El silencio de los justos Capítulo VI
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Capítulo VI

VI

Hungría se resquebrajaba a su paso. Tintada del blanco luminoso de la nieve, las vías del ferrocarril semejaban cicatrices negruzcas que daban cuenta del camino recorrido.

De haber podido elegir, Ádám no se habría decantado por jugar al póker con un grupo de soldados alemanes.

Pero ahí estaba, envuelto en una nube de humo de puro, molestando al revisor y al resto de los pasajeros cada vez que uno de los germanos regresaba del vagón restaurante con cervezas para todos.

A fin de no levantar sospechas, no llevaba consigo más que el maletín con papeleo de la fábrica y, escondidos con cuidado entre las facturas y los albaranes, los documentos falsos que los jalutzim habían conseguido para el refugiado eslovaco.

En el bolsillo más pequeño, a modo de talismán, el libro de oraciones a la Virgen de Loreto, santa patrona de los viajeros, bajo cuyas tapas se encontraba el contacto de su enlace en Eslovaquia.

—Húngaro de mierda —rio uno de sus acompañantes cuando él se agenció unos cuantos billetes más.

Alzó las manos.

—Eh, compañero, que combatimos del mismo lado…, excepto en asuntos de dinero y de mujeres.

No le gustaban los alemanes. Su aversión inicial quedaba relegada a un ámbito puramente ideológico: odiaba a los nazis, cuyas ideas consideraba brutas e inhumanas.

Al partir al frente, no había esperado encontrar en las tropas germanas más que a iguales, unos muchachos que, como él, habían nacido en un país específico para acabar siendo peones en una partida de ajedrez que muy poco tenía que ver con ellos.

En Vorónezh, sin embargo, no había más piezas descartadas que los soldados magiares, cuya valentía Hitler, que los consideraba «asiáticos débiles», tanto cuestionaba.

No habían sido iguales, pues, en el altar de la destrucción, y a Ádám ya no le quedaban pensamientos amables para aquellos hombres con quienes brindaba y cuyo tabaco apuraba.

—¿Es eso lo que te trae aquí? —le preguntó otro, tan mancebo y lampiño como el anterior—. ¿Asuntos de mujeres?

—Extraoficialmente —concedió Ádám, sin separar la mirada de las cartas—. ¿Oficialmente? Estoy al frente del negocio familiar. Soy un hombre de armas, pero… —Golpeó el bastón, que reposaba contra el asiento, a modo de justificación.

Como un cuchillo, atravesaron las fronteras invisibles, cubiertas por aquel manto marfil, entre Hungría y las que habían sido tierras eslovacas.

Felvidék, la Alta Hungría, devuelta a la patria en pacto de sangre con el Tausendjähriges Reich.

[15] Ádám apoyó la frente en la ventanilla.

Si amusgaba los ojos, la claridad al otro lado lo transportaba al trayecto entre hospitales de campaña.

En las sílabas, que debía repetir hasta que la garganta agarrotada se rendía y accedía a pronunciarlas, encontraba a su mejor amigo.

Se imaginaba que él, que se emocionaba con las lecciones aprendidas en la universidad y se las contaba como si fueran el argumento de una película, era el que le enseñaba a hablar.

Con los progresos, y los poemas que debía leer en voz alta para despertar su lengua dormida, viajaba a las sesiones de estudio que transcurrían más entre discos y carcajadas que acariciando los lomos de los libros. Dios, qué solo se sentía.

Ninguno de los muchachos con los que compartía vagón había pisado el frente. Algunos, más jóvenes que Erika, con un pie todavía en la adolescencia, eran inexpertos en las cartas y en la guerra. Incluso dentro de su mala suerte, de nuevo, había sido afortunado.

En Italia, el vino se extendía sobre el mantel blanco de celebración como una hemorragia terminal.

Bloomsbury, profeta de los voluntarios que roían la carne hasta el hueso, no había errado en ninguna de sus predicciones.

Habiendo mantenido contacto con la resistencia eslovaca, el Ejército Británico y el Yishuv llegaron a un acuerdo justo para ambas partes.

Un grupo de paracaidistas partiría de El Cairo a la base de Bari, conquistada a sangre y fuego tras la invasión de Sicilia el año anterior.

Tras un corto vuelo nocturno, serían arrojados a la negrura de los bosques eslovacos, donde los recibirían enlaces de la resistencia.

Su objetivo sería, en primer lugar, establecer líneas de comunicación con el ejército y auxiliar a pilotos derribados.

En segundo lugar, cometer actos de sabotaje e infiltrarse en los movimientos de resistencia local.

Por último, como ardiente nota a pie de página, tratar de liberar a su pueblo del destino mortal que aguardaba al acecho cual animal de caza.

Según lo anticipado, el oficial británico a su cargo en Bari presentó a Jonatán la posibilidad de elegir entre ser enviado a Europa en calidad de espía o de emisario.

Ante su respuesta, idéntica a la de sus hermanos de armas, el británico reaccionó con un leve temblor y una expresión a medio camino entre la sorpresa y la decepción por el hecho de que aquel muchacho, arrancado de la Haganá pero menos político que los demás, rechazase la que él consideraba la oferta más ventajosa.

—Solicito que se me otorgue el rango de oficial, señor, según lo acordado con el Yishuv —precisó.

Las suyas eran, a grandes rasgos, las palabras que habían pronunciado sus compañeros antes que él. Carecían, sin embargo, del fervor desafiante de los demás voluntarios; eran todo orgullo y resignación, los mismos que Jonatán empleó para inquirir:

—¿No quiere saber el porqué de mi rechazo?

El hombre ladeó la mano velluda.

—El mismo, imagino, que el de sus compañeros.

No constituye el primer grupo de voluntarios que comparece ante mí.

De momento, ninguno me ha dado una respuesta distinta, aunque esperaba que usted fuese el primero.

Si me hubiesen dicho hace un año que un grupo de judíos iba a rechazar la oportunidad de percibir un sueldo mayor…

Jonatán no le concedió la satisfacción de responder con agresividad al ataque verbal. En su lugar, y mientras se levantaba, siseó:

—No seré el primero porque he esperado un año a tener una misión mientras mi pueblo era masacrado.

Porque, mientras el ejército y el Yishuv debatían qué hacer con nosotros, oficiales británicos con los mismos galones que usted aseguraban que los judíos no éramos de fiar y que nos amedrentaríamos antes de volver a pisar suelo europeo.

Si mañana muero, no lo haré en representación suya, sino por los que dejé atrás en Hungría.

Sobre el mantel había una mancha larga como una daga.

Habiendo recibido la llamada del Señor y de la Historia, los voluntarios lo celebraban, conscientes de que aquel vino que se vertía bien podría ser tanto el de la victoria como el de su funeral.

Bebían y comían, como desafiando los sudarios que querían envolverlos.

Desoyendo toda norma, hombres y mujeres buscaban carne ajena, una última cata antes de que la vida se les escapase.

Desde la larga mesa, la hemorragia de la vid goteaba hasta dejar marcas, como de mordeduras, en el suelo conquistado.

Hacía escasos minutos que Dinah había depositado en las manos de Jonatán un periódico húngaro atrasado, abierto en las páginas de sociedad.

—Ya no estás atado a Budapest —dijo con el desaire de Salomé al sostener la cabeza del Bautista mientras con el índice señalaba a la joven del centro de la instantánea, enfundada en tules y sedas, cuyos rizos decoraba una diadema que simulaba flores de laurel.

Los ojos de Jonatán no se detuvieron en ella, sin embargo, tampoco en el conde Pál Széchenyi, que la abrazaba por detrás, sino en el hombre que sonreía junto a ambos.

Cierto, aquel rictus alegre difería del que recordaba: la mitad del rostro permanecía congelada, casi incapaz de contagiarse de la felicidad de su gemela, el cuerpo era más delgado, más seco, y la ausencia de color no lograba camuflar las cicatrices que le cuarteaban la piel.

Pero era él, su Ádám, vivo y en Budapest como había prometido, Jonatán habría sabido reconocerlo incluso en lo más oscuro del abismo.

En aquel instante, coronado por el sonido explosivo con el que Dinah descorchó el vino, regresaron a él todas las historias que se había ido contando a lo largo de los meses y los años para conciliar el sueño.

Ádám, regresando a casa del frente en un tren de la Cruz Roja para poder encandilar a las mujeres con el humor y la galantería primero, y con la fuerza de su apellido después.

Ádám, herido al final de una batalla sentenciada desde la primera bala, puesto que cualquier otra alternativa no lo habría satisfecho.

¿Se habría vuelto hacia él, entonces, ese dios al que ambos llamaban con nombres distintos?

Con una sola mirada, lo habría librado de la muerte, porque, ¿qué deidad cortaría de raíz tanta juventud, tanto talento?

Una parte de la historia, al menos, era cierta.

Ádám vivía, y él, en la víspera de su gran salto sobre Europa, se encontraba más cerca de la inexistencia que nunca.

Había guardado en su lata de tabaco recortes de todas las apariciones en sociedad de Erika Farkas de Batthyány, y en ese momento sus ojos se bañaban de lágrimas: tenía la confirmación de que su amigo más querido no había desaparecido.

Al romperse una botella y derramar a borbotones su contenido bermellón, los paracaidistas del Mandato se apartaron y contuvieron el aliento.

Al día siguiente, el miedo no cataría su carne trémula, pero en aquella noche de noches se tapaban los ojos ante lo que interpretaban como una señal profética que los condenaba.

Jonatán, aún abotargado por la emoción, se guardó el periódico en el bolsillo interior de la chaqueta y se levantó para estrechar a Dinah contra su pecho.

—¡Mira! —bramó—. La mancha… parece el Danubio en el trecho que divide Budapest y se abraza a la isla Margarita. —Sonrió—. Se asemeja a mi casa. ¡Vamos a sobrevivir!