El silencio de los justos Capítulo IV
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Capítulo IV

IV

Desde que su mujer se había marchado, a Ángel Sanz Briz le costaba participar en los eventos sociales, en los de obligada asistencia debido a su trabajo y también en los puramente personales como la fiesta de bienvenida de Ádám en Villa Batthyány, a la que lo habían invitado.

Miraba una y otra vez a su derecha en busca de Adela, de una mirada cómplice o un gesto que interpretar, pero a su derecha ya solo percibía silencio.

Esa no era la primera vez que iba a casa de sus vecinos, tan parecida a la suya en tamaño y disposición, pero sí su primer encuentro con el primogénito del matrimonio, ya destinado al frente cuando él llegó a Budapest. A las citas anteriores habían asistido también las mujeres (Adela y la esposa de De Muguiro, puesto que la señora de Farkas se había retirado de la vida pública tras la muerte de su hijo Tibor).

Observando a Ádám Farkas de Batthyány, a Ángel le costaba encontrar la similitud física con su hermana.

La joven, alta, de belleza aséptica de hada o de bailarina, que no invitaba a la seducción sino a la contemplación, se paseaba entre las mesas de los comensales con una sonrisa radiante en el rostro; su elegancia delataba la cuna.

En cambio, su hermano mayor, que acababa de tomar asiento frente a De Muguiro y a él, llamaba la atención por la dureza oscura de los rasgos, herencia paterna, y la seguridad de los gestos que, pese a sus lesiones evidentes, no lograba ocultar su experiencia castrense.

Al hablar, sin embargo, se revelaba el embrujo: aunque sus ojos eran mucho más oscuros, Ádám Farkas de Batthyány poseía la misma mirada envolvente que Erika, capaz de fijarse en su interlocutor y comunicarle que, en aquellos momentos, no existía persona más importante en el mundo.

«Buena mirada para un diplomático», pensó Ángel, no sin cierta ironía. Un juicio que se tornó certero cuando el joven capitán aseveró:

—Sabía que los encontraría aquí, caballeros, y que serían ustedes unos buenos compañeros de mesa.

Acompañó el saludo con un gesto tembloroso al ofrecerles un par de puros, que los españoles aceptaron.

Acto seguido, y sin interrumpir el contacto visual, les tendió la mano para que se la estrechasen.

El suyo fue un apretón enérgico de la izquierda, no por dominante, sino porque era la que aún conservaba toda la fuerza.

—Cuánto me alegro de coincidir de nuevo con usted, De Muguiro —prosiguió, sin dar oportunidad a que ninguno de los dos invitados metiese baza—. A usted, don Ángel, me temo que no he tenido ocasión de conocerlo, aunque sé que mi hermana los aprecia mucho, a usted y a su mujer.

—Mucho gusto en conocerle —dijo Sanz Briz mientras prendía su encendedor de plata—. Yo también aprecio la amistad que su hermana le brindó a mi Adela, quien, le aseguro, lamenta mucho tener que perderse esta velada.

Ádám sacudió la cabeza. En aquel instante efímero, iluminado por la llama naranja, la asimetría causada por la parálisis facial se acentuaba y adoptaba la forma de una máscara que le cubría el rostro aún atractivo.

—No lo lamente. Ha hecho bien en volver a Madrid. Mal que me pese, y sin ánimo de agriar la fiesta, mucho me temo que los que se avecinan son tiempos oscuros.

—Eso me temo yo también —confesó Sanz Briz a la par que encendía el puro de su superior—. Si no es indiscreción, ¿cómo ha sabido que nos encontraría aquí?

Ádám sonrió. En eso, pensó Ángel, también se parecía a su hermana. Un gesto grandioso y jovial con hoyuelos en las mejillas que lo contenía todo y lo contemplaba todo.

—Resultó fácil: la suya es la mesa más alejada del jolgorio y el ruido. Erika me comentó que hace un par de meses usted se sometió a una pequeña intervención…

Un asentimiento fugaz.

—Sí, una trepanación de oído. Fíjese usted, con el trabajo que tengo… y las molestias me impiden disfrutar de los eventos sociales como antaño.

—Lo comprendo perfectamente —dijo Ádám, que se volvió hacia De Muguiro—.

¿Quién le habría dicho a usted que el incorregible hijo de los vecinos se sentaría una vez a la mesa menos animada de la fiesta?

Una fiesta en su honor, que tiene más pecado.

Es una feliz coincidencia, sin embargo. Quería hablar con ustedes de temas que requieren cierta intimidad.

La sentencia tiñó su voz, pastosa y amodorrada, cuyo cariz amargo disimuló con el sonidito que emitió al tamborilear los dedos sobre la mesa. Los iris, clavados en De Muguiro, ya no recordaban a los de su hermana, sino a los de un perro de caza inteligente y astuto.

—Si son ustedes tan amables de acompañarme un momento a mi despacho…

La estancia, que Ángel también reconoció por la gemela que había en su casa, traicionaba la edad de su dueño.

El joven capitán había abandonado la vivienda familiar en beneficio de la academia de cadetes primero y el frente de guerra después.

En las estanterías todavía se acumulaban los diccionarios de latín y griego junto con los libros de lectura obligatoria en el instituto y fotografías de los viajes de juventud.

Solo el mapa de Europa colgado en la pared, cuyos alfileres marcaban con precisión el avance del conflicto armado, y el papeleo de la fábrica, que se amontonaba sobre la mesa y que Ádám apartó para servir tres copas de coñac, confirmaban que el despacho seguía cumpliendo su cometido.

—Les he llamado porque quería agradecerles lo que están haciendo por mi país —dijo, manteniendo el vaso en alto como una especie de brindis interrumpido—.

Sobre todo a usted, don Miguel Ángel. Mi padre me ha hecho saber, en la más estricta confidencialidad, que usted ha informado a su gobierno sobre la masacre de Újvídek…

o Novi Sad, [9] como quizá usted la conozca.

La preocupación que muestra por unos hombres que, a fin de cuentas, no son compatriotas suyos le honra.

De Muguiro guardó silencio un instante más, deliberación que camufló con el acto de llevarse a los labios el licor.

Daba la impresión de que estudiaba al hijo de su vecino, ataviado con un traje que no lograba ocultar la totalidad de sus cicatrices, testimonio de las batallas en las que había combatido, y trataba de discernir cuánto podía hundir el dedo en la herida.

—Todos somos de Dios.

—Usted es católico, claro, como casi todos los españoles.

—Ádám se inclinó más sobre la mesa, de modo que las distancias entre él y los diplomáticos se estrecharon—.

Yo no soy un hombre de fe, me temo, pero sí un hombre de honor, y la conducta de nuestras tropas en Újvídek fue deshonrosa.

Yo mismo informé a mis superiores del trato inhumano que los judíos reciben en el frente.

Me imagino que ustedes saben que los israelitas no tienen derecho a portar armas y deben, en cambio, realizar trabajos forzados en el ejército.

Ángel, que intentaba ocultar la tensión de sus hombros, asintió.

—Sí, naturalmente, hemos sido informados al respecto. Han llegado también a nuestros oídos…, bueno, los rumores que corren respecto a la suerte de esos hombres.

—Rumores que, le garantizo, son ciertos —confirmó Ádám—.

Me siento avergonzado del comportamiento de algunos de mis soldados en el frente, una vergüenza exacerbada por las leyes antijudías que se han promulgado en el país en mi ausencia.

Creo que es nuestro deber moral ayudar a ese pueblo que tantas vejaciones está sufriendo.

—Estoy de acuerdo —accedió De Muguiro—. Algunos de los empleados de nuestra legación pertenecen al pueblo hebreo y, le aseguro, se incluyen en la mejor categoría de personas que podría usted encontrar.

Nuestra canciller, madame Tournée, ha toreado en plazas muy difíciles…

, figúrese, lleva más de una década trabajando para nosotros. Y nuestro abogado, el señor…

Ádám le sonrió.

—Farkas, ¿verdad? Mi mismo apellido. En Hungría es tan común como López en su país, pero ¿quién sabe?

, quizá nos una cierto parentesco lejano.

Aunque he perdido la fe, me he criado en la iglesia católica, como ustedes dos.

Si retrocedemos, a través de los milenios, la primera piedra fue levantada por un judío de nacimiento.

Tras intercambiar una corta mirada con Sanz Briz, De Muguiro le dirigió el mismo gesto parco a su anfitrión.

—«Mas yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella» —recitó de memoria.

Ádám se acercó la copa a los labios, cuyas comisuras permanecían arqueadas, como si guardasen un secreto del que ahora los tres eran conocedores.

—Amén. Todavía recuerdo mis oraciones. Es agradable poder conversar con personas que comparten un mismo parecer.

—Bajó la voz, aunque la puerta cerrada y la música de la fiesta amordazaban la conversación—.

Y unos mismos objetivos, espero. No se me escapa que su embajada está entre las más importantes de cuantas neutrales hay en Budapest. Mi gobierno admira y respeta el suyo.

En la más estricta confidencia, le agradecería que continuase informando a Madrid del tratamiento que reciben los judíos en Hungría.

Si hay algo, a cambio, que nosotros podamos hacer por ustedes…

, no duden en pedirnos ayuda. Haremos por ustedes cuanto esté en nuestra mano en agradecimiento.

Los diplomáticos abandonaron la fiesta dos horas después, habiendo llegado ya el momento de la noche en el que podían retirarse sin arriesgarse a ofender la hospitalidad de sus anfitriones.

Al salir al jardín, a Sanz Briz lo azotaron, por orden de aparición, el frío de la noche, el humo del tabaco y el verdor de la mirada de la muchacha que fumaba.

Tras sonreírle, le tomó la mano de inmediato para besársela, un vestigio anticuado que, según había aprendido, en Hungría se resistía a morir.

—Ah, señorita Farkas de Batthyány, menos mal que la encuentro. Habría lamentado retirarme sin despedirme de usted. No sabía que fumase.

Erika sostenía el pitillo entre dos dedos.

—Y no lo hago. No a menudo, por lo menos. Este lo tomé de la habitación de mi hermano Tibor. Ya ve usted qué tontería, al fumar sus cigarrillos me parece que está aquí conmigo. Como en una sesión de espiritismo.

Dio una calada. Las clavículas, que se adivinaban bajo el tul celadón del vestido, no conferían fragilidad a su figura, le aportaban ese aire etéreo de las grandes bellezas.

—Lo más gracioso de todo es que Tibor apenas fumaba.

No se imagina cómo discutíamos con Ádám porque este estaba siempre con el pitillo en la boca, pero ya saben lo que dicen del frente y del tabaco que engaña al hambre, así que procuró adoptar el vicio antes de tener un destino asignado.

—Mordió la punta, tintada del bermellón del carmín—.

No le dio tiempo a poner fin a sus reservas.

Ángel asintió en silencio. Bajo la luz plateada de las estrellas, los pómulos humedecidos de la aristócrata parecían centellear.

—No puedo imaginarme cuán profundo es el dolor de perder a un mellizo. A mí me faltó mi madre, murió muy joven de una leucemia galopante. Sé que no es lo mismo, pero…

Erika le sonrió.

—Hay un espacio vacío con la forma de su cuerpo que no se va jamás.

—Jamás.

—Y esa ausencia escuece más en los momentos de felicidad.

—Tiró al suelo el cigarrillo, que él apagó de un pisotón—.

Muchas gracias a los dos por venir. Debido a sus lesiones, a mi hermano todavía se le hacen un poco cuesta arriba los eventos sociales, pero sé que tenía muchas ganas de conversar con ustedes.

Miguel Ángel de Muguiro, que había asistido a la conversación con el semblante sereno de quien no quiere echar sal a una herida aún abierta, se acercó para besarle también la mano.

—No se preocupe. Ambos hemos mantenido una conversación de lo más agradable con su hermano.

—Cuánto me alegro. Le veré en la iglesia, espero.

—Como cada domingo, señorita. Buenas noches.

En el corto trayecto de vuelta a casa, antes de que sus caminos se bifurcasen, los diplomáticos tuvieron la oportunidad de compartir impresiones.

A los oídos de ambos habían llegado los rumores acerca de los batallones disciplinarios de judíos.

Desvelos de madres, sobre todo, que cesaban de recibir las dos cartas al mes a las que sus hijos tenían derecho.

Esas les parecieron pequeñas tragedias en mitad de una mayor: casi ningún húngaro, cristiano o judío, regresaba del frente.

Hasta el primogénito del regente Horthy, el joven István, había fallecido dos años atrás mientras pilotaba un avión sobre Rusia.

—Acudí a su funeral en representación de España —recordó De Muguiro mientras caminaban—.

En nuestros círculos ya se decía entonces que el hijo de Horthy desaprobaba la existencia de los batallones de judíos, pero nunca quise perturbar al regente sacando el tema.

La de István fue una gran pérdida. Me alegro de que aún haya húngaros, del rango y de la posición social del capitán Farkas, dispuestos a denunciar lo que parece una atroz injusticia.

—En El Cairo tuve ocasión de conocer a varias familias sefardíes —agregó Ángel con expresión suavizada al recordar a aquellas personas que se agolpaban en la embajada de su primer destino diplomático en busca de ayuda—.

Fue muy curioso. El idioma que hablan… Conservaban una lengua que se asemejaba al castellano viejo, de modo que no precisé de intérprete alguno para comunicarme con ellas.

Algunas incluso afirmaban poseer la llave de la que había sido su casa en España antes de la expulsión.

El superior se detuvo. Habían llegado al pie de la colina que debía verlos marchar a sus respectivas viviendas, más vacías de lo que ellos habrían deseado. Después de la partida de Adela, y tras las encarecidas recomendaciones de su círculo, la esposa de De Muguiro también había regresado a España.

—Dudo que en Hungría haya muchos sefardíes. De todos modos, continuaré informando a Madrid acerca del penoso destino que está sufriendo el pueblo judío. Le veré mañana en la embajada, Ángel.