El silencio de los justos Capítulo V #3
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Capítulo V #3

—Bueno, no me presenté voluntario para pillar una curda en un bar de El Cairo, eso te lo aseguro.

—Chascó la lengua—. ¿No podías haber recomendado a cualquier otro idiota?

Le he estado proponiendo a Buchan una incursión en Hungría.

Incluso a ciegas, en una noche de luna llena, el Balatón podrá guiar el camino.

Solo necesito ingeniármelas para llegar a Budapest…

Bloomsbury emitió un ruidito lo más próximo a una carcajada que se permitió.

—¿Acaso hay resistencia en Hungría? Los británicos jamás van a autorizar esa insensatez, sobre todo teniendo en cuenta que es posible que el país caiga pronto.

Tu única posibilidad de ir a Hungría sería cruzando la frontera a pie desde Yugoslavia o Eslovaquia, pero se me ocurren maneras más rápidas de suicidarte, si eso es lo que quieres.

Jonatán resopló. De un manotazo, aplastó el cigarrillo contra el cenicero.

—Eres un cínico.

—Soy realista. Una cosa más…

La respuesta de Jonatán no fue verbal, sino física: un movimiento rápido de muñeca con el que le pidió que dijese lo que creyese conveniente, y pronto.

—Si te asignan una misión, el ejército te va a preguntar si te envían al frente como espía o como emisario. La mayoría están escogiendo lo segundo, pero lo primero está mejor recompensado.

Jonatán se pasó la lengua por los dientes. Aún bastante sobrio, el regusto del alcohol se le antojó nauseabundo.

—Me imagino que tú eres la excepción que confirma la regla —tanteó—. Te reclutaron de las filas del ejército, ¿no? ¿Por qué te ibas a registrar como emisario por una paga menor?

Bloomsbury desvió la mirada. Con la mano, de dedos largos y finos, se acariciaba el mentón lampiño.

—Eso habría hecho si no nos hubiesen tenido aquí, mano sobre mano, un año, mientras el ejército y el Yishuv se peleaban por decidir si la nuestra sería una misión británica o judía.

—Mi misión es que los alemanes pierdan la guerra cuanto antes —lo interrumpió Jonatán—. Tanto me da que me pidan que establezca líneas de comunicación, que sabotee vías de tren, que me alce en armas con la resistencia o que le pegue un tiro a Hitler en la frente.

Ese discurso tampoco enterneció a Bloomsbury. Con la parsimonia de la que siempre hacía gala, se lio otro pitillo. No lo encendió, sin embargo, sino que se dispuso a colocarlo en la latita como si fuera el soldado único de un ejército derrotado.

—A los británicos les preocupa que la instrucción que hemos recibido la empleemos después para garantizarnos el control del Mandato.

—¿Todavía no han ganado la guerra y ya planean la administración del Mandato en la paz?

Bloomsbury le mostró las palmas de las manos como concesión. Cuarteadas por manchas del sol, a primera vista parecían teñidas también por esa bebida amarga que adoraba.

—No seas ingenuo. El Yishuv también espera que nosotros…

Jonatán no le dejó seguir.

—Si los líderes del Yishuv creen que me he presentado voluntario para que construyan su estado, les cederé de buena gana mis armas, mi paracaídas y mi asiento en el avión.

—Pero hombre…

—¿Qué pasa? ¿A ti no te queda familia en Europa?

Porque yo sacrificaría tres Palestinas por un solo pelo de la cabeza de mi hermano.

—Bajó la voz, todo él temblaba—. Si los líderes del Yishuv quieren que vayamos a Europa a luchar por su proyecto y no por los nuestros (¡por vidas humanas!), que manden a sus hijos a la boca del lobo.

—Regístrate como espía, entonces —terció Bloomsbury—. Estás en tu derecho, como los demás en el nuestro de rechazarlo.

Antes de contestar, Jonatán le dio un último sorbo a la copa. Con dos dedos alzados instaba a Bloomsbury a aguardar.

—Si me dan luz verde para infiltrarme en Hungría, sí.

Si no… —Ladeó la cabeza, tenía el rostro crispado por el alcohol y la desesperación—.

Me ha entrenado el ejército, no el Yishuv, y el ejército me ha tenido esperando un año.

¿Ahora qué? Tú mismo lo has dicho: mi país va a caer más pronto que tarde y mi familia con él.

¿Cómo voy a perdonar que no me desplegasen cuando aún no era tarde?

Como espía, oficialmente estaría representando intereses británicos.

Para que acepte, ellos tienen que demostrarme antes que la destrucción de mi pueblo no es una nota a pie de página en sus libros.

La ceja derecha de Bloomsbury se elevó. Un cambio muy leve, casi nimio, pero suponía una diferencia notable en aquel rostro desapasionado que a los casi treinta años aún no atravesaban ni el vello facial ni las arrugas.

—¿Estás con nosotros, entonces?

Jonatán no le respondió. Se limitó a trazar líneas difusas, alargadas, en la servilleta hasta que, en la embriaguez que ya lo acariciaba, se asemejaron a los campos de lavanda de Tihany.

Ante su mutismo, Bloomsbury se levantó. Al arrimar la silla de nuevo a la mesa, le susurró al oído:

—Si estás con nosotros, pide al menos una cosa, que te concedan un rango de oficial, aunque te destinen a Europa como emisario. Que tu cabeza no esté nunca más baja que la de un británico.