El silencio de los justos Capítulo V
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Capítulo V

V

Miguel Ángel de Muguiro,

encargado de negocios de la embajada de España en Budapest

Al ministro de Asuntos Exteriores Jordana

Budapest, 12 de febrero de 1944

ASUNTO: Preparación para la evacuación del cuerpo diplomático de la capital.

Debido a la amenaza de bombardeo que la prensa, en especial las emisoras de radio aliadas, anuncia obstinadamente casi a diario, el gobierno húngaro y el cuerpo diplomático pretenden usar los castillos de los nobles que viven a las afueras de Budapest o apropiarse de ellos.

En este plan, que a fecha del presente informe está solo en su fase preliminar, se designó la pequeña ciudad de Siófok como sitio donde se ubicaría el gobierno húngaro, o al menos una representación de este.

Se trata de un lugar de veraneo en la orilla sur del lago Balatón; tiene buenas villas hoteleras que podrían y deberían emplearse para albergar las oficinas de los diversos departamentos ministeriales y algunas misiones extranjeras.

Dado que nuestra embajada no es numerosa y que tengo amplios contactos con muchos de los propietarios de los mencionados castillos, no creo que haya dificultades en obtener uno en las mejores condiciones posibles.

En una conversación que mantuvimos sobre este tema hace pocos días, el jefe de Protocolo me aseguró que el gobierno está decidido a no abandonar Budapest, y que estos preparativos constituirían, en todo caso, un último recurso.

Tras redactar el informe, Miguel Ángel de Muguiro abrió la ventana de su despacho, con vistas a la calle Eötvös.

Era una tarde gris, desapacible, en la que los ecos de los meses más crudos del invierno se pegaban a los adoquines.

A través de la BBC, que escuchaba con la misma religiosidad con la que rezaba el rosario, las últimas indicaciones y los significados ocultos que él sabía leer en las noticias de la guerra caían sobre sus hombros como un pesado abrigo del que era incapaz de desprenderse.

En aquella ciudad en la que los cafés y los cabarets seguían llenos de bote en bote, en la que los judíos adinerados aún lograban las mejores butacas en la ópera y en el teatro, los ciudadanos contaban los días para el final de la guerra.

Pero a él, al contrario que a muchos, esa nueva estacada no lo cogería por sorpresa.

De manera involuntaria, como los resquicios de un sueño que quiere aparecer nada más apoyar la cabeza en la almohada, pensó en la conversación que había mantenido con el primogénito de los Farkas de Batthyány, en las familias atemorizadas, en los rumores que también habían llegado a la legación.

Elisabeth Tournée, la canciller, profesaba la fe judía; el abogado Farkas, en cuyos servicios confiaban desde hacía años, pertenecía asimismo a la estirpe de David, aunque se había convertido al catolicismo tras contraer matrimonio con su hermosísima esposa Mária Terézia, cuyo corte del cabello a la moda y perspicaces ojos claros rivalizaban con los de las mayores beldades de Hollywood.

A los oídos de ambos habían llegado historias sombrías que Miguel Ángel se veía incapaz de ignorar.

En Budapest, en febrero de 1944, había comenzado una cuenta atrás sin retorno.

Mucho más al sur, en El Cairo, un judío con las oportunidades quemadas apuraba el cóctel que los oficiales británicos ya habían bautizado como «hijoputa sufriente».

Treinta mililitros de coñac, treinta de ginebra, quince de zumo de lima, amargo de Angostura y cerveza de jengibre.

Suficiente, decían, para curar la resaca, también para que un hombre se olvidase de los arrepentimientos y del fantasma de los recuerdos.

A Jonatán, la sensación ardiente que le subía por la garganta y le humedecía los ojos no lo perturbaba.

Tampoco cambiaba la figura menuda, casi seca, de la compañera que interpretaba una canción ladina [10] en el escenario del bar americano del hotel Shepheard.

Rizos negros, iris que bailaban entre el ocre y el musgo, una explosión de pecas sobre una tez pálida como la luna.

Ibolya de nacimiento, había adoptado el nombre de Dinah tras emigrar al Mandato.

Como todas las mujeres que merecían la pena, se enfadaba rápido, y consideraba un arte quejarse y discutir, de política más que de ninguna otra cosa.

De no haberse tratado de una de las camaradas que había acudido, como él, a la llamada del Ejército Británico la primavera anterior, habría intentado enamorarse de ella, aunque no habría podido hacerla feliz.

Ambos querían cosas distintas, de la vida y del amor.

De Europa ella solo buscaba venganza; él, además, el futuro al que se negaba a renunciar.

¿Por qué no cantáis, mi bien?

¿Por qué no cantáis, la bella?

Ni canto ni cantaré,

Que mi amor está en la guerra,

Y una carta escribiré,

De mi puño y letra [11]

El Ejército Británico buscaba a un puñado de voluntarios judíos para infiltrarlos en la Europa ocupada, quienes, con sus conocimientos del idioma y el territorio podrían establecer comunicaciones de radio y telegrafía, participar en acciones de sabotaje, auxiliar a pilotos aliados derribados y salvar a sus compatriotas del exterminio.

El orden de los factores alteraba el producto.

En el Shepheard, las decenas de hombres y mujeres que habían pasado la instrucción (en la base aérea de la RAF de Ramat David primero, en El Cairo después) bebían y bailaban con el ansia de los locos y de los condenados a muerte.

Sabían que, en cuanto les asignasen una misión, el corto vuelo desde la base en Bari a sus países de origen podría suponer sus últimos minutos de existencia.

Muchos morirían sin volver a pisar la tierra que habían abandonado y de cuyas garras febriles querían salvar a los suyos.

Un precio enorme, inconmensurable, para detener la que, a ojos de los británicos, era una masacre entre masacres, una tragedia más en el tapiz de luto que el país sajón hilaba desde 1940.

Cuando Jonatán alzaba la vista de la copa para dirigirla al escenario no veía a Dinah, sino las aguas centelleantes del lago Balatón.

Escasas horas antes, se había reunido con su superior, el mayor Buchan, para tratar de convencerlo de emprender una incursión en Hungría.

¿No veía que él, aunque hablaba eslovaco a la perfección y además sabía suficientes palabras de alemán y serbocroata para defenderse, era húngaro?

Conocía el mapa y el territorio. Desde el avión, en la negrura de la noche, la luz de la luna bailaría sobre las tranquilas aguas del lago y le mostraría el camino.

Tihany, pueblo cercano a Budapest que en verano se vestía del violeta imperial de los campos de lavanda, en febrero resultaba provinciano y anodino, lo suficientemente remoto para facilitar un salto en paracaídas sin caer en las zarpas de la guardia montada.

—Si le damos el visto bueno, saltará a ciegas —le había asegurado Buchan.

Su voz era pomposa, cargada de una emoción que Jonatán no supo identificar.

Aunque a él, como a los demás, le habían enseñado a hablar inglés de modo que el acento quedase enterrado bajo aquella musicalidad impostada, Buchan arrastraba las palabras para facilitar la comprensión.

Sobre el papel, ya no era Jonatán Rozenfeld, doctorando en Lingüística de Budapest, sino James Redford, de Maida Vale, Londres.

Junto a su nueva identidad le habían otorgado una historia familiar que debía memorizar: los padres, los hermanos, el internado en la capital británica, la prometida que trabajaba en una fábrica de armamento y esperaba su vuelta, quizá con la esperanza de que la seda del paracaídas se convirtiera en su vestido de novia.

Para Buchan, sin embargo, seguía siendo un voluntario palestino. Una boca que pedía más de comer y no se saciaba porque no luchaba por una idea ni por un país, sino por una familia que podría no existir más.

—No tenemos contacto con los grupos de resistencia —había proseguido el mayor—. Una incursión en un país con movimientos partisanos afines a los Aliados, sin embargo…

—Con todo respeto, no los conocería como conozco mi tierra.

Su pueblo no es mi pueblo. Por otro lado, ya le he explicado que yo mismo, antes de emigrar, estaba infiltrado en un grupo probritánico.

La condesa Klára Andrássy era una muy buena amiga.

Su primo, Ádám, es como un hermano para mí, y también tengo confianza con el resto de los miembros del grupo.

Si me permitiese saltar sobre Tihany, encontraría la manera de regresar a Budapest y ponerme en contacto con ellos.

—No me preocupan sus contactos, sino el tiempo. Ha transcurrido mucho y, con todo lo que ha sucedido, la resistencia en Hungría es prácticamente nula.

Jonatán había recurrido a todas sus armas, a toda lógica y razón a su alcance excepto la piedad.

La suya era una pena entre muchas otras, que Buchan podía llamar por su nombre.

En febrero de 1944 ya quedaban muy pocos que no hubiesen leído «Let My People Go», el folleto publicado el año anterior en el que se detallaba el genocidio judío por medio de gas en la Europa ocupada, pero los santos a los que ellos rezaban eran otros.

Dunkerque, el Blitz, aquella noche infernal en la que Londres ardió hasta atragantarse con las cenizas.

Las madres británicas enfundadas de luto, los pechos secos por no tener a quién amamantar, el consuelo que no llegaba porque ni un hijo les quedaba contra cuyo pecho acurrucarse.

Una tragedia entre muchas otras, perdida en la infinidad de una guerra interminable. Los ecos de la voz de Buchan, que retumbaban en su cabeza a pesar del alcohol, se confundían con la melodía suave que entonaba su compañera. A la mañana siguiente, quizá, habrían recibido ya una misión.