Capítulo V #2
Les habían permitido enviar una última carta a casa.
Con «casa» se refería al Mandato, por supuesto, ya que, excepto para aquellos pocos provenientes de Gran Bretaña, el contacto con sus países de origen, que eran enemigos, estaba prohibido.
En aquellas misivas escasas, ellos, que ya respondían a nombres ingleses y cuyos dientes y lenguas se amoldaban a ese idioma ajeno, habían adoptado una identidad más.
A sus tíos, Jonatán les escribió sobre el kibutz que no pisaba en meses.
Sobre la esposa cuya alianza no portaba, pues no existía.
Se excusaba de antemano por las posibles interrupciones en la comunicación.
En el kibutz había tanto que hacer, y ellos, que eran jóvenes y estaban llenos de promesas, soñaban con formar una familia.
He cambiado mucho en estos últimos meses. Si me vieseis, no sé si me ibais a reconocer. Pero aún leo a los clásicos, la Ilíada y la Odisea sobre todo, y Los hermanos Karamázov sigue en mi mesilla de noche.
Ese apunte final, confiaba, acabaría llegando a su casa verdadera, la de Budapest, aunque fuese tras una espera de semanas o meses. Claro que él, a aquellas alturas, podría haber abrazado ya la inexistencia.
En la mención a la novela de Dostoievski, Ádám sabría leer un significado adicional, oculto a los demás: que lo echaba de menos más que a nadie y que pensaba en él a cada momento.
A las noticias de Hungría, que recibía a cuentagotas, Jonatán se aproximaba con los escalofríos de los reos condenados a muerte.
Consciente de que el apellido de su amigo más querido garantizaba la publicación en todos los diarios de su caída, leía los periódicos (con frecuencia, atrasados) con voracidad canina.
Puesto que todavía no se había topado con su nombre impreso, se permitió creer que Ádám continuaba con vida, esperándolo.
Distraídamente, y tras firmar una misiva más corta que las de la mayoría, comenzó a garabatear en su servilleta de papel.
El lago, al que los magiares se referían de manera cariñosa como «el mar de Hungría».
En el verano de su primer curso en la universidad, Ádám lo había invitado a la villa de su familia en Balatonfüred.
No se habían quedado en ella demasiado tiempo, puesto que los hoteles del lago estaban llenos de vejestorios y de pacientes del hospital cardiaco.
Ádám había insistido en hacer el trayecto a Tihany a pie.
Allí, decía, conocía a unos cadetes de la academia a los que, por descontado, acabó camelando hasta que les ofrecieron alojamiento.
Solo en el campo salían a la luz nuevas facetas de aquel camarada al que conocía tan bien como a sí mismo.
A los campesinos les hablaba de tú a tú.
Enseguida, se despojaba del traje de tres piezas que había traído de Budapest y lo cambiaba por una camisa y unos pantalones sencillos, como los de ellos.
En la negrura de una noche más profunda que la de la capital, bailaba las csárdás [12] como poseído por unos versos mudos, hasta caer agotado ante la mesa en la que Jonatán bebía.
—Camarada, ¿no te sientes más vivo aquí que en Pest? —le dijo entre jadeos.
Al cabo de seis años, aquella voz jovial aún retumbaba en sus oídos con un eco fantasmagórico.
Entonces, él, ya embriagado por el alcohol, arqueó una ceja y dejó su libro a un lado.
—Se te ha subido a la cabeza la buenaventura que esa gitana te ha leído en la mano.
—No caeré en ninguna de las batallas en las que combata —recitó de memoria—. ¿A ti qué te ha dicho?
—Lo mismo.
Ádám, con la frente aún perlada por el sudor, irrumpió en una carcajada majestuosa.
—¡Chico, que nos han estafado! Ha debido de pensar que tú también eras un cadete de la academia.
Jonatán sonrió y, tomando la copa antes de que su amigo se pudiese adelantar, exclamó:
— L’chaim ! ¡Por la vida!
—Por la vida y las mujeres.
Sacudió la cabeza.
—No sé, ¿eh? Según la gitana, no me casaré nunca.
Ádám no premió su aseveración con una gran respuesta. Tras encogerse de hombros, alcanzó la copa que Jonatán había posado y apuró hasta la última gota.
—¡Ja! Nos ha leído la misma fortuna. En tu caso, no me extraña. Todavía no he conocido a una mujer que pase tu tupida criba.
—Ninguna mujer de las que tú me robas, quieres decir.
—De las que tú rechazas —precisó Ádám—. Tienes suerte de ser un compañero de copas excelente, porque otro se habría cansado ya de tener que seducir a tus sobras.
—Pues, según la gitana, no te va a servir de mucho…
Ádám ya no le hacía caso. Con un movimiento brusco, se levantó y extendió la mano para tomar la de Jonatán.
—¡Ven! ¡Vamos al lago! ¿A que nunca te has bañado bajo tantas estrellas?
Jonatán desaprovechó la oportunidad de contestar con su sorna habitual.
Lo siguió, envuelto en el embrujo de la lavanda, al abrigo de aquel firmamento que sangraba constelaciones blancas.
Allí fue consciente por primera vez del cambio físico de su amigo, que había ignorado pese a verlo semana sí y semana también.
Tras un año en la academia, el cuerpo, ya atlético en el internado, se había fortalecido.
Los músculos, duros e imponentes, la piel morena que en verano adoptaba un cariz rojizo y los gestos precisos le recordaron a las ilustraciones de los libros de anatomía.
En febrero de 1944, en El Cairo, se preguntaba si Ádám, de poder verlo entonces, habría llegado a la misma conclusión, pues él también había mutado con los años y la dureza de la instrucción.
«Cuando nos volvamos a encontrar», pensó. En unos días, quizá haya recibido un destino. En unos días, tal vez esté muerto.
—¿Un amigo de casa?
Una voz, melosa y grave, lo sobresaltó. La presencia de un camarada cuyo porte descartaba la embriaguez significaba una sola cosa: rumores.
En una base militar, a la espera de recibir una misión, esa promesa oculta se valoraba más que el alcohol o el tabaco.
Jonatán alzó la barbilla para dirigirse al muchacho delgado y de rasgos afilados al que ya todos llamaban Bloomsbury.
A diferencia de la mayoría, él provenía de la lejana Inglaterra y pertenecía a los judíos que se contaban en las filas del Ejército Británico antes de la creación del cuerpo de voluntarios del Yishuv .
[13] Sus ojos (enormes, oleosos, oscuros) estaban fijos en el retrato de Ádám que Jonatán había garabateado entre ensoñaciones.
—El mejor —respondió, tras un corto asentimiento, y para que Bloomsbury dejase de quitarle la luz le indicó que se sentase frente a él—. No estaría aquí de no haber sido por él. Fue quien me ayudó a conseguir los visados.
Bloomsbury, que rara vez bebía, se palpó la camisa hasta dar con el tabaco que buscaba. Sus movimientos al liarlo eran lentos, casi vagos. Como todo en él, contrastaba con el uniforme que portaba y el rango al que respondía.
—Ah. Cree en el sionismo, ¿entonces?
—Cree en mí —lo corrigió Jonatán—. Y cree en su juicio. Pensó que, debido a las citaciones a trabajos forzados, los judíos ya no estábamos a salvo en Hungría.
Solo para mantener las manos ocupadas, y sin entretenerse en pedir permiso, se lio él también un cigarrillo. El dueño, lejos de enfadarse, lo observó con los ojos entornados.
—Parece que tenía razón.
—Sí.
—Dinah me contó lo de tu padre. Lo lamento de veras.
Al prender la cerilla, Jonatán se concedió un instante de silencio antes de responder. ¿Qué podía decir él de su padre? El miedo infantil se había transformado en la lástima que le había inspirado al partir; solo en el luto divisaba, por primera vez, un sentimiento parecido al amor.
—Dinah habla demasiado —masculló al fin, e ilustró su afirmación señalando el póster en la pared, que aseguraba: «La cháchara despreocupada cuesta vidas».
Bloomsbury le dirigió una sonrisa acartonada, casi ojerosa.
—A estas alturas, todos lo hacemos.
Si hubiese tenido que dibujarlo a él, pensó Jonatán, habría utilizado tan solo tonos ocres. Del moreno de la piel al castaño del pelo y los ojos, el cuerpo de su compañero parecía empaparse del café que bebía a todas horas y cuyo aroma aún permanecía entre sus dedos.
Como no respondió a la apreciación, Bloomsbury apoyó el pitillo (tan delgado y alargado como él) en el cenicero y agregó:
—Los rumores dicen que nos darán una misión pronto.
—Pues no me los creo. Los británicos nos tienen esperando desde hace casi un año.
—Esto es distinto —susurró, de modo que Jonatán hubo de inclinarse para poder oírlo entre la música y el zumbido de las conversaciones ajenas—. Nuestra inteligencia ha establecido comunicaciones con la resistencia eslovaca. Según se ha podido confirmar, están completamente organizados.
—Ya.
—No voy de farol. Es posible que nos movilicen muy pronto, en cuanto el ejército y el Yishuv concreten las prioridades de la misión. Te he recomendado a la comandancia, de ser así.
Jonatán, que se entretenía doblando y desdoblando la servilleta hasta que sus dibujos se difuminaron, clavó las pupilas en él.
—¿Y se puede saber por qué hiciste algo así?
Bloomsbury no premió el tono cortante con una gran reacción.
—Hablas eslovaco a la perfección y quieres que te asignen una misión tanto como yo. Además, me he fijado en ti en la instrucción. En la Haganá [14] os entrenaron bien, no te acobardaste ni con el primer salto.