llena y las estrellas que goteaban, plateadas, del firmamento se atrevían a traicionar aquella penumbra que los sostenía.

— Yemincha Adonai ne’edari ba’koach. Yemincha Adonai tir’atz oiyev… [17] —recitó, en voz tan baja que se ahogó bajo el motor del avión.

Sería la mano y la espada, el profeta y el ejecutor.

Naranja sobre negro. Tres cruces que brillaban, fervorosas, y rompían la noche más negra. El oficial británico que los acompañaba se asomó para mirar.

—¡Fijaos! ¡Es la señal! —bramó.

Según lo acordado, el comité de la resistencia que los recibiría encendería linternas o faroles de bici en la dirección en la que soplaba el viento. El comandante sostendría una cuarta luz y, tras oír el rugido de la nave, indicaría en morse la contraseña.

—¡Todo correcto! —confirmó el oficial, tras abrir la puerta—. ¡Moveos, moveos, moveos! ¡Vamos! ¡Comprobación del equipo!

Regresaron a los meses de instrucción en Palestina y en El Cairo, al primer salto que los había devuelto a la tierra blanda. Volvieron a los que los siguieron después, hasta cristalizar en el momento presente, que se agotaba.

—¡Uno listo!

—¡Dos listo!

—¡Tres listo!

Un día como cualquier otro. Si los disponían todos en fila, ¿qué lo distinguía de sus hermanos?

Dinah, la primera en salir, dio un paso adelante. El vaho flotaba frente a su rostro como una máscara. Su mirada, terrible, estaba fija en la señal luminosa. De sus dientes salía una última oración.

—Y entonces oí la voz del Señor diciendo: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?». Y le dije: «¡Aquí estoy! ¡Mándame a mí!». [18]

Un segundo, y quedó sumida en la negrura. Otro más, y Jonatán vio el paracaídas que se abría como una flor blanquecina. Otro, y eran sus pies los que se aproximaban a la puerta, su olfato el que luchaba por conservar los fragmentos de aquella noche, por si era la última.

El gran salto. Flotando sobre el continente que lo había desechado, no pensó en las velas romanas (los paracaídas que no se abrían según lo previsto) ni en Ádám ni en su misión.

Recordó su casa, el piar de los jilgueros de Sándor que lo recibía como un «Buenos días» y lo silenciosa que le había parecido la residencia de sus tíos en comparación.

Diez segundos. Negro sobre negro.